Hathol durmió intranquilo esa noche, aunque lo más correcto sería decir que esa noche no durmió, se la pasó toda dando vueltas en su cama, pero sobre todo dando vueltas a su cabeza. ¿Por qué no podía quitarse de sus pensamientos la imagen de Vanadessë? Hathol nunca se había enamorado, nunca se había permitido a sí mismo enamorarse, el mundo estaba ya demasiado lleno de sufrimientos como para añadir uno más a la lista.
Se levantó tarde a la mañana siguiente, el sol hacía rato que ya había salido, se lavó un poco la cara y se puso el uniforme. Cuando bajó al Salón Principal no había nadie, todos habían desayunado y habían empezado con sus quehaceres diarios. Fuera, en el patio, se encontraba el enano Zirak, supervisando, con voz atronadora, la instrucción y entrenamiento de los nuevos reclutas que hacía poco habían llegado. Hathol salió afuera, y Zirak enseguida le vio.
-"Vaya"- le espetó Zirak, irónico, a Hathol nada más verle- "Veo que su Graciosa Majestad nos ha hecho el honor de levantarse esta mañana. ¿Se puede saber qué te ocurre?"
-"Buenos días"- respondió Hathol, fríamente- "Tengo mucho que hacer esta mañana, así que no tengo tiempo para tus bromas."
Sin esperar respuesta, Hathol se dirigió hacia las caballerizas.
-"¡¿Cómo?!"- gritó Zirak, rojo de ira- "¡Será posible...y encima se atreve...! Durbem, encárgate de la instrucción hasta que regrese, tengo un asuntillo que aclarar con el Comandante Hathol."
-"De acuerdo señor"- dijo el oficial, sin ocultar su desconcierto.
Zirak se encaminó las caballerizas, a grandes zancadas, en pos de Hathol, cuando llegó, éste estaba ensillando a uno de los caballos.
-"¡¿Se puede saber qué demonios te ocurre, muchacho?!"- empezó Zirak- "Un Comandante de Compañía no puede levantarse más tarde que sus soldados, deberías saberlo tan bien como yo, pero eso me da igual, hay algo que te preocupa,vamos cuéntamelo."
-"No me ocurre nada, amigo"- respondió Hathol, secamente- "Son cosas mías, nada de importancia."
-¿Acaso te crees que me chupo el dedo?"- insistió Zirak, ya más calmado- "Vamos amigo, todo lo que te preocupa a ti me preocupa a mí."
Hathol, terminó de ensillar al caballo y subió de un salto.
"En serio"- dijo Hathol, tratando de parecer animoso- "Agradezco tu preocupación pero no me ocurre nada."
"No me moveré de aquí hasta que me lo cuentes"- respondió Zirak, obstinado, cogiendo las riendas del caballo.
"De acuerdo"- dijo Hathol, con un deje de burla en su voz- "Si quieres ser la causa de que llegue tarde a la reunión que tengo con el Senescal Apacen para discutir la estrategia a seguir en nuestra guerra contra Lempë allá tú..."
"¡Bah!"- respondió Zirak, soltando las riendas de golpe- "Haz lo que te plazca."
Hathol espoleó al caballo y salió rápidamente de la cuadra, cruzó el patio y salió por la puerta del muro.
Maldito crío, seguro que le ocurre algo- pensó el Enano, cuando, de pronto, se dio cuenta de algo.
"¡Eh!"- gritó en dirección hacia dónde había partido Hathol- "¡Ése no es tu caballo! ¿Dónde está tu caballo?... Maldita sea..."
[...]
Hathol se pasó toda la mañana en el Palacio real, discutiendo con el Senescal Apacen la estrategia que seguirían a partir de ese momento en la guerra que Helkelen Lara mantenía contra Lempë. La Sala de Guerra estaba atestada de mapas colgados en las paredes, y sus estanterías rebosaban de documentos oficiales y no tan oficiales. La mesa del centro la ocupaba un enorme mapa desgastado de Árador, y de pie, mirando el mapa, estaban Hathol y Apacen, Senescal del Rey, con Naulë, la loba de Apacen, la lado de su amo. El Senescal, a pesar de su ceguera se desenvolvía pefectamente en ese mapa, puesto que tenía relieves, por lo que le era muy fácil situarse tan solo tocándolo con los dedos.
-"Tenemos que defender la Capital a toda costa"- decía Apacen, acariciando a Naulë- "No podemos dejar que caiga bajo ningún concepto, pero tu unidad debería intentar tomar alguna ciudad porque... ¿Me estás escuchando? Comandante Hathol, ¿le ocurre algo?"
Hathol estaba mirando fijamente el mapa, parecía absorto en él, no obstante, sus pensamientos estaban muy alejados de aquella sala.
-"Eh..."- dijo Hathol, saliendo de su ensimismaniento- "Si Señor, no hay que ceder la Capital..."
-"Bien"- respondió Apacen- "Continuemos..."
[...]
Al finalizar la reunión con el Senescal, Hathol decidió no volver al Cuartel para comer, pues quería evitar encontrarse con Zirak, su buen amigo Zirak. Sonrió al pensar en la preocupación de su amigo, pero por el momento no podía, no debía, decirle nada...no era el momento. Comió en una taberna de la ciudad y se pasó la tarde resolviendo asuntos menores concernientes al funcionamiento del Cuartel, pero en su fuero interno deseaba con toda su alma que la noche llegara, para volver a aquel claro en el bosque y comprobar si el encuentro con Vanadessé había sido sólo un sueño.
Y la noche, lentamente, llegó. Más o menos a la misma hora en que lo había hecho la noche anterior Hathol salió de la ciudad encaminándose al claro. La noceh era igual a la anterior, clara y sin nubes, e igual de fría. Hathol llegó al claro y allí estaba ella, en el centro, esperándole con Asfaloth, había bajado del caballo y se había quitado la capucha, dejando que sus cabellos cubrieran sus hombros. Hathol también bajó del caballo y se fue acercando lentamente...qué hermosa era, cada vez que la miraba parecía que su belleza crecía y crecía. Los dos estaban ya frente a frente.
-"Ayer pensé que había soñado"- empezó Hathol- "pero ahora veo que no es un sueño sino que sois real."
-"¿Acaso no os fiáis de vuestros ojos?"- respondió Vanadessë, sonriendo dulcemente- "Además, os prometí que os devolvería a Asfaloth, es un buen caballo, tenéis suerte de tenerlo como amigo."
-"Pero no sólo habéis cumplido esa promesa..."- dijo Hathol.
-"No entiendo a qué os referís...aquí tenéis el caballo"- respondió Vandessë, bajando la vista y dando las riendas de Asfaloth a Hathol.
-"Me prometisteis que os volvería a ver...y habéis cumplido"- dijo Hathol, agarrando las riendas del caballo, y a la vez la mano de Vanadessë- "¿Acaso ya no os acordáis?"
Hathol soltó a Asfaloth y cogió las manos de Vanadessë, mirándola a los ojos y atrayéndola lentamente hacia sí.
-"Pero...lleváis los emblemas del clan que es enemigo de mi clan...no está bien..."- titubeó Vanadessë.
-"Si ése es el problema, mirad lo que hago con esos emblemas"- dijo Hathol, quitándose la sobrevesta, quedando con la cota de malla al descubierto, y volviendo a coger de las manos a la elfa.
La luz de la luna iluminaba por completo el claro, recortando con su luz la silueta de dos corazones tan unidos como separados. Vanadessë y Hathol se miraron a los ojos con intensidad, los dos sabían que pertencían a clanes rivales, pero sus rostros continuaron acercándose cada vez más. Cerraron los ojos y ya no existieron los emblemas ni los clanes.
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