La Guerra de los Clanes

La Leyenda De Vanadessë Y Hathol

Escribiéndose...
Escrito el 23-10-2006 18:00 #1

Todos dormían en el campamento de Lempë, la elfa estaba nerviosa, en silencio se vistió con una larga túnica beige, trenzó su largo cabello y salió de su tienda. Cuando sintió los pasos del guardia de turno, se ocultó entre los arbustos, como éste no se percató su presencia, respiró aliviada y se internó en el bosque con dirección a Ost-En-Äel.

Vanadessë sabía que en aquellos parajes corría serio peligro, mas esto no era impedimento para que llevara a cabo lo que se había propuesto. En la primera batalla en la que luchaba, había visto aquellas pequeñas flores que mezcladas con las gotitas que guardaba secretamente, le habían salvado la vida. Era muy difícil conseguirlas y no quería perder la oportunidad de coger unas cuantas, para futuras heridas y casos de extrema urgencia.

Sus oídos estaban atentos a cualquier sonido extraño, trataba de pisar tan suave como su cuerpo se lo permitía. La noche era fría, por lo que se había puesto su gruesa capa con capucha, la luna brillaba en todo su esplendor y las estrellas titilaban en el firmamento. Una leve brisa le llevaba el aroma de aquellas flores, señal inequívoca de que había llegado al lugar.

Escrito el 24-10-2006 11:03 #2

La batalla había sido dura, cruenta y sanguinaria...como tantas y tantas otras batallas en las que Hathol había luchado, no obstante, ahora Hathol era Comandante de una de las compañías del ejército de Helkelen Lara, y sus responsabilidades se habían multiplicado, pues ya no se trataba de empuñar la espada y simplemente abatir enemigos, ahora había que pensar en muchas más cosas. Por eso, tras recuperarse de las heridas sufridas en la última batalla contra los ejércitos de Lempë Ohtari, en las Casas de Curación de Ost-En Äel, la Capital de Helkelen Lara, Hathol decidió salir a dar una paseo nocturno por las afueras de los muros de la ciudad, para pensar en soledad, lejos del bullicio del Cuartel. La noche era fría y serena, Hathol llevaba su uniforme de diario compuesto por una cota de malla, una sobrevesta gris y azul, con los emblemas de la Casa de Hador y de Helkelen Lara bordados en ella, guantes blancos de piel de armiño y pantalones y botas de montar negras. Llevaba también su espada, Fealóke, a la cintura, y una capa larga de lana gruesa con capucha, en la que se arrebujó, aterido de frío, pero feliz, pues el frío le encantaba, le despejaba la mente y agudizaba sus sentidos.

Hathol salió de la ciudad por la puerta norte y fue cabalgando por el sendero, no tenía ninguna ruta preestablecida, simplemente se dejaba llevar. La noche era clara y sin nubes, por lo que la luna y las estrellas le ofrecían toda la luz que necesitaba, así que no encendió ninguna antorcha...y fue mejor así, pues de lo contrario quizás no hubiera visto lo que vio. Atravesó un bosquecillo en el que había un pequeño claro en el centro, pero en el borde del claro se detuvo, allí había alguien. Desmontó del caballo, lo ató a un árbol por las riendas, y se acercó al claro para observar mejor. Justo en el centro, iluminado intensamente por la luz de la luna y las estrellas, había una elfa, largos cabellos negros como el azabache le caían como una cascada sobre los hombros y la espalda, pues se había quitado la capucha de su capa. La elfa estaba recogiendo flores y hierbas medicinales, pues había varias especies que sólo se encontraban en los bosques fríos de esa región.

Hathol siguió observando fascinado los gráciles movimientos de la elfa, cuando por un instante se giró hacia él, ella no lo vio, pero él sí pudo ver su rostro. Era una elfa bellísima, de rasgos finos y delicados, y Hathol quedó aun más hipnotizado por la súbita visión de tan magna hermosura. Entonces, se fijó en el emblema que lucía la elfa debajo de la capa, eran el círculo y la espada llameantes de Lempë Ohtari, el clan enemigo con el que Helkelen Lara estaba en guerra. Había sorprendido a un soldado enemigo en las cercanías de Ost-En Äel. Rápidamente sacó de su mente la imagen turbadora de la belleza de la elfa y tomó una decisión.

-"Vaya, vaya"- dijo Hathol, saliendo al claro- "¿Acaso no sabéis que estas tierras son hostiles para la gente de vuestro clan?"

Escrito el 24-10-2006 17:56 #3

La elfa estaba concentrada en recoger la mayor cantidad de florcillas que el tiempo allí le permitía, aunque estaba recién comenzando la noche, Vanadessë no quería levantar sospechas entre sus compañeros. El brillo de la luna le ayudaba a divisar mejor las flores y hacer más rápido su estar en aquellos parajes, siempre corría el riesgo de ser pillada y sabía que eso sería su perdición.

-"Vaya, vaya...¿Acaso no sabéis que estas tierras son hostiles para la gente de vuestro clan?"- Una voz la sacó de sus pensamientos.

La elfa asustada se puso de pie y echo mano a su daga, al tiempo en que se ponía en guardia ante cualquier ataque inesperado.

-Eru! protégeme- susurró la elfa para sí, luego dió una mirada al sitio desde donde venía la voz y lentamente sus ojos divisaron a un corpulento hombre que se asomaba al claro. En su pecho lucía el escudo e insignia de Helkelen Lara, uno de sus enemigos naturales, con los cuales su clan estaba luchando en esos momentos.

-Son hostiles, sí... pero cuando es difícil obtener algo que no hay en otras tierras, correría cualquier riesgo por conseguirlo- dijo la elfa fríamente, tratando de no sentirse intimidada por aquel hombre.

-Has osado pisar mis tierras, de noche y sin compañía... como me aseguro de que no eres espía?- pregunto el hombre con un tono calmo y seco.

-Mi clan no acostumbra a tener espías- contestó la elfa, que sintió que le había tocado la moral con aquella pregunta.

Vanadessë estaba muy lejos de ser espía y no le gustaba dar explicaciones a nadie, ni siquiera a los de su compañía y éste no sería la excepción, aunque su vida corriera peligro.

El hombre al ver el rostro de la elfa suspiró, no tenía pinta de ser una gran guerrera y según veía, no era un gran peligro encontrarla allí de noche y sin más armas que una simple daga.

La elfa por su parte inspeccionaba a su rival desde la distancia, por sus vestimentas suponía que no era un simple guardia que vigilaba las fronteras, luego de mirarlo inquisitivamente, fijó sus ojos en el rostro y sintió un leve escalofrío cuando sus miradas se cruzaron. Por un instante no lo vió como un guerrero del clan rival, ni mucho menos como el hombre del cual en ese momento dependía seguir viva, lo vió como un hombre común y silvestre, incluso le enterneció el brillo que los ojos de este destellaban, sus facciones eran hermosas y por unos segundos se sintió encantada con aquella visíón.

[Editado por lalihiari el 24-10-2006 18:02]

Escrito el 25-10-2006 11:23 #4

La elfa dio un respingo cuando Hathol le habló, se puso tensa y llevó su mano a su daga, pero Hathol no se puso nervioso, pues no parecía demasiado peligrosa, además, él era un diestro guerrero y llevaba su espada a su cintura. Estaba seguro de que la elfa era una espía de Lempë, no obstante, el hecho de recoger hierbas de noche no encajaba en el perfil de un espía enemigo, además, la elfa se le encaró, e incluso pareció ofendida a causa de las acusaciones del Humano. Ante esta acitud Hathol empezó a dudar de si realmente esa hermosa elfa era en realidad una espía enemiga.

-"Entonces"- dijo Hathol- "si no sois una espía, ¿qué hacéis a esta hora de la noche en un territorio que sabéis que pertenece a vuestros enemigos? no parece algo muy prudente."

La voz de Hathol no sonó amenazadora cuando formuló aquella pregunta, sino sólo curiosa, pues estaba cada vez estaba más sguro de que la elfa lemperili no era una espía, no obstante, era su deber averiguar el propósito de la elfa. Después estaban aquellos ojos, ligeramente almendrados, castaños, pero tan profundos como el mar, unos ojos que le hipnotizaban con cada mirada. Lentamente, Hathol fue acercándose a la elfa, en el centro del claro, cuando estuvo frente a ella se detuvo, los dos estaban iluminados por la luz de la luna y las estrellas, los dos estaba frente a frente, mirándose a los ojos. Entonces Hathol pudo contemplar aún más de cerca el rostro de la elfa, pálido como la luna, un rostro que expresaba algo de tristeza y melancolía, sus ojos brillaban intensos y miraban suplicantes a Hathol, y éste notó como un torbellino de sentimientos contradictorios cruzaban por su mente. En ese momento, como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos apartaron la vista de los ojos del otro, e intentaron recuperar la compostura.

"Tenéis razón"- dijo la elfa, orgullosa y llena de aplomo- "no es muy prudente adentrarse en territorio enemigo cuando se está en guerra, pero os vuelvo a asegurar que no soy ninguna espía, sólo estaba recogiendo hierbas curativas, pues esta especie sólo crece en estos parajes y las necesitamos para curar a nuestros heridos."

Aquello acabó de disipar cualquier duda que pudiera albergar Hathol, no sabía porqué pero estaba seguro de que la elfa no mentía, no obstante...su deber para con su país chocaba con sus pensamientos.

-"Os creo"- dijo finalmente Hathol, con la sensación de que aquellas dos palabras que acababa de pronunciar eran el principio de de algo que estaba por llegar- "No obstante, debéis entender que, como habréis deducido por mis ropas, no soy un simple soldado raso, sino que soy Comandante de una de las Compañías del ejército de Helkelen Lara, mi nombre es Hathol Karkar. Por ello, mi deber es detener y entregar a las autoridades a cualquier enemigo con el que pueda encontrarme dentro de nuestras fronteras."

La elfa comprendió entonces que no se hallaba ante cualquier bárbaro del norte, cruel y sin escrúpulos, no, aquel hombre era diferente.

-"Y vos debéis entender..."- respondió la elfa, sin perder un ápice de valentía y seriedad- "...que no os estoy causando ningún mal, es más, estas hierbas son para hacer bien, no os he atacado ni os he provocado daño alguno, por eso os ruego que me dejéis partir. Vos no parecéis un hombre cruel, ¿me equivoco? "Siembra y recogerás", ¿lo habéis oído alguna vez?"

Aquellas palabras dejaron estupefacto a Hathol, aquella elfa le había desarmado con un par de frases, entonces tomó una decisión, una decisión que estaba seguro que le acarrearía muchos problemas y preocupaciones, pero en aquel momento decidió ceder el mando de sus actos a su corazón. Se dio la vuelta y silbó.

-"¡Asfaloth!"-.

Lentamente, el caballo de Hathol acudió a la llamada de su amo, que le entregó las riendas a la elfa.

-"Huid, sois libre"- dijo Hathol, con voz sincera y animosa- "No voy a deteneros, pero pongo una condición a vuestra marcha, debéis prometerme que ésta no será la última vez que os vea. Además, debéis devolverme el caballo, pues para mí es casi como un hermano"

La elfa subió al caballo de un salto.

-"Lo prometo"- respondió con una sonrisa- "Ah, se me olvidaba, mi nombre es Vanadessë Nissëldor." Entonces espoleó al caballo y desapareció en la oscuridad del bosque.

Vanadessë- pensó Hathol para sí- Nunca olvidaré tu nombre

Y emprendió el camino de regreso a Ost-En Äel, un camino en el que sólo tuvo un pensamiento: los ojos de Vanadessë, aquellos ojos que había conseguido traspasar el tupido velo de su alma y habían llegado a lo más hondo de su ser. Una nube veló la luz de la luna durante un segundo y luego se desvaneció. Hathol empezó a caminar.

[Editado por Encalion el 25-10-2006 11:27]

Escrito el 25-10-2006 14:27 #5

Con cada palabra que pronunciaba aquel hombre, la elfa sentía un mar de confusión, su mirada la hipnotizaba y traspasaba su corazón, pero su mente trataba de bloquear aquella sensación y su conciencia le decía que él era un rival.

Cuando él pronunció su nombre, la elfa lo memorizó y sería difícil olvidarlo... Hathol Karkar... Sus ojos eran hermosos y sentía que flotaba al oír su voz. El tono de la misma había cambiado, ahora era tierna y de una u otra forma le inspiraba protección. Al cabo de un rato de miradas interminables y una leve charla, Vanadessë creía que su arresto sería inminente, mas el destino tenía preparado algo más.

Para su sorpresa, Hathol dió un silbido y en unos segundos apareció un hermoso caballo, que respondía al nombre de Asfaloth, cuando el hombre le entregó las riendas, la elfa lo miró extrañada y se preguntaba porque la dejaba ir, cuando las cogió, su mano rozó levemente la de Hathol y todo lo que pensaba en ese minuto se le olvidó, un estremecimiento en su interior le hizo apartar rápidamente la mano y de un brinco monto al caballo.

Cuando se disponía a partir, le dijo su nombre y sintió tristeza de alejarse del lugar, esto la perturbó pero sintió alivio al pensar en que tenía que devolver el caballo a su dueño.

Cabalgó rápidamente, ya comenzaba a amanecer y los guardias cambiaban el turno cuando la elfa llegaba al campamento. Poco antes había bajado del caballo y sabía que no podía aparecer con el allí, así que decidió dejarlo atado en las cercanías de su tienda, en aquel lugar en donde nunca nadie inspeccionaba. Un pequeño claro perfecto para que el animal se sintiera a gusto. Volvió rápidamente a su tienda y se acostó, el campamento comenzaba a despertarse y los ajetreos de los guardias perturbaban su sueño.

Cuando cerró los ojos apareció ante ella la imagen de aquel hombre. No podía olvidar su mirada y la intensidad de su voz, estaba inquieta y no podía dormir. A medida que avanzaba el día trataba de pensar en otra cosa, mas le era imposible, a media tarde abandonó el campamento y fue a darle de comer al caballo que la noche anterior le había llevado al campamento. Llevó consigo un cepillo que había sacado del lugar en donde guardaban las monturas y armas, cuando llegó al sitio, se acercó al animal y luego de darle de comer, se dedicó a cepillarlo, procuraría devolverlo esa noche...

[Editado por lalihiari el 25-10-2006 14:29]

Escrito el 25-10-2006 16:15 #6

El camino de vuelta a la ciudad se le hizo corto a Hathol, a pesar de ir andando, quizás fue que durante todo el trayecto su mente la ocupó por completo un nombre y unos ojos. Al cabo de unas horas volvió a entrar en la ciudad por la misma puerta por la que había entrado, saludó a los soldados de guardia y se encaminó de nuevo hacia el edificio que albergaba a los soldados y oficiales del ejército de Helkelen Lara. Era un edificio de piedra de dos plantas, con el tejado, de madera, a dos aguas. En la planta baja se encontraba la Sala Principal, donde había varias mesas y sillas, y una chimenea, un pasillo daba a los aposentos y despachos de los cargos altos del ejército y la guardia de la ciudad (que en Helkelen Lara eran la misma cosa). En el segundo piso se encontraban las celdas comunes de los soldados, a este piso se podía acceder por una escalera situada en el Salón Principal o bien por una escalera de piedra adosada al muro exterior del edificio, normalmente los soldados utilizaban esta segunda escalera, ya que no se les permitía acceder al Salón Principal más que para informar de asuntos de urgencia. A un lado del edificio principal se encontraban los establos y caballerizas, y al otro una pequeña edificación de piedra en la que se albergaban los sirvientes del ejército: mozos de cuadra, cocineros, escuderos, etc. Rodeando el perímetro del edificio principal se encontraba un muro de piedra, con una torre de defensa en cada una de sus cuatro esquinas, y una puerta doble a modo de entrada, formando un conjunto francamente inexpugnable. En definitiva, el Cuartel de la Guardia y el Ejército de Helkelen Lara era una pequeña fortaleza dentro de la gran fortaleza que era la ciudad de Ost-En Äel.

Hathol cruzó la puerta de entrada, atravesó el patio y se dirigió al Salón Principal. La chimenea estaba encendida, el ambiente era agradable, pues las noches en Helkelen Lara eran especialmente frías. Hathol se quitó la capa y los guantes, y observó que en una de las mesas había una enano de barba rojiza sentado, mirando por la ventana y fumando en pipa, con el ceño fruncido. Vestía una túnica verde oscuro con un cinturón de cuero tachonado, y unas botas negras. Se trataba de Zirak, Comandante, junto con Hathol, de una de las compañías del ejército de Helkelen Lara.

-"¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas?"- le espetó Zirak a Hathol, sin apartar la vista de la ventana- "Que yo sepa, los Comandantes de compañía no salimos a patrullar por las noches...y solos."

-"Quería dar un paseo..."- respondió Hathol, intentando disimular su turbación por el encuentro con Vanadessë- "...pensar, despejar la mente. Ya sabes."

-"Pues no parece que te hayas despejado mucho"- dijo Zirak, girándose y observando el rostro de Hathol- "¿Ha ocurrido algo ahí fuera?"

-"Me voy a dormir"- dijo Hathol, bostezando, y obviando la pregunta de Zirak- "Estoy cansado y mañana hay mucho que hacer. Buenas noches."

Hathol desapareció por el pasillo en dirección a sus aposentos. Zirak oyó la puerta cerrarse al cabo de un instante.

A este condenado crío le ocurre algo o yo soy un orco barbudo- pensó Zirak para sí.

Hathol no consiguió pegar ojo en lo que quedaba de noche, no obstante, decidió que volvería a ese claro en el bosque a la noche siguiente...algo en el fondo de su corazón le impulsaba a ello, y era más fuerte que su férrea voluntad de soldado. Quizás era...no, no podía ser, y sin embargo...

Escrito el 25-10-2006 18:24 #7

Cuando acabó de cepillar el pelaje del animal, Vanadessë se sentó en el tronco de un árbol caído, había comenzado a recordar con detalles el encuentro de la noche anterior y se percató de algo que hasta el momento le había pasado inadvertido. Las florcillas, no había conservado ninguna, con el repentino encuentro había olvidado un manojo de pequeñas flores en el claro aquel, las necesitaba pues pronto partirían a tierras lejanas y su instinto le decía que no pillaría más si no era allí. En el fondo de su ser, Vanadessë tenía la necesidad de ir allí con la esperanza de encontrar al dueño del caballo y algo más.

Estuvo toda la tarde en aquel lugar junto al caballo, no le importaba nada más en ese momento, sentía que su corazón de elfa anhelaba el encuentro con el Helkeriano, mas su conciencia de Ohtari le decía que tenía que evitarlo. En esa disyuntiva estaba cuando una voz la sacó de sus pensamientos.

-Mi señora, Sonyariel la está buscando- la mirada inquisitiva de un elfo la puso nerviosa, daba miradas furtivas al caballo, pues él sabía perfectamente que aquel animal no pertenecía al campamento.

-Iré en un momento... tu quedate aquí, cuida del animal y procura que nadie lo monte... sólo preocupate de estar a su lado... nada más- dijo la elfa al tiempo que se alejaba rápidamente a la tienda de su amiga.

-Me estas buscando, Sonyariel?- preguntó

-Estaba preocupada por tí, amiga- la dulce voz de la mujer le hizo sentir la necesidad de contarle el encuentro, mas se aguantó, pues si sabían que era un Helkeriano, le reprocharían y más aún si sabían que había salido de noche y sola.

-No tienes de que preocuparte, estoy bien... muy bien- la elfa dió un abrazo a Sonyariel y salió presurosa de la tienda, Sonyariel quedó mirando como la elfa se perdía rápidamente y no dijo más.

Vanadessë corrió al sitio en donde había dejado al elfo y el animal, cuando llegó pidió a su compañero que no mencionara lo del caballo y que por favor le guardara el secreto. El elfo asintió y se retiró junto a la hoguera que comenzaba a calentar a los que se reunían en su círculo.

La noche comenzaba a caer lentamente y Vanadessë seguía observando al caballo, haciéndole cariño y peinándolo. Cuando vió que los últimos guardias tomaba posición de vigilia, la elfa se acercó a su tienda, cogió su capa y salió del campamento con la excusa de caminar un poco, pues unos centinelas se habían percatado de su presencia y ella no quería que dieran la alarma a su capitán.

Cuando llegó al claro, cogió las riendas de Asfaloth y caminó junto al el, lentamente, atenta a cualquier ruido que pudiera espantar a la bestia y tratando de calmar los nervios del posible encuentro con Hathol. Nada le aseguraba de que lo encontraría, pero ella guardaba la esperanza de que al menos fuese a buscar a su amigo.

[Editado por lalihiari el 25-10-2006 19:38]

Escrito el 26-10-2006 16:47 #8

Hathol durmió intranquilo esa noche, aunque lo más correcto sería decir que esa noche no durmió, se la pasó toda dando vueltas en su cama, pero sobre todo dando vueltas a su cabeza. ¿Por qué no podía quitarse de sus pensamientos la imagen de Vanadessë? Hathol nunca se había enamorado, nunca se había permitido a sí mismo enamorarse, el mundo estaba ya demasiado lleno de sufrimientos como para añadir uno más a la lista.

Se levantó tarde a la mañana siguiente, el sol hacía rato que ya había salido, se lavó un poco la cara y se puso el uniforme. Cuando bajó al Salón Principal no había nadie, todos habían desayunado y habían empezado con sus quehaceres diarios. Fuera, en el patio, se encontraba el enano Zirak, supervisando, con voz atronadora, la instrucción y entrenamiento de los nuevos reclutas que hacía poco habían llegado. Hathol salió afuera, y Zirak enseguida le vio.

-"Vaya"- le espetó Zirak, irónico, a Hathol nada más verle- "Veo que su Graciosa Majestad nos ha hecho el honor de levantarse esta mañana. ¿Se puede saber qué te ocurre?"

-"Buenos días"- respondió Hathol, fríamente- "Tengo mucho que hacer esta mañana, así que no tengo tiempo para tus bromas."

Sin esperar respuesta, Hathol se dirigió hacia las caballerizas.

-"¡¿Cómo?!"- gritó Zirak, rojo de ira- "¡Será posible...y encima se atreve...! Durbem, encárgate de la instrucción hasta que regrese, tengo un asuntillo que aclarar con el Comandante Hathol."

-"De acuerdo señor"- dijo el oficial, sin ocultar su desconcierto.

Zirak se encaminó las caballerizas, a grandes zancadas, en pos de Hathol, cuando llegó, éste estaba ensillando a uno de los caballos.

-"¡¿Se puede saber qué demonios te ocurre, muchacho?!"- empezó Zirak- "Un Comandante de Compañía no puede levantarse más tarde que sus soldados, deberías saberlo tan bien como yo, pero eso me da igual, hay algo que te preocupa,vamos cuéntamelo."

-"No me ocurre nada, amigo"- respondió Hathol, secamente- "Son cosas mías, nada de importancia."

-¿Acaso te crees que me chupo el dedo?"- insistió Zirak, ya más calmado- "Vamos amigo, todo lo que te preocupa a ti me preocupa a mí."

Hathol, terminó de ensillar al caballo y subió de un salto.

"En serio"- dijo Hathol, tratando de parecer animoso- "Agradezco tu preocupación pero no me ocurre nada."

"No me moveré de aquí hasta que me lo cuentes"- respondió Zirak, obstinado, cogiendo las riendas del caballo.

"De acuerdo"- dijo Hathol, con un deje de burla en su voz- "Si quieres ser la causa de que llegue tarde a la reunión que tengo con el Senescal Apacen para discutir la estrategia a seguir en nuestra guerra contra Lempë allá tú..."

"¡Bah!"- respondió Zirak, soltando las riendas de golpe- "Haz lo que te plazca."

Hathol espoleó al caballo y salió rápidamente de la cuadra, cruzó el patio y salió por la puerta del muro.

Maldito crío, seguro que le ocurre algo- pensó el Enano, cuando, de pronto, se dio cuenta de algo.

"¡Eh!"- gritó en dirección hacia dónde había partido Hathol- "¡Ése no es tu caballo! ¿Dónde está tu caballo?... Maldita sea..."

[...]

Hathol se pasó toda la mañana en el Palacio real, discutiendo con el Senescal Apacen la estrategia que seguirían a partir de ese momento en la guerra que Helkelen Lara mantenía contra Lempë. La Sala de Guerra estaba atestada de mapas colgados en las paredes, y sus estanterías rebosaban de documentos oficiales y no tan oficiales. La mesa del centro la ocupaba un enorme mapa desgastado de Árador, y de pie, mirando el mapa, estaban Hathol y Apacen, Senescal del Rey, con Naulë, la loba de Apacen, la lado de su amo. El Senescal, a pesar de su ceguera se desenvolvía pefectamente en ese mapa, puesto que tenía relieves, por lo que le era muy fácil situarse tan solo tocándolo con los dedos.

-"Tenemos que defender la Capital a toda costa"- decía Apacen, acariciando a Naulë- "No podemos dejar que caiga bajo ningún concepto, pero tu unidad debería intentar tomar alguna ciudad porque... ¿Me estás escuchando? Comandante Hathol, ¿le ocurre algo?"

Hathol estaba mirando fijamente el mapa, parecía absorto en él, no obstante, sus pensamientos estaban muy alejados de aquella sala.

-"Eh..."- dijo Hathol, saliendo de su ensimismaniento- "Si Señor, no hay que ceder la Capital..."

-"Bien"- respondió Apacen- "Continuemos..."

[...]

Al finalizar la reunión con el Senescal, Hathol decidió no volver al Cuartel para comer, pues quería evitar encontrarse con Zirak, su buen amigo Zirak. Sonrió al pensar en la preocupación de su amigo, pero por el momento no podía, no debía, decirle nada...no era el momento. Comió en una taberna de la ciudad y se pasó la tarde resolviendo asuntos menores concernientes al funcionamiento del Cuartel, pero en su fuero interno deseaba con toda su alma que la noche llegara, para volver a aquel claro en el bosque y comprobar si el encuentro con Vanadessé había sido sólo un sueño.

Y la noche, lentamente, llegó. Más o menos a la misma hora en que lo había hecho la noche anterior Hathol salió de la ciudad encaminándose al claro. La noceh era igual a la anterior, clara y sin nubes, e igual de fría. Hathol llegó al claro y allí estaba ella, en el centro, esperándole con Asfaloth, había bajado del caballo y se había quitado la capucha, dejando que sus cabellos cubrieran sus hombros. Hathol también bajó del caballo y se fue acercando lentamente...qué hermosa era, cada vez que la miraba parecía que su belleza crecía y crecía. Los dos estaban ya frente a frente.

-"Ayer pensé que había soñado"- empezó Hathol- "pero ahora veo que no es un sueño sino que sois real."

-"¿Acaso no os fiáis de vuestros ojos?"- respondió Vanadessë, sonriendo dulcemente- "Además, os prometí que os devolvería a Asfaloth, es un buen caballo, tenéis suerte de tenerlo como amigo."

-"Pero no sólo habéis cumplido esa promesa..."- dijo Hathol.

-"No entiendo a qué os referís...aquí tenéis el caballo"- respondió Vandessë, bajando la vista y dando las riendas de Asfaloth a Hathol.

-"Me prometisteis que os volvería a ver...y habéis cumplido"- dijo Hathol, agarrando las riendas del caballo, y a la vez la mano de Vanadessë- "¿Acaso ya no os acordáis?"

Hathol soltó a Asfaloth y cogió las manos de Vanadessë, mirándola a los ojos y atrayéndola lentamente hacia sí.

-"Pero...lleváis los emblemas del clan que es enemigo de mi clan...no está bien..."- titubeó Vanadessë.

-"Si ése es el problema, mirad lo que hago con esos emblemas"- dijo Hathol, quitándose la sobrevesta, quedando con la cota de malla al descubierto, y volviendo a coger de las manos a la elfa.

La luz de la luna iluminaba por completo el claro, recortando con su luz la silueta de dos corazones tan unidos como separados. Vanadessë y Hathol se miraron a los ojos con intensidad, los dos sabían que pertencían a clanes rivales, pero sus rostros continuaron acercándose cada vez más. Cerraron los ojos y ya no existieron los emblemas ni los clanes.

[Editado por Encalion el 26-10-2006 17:21]

[Editado por Encalion el 26-10-2006 17:23]

[Editado por Encalion el 26-10-2006 17:24]

[Editado por Encalion el 26-10-2006 17:27]

[Editado por Encalion el 26-10-2006 17:37]

Escrito el 26-10-2006 19:57 #9

La elfa cuando llegó, con las riendas en mano se dispuso a esperar, no estaba segura de que Hathol volviera, pero algo en su interior le decía que tenía que esperar.

Al cabo de unos minutos unas leves pisadas en la espesura del bosque le hicieron ponerse alerta, Vanadessë sintió que un escalofrío recorría su espalda y cuando vió una figura humana acercándose su felicidad era inmensa, a pesar de saber que su modo de actuar estaba mal. Lentamente vió como la blanca luz de la luna iluminaba el rostro de Hathol, no se movió de aquel lugar y cuando el humano llegó junto a ella, la elfa sintió un estremecimiento en su interior, sentirlo próximo le encantaba pero trataba de parecer indiferente, no quería, no debía enamorarse de un enemigo, mas su corazón dispuso otra cosa.

Luego de las primeras palabras entre ambos, la elfa entregó las riendas de Asfaloth a su dueño y éste le cogió las manos, Vanadessë no las apartó. Hathol la acercó y ella se dejó llevar, una brisa hizo mover los cabellos de la elfa y el humano los apartó de su mejilla, acariciándola suavemente.

Cuando la elfa fijó su mirada en los emblemas e insignias de Hathol, este se los quitó.

-"Si ése es el problema, mirad lo que hago con esos emblemas"- dijo Hathol, quitándose sus atuendos y volviéndo a coger las manos de Vanadessë.

En un momento dado, la elfa miró en sus bellos ojos y sintió la necesidad de perderse en ellos, lentamente comenzaron a acercar sus rostros y se fundieron en un tierno beso. El tiempo dejó de correr, una suave brisa movía los cabellos y la túnica de la elfa. El beso fue largo y tierno, en él, Vanadessë entregaba su corazón y alma al humano rival. Sentía que la felicidad la invadía y no quería separarse de él, mas su conciencia le hizo apartarse bruscamente, volvió al mundo que los rodeaba y se dió cuenta que aquello a pesar de su corazón, le llevaría a traicionar a los suyos, por un instante recordó las batallas y la sangre derramada entre ambos clanes y lentamente las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas

-Es increíble lo que el destino le tiene preparado a aquellos que no lo buscan- dijo Vanadessë con pesar. Miraba fijamente a los ojos de Hathol, eran de un azul profundo y por momentos, la elfa sentía que se perdía en ellos.

-Nuestro destino es compartido y a pesar de la rivalidad de nuestros clanes, creo que hemos sido víctimas de un cruel juego- dijo Hathol al tiempo que secaba las lágrimas de la elfa con uno de sus guantes.

La elfa no podía seguir hablando, un nudo se le había hecho en la garganta, y tuvo que ahogar unos sollozos de tristeza y felicidad a la vez, se abrazó a él y sentía como su corazón latía con fuerza. La noche parecía estar de su parte, pues avanzaba lentamente y el brillo de la luna daba al entorno un aspecto cálido y romántico, a pesar del frío de la zona. Vanadessë comenzó a tiritar levemente, confundiéndo el frío con el nerviosismo.

Escrito el 27-10-2006 17:21 #10

Las estrellas titilaban en el cielo oscuro y la luz de la luna se hacía cada vez más intensa, así como los sentimientos de aquella elfa y aquel humano que estaba abrazados en el centro del claro. Hathol sintió estemecerse a Vanadessë, se desabrochó la capa forrada de piel de marta y se la puso encima de los hombros a la elfa.

-"Gracias"- musitó Vanadessë, pero no dejó de temblar.

Vanadessë y Hathol permanecieron largo tiempo en silencio, abrazados, sintiendo sus corazones palpitar aceleradamente. Después, sin dejar de abrazarse se miraron con dulzura.

-"¿Y qué va a pasar ahora, mi dulce Vanadessë?"- dijo Hathol, con voz triste.

-"Es algo que tenemos que descubrir nosotros, Hathol, el destino es algo que vamos escribiendo cada uno día a día"- respondió Vanadessë.

-"Pero tú eres elfa y yo mortal..."- empezó Hathol.

-"Calla"- susurró Vanadessë, poniendo un dedo sobre los labios de Hathol- "Los Hombres siempre pensando en la fugacidad de sus vidas...no hables de eso ahora, mi amor, simplemente disfruta de este momento y de cada momento que pasemos juntos como si fuera el último, pues quién sabe lo que nos depare el futuro. Pero ahora, bésame de nuevo."

Fue un largo beso, tierno y cálido, lleno de amor y esperanza, lleno de una nueva vida que se abría ante la elfa y el humano.

-"Ahora debo irme"- dijo Vanadesë, después del beso. La mirada de Hathol se entristeció al oírlo.

-"Pero no desesperes, mi amor"- le dijo Vanadessë, sonriendo- "Nos volveremos a ver, nuestros corazones y nuestras almas están unidos para siempre, así que, cuando estés a punto de perder la esperanza piensa en mí y yo acudiré a este claro para devolverte la esperanza, así como tú lo harás por mí. Hoy nuestros destinos se han unido."

-"Así lo haré, mi amor"- dijo Hathol- "Pero quiero que sepas que ni por un instante dejaré de pensar en ti."

-"Ni yo tampoco..."- respondió Vanadessë.

Entoces la elfa se soltó de los brazos de Hathol y se dirigió hacia el caballo que le había traído el humano, que observaba su marcha con tristeza, pero de repente Vanadessë se giró y corrió de nuevo hacia él para besarle otra vez.

-"Siempre estaré contigo"- le dijo la elfa, con voz apresurada- "No olvides estas palabras. Ahora adiós."

De un salto subió al caballo y lo espoleó hacia el bosque, al cabo de unos instantes se había fundido con la oscuridad. Hathol se quedó solo en el claro, con la compañía de Asfaloth.

Yo también estaré siempre contigo, mi amor...siempre.

Entonces, Hathol y Asfaloth emprendieron el camino de regreso a la ciudad, y el humano empezó a temblar de frío, pues Vanadessë se había llevado su capa de piel. Hathol sonrió al recordarlo.