El escenario había cambiado, ahora lo que él veía a su alrededor, eran montañas y un paisaje que se le antojaba inhóspito. Recordó los inmensos árboles de Heren y sintió nostalgia, no se comparaba en nada con las tierras del reino de Ilurë. Trató de no escuchar el ruido ocasionado por el campamento, pero era imposible, suspiró, sus días de meditación habían terminado. Giró sobre sus pies y observo la división de las dos ordenes, aquel era un espectáculo que no se cansaba de ver, dos mundos tan distintos conviviendo entre sí, le sorprendía ver como los elfos del Lirio no hablaban con los de la Rosa, aún cuando eran de la misma raza; en cambio los hombres del batallón rojo preferían hablar con gente de la Rosa, que tratar con la gente de su propia orden. No alcanzaban a comprender por qué repudiaban a sus iguales, prefiriendo a los elfos del rey. Probablemente era por la ideología de su señora, sin embargo Narquelië no solía hablar con los elfos más de lo debido y por lo general, las conversaciones eran secas y en extremo diplomáticas, entonces ¿por qué sus hombres se comportaban de esa manera?, tal vez fuera la forma de ser de los elfos de la Orden del Lirio Negro, pero no vio nada en el comportamiento de aquellos quendi fuera de lo normal, quizá eran retraídos, pero sólo eso. Isilion no sabía que esa era la apariencia más peligrosa de todas.
Desde ahí pudo vislumbrar a Quariel, la mujer caminaba lentamente. El noldo sabía que estaba muy débil; el movimiento del ejército a tierras enemigas le había afectado bastante. La herida de su torso no se curó del todo y el viaje sólo lo empeoró; su piel estaba pálida y sus ojos denotaban cansancio, sin embargo su rostro y templanza seguían siendo por de más orgullosos. Ahora estaba con los más jóvenes de su tropa, entrenándolos. Una sonrisa acudía a sus labios cuando los muchachos hacían exactamente lo que les pedía, era obvio que estaba contenta, Isilion tuvo la sensación de que la causa era la partida de Featarya al ejército de la IV Compañía del Realengo. El elfo tenía la esperanza de que su amigo regresara, Featarya controlaba mejor las decisiones de Narquelië, mientras que él podía llegar a tener demasiada paciencia con ella.
El sonido de un hermoso canto, interrumpió sus pensamientos, al voltear se encontró con un viajero caminando rápidamente, envuelto en una capa azul, llevaba al cinto una espada y en la espalda un carcaj lleno de flechas. Aminoró el paso hasta quedar a la par de Isilion, se quitó la capucha y una sonrisa asomó por el rostro de los dos. Era Featarya, que regresaba inesperadamente de las campañas de Thelidor y su mujer.
- ¡Featarya! Cuanto me alegra verte ¿Cómo es que has regresado tan pronto?
-El ejército de Arestel sólo necesitaba refuerzos, en cambio, aquí soy necesario- le contestó el elfo- Dime amigo mío, ¿Cómo van las cosas?
Caminaron por el campamento, en dirección a la tienda del elfo de negros y plateados cabellos, mientras avanzaban, muchos los miraron extrañados, no esperaban el regreso del comandante de la Orden de la Rosa, no después de la despedida que le diera Quariel, cuando partió semanas atrás.
Isilion seguía hablando, pero Featarya ya no le estaba prestando atención, antes de irse, había tenido una discusión muy acalorada con Narquelië. Él deseaba tener más poder sobre el ejército, quería llevar a su compañía a una verdadera victoria, no a las escaramuzas que hasta ahora había dirigido la mujer; ella se negó rotundamente y tomando la oportunidad de la necesidad de Arestel, le mandó a su ejército. Era una forma de evitar su petición que tarde o temprano tendría que aprobar.
Justo en ese momento, vieron a Narquelië que hablaba animadamente con su segundo oficial, el hombre le indicó que mirara hacía donde estaban los dos elfos, el rostro de la mujer pasó de la alegría al enojo y del enojo a la arrogancia.
-A mí también me alegra verte-le dijo Caladan-. Aunque si no mal recuerdo tú y yo aun tenemos un asunto que arreglar.
Quariel ni siquiera lo miró. Continuo con su camino hasta desaparecer por unas de las tiendas de la Orden hermana.
[…]
Los hombres veían como el ejército comenzaba a prepararse. Todos los elfos se movían de aquí para allá, organizándose rápidamente para una batalla. Bargabot les hizo una seña y ellos también se prepararon, pero con un deje de resentimiento en sus acciones. Sí su señora no había salido de la tienda en dos días, significaba (aparte de su debilidad) que nadie le había informado del ataque a la ciudad de Iaur Abad. Uno de los más jóvenes se movió por las tiendas hasta llegar a la de Narquelië e informarle de los planes de los elfos de la Orden de la Rosa. Al entrar se encontró con dos ancianas que preparaban extraños remedios, que después utilizarían para curar a la mujer, ésta revisaba unos papeles regados en su escritorio, el muchacho hablo rápido, tratando de resumir todo el mensaje de Bargabot. Quariel apretó las manos, hasta que las uñas se enterraron en su carne, las ancianas negaron con la cabeza, esta vez no iría a ninguna batalla, la mujer bufó y se puso un abrigo que la protegiera del frió que hacia afuera. Ahora lo único que podía hacer, era prevenirlos.
Narquelië buscó a Isilion, que ya estaba totalmente armado y llevaba de la mano las riendas del caballo. Quariel caminó lo más rápido que pudo y le detuvo agarrándole fuertemente del brazo. El elfo se giró y la miró.
-Escúchame- le dijo agitadamente- No dejes que los elfos del Lirio entren en batalla, mantenlos lejos lo máximo posible.
-¿Por qué razón no deben participar y sí tus hombres?
-Isilion, esos quendi son viles y ruines- la mujer cerró los ojos y trato de respirar-. Te diré que es lo que harán si entran a la ciudad: matarán a los heridos y enfermos sin compasión, a los ancianos los usarán de tiro al blanco, a los niños más pequeños los lanzarán de las murallas y a los más grandes los venderán al mercado de esclavos, junto a las mujeres que sobrevivan de las orgías que montarán después, de tomarlas como mancebas.
-No puede ser-Isilion tenía la cara un poco pálida-, un quendi no sería capaz de hacer tal cosa.
-Por favor Isilion hazme caso, sé de lo que hablo. No dejes que entren en batalla, una vez que lo hagan, serán incontrolables y créeme que lo único que causaran será una masacre. Y yo no estaré ahí para mantenerlos a raya.
Isilion suspiró.
-Lo tendré en cuenta Narquelië. Ahora debo irme, Featarya ya me espera… gracias por el consejo
Quariel le apretó el brazo y lo miró directamente a los ojos, después de un momento le soltó. El elfo caminó en pos del ejército. Los arqueros Rosarinos y los ents ya avanzaban, alejándose poco a poco del campamento, detrás iban los elfos del Lirio, la mujer apretó los dientes. Bargabot su segundo oficial se acercó a ella por detrás.
-Ve detrás de ellos y vigila que nuestros congéneres no entren en batalla.
El hombre asintió en silencio y desapareció de entre las carpas, la mujer dio media vuelta, sus cuervos sobrevolaron el ejército y se sintió más segura, caminó lentamente y se metió a su tienda sin mirar atrás.
[…]
El ejército avanzaba con prisa, Featarya se sentía entusiasmado. Sin duda tenía deseos de acabar de una vez con esta guerra. Ordenó a sus hombres tomar la ciudad y no retirarse por nada, al menos que la victoria se viera imposible (aunque el elfo estaba seguro de ganar esta batalla), pero no matar innecesariamente ni a civiles ni a los que se comportaran heroicamente, el siempre respetó a los valientes guerreros que daban todo por defender su territorio. Una vez tomada la ciudad tenia en mente darle las comodidades necesarias a los supervivientes hasta poder liberarlos.
-Narquelie me pidió que no dejemos que sus elfos intervengan en la batalla –dijo Isilion a Featarya que caminaba a su lado-; podrían descontrolarse y provocar una matanza.
-En ese caso se quedaran afuera de la ciudad y atacaran a los arqueros que estén en las murallas –contesto Featarya- a mi no me agradan mucho y no quiero pelear a su lado. En caso de que necesitemos ayuda nos apoyarán el batallón rojo.
Llegaron a la ciudad, el ejército de Liantari ya estaba preparado en las murallas. Realengo se detuvo antes de llegar a las murallas. Delante de todo se encontraba los hombres de Isilion y Featarya vestidos con hermosas armaduras y armados con arcos y espadas, sin duda estaban preparados para una verdadera batalla. En los dos flancos se encontraban los elfos del Lirio; Detrás del ejército de la Rosa se encontraban los ents y mas atrás la caballería conformada por el batallón rojo. Comenzaron a acercarse de a poco, hasta que fueron atacados por los arqueros enemigos, ellos respondieron de la misma forma. Aquello parecía un diluvio de flechas, con varios caídos de ambos lados. Los ents tiraban enormes rocas para debilitar el portón de la ciudad y causaron muchas muertes. Uno de los pastores avanzó y después de unos cuantos golpes abrió aquellas puertas. Los guerreros de la Rosa entraron a la ciudad encabezados por sus dos capitanes, pero fueron sorprendidos por arqueros, rápidamente reaccionaron y se echaron al suelo. Muchos elfos cayeron pero siguieron atacando. Salió la infantería de Dimbar al combate, los dos noldor se levantaron y avanzaron. Todo era un caos, toda una masa de multitud vociferando con una lluvia de flechas que no paraba de silbar y ríos de sangre que crecían y crecían. Las bajas eran impresionantes, pero era asombrosa la perseverancia de Liantari por no rendirse por razones desconocidas, mientras tanto los cuervos de Narquelie volaban alrededor en círculos observando aquel combate. Al fin el ejército de la Rosa había ocupado gran parte de la ciudad Liantari mando a sus refuerzos. Habían sido completamente sorprendidos. El ataque fue fuertísimo, sin embargo Realengo se mantuvo en el lugar como una montaña. La batalla cada vez se hacia mas feroz, era admirable los nobles deseos de cada lado por ganar aquella lucha.
Aquello se volvió interminable, había muchas bajas y no podían seguir mucho tiempo más. Featarya ordenó al batallón rojo a apoyarlos, pero para su sorpresa el batallón no respondió, el elfo indignado se dijo así mismo:
–Malditos resentidos ¿Qué otra cosa se podía esperar de los hombres de Narquelië?
Cuando sus esperanzas se borraron, los elfos del Lirio entraron a la ciudad y les brindaron gran ayuda al principio, pero al poco tiempo con furia comenzaron a incendiar todo y a matar s los sobrevivientes que Isilion y Featarya habían dejado con vida. El Noldo quedo horrorizado y les ordenó que se detuvieran, pero aquellos viles seres no respondieron y siguieron con lo suyo.
-En nombre de Ilimo e Izilzurias deteneos –dijo Isilion al no soportar semejante atrocidad.
-No, –respondió un elfo oscuro, perverso, con mirada de lunático y envuelto en sangre ajena- nosotros no recibimos órdenes de nadie. ¡Por Varda mataremos a todos!
En ese momento el enemigo mandó a sus últimas reservas, atacando con más intensidad y disparando flechas y flechas. Desgraciadamente varias de esas flechas cayeron sobre Isilion, tuvo muchas en el torso, los brazos y las piernas y como golpe final la infantería que se arrebataron con furia sobre ellos. Featarya vio a su compañero tendido en el suelo con todas aquellas heridas, se precipitó hacia él, pero fue detenido por un soldado del otro bando que le corto el tronco en diagonal, la herida no era muy profunda, pero le causaba grandes molestias, se deshizo de aquel infeliz y llegó hasta Isilion. Ordenó que se lo llevaran lejos de la batalla. No podían resistir ese ataque y controlar a los elfos del Lirio que destruían todo a su paso, era una tarea por de más imposible.
-Ya es suficiente -se dijo el elfo así mismo, y haciendo tributo a su nombre primitivo (Caladan) cuatro cuerpos de Luz aparecieron en su alrededor con la forma de cuatro guerreros de increíble tamaño y lanzando un grito avanzó junto con los cuerpos y detrás los elfos de la Rosa. Featarya no dejo la lucha hasta que por fin pudo expulsar al enemigo de la ciudad que se retiro después de la increíble batalla que había dado.
Featarya deseaba una ciudad, pero obtuvo una ciudad en llamas. Anhelaba tener el control en todo el ejército, pero fue engañado por un grupo de elfos que no mostraban obediencia a nadie y hombres indignados que no fueron capaces de prestar su ayuda, sabiendo que lo necesitaban. Una vez pasado el disturbio de la feroz batalla se acerco al líder de elfos del Lirio y le dijo:
-Mis informantes me dijeron que desobedeciste al capitán –el elfo oscuro lo miró con arrogancia- y que ensuciaste el nombre de Varda matando innecesariamente.
-Sí –respondió el elfo- ellos se lo merecían
-Te voy a decir una cosa –dijo Featarya furioso, mientras sus ojos claros tomaron un color rojo fuerte- en nombre de Featarya te caerá una maldición, en nombre de los reyes recibirás un castigo mortal y en nombre de los Ainur te prometo que sufrirás por toda la eternidad en las Estancias de Mandos –dio media vuelta y se retiro. Aquel elfo se mostró indiferente, pero en realidad estaba atemorizado por dentro.
Caladan se dirigió a una tienda donde estaban atendiendo a Isilion, entró y el curandero le dijo:
-Lo estamos perdiendo, tiene una fiebre muy alta, huesos rotos, ha perdido mucha sangre por las puñaladas, probablemente tenga heridas internas, algún órgano afectado y creemos que lo envenenaron.
Featarya miró una de las puntas de las flechas
–Sí, pero no se preocupen- se dirigió con decisión junto al moribundo, sacó un paquete de sus ropas que contenían hierbas, las trituró he hizo que Isilion las consumiera aunque solo fueran una miseria, posó su mano en su frente y se quedo en silencio unos minutos. Luego curó las heridas mas leves que tenía. Después dijo:
-Está muy grave necesitamos trasladarlo cuanto antes a la capital, tengo fe en que va a sobrevivir.
-Señor, su herida, ¿quiere que la revise? –le dijo el curandero viendo la sangre en el cuerpo del elfo- ¿acaso no le duele?
-Hace tiempo que no siento el dolor –dijo con un poco de melancolía.
-Alégrese señor, recuerde en la victoria de hoy
-Si, si es que a eso se le puede llamar victoria –se dijo así mismo mientras se retiraba de la tienda y un pensamiento cruzó por la mente del elfo: “Lo siento Isilion”.
[Editado por Elenmir el 10-03-2007 04:51]
[Editado por Elenmir el 10-03-2007 04:53]