Ya era hora que esos snaga de pacotilla regresaran, se exclamó Athanazog. Había mandado a sus exploradores a reconocer los alrededores al amanecer de ese horrible día, en que el sol les acribillaba a él y a su tropa con sus crueles rayos. Algunos de los más novatos, Gramzabolg y Larduf (los cuáles nunca habían servido bajo sus órdenes), se habían pasado toda la mañana quejándose de que porqué no corrían a refugiarse de ese sol malvado, y se había visto obligado a decapitar al primero de un solo golpe de su cimitarra y al segundo le había cortado sus inmundas orejas. Se sacó del cinturón su cantimplora, que había llenado de licor predilecto (Fergburz nunca había querido desvelar con que ingredientes lo elaboraba) y bebió su contenido hasta saciarse. Volvió a colgarse la cantimplora del cinto y se dirigió a interrogar a esos snaga estúpidos.
Al acercarse vio que faltaban dos de los siete que había mandado aquella misma mañana.
-¿Dónde están esas ratas cobardes, Terbuf y Hronguz?- preguntó.
-Encontramos sus cadáveres a unos tres kilómetros de aquí- respondió uno, mordiéndose con evidente nerviosismo el labio inferior.- Y, bien…
-Jefe, buscamos al criminal que los mató- continuó otro.- Seguimos su rastro hasta una aldea de humanos que se encuentra entre los árboles de allá- finalizó, señalando hacia el este, mientras una gruesa gota de sudor le surcaba la mejilla. Allí se extendía en el horizonte el inmenso Bosque Negro, una sombra que empezaba a confundirse con la incipiente oscuridad del ocaso.
Athanazog sintió como la cólera lo invadía y le hacía soltar espumarajos por su boca.
-¡Malditos sean los huesos de ese par de estúpidos y de…!- y continuó lanzando una larga lista de insultos y blasfemias que terminaron en una serie de desagradables gruñidos.- ¡Debería de arrancaros la piel con un cuchillo sin filo!- dijo, desenvainando su larga cimitarra.- Ahora deberemos de encargarnos de esos salvajes criminales que se esconden entre los árboles, y luego…- dijo, dirigiendo una última mirada a sus exploradores, los cuáles temblaban de terror.
Se giró hacia su tropa, formada por un centenar de orcos y media docena de uruks que se encargaban de que los primeros cumplieran las órdenes de su jefe, y dijo:
-Ésta noche visitaremos a esas ratas humanas y nos daremos un buen banquete- rió, mientras su tropa gritaba de alegría ante una oportunidad de diversión.
El cielo se iba oscureciendo y las estrellas empezaban a aparecer por el este a medida de que el sol se iba ocultando tras las Montañas Nubladas. Poco a poco, en los hogares que conformaban esa aldea de eothed se iban encendiendo las luces de las cocinas y se oían voces cantando alguna agradable canción. Mientras, los hombres se daban prisa para acabar de poner a buen recaudo a su ganado en los corrales comunales que había al pie del pequeño promontorio, en cuya cima se hallaba una atalaya construida con troncos y que apenas se elevaba una veintena de metros sobre los tejados de las casas. Ahí se divisaba el brillo algunas antorchas que, intermitentemente, quedaba velado durante un breve instante cuando alguno de los dos centinelas pasaban por delante de alguna de ellas. Más abajo, a apenas un centenar de metros de distancia, se elevaba una cerca de unos dos metros de altura rodeada, a su vez, por un foso de varios metros de profundidad, y con una sola entrada mirando al suroeste, en la dirección donde se hallaba el Vado Viejo del Anduin. Para atravesar el foso había un puente de madera que podía ser destruido con facilidad y rapidez; en la entrada (cuyos batientes eran cerrados sólo en caso de emergencia) había tres centinelas más. La aldea, vista desde lejos, parecía la rueda de un carro cuyo eje se elevase sobre el mismo. Alrededor suyo se extendían algunos campos de cultivo pertenecientes a los campesinos que dormían en la aldea a la puesta de sol.
Era un lugar tranquilo, habitado por gentes sencillas con costumbres sencillas, no muy diferentes de otros muchos pueblos de la Tierra Media. Era una aldea próspera, que contaba con más de dos centenares de almas. Pero también era una fruta madura para todo aquel dispuesto a hacerse con ella.
La luna empezó a elevarse en el cielo y la gente dormía plácidamente cuando se oyó el toque de un cuerno, saludado por las estridentes voces de los orcos, que se habían acercado sigilosamente hasta quedar a muy corta distancia del foso.
Los centinelas se aprestaron a hacer sonar con fuerza sus propios cuernos de alerta, aunque no era necesario: antes de eso, ya se oían las voces de los hombres armándose, y de las mujeres y niños levantándose de sus camas y corriendo, lanzando quejumbrosos gritos de terror, hacia la (poca) protección que pudiese dar estar al pie de la atalaya.
Mientras, dos de los centinelas de la entrada corrieron a hacer rodar foso abajo la viga maestra que sostenía el puente antes de que los orcos lo fuesen a atravesar, mientras el otro centinela, con el arco preparado, estaba listo para cubrir los movimientos de sus compañeros.
Los dos hombres, sin vacilar, retiraron con grandes esfuerzos la viga y la dejaron caer antes de que los orcos pudiesen darse cuenta de sus intenciones. Se oyó un gran estruendo cuando el puente se derrumbó y se desmenuzó al caer sobre las paredes del foso.
Cómo respuesta, se oyó una feroz voz rugiendo de rabia y rugiendo en su abominable lengua con tono autoritario. Antes que los centinelas fuesen a alcanzar la puerta, varias docenas de flechas cayeron sobre ellos, atravesando una de ellas la nuca de uno de los hombres, que cayó de bruces, mientras el otro corría a guarecerse dentro del poblado y los batientes de se cerraban con gran estruendo detrás suyo y barrados con dos pesados y resistentes vigas dispuestas para tal fin.