No había sido un viaje agotador en extremo, pero el cansancio se sumaba a la agitada noche anterior, y al hecho de que había dormido bastante poco.
Su tienda era algo más lujosa que las demás. Una gran lona blanca, que caía de forma rectangular, apenas rota por una pequeña abertura en el centro de uno de los lados más largos. Por dentro se habían colocado enormes pieles que ayudaban a mantener el calor en el interior, que procedía de unas pilas de bronce labradas, que contenían ardientes brasas. El suelo también estaba completamente cubierto con una tela impermeable, y alfombras tejidas de gruesa lana.
Junto a una de las paredes más pequeñas, se había formado un rectángulo con maderas, y el hueco que formaba se había cubierto con plumas y pieles, formando una improvisada cama. El resto de la estancia contenía unas mesas de madera y sillas cubiertas de pieles también.
Anariel tomó una cena rápida sola en su tienda, constantemente interrumpida por el incesante trasiego de mensajeros. Los informes de la guerra no dejaban de llegar, ni siquiera en aquél lugar remoto del mundo. Finalmente retiraron los sobrantes de la cena, dejando sólo en la mesa una fuente con frutas diversas, una jarra de agua fresca y una botella de vino.
Se acercó a la entrada de la tienda y dejó caer una de las pieles que se hayaban plegadas sobre ella, cerrando de esta manera la entrada desde dentro. A partir de ese momento sabía que se habían acabado los mensajes. A partir de ese momento, disfrutaría de la soledad y del descanso.
Se quitó las gastadas ropas de viaje y cubrió su delicado cuerpo desnudo con un camisón blanco. Liberó sus cabellos de la larga trenza que los aprisionaba, y se sentó junto a la cama mientras los cepillaba con calma. Después, dejó el cepillo en una mesa, apagó los candiles dejando la estancia en la penumbra de las brasas, y se deslizó entre las pieles, quedándose dormida casi al instante.
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No debía haber pasado mucho tiempo. Su sueño era profundo pero algo la inquietó. Se revolvió entre las pieles un momento, y después abrió bruscamente los ojos. El brillo rojizo de un metal a la luz de las brasas la sorprendió. Después sintió su frío tacto en el cuello.
- No grites... - dijo una voz susurrante. Pero no la reconoció. Sólo cuando la figura oscura se movió y recibió de lleno el pequeño haz de luz que procedía de las brasas, vió el rostro de Alsio.
Aún semidormida como estaba, la conversación anterior con Rialath volvió a su mente. Ahora por supuesto se arrepentía de no haberle escuchado. De haber puesto su confianza en los suyos por encima de lo que la razón dictaba. Pero eso no la sacaría del lio en el que estaba metida...
Respiraba agitadamente y su pecho subía y bajaba rápidamente. Alsio la miró con una expresión inexcrutable, paseando su mirada por su cuerpo. Estaba inclinado sobre ella, quizás pensando en cuál sería su siguiente paso. Anariel dejó escapar un pequeño suspiro mientras trataba de calmar su respiración.
- Capitán... - intentó decir ella, si bien su voz sonaba insegura.
- Shhhhhhh - la acalló el poniendo el puñal con suavidad sobre sus labios - No digas nada. Sabes cuánto tiempo hemos estado esperando este momento... No lo estropeemos con las palabras.
Ella calló. Tantas guerras, pensó. Tanta sangre en sus manos mancilladas, y tantas muertes sobre su conciencia. Y ahora estaba asustada. Completamente a merced de la locura de su captor.
Alsio deslizó la mano libre acariciando sus brazos, su cuello, su rostro. Parecía ensimismado observándola.
- Tanto tiempo... Pero yo sabía que lo deseabas con la misma intensidad que yo, aunque no pudieras acercarte a mí. Tenía que ser yo quien diera el paso, quien se acercara a tí. Y el momento ha llegado...
- Capitán... - repitió ella. Pero él la interrumpió.
- No finjas más. Dí mi nombre. No hay nadie aquí ante quien tengas que fingir...
Anariel no entendía nada. ¿Acaso pensaba que ella había demostrado algún interés en él? ¿Qué podía haber hecho ella para que él pensara ello? Porque no recordaba nada... Había sido amable, sí. Ella era así. Con todo el mundo. No tenía por qué ser distinto con él. ¿Pero era esa razón a que él pensara que lo deseaba?
De repente algo se movió detrás de la figura del hombre. Rápidamente, Rialath entró en la tienda espada en mano, y se acercó hasta ellos antes de que Alsio pudiera siquiera reaccionar. Posó la punta de la espalda en la nuca del hombre, y éste se quedó tenso al momento.
- Sueltala - la voz de Rialath sonaba extrañamente tensa.
Anariel sintió temblar el puñal en la mano de Alsio. En la oscuridad no podía percibir qué se ocultaba en su mirada, pero sabía que la amenaza de la espada no sería suficiente. Quizás en su locura, prefiriera morir matando. Clavar el puñal en su pecho, y que después el dunadan acabara con su vida. Sus palabras se lo confirmaron.
- Llegas tarde, Rialath - dijo volviéndose hacia el otro hombre, pero sin dejar de apoyar el puñal en el pecho de ella - Ella ya es mía. Siempre lo ha sido, pero ahora se ha hecho realidad. Acaba conmigo si quieres, pero ella vendrá conmigo... Nuestra muerte nos unirá para siempre.
- Eso no es cierto - respondió ella, recobrando un poco la compostura. La llegada de Rialath le brindaba cierta seguridad - Será nuestra muerte la que nos separe para siempre, Capitan - remarcó la última palabra, consciente de la distancia que marcaba entre ellos - Porque mis pasos me llevarán más allá de Mandos, y de regreso a Valinor la Hermosa. Y los vuestros erraran en la noche, presos por siempre del destino de los hombres. Clavad vuestro puñal, y morid si así lo deseais, pero eso sólo servirá para separarnos para siempre.
Alsio dudó entonces. Sus palabras remarcaban el distinto destino de dos razas tan distintas. Pero la Unión que tanto tiempo había alimentado sus almas no podía cambiar su esencia. Unidos como hermanos, como un mismo pueblo, elfos y hombres debían saber que esa unión no podía transcender más allá de los designios de Ilúvatar. Eso era algo que los ramalië habían olvidado. Pero no su reina.
Durante un momento los tres permanecieron inmóviles, pero Alsio se incorporó bruscamente, intentando esquivar la espada de Rialath y atacarlo con el puñal. Ese fue su error. Subestimó la destreza del dunadan, al que no conocía demasiado bien. Apenas se sintió el movimiento de la espada, rápido y certero. Sólo el golpe seco de la cabeza de Alsio al caer cercenada de sus hombros y caer al suelo.
[Editado por Indil el 20-10-2006 01:39]