Mientras, los primeros arqueros defensores ya se iban apostando en sus puestos en la cerca, en las aspilleras que había cerca de las puertas, mientras los hombres, que ya eran poco más de medio centenar, se reunían en la plaza de la entrada. Al frente iba Dernhelm, un hombre alto en cuya barba rubia empezaban a verse ya estrías de plata fruto de la edad, al igual que en su cabellera.
El centinela que había logrado escapar corrió a informar al jefe.
-Son al menos un centenar de orcos de las montañas, y entre ellos he podido divisar unos orcos enormes y arqueros muy diestros- vaciló un instante.- ¡Maldición! Han matado a Felham justo cuando ya íbamos a cruzar el portón.
Dernhelm asintió, pensativo, ante las palabras del centinela, mientras contemplaba a su tropa; la mayoría iban armados con azadones y hachas, protegidos muy precariamente con algunos petos de cuero, exceptuando a la docena de hombres pertenecientes a su familia, que disponían de cotas de malla y largas espadas y con los que podía contar con su valor y habilidad, puesta a prueba en muchas otras escaramuzas libradas en el pasado; el resto no eran más que campesinos, muy valientes, pero nada preparados para una lucha cara a cara contra una banda de fieros orcos.
-Vengaremos a Felham- dijo el hombre, desenvainando su espada, Herugrim, la reliquia de su familia desde los tiempos en que vivían al sudeste del Bosque Negro, y perteneciente a su (recientemente) difunto hermano Léod, mientras se giraba a la tropa.- Amigos, el Destino ha querido poner a prueba nuestra firmeza y nuestro valor… Ahora no podemos vacilar: es o ellos, o nosotros.
-¡Les daremos su merecido!- dijo un muchacho, con apenas quince años, alzando un garrote. Su mirada era fiera como la había sido, en vida, la de su padre.
-Eorl, ¡márchate inmediatamente!- dijo Dernhelm.- Eres demasiado joven para luchar.
-Pero tío…- empezó a protestar el chico, aferrando con más fuerza su garrote.
-No me vale ningún pero, chico- dijo con firmeza su tío, girándose para dar órdenes a la tropa, dejando entender que la discusión había terminado.
El chico se alejó un poco, cabizbajo, y miró desde la distancia como Dernhelm iba distribuyendo a los hombres para defender la cerca, dejando con él a una decena de hombres de la familia, a modo de reserva para lo que pudiese ocurrir. Su sangre le bullía en sus venas, y decidió desobedecer a su tío. Se situó entre las sombras del zaguán de una casa próxima a la entrada, esperando el transcurso de los acontecimientos.
Un presentimiento le dijo que esos acontecimientos iban a ser muy tristes y dolorosos.
Athanazog, furioso, ordenó a sus guerreros que cruzasen el foso y asaltasen la cerca, mientras ordenaba a sus arqueros que disparasen por encima de defensas flechas de fuego que fueron encendiendo con aceite.
Pronto, empezaron a elevarse las llamas entres los tejados de paja de las casas, y las mujeres y los niños empezaron a llenar cubos con el agua que iban pudiendo sacar del pozo. Pero eso no bastaba y pronto las llamas empezaron a saltar de tejado en tejado, propagándose en todas direcciones fuera de todo control, amenazando con asarlos vivos a todos.
Mientras ocurría eso, la primera oleada de orcos intentaba escalar el foso y la cerca, cayendo muerto alguno de ellos con una flecha clavada en la garganta en el pecho, pero sin conseguir retrasar ni un segundo su avance. Pronto los orcos lograron escalar la cerca en varios puntos y penetrar en el perímetro defensivo, pero fueron firmemente contenidos y rechazados por los eothed, que combatían, entremedio del humo y las llamas con la fuerza de la desesperación.
El jefe orco, furioso porqué aquellos miserables humanos estaban causándole tantos problemas, ordenó a uno de los uruk-hai que reorganizase a la tropa que huía y se encargase que los arqueros obligasen a los eothed a guarecerse y a no darse cuenta de nada de lo que ocurriese en las cercanías. Después, ordenó al resto de uruk-hai que escogiesen a una veintena de los mejores guerreros y le siguiesen.
La aldea ardía y se consumía, pese a los denodados esfuerzos de sus habitantes para sofocar las llamas. El ganado, enloquecido de terror, escapó de las cuadras e intentó huir hacia todas las direcciones, mientras la atalaya de vigilancia empezaba a arder por las llamas que iban propagándose.
Entremedio del rugir de las llamas, el llanto de las mujeres y niños y el lamento de los heridos y moribundos, se oyó un toque de cuerno por parte de un centinela, qua imposibilitado ya de huir de su puesto de la atalaya, gritaba a pleno pulmón.
-¡El enemigo está entrando por el norte!
-¡Malditos!- exclamó Dernhelm. Tenía el hombro izquierdo empapado de sangre por el tajo asestado con la cimitarra de un orco, pero sobreponiéndose al dolor y la debilidad por la pérdida de sangre, reunió a una docena de hombres y corrieron, esquivando las llamas y el ganado errante, hacia el norte de la empalizada. Una sombra también los siguió.
Ya al pie de la atalaya, en la cual las llamas ya coronaban la edificación, y entremedio de una confusión indescriptible, Dernhelm hizo frente a Athanazog. Mientras la sangre de los orcos y hombres empapaba el suelo y la carnicería aumentaba, la atalaya se derrumbó con un estruendo ensordecedor, ahogándolos a todos con humo y cenizas.
El ruido también ocultó un amargo grito de agonía, y otro grito de rabia. El primero era de Dernhelm, que cayó de rodillas dejando caer su espada mientras llevaba ambas manos al estómago, intentando inútilmente contener la vida que se escapaba por sus entrañas; y otro de rabia de Eorl, que, con los ojos empañados en lágrimas, corrió al lado de su tío, mientras el enorme jefe orco detenía el ataque de un hombre y lo tumbaba asestándole una patada en el abdomen, mientras, lo remataba en el suelo atravesándole la garganta con su cimitarra.
Esa iba a ser su última victoria; Eorl, con la mirada encendida por el deseo de venganza, alzó Herugrim, que destelló con el fulgor de las llamas y cargó con todas sus fuerzas contra Athanazog.
Éste, que no había visto al muchacho acercarse, se giró sorprendido quedando, durante unos breves (pero fatales) instantes con la guardia baja; el tiempo suficiente para que Eorl hundiese a Herugrim hasta la empuñadura en el vientre de su adversario que, sin acabar de creer lo sucedido, sintió flaquear sus rodillas y cayó de rodillas y rodó por el suelo, estremeciéndose en su agonía.
Eorl, temblando de miedo y emoción, se acurrucó junto al cuerpo de Dernhelm, y dejó ya de prestar atención a lo que acontecía a su alrededor.
Él no lo sabía, pero el Destino le tenía reservado un lugar en la Historia.