La Guerra de los Clanes

El Comienzo

Escribiéndose...
Escrito el 04-08-2006 18:12 #1

Orodril contemplaba el túnel con cierta impaciencia, pero haciendo una valoración aproximada del tiempo transcurrido quizás ya no faltara tanto.

Como tantas veces la reina Illurë parecía haber echo odios sordos a sus consejos de tomar un camino más prudente y más directo hacia la zona alta de la ciudad, y había hecho un recorrido más escalonado, alimentado su imagen de poder y majestuosidad entre sus súbditos. Todo ello bajo los diferentes equipos de seguridad montados con anterioridad, y del cual el elfo era el único encargado y el único culpable dado el caso.

Al final varias luces en la lejanía comenzaron a bañar con su luz las paredes del túnel. La reina Illurë había llegado, y su entrada provocó una cierta agitación y breves comentarios entre la mayoría de los gobernantes, que se encontraban apostando a la espera a ambos lados de la escalera que conducía a la zona alta de Astan Neuma. Tan solo el emperador Yago de la provincia de Edon (salvo Uzab-Kibil y yo, para quienes no era nuestra primera visita real) permaneció sereno, exultante bajo su imagen de poder y riqueza, orgulloso y soberbio. El resto estaban absortos en la imagen de la reina, quien había optado de nuevo por usar como montura a Liantur, una grotesca araña, pariente de Ungolianth, en sobre manera alimentado, siendo su altura de unos tres hombres erguidos.

A su lado montando un bello corcel negro, cabalgaba Rael, anterior gobernante de Astan Neuma, que ahora ocupaba el cargo de auditor real bajo el sobrenombre de Curumaruth, y tras una máscara de piel confeccionada a partir de pálidas caras humanas. Y a pesar de la lejanía aun entre ambos sus miradas se encontraron, provocando un brillo y sonrisa en el ranquendi y una faz agria en el camkiri.

-¿Es hermosa no crees? Su belleza bien podría ensombrecer a la de muchas elfas- susurró la voz bañada en el amargor de Dyshira, apostada a su lado.

-No es ella precisamente quien ensombrece en este lugar- respondió el elfo quien no tenía ojos mas que para Rael, a quien bien hubiera deseado dar muerte tiempo atrás, más bien sabía que de que se hubiera dado el caso, la suya hubiera sido la siguiente cabeza en haber rodado.

Pero aquellos pensamientos funestos desaparecieron al fin, pues bien no sabía como, Dyshira se le aproximó más a él y rodeo con ternura con el brazo diestro su cintura. Su mirada brillaba ahora y en su rostro hubo un leve amago de sonrisa, evitado por el momento de profundo protocolo.

-Orodril-

-Si mi señora- respondió veloz ante la voz.

-Muéstrenos el camino hacia la cámara de gobierno-

-Así sea- y tras una leve reverencia condujo al escueto sequito a través de las escaleras y de los jardines, a la cámara de gobierno, más concretamente a la sala de regencia, donde se encontraba una gran mesa de mesa con tres asientos a un lado (de los cuales uno tenía un aspecto más bien de trono) y siete al otro, rodeado de cuadros, tapices, estatuas, y decenas de ornamentos, como una bella lámpara que vestía la sala, sin llegar a sobrecargarla.

-Pensaba que nos reuniríamos en el parlamento, como en ocasiones anteriores- se atrevió una voz un tanto entrecortada a su espalda, quien no tardo en identificar como la del califa Tarik Al-yasar, un hombre sabio, que era más un intelectual que un soldado, tan cómodo en aquella situación como una oveja descarriada entre una manada de hambrientos lobos.

-El parlamento esta relegado ha tratar temas más relevantes. Esta no es una reunión para los señores de la guerra, ni para los dirigentes de órdenes o gremios, tan solo los gobernantes de las siete provincias, y solo ellos, nada de duques, condes, vizcondes, o cualquier otro grado de aristocracia. Ahora pues tomen asiento.- concluyó Orodril. Y así pues, los siete asientos fueron ocupados por los siete gobernantes de las provincias, mientras quien los otros tres fueron ocupados por Illurë, Rael y Orodril (quien a pesar de ser rey junto a Dyshira, su esposa, de la provincia de Nasta Netula Men, no era él, sino ella quien ostentaba el bastón de mando, y por tanto ocupa asiento junto a su reina, como representante de ésta en el Matriarcado de Harniâth).-Acto seguido puede comenzar la reunión.-

Escrito el 07-08-2006 00:38 #2

El viento soplaba ligeramente desde los altos senderos celestes, bajando por los picos nevados de las Montañas de la Brisa, hasta las calles subterráneas de Astan Neuma. Era increíble el frío que hacía debajo de las montañas. Las calles estaban abarrotadas de gente comentaban la visita de la reina.

Entre la multitud emocionada, una alta figura encapuchada caminaba lentamente. Tenía la talla de una noldor, iba vestida con unos pantalones cafés muy desgastados, una blusa verde ceñida a su esbelta figura, en el cinto llevaba una daga y una espada, calzaba unas botas de piel de lobo que acababa de obtener gracias a un comerciante descuidado. Su rostro, oculto por la capucha de una gruesa capa negra, se mostraba serio sin dejarse contagiar por el entusiasmo. Luiniel era su nombre, una extranjera en el reino de Harniâth, no tenía pensado quedarse mucho tiempo aunque tampoco sabía a donde iría después.

La elfa entró en una posada a tomar un trago. Era un local pequeño y no muy concurrido; un anciano y un enano de barba blanca bebían en la barra y unos hombres conversaban animadamente en una mesas aparte. Luiniel se sentó en la barra.

- Cantinero, un café con amareto.

El enano se hecho a llorar al oír a la elfa - ¡Justo lo que pedía Bor! – se acostó en la barra y de repente se oyeron ronquidos.

- Disculpad a mi amigo – dijo el anciano dirigiéndose a Luiniel –, hace unos días murió su amigo Bor, el Martillo Negro, y está muy afectado.

- ¿Bor? Extraña coincidencia… - la elfa rió por lo bajo.

- ¿Lo conocía?

- No, pero su primo Nauthiz de Khazad-dûm me pidió que le entregara un mensaje. Dijo que era muy importante que encontrara a un enano llamado Bor en Orod Nid – no era exactamente lo que había ocurrido, pero no le importaba lo que pudiera pensar el hombre.

- Él nunca dijo nada de parientes… No sé si es el Bor que buscáis, él vivió en Astan Neuma desde que lo conozco. – el anciano dudaba – Aunque tal vez si lo sea… Bor fue enterrado en la Necrópolis, un lugar poco popular. No se le permitió a nadie asistir.

- ¿Cómo puedo llegar hasta allí? – continuó Luiniel tras una larga pausa.

Al cabo de una media hora, la noldo salió de la posada, para ser la primera vez que estaba en la capital había conseguido justo lo que buscaba. Ahora sus pasos la llevaban a los niveles superiores.

Escrito el 07-08-2006 13:31 #3

Kael observaba la imponente ciudad que se alzaba frente a el.Astan Nuema.Avazanba impaciete por aquella campiña cuando vio a un pequeño grupo peleando contra unos orcos:

-¡Malditos orcos rebeldes!-el que parecia el sargento arremtio contra un enorme orco.

A pesar de que los humanos eran mas el enorme orco y sus dos acompañantes,dos orcos mas peqeños tal vez trasgos,los apabullaban.Kael al reconocer la heraldica de los humanos:Liantari Dimbar.

Aquellas tierras estaban en guerra el lugar perfecto para un mercenario.

Antes de partir de Rhun,donde habia servido a su ultimo patron,se habia informado sobre esas tierras.El lugar perfecto para un mercenario.

Pero el habria preferido seguir en Rhun pero el cauidilo que mato a su patron le dejo vivir con la condicion de que fuese su guardaespalda personal o se marcharse de alli.

Decidio no manchar la memoria de su antiguo patron y se fue.

Decidio ayudar a los humanos.Arremtio contra el gran orco.Por la espalda le fue facil....:

-¿Quien sois elfo?-pregunto el sargento

-Kael Athas mercenario para servir...

El sargento dijo un timido gracias y se marcho a la ciudad...

Kael contemplo la ciudad...alli estaba su destino lo sentia...

Escrito el 07-08-2006 14:07 #4

Uzbad Kibil se sentía cómodo en aquel lugar, al fin y al cabo Astan Neuma se encontraba en mitad de las Montañas de la Brisa... lo que no llegaba a comprender era como algunos elfos como Orodril se sentían también cómodos en aquel lugar rodeados de grandes rocas.

Aún así el enano ardía en deseos por abandonar la capital del Matriarcado, por fin podía ocupar el trono que antaño arrebataron a su Casa y por el que su familia había derramado tanta sangre. Pero todo aquello ya no importaba pues el gobierno de Gathol Kheled había retornado a la Casa de Kibil.

Astan Neuma era un lugar ciertamente impresionante, pero la belleza de Gathol Kheled con sus cumbres heladas y sus pasillos con cristales de espejos era muy superior; además algo siniestro se respiraba en Astan Neuma, él sabía muy bien a qué se debía pero aún así le incomodaba en algunos momentos del día.

Al cabo de un rato de pasear por la ciudad, Uzbad regresó con los demás Señores del Matriarcado y con Orodril, que no merecía el calificativo de Señor pero ahí estaba y sus deseos por abandonar la capital no se veían sino incrementados para poder librarse al fin de la compañía de aquel elfo.

Escrito el 08-08-2006 02:39 #5

Después de mucho caminar por túneles subterráneos, Luiniel salió a un valle en las alturas de las Montañas de la Brisa. Las estatuas de dos soldados se alzaban majestuosamente a ambos lados de la boca del túnel, sentados cada uno en un imponente trono, a sus pies un sello circular hecho de oro llevaba inscrito: “I sinomë finde ortamme me yulma anlyë.”. Atravesó el espacio entre las figuras silenciosas.

Grises nubes cubrían el cielo y al suelo una gruesa capa de nieve. El viento se arremolinaba entre las lápidas cubriéndolas de escarcha. Había llegado a Firinost, la ciudad de los muertos.

De lejos se la veía como una figura que caminaba despacio, con la cabeza erguida y sus ojos centelleaban a pesar de que su rostro estaba ensombrecido. Sus pies descalzos no dejaban huellas tras de sí. Se dirigía a la entrada de la muralla negra en forma de anillo.

Paró al ver un par de puertas plateadas que estaban abiertas de par en par. Un bosque gris se extendía desde allí, sus árboles eran irregulares piedras de distintas formas y tamaños. Una brisa retiró bruscamente la capucha de su cabeza agitando su cabellera. Luiniel no se movió, con la mirada recorrió el lugar en busca de una señal que la guiara en dirección a la tumba correcta… sólo una podía ser la que buscaba.

Hubiera tenido que buscar en cada una de las inscripciones si no fuese por la información que obtuvo en la ciudad. Aquel anciano le había dicho que los enanos caídos en la guerra civil de Gathol-Kheled estaban sepultados cerca de una estatua de Aulë. Ahí estaba, unos doscientos metros a la derecha. Bajó la capucha negra de su capa y continuó en línea recta hasta la estatua.

No eran motivos de honor los que guiaban su búsqueda, sino la ambición de poseer un antiguo tesoro. Sabía que lo encontraría en su tumba, sabía que la llave que había encontrado la llevaría directo a esa singular joya.

Después de retirar la nieve de cada una de las piedras y leer todos los nombres sin encontrar nada, la voz del anciano resonó en su cabeza: - Puede ser que si buscas a Bor Martillo Negro, es más seguro que lo encuentres detrás de la siguiente puerta. Él fue un general muy fiel a Liantari y es probable que allí descanse (…) Recuerda que aquellas siniestras puertas se abren con sangre, como pago de toda la sangre derramada a favor de la reina.

Volvió a su búsqueda atravesando varios kilómetros de tumbas hasta llegar a una segunda puerta. Aparentemente era una plancha lisa de acero. Sacó una daga, unas gotas rojas cayeron en la nieve mientras la hoja cortaba su palma izquierda. Con la misma mano empujó las puertas, los gozones giraron sin hacer ruido. Cruzó al otro lado y la entrada se cerró de nuevo. No tardó en dar con la tumba del Martillo Negro, curiosamente encima de su lápida había un martillo de guerra negro con el mango del mismo color. “Vaya gran imaginación…” pensó al verlo. A los enanos les gusta custodiar sus más grandes tesoros aún en su lecho de muerte. Examinó con cuidado la inscripción, era poco probable que la joya invaluable estuviera dentro del ataúd. Sentía la emoción recorrer su cuerpo al recordar la historia de la joya, otra creación de Fëanor que causó conmoción en Arda, un artilugio que, decían, era capaz de controlar la voluntad de otros siendo la causa de la locura de los noldor. Debía comprobar si era cierto, en todo caso sería útil.

Se sobresaltó al ver una pequeña grieta en la masa del martillo. La miró con atención, tenía la forma de una cerradura. Sacó una llave negra de su bolsillo, lentamente la introdujo. Sonrió, entraba perfectamente. La giró con cuidado hasta oír un “clic!”. La masa se abrió por la mitad revelando una cajita de piedra en su interior.

Luiniel alargó la mano para cogerla, pero se detuvo al escuchar unos pasos detrás. Cerró el compartimiento del martillo dejando la caja adentro y retiró la llave. Alguien se acercaba, acarició la empuñadura de su espada. Eran más de uno, debían ser elfos pues sus pisadas casi no hacían ruido.

- ¿Quién es y qué hacéis aquí? – dijo un hombre, los copos de nieve se quejaban bajo sus botas. Su voz era severa y seca como la de un miembro del gobierno. La noldo meditó un momento: sería mejor obedecer hasta que se pusiera molesto. – Mostrad el rostro!

Luiniel se dio la vuelta para toparse con un hombre corpulento y barbudo, casi como un enano. Habían unos cinco elfos detrás de él. La elfa se quitó la capucha. – Mi nombre es Luiniel y vine a visitar a un viejo amigo.

- Tendremos que llevarla al juicio de la reina, pues no puede estar en este sector de la necrópolis. – la elfa notó el miedo que el hombre le tenía al lugar.

- Quizá podamos llegar a un acuerdo…

- No lo creo – repuso haciendo una seña a los elfos, los cuales se acercaron con espadas desenvainadas.

“Ya se puso pesado” se dijo Luiniel desenvainando a Lómemacil. Al ver que estaba armada dos elfos se lanzaron al ataque. La hoja de su espada cortó el aire antes de clavarse en el cuello de uno de sus atacantes, con un giro desgarró el estómago del otro. Entonces los otros dos saltaron a vengar a sus compañeros muertos. Sintió el acero en su hombro derecho. Se volvió enfurecida a sus atacantes y después de una serie de golpes los derribó. No había señales del hombre.

Volvió a mirar el martillo, pero sintió un piquete en el mismo hombro. Esta vez era una flecha. Lanzó su daga al cuello del hombre quien había regresado junto con el último de sus defensores… cayó de rodillas… la punta estaba envenenada… sintió la nieve en su rostro.

Escrito el 09-08-2006 22:28 #6

La reunión finalmente tocó a su fin. Ahora tanto Illurë como Rael, poseían toda la información que necesitaban, más allá de las que Orodril podía trasmitirles mediante palabras en sus habituales informes, enviados sin interrupción semana tras semana. Todo ello sonsacado de la forma más disimulada posible. Tal manejo de la manipulación era admirable, aunque bien temía el elfo ser un día victima de tales artimañas, si es que acaso ya no lo era.

Poco a poco los gobernantes de las siete provincias del Matriarcado de Harniâth fueron abandonando la estancia, dirigiéndose hacia las escalas que daban a los jardines. Afanados como estaban Illurë y Rael en sus conclusiones, Orodril abandonó juntos a los gobernantes la estancia, acompañando a su esposa hacia el exterior.

Anar había comenzado a despuntar por el horizonte y una mayor luz recorría el lugar desde que entraran, cuando rompía el alba, y la belleza de su alrededor brillaba pues ahora con mayor candor.

Orodril apostado en las últimas escalas y apoyando su espalda contra el muro, contemplaba el horizonte junto a Dyshira que abrazada, con la cabeza apoyada en su pecho, contemplaba el mismo paisaje. Así lo hacían mismamente el resto, que aún bien no sabía si marchar, o aguardar a que la reina hiciera un último acto de presencia. Éste finalmente no se hizo demasiado de rogar y al cabo de un rato el replicar de los pasos rompió el silencio.

Como azuzados por una vara invisible cada uno dejo su postura descansada y espero recio a la llegada de la reina.

-Muy bien, podéis retiraros. Tu no Orodril, deseo que me hagas de guía por la ciudad y me muestres los progresos hechos, así como que des un informe más detallado si cabe ahora que puedo ver con mis propios ojos todo cuanto me hablas.-

-Como deseéis mi señora- respondió al mandato el elfo, quien con movimiento imperceptible busco la mirada de su esposa quien se la devolvió con amago de asentimiento de la misma invisible manera.

-Sea, pues- y al ver la reina que Rael, Curumaruth para el resto salvo para Orodril, se sumaba a la visita, fue a el entonces a quien dirigió sus palabras –Curumaruth, quisiera que revisara las cuentas y libros de anotaciones. Quiero una revisión exhaustiva antes de marchar, y que se me informe si existiera alguna anomalía.-

-Como lo deseéis mi reina- dijo no si un tanto a regañadientes, marchando hacia un trabajo tedioso y nada amenos y agradecido.

Las figuras de los gobernantes y el auditor real menguaban a cada paso en la distancia, ya tan solo quedaban ambos a la entrada de la cámara de gobierno.

-Cuando gustes- dijo la reina con un brillo renovado en los ojos.

-Adelante pues, como siempre un placer- correspondió el elfo con una sonrisa, a la que secundo la de la reina.

Escrito el 10-08-2006 00:31 #7

Tras visitar la ciudad, e informándole sobre la marcha aspectos sobre los cuales se habría de trabajara, para mejorar el funcionamiento vigente, elfo y mujer regresaron de nuevo a la zona alta de la ciudad, cuando Anar coronaba el cielo, señalando el medio día.

Altas como lo eran las Montañas de las Brisas, las nubes no sepultaban el cielo bajo su sedoso manto, que entrechocaba con la roca metros más abajo. Allí el cielo exhibía su manto azul, y el aire era cálido.

-¿Cómo es ella?- comentó de pronto Illurë mientras paseaban por el extenso jardín, perfumado por mil y una flores, provenientes de puntos diversos de la geografía de Arda.

-¿A que te refieres?- extrañado el elfo de aquel comentario, rompedor de un silencio que se había alargado mientras que ambos se habían deleitado de la hermosura de aquel lugar (o al menos el elfo así lo había pensado, pues tiempo hacia que por su trabajo no visitaba ya aquel lugar).

-Pues eso, ¿cómo es Dyshira?- insistió la reina.

-Creí que ya lo habrías descubierto, es una mujer inteligente, leal, enormemente capaz para su cargo…-

-No me refiero a eso, ¿ella te complace?-

-Dímelo tú, a fin de cuentas fuiste tú quien ideo nuestra unión y controlar así a los ranquendis eliminando a Rael del escalafón, del cual antes no te fiabas y quien bien convertisteis en tu auditor. Dime, ¿él también te complace, o es que acaso lo hace uno de los tanto monarcas que se interfieren en la expansión de tu imperio?-

Ahora el elfo comprendía, pero se sorprendió cuando Illurë se detuvo y se apartó entonces de él, mirándolo fijamente, mientras que entre ambos se perpetuaba el silencio. Acaso aquellas palabras habían llegado a causarle daño. A ella, la gran Illurë.

-Jamás acercaría la mano a esa sabandija más de lo necesario, y no lo mantendría vivo si no me fuera útil. El resto bien sabes el porque, a fin de cuentas es algo que conoces bien, de todas formas no tengo por que darte explicaciones.-

-¿Acaso tienes reproches? Te recuerdo que yo solo cumplo órdenes. Tus órdenes. No fui yo quien se convirtió a voluntad en ramera de gobernantes de reinos sin nombre.-

Notó como la mano envuelta en sedosa piel le cruzaba la cara. Podía haber llamado a los guardias, podía haber hecho que lo decapitarán allí mismo, consumiendo su alma maldita en un doloroso deambular infinito. Podía hacer cuanto le antojase, y allí estaba ante él, aún con el brazo inmóvil en el aire. Ahora ya no era la reina Illurë, gobernanta de uno de los imperios más grotescos que Arda daría cabida, ahora era Illurë la mujer que a los quince años había tomado las riendas de su pueblo y la cual había forjado en la más pura soledad un reino al cual dedicarse en cuerpo y alma intentando no caer así en su propia melancolía y desolación. A pesar de su dura apariencia, Illurë no había dejado de ser una mujer, con sus emociones y sentimientos, por mucho que ella a lo largo de su vida hubiera por todos los medios esconderlos, guardarlos, evitando que alguien los descubrieran y lo pisotearan, destruyendo así la única parte de ella que aún consideraba viva.

Ahora la veía sin aquella aura que siempre la envolvía, su encantamiento se había por el momento roto, y ahora la contemplaba lo que realmente era, lejos de las habituales apariencias. Ahora podía reparar más claramente en la diferencia de altura entre ambos, llegándole al elfo la cabeza del ella al pecho, siendo así de estatura media alta para los de su raza, pero inferior a la de Dyshira la cual llegaba al elfo hasta el puente de la nariz. Ahora podía contemplar enorme belleza teñida por el velo de la fragilidad, del candor.

-Lo lamento- se excusó el elfo, y al acercarse a ella, busco sus labios, y ella los suyos. Pero por primera vez quizás, de tantos años trascurridos entre eventuales encuentros, fue algo sincero.

Escrito el 11-08-2006 10:43 #8

Un carro viejo y destrozado avanzaba penosamente por uno de los innumerables tuneles de Astan Neuma. El que lo conducia era un viejo anciano envuelto en una manta y que no dejaba de maldecir y enseñar los dientes a los transeuntes. El carro crujia restregandose contra paredes de los pasajes demasiado estrechos. La gente que veia el carro se apresuraba a apartarse, pues llevaba el simbolo que le identificaba como Servidor de la Araña. El carro finalmente se coló por un especialmente oscuro pasadizo, especialmente reservado para vehiculos de provisiones. Las ruedas chirriaron y se partieron varias varillas, pero el conductor no prestó atencion. En las esquimas habia guardias apostados que vigilaban friamente al conductor, lo que le hacia soltar aun mas gruñidos. El carro quedó aparcado en una estrecha celda de piedra que quedaba junto a la puerta de una enorme cocina. El viejo se bajo del carro y discutió a voces con un guardia que habia salido al oir el traqueteo. Finalmente el guardia arrojó con desden un saquito de monedas al viejo, que le insultó con voz pastosa. Evidentemente el conductor del carro se estaba muriendo de sueño. Los hombres se alejaron. La luz de la ventana se apagó. Todo quedo en silencio.

Solo se oia el gotear de alguna lejana corriente.

Alguien que hubiese mirado en la parte posterior del carro habria visto amontonados varios sacos de patatas. Alguien mas sutil habria percibido quizas un movimiento de los sacos. Y cualquiera habria descubierto como los sacos empezaban a rodar por la superficie de madera hasta caer al suelo de piedra de la celda. Una figura entumecida se levantó de una esquina al fondo del vehiculo, en un punto que habia quedado escondido por los montones de patatas. La figura misma parecía que se había hecho la ropas con la tela de aquellos sacos. Una diadema de trapo apartaba su enmarañado pelo, dejando al descubierto una cara llena de cicatrices y quemaduras. Sus ojos eran lo unico que parecia vivo en su cuerpo, brillaban con febril intensidad, aunque en aquel momento tambien parecian entre divertidos y furiosos.

-Abarzgur! -exclamó, escupiendo sobre los sacos de patatas. Luego bajo de un salto del carro y miró apreciativamente a su alrededor.

-Bienvenido, Ohtaránë, a Cirith Illurë -se dijo a si mismo...

Escrito el 11-08-2006 11:22 #9

El elfo se coló en la cocina forzando la cerradura con una daga. Era lo que hacian los guardias de aquel lugar siempre que sentian hambre, por lo que no le costó ningun trabajo. Entró en una estancia iluminada solo por una hilera de chimeneas en ascuas. Habia un par de ancianas dormitando junto al fuego. Ohtaránë se arrastró por debajo de una larga mesa, alcanzó la puerta y la abrió justo para darse de narices con un guardia.

-¡Ey! -dijo el guardia volviendose hacia él. Ohtaránë se metió detras de la puerta y se encorvó, asomando solo los ojos y tratando de poner voz femenina.

-¡No me des esos sustos, jovencito! -dijo-. Si me da algo... ¿Quien va a cocinar para vosotros? ¿Quien? Fuera de aqui antes de que encuentre mi baston, niño...

El guardia se apresuró a alejarse. El elfo sonrió. Menos mal que estaba oscuro.

Subió por una escalera de caracol cautelosamente. Mientras subia, hablaba consigo.

-Estoy en el Palacio, tengo que salir rico de aqui. Bueno, la verdad es que deberia conformarme con salir vivo, por que con todos estos guardias... Esta mejor protegido que la camara de las Delicias Descuartizadas de Snugrubbol... ¡Ya sé! La Reina seguro que tiene joyas... Si logro llegar a su habitacion... Snaga! ¡Guardias!

En efecto dos guardias bajaban por la escalera. Ohtaránë miró el muro a un lado y el hueco circular del otro y se decidió. Saltó y quedo colgando de los peldaños con las manos. La escalera no tenia baranda. Los guardias bajaron y uno de ellos estuvo a punto de pisarle la mano, lo que a esa altura habria tenido desagradables consecuencias. Finalmente pasaron sin abrir la boca y el elfo se apresuró a volver a trepar, para que no viesen sus pies colgando en el piso de debajo.

Finalmente la escalera acabó y salió a un recio pasillo. Habia guardias en todas la esquinas, y algunos mas patruyando. Pero para alguien nacido en los tuneles de los orcos mas intrigantes y bestiales de la montaña, aquello era un juego de niños. Finalmente logró hacerse un plano mental de la disposicion de los guardias. Se concentraban de forma circular en torno a un punto que él no lograba alcanzar. De este modo, le revelaban de paso su objetivo. El elfo trepó por una columna con incrustaciones cuando uno de los guardias se le acercó. Luego empezó a caminar pegado al hombre, tanto que casi tocaba sus ropas, sin respirar y pisando cuando él pisaba. De este modo llegaron a una puerta donde ya habia dos guardias apostados. Otro guardia venia por el otro lado del pasillo. Ohtaránë se ocultó tras una estatua y dejó que los guardias se relevaran. Hecho esto cogió sus dagas y las lanzó con destreza a los cuellos de los guardias. Aquellas muertes era inevitables, la puerta nunca quedaria a solas de otro modo. Ohtaránë registró a los guardias, hasta que encontró en uno de ellos la llave de la habitacion. La hizo girar en la cerradura y se coló. A un lado habia una cama con dosel, a otro un espejo con tocador, y frente a él una ventana. En el centro de la habitacion un delicado pilar de marmol sobre el que reposaba, envuelta en lana, una araña de diamante enorme, del tamaño de la bota de un orco. Estaba tan finamente labrada que hasta él, que no entendia de joyas, supo que encontraría pocos objetos parecidos en Arador. Se lanzó sigilosamente hacia delante y cogió la araña.

Entonces unas campañas instaladas alrededor del cuarto, pequeñas pero de un material que al ser golpeado hacia apretar los dientes de dolor, redoblaron con furia, despertando a todo el Palacio. Viendo el momento de irse, y esperando que hubiese algo blando debajo, Ohtaránë corrió y se lanzó por la ventana con los pies por delante, haciendo reventar los cristales...

...Y cayó hacia atras rechazado por la verja de hierro que automaticamente se habia bajado para sellar la salida. Golpeó el suelo con la nuca, oyendo los gritos de la Reina, y notó un pie sobre su cuello.

-Vesall hundur! -dijo a su captor, con los ojos llenos de lagrimas por el dolor y (sobre todo) la conmocion que le habia provocado el ser rechazado por la ventana.

[Editado por Mafy13 el 11-08-2006 11:34]

Escrito el 11-08-2006 17:19 #10

Dejaron atrás los hermosos jardines y se internaron en Cirith Illurë, el Palacio Real, residencia de la reina en sus escasas visitas. Ambos mantuvieron las maneras a lo largo del recorrido desde los jardines hasta el último piso de la torre, representado sus consecuentes papeles con gran habilidad y naturalidad. Hasta que el cerrar de las puertas del dormitorio real hizo que cayeran las apariencias y ropajes de ambos.

La anaranjada luz del día que tocaba a su fin iluminaban sus pieles en cobrizos tonos, mientras que los cuerpos de ambos se abrazaban para dar lugar a un beso al tiempo que cada palmo de sus pieles notaban la caricia del tacto de la otra. La sutil caricia dio lugar a una más concienciada y decidida, dejando navegar las manos sobre la superficie de la piel amada mientras que los cabellos, de gran mesura en ambos, los erizaban con su ajeno tacto.

La reunión que mantenían oficialmente ambos, se dirigió entonces a la cama, de forma continua aunque escalonado, manteniendo el dialogo y la calma bajo la variación de las posturas enfrentadas. Encontrándolos Isil enmarañados entre las sabanas inmersos aún en tal reunión acalorada, hasta que bajo estrellas plata la tregua entre ambos fue finalmente dada.

Ni voro mertye, voro. Indonya nálya.

Aquellas palabras recuerdos del mismo mal sueño frecuente, sacaron del sueño al elfo, a quien los gritos se los había quitado el tiempo, y que ya tras las pesadillas ni los músculos ya le encogían. Ahora tan solo despertaba, recordando las melancolías vividas en una era pasada.

Ahora despertaba y con extremo cuidado acariciaba un cuerpo que le era amado, mientras que los labios pronunciaban independientes el nombre de un amor pasado. Dándose cuenta del suceso los dedos se detuvieron en su pasión y deseo, y abandonando con sigilo la compañía hasta bien poco anhelada se detuvo frente a la ventana. Y allí con se poso con brazo diestro sobre la fría roca, contemplando el silencio y belleza de una noche entrada en horas.

Y las campanas comenzaron entonces a replicar.