El espíritu del bosque que antaño fue salvaje y vigoroso, siente la tristeza marrón que acosa al verdor guerrero de su caduco vestido. El revolotear de las aves ya no roza sus ramas retorcidas y arrugadas por el fluir de las estaciones. La soledad se ha adueñado del claro donde fuera Rey y del cual ya sólo forma parte como una sombra marchita.
El ucorno del bosque sale del claro y penetra entre los sauces ya dormidos desde hace mucho tiempo. La canción de Ulmo se oye a poca distancia y sus raíces añoran sus notas. Casi se niegan a moverse, y el ente arbóreo sufre en su ansia interior. Muchas raíces pequeñas, ya secas, se parten, pero no hay dolor más grande que la posibilidad, no tan lejana, de dejar escapar esa vida, esa fuerza vibrante del Señor de las Aguas. Cada tramo es vencido por una voluntad dormida, arrastrada por un vago recuerdo del frescor de la voz cantarina. El impulso de su instinto más profundo le empuja hasta el río susurrante que le invita a dormir. Las raíces encuentran un lecho blando y dulce donde asentarse, las ramas se estiran y sienten el viento al peinar sus hojas, que pronto recuperarán su verdor. Poco a poco, el espíritu del bosque se adormece y ya no volverá a moverse, pero será testigo de innumerables, pequeños y sencillos sucesos de la vida de los animales y plantas del bosque.