Cuatro jornadas más y alcanzaron la ciudad de Osto Fendassë, la primera urbe no enemiga que pisaban desde hacía mucho tiempo.
En un primer momento los habitantes de la ciudad, aun sabiendo que portaban estandartes de Realengo, se mostraron reacios a que la pequeña compañía entrse en su villa.
Arestel pidió audiencia con el señor de la ciudad, y este al enterarse de quienes se trataba no sólo les ofreció alojamiento, sino que además organizo una gran fiesta en homenaje a los aliados del oculto reino del norte. “Perdonad la desconfianza inicial, no estamos acostumbrados a recibir visitas pacíficas” – había dicho el señor de Osto
Una semana pasaron entre aquellas amables gentes, pero la primavera ya estaba avanzando, los días se hacían cada vez mas calurosos y pronto los ardientes rayos del sol pedirían cuantas a aquellos osados que se atreviesen a viajar por las tierras de arador, así pues, muy a su pesar la pequeña comitiva se despidió de Osto Fendassë, y continuó su marcha hacia el norte.
Una barcaza les ayudo a cruzar el Sirhonë, un profundo río de aguas tranquilas que hacia las veces de defensa natural para la ciudad de Osto Fendassë. Tardaron dos jornadas más en abandonar definitivamente las tierras del Heren. A partir de aquel momento, y hasta que llegasen cruzasen el Sildatuine, río que delimitaba la frontera de Farothdin, estarían en tierra de nadie.
Una mañana Thelidor dijo que ya estaba cansado de tener que viajar en el carromato y que se encontraba lo suficientemente bien como para aguantar una buena cabalgata, así que pidió a Astaroth que ensillara su caballo, como solía hacerlo antes. El elfo intentó disuadirlo, pues la Arestel aun dormía y sabía como iba a reaccionar ella si veía a Thelidor en una montura. Pero el regente le tranquilizó diciendo que solo él era el responsable. El capitán no le quedo otra que obedeció la decisión de su señor.
Thelidor agarró con fuerza unos pocos pelos de la crin del animal, situó su pie izquierdo en el estribo, y con ayuda de Astaroth, que sujetaba su pie derecho, el hombre se impulsó hacia arriba logrando sentarse en la silla.
- No ha quedado muy natural-rió el regente- creo que he perdido práctica- acaricio con fuerza el cuello de su caballo.
- Es la primea vez en casi seis meses que monta, señor, y además aun sigue lesionado…
-Si la herida no me mata lo conseguiréis Arestel y tu – el jamelgo comenzó a moverse, inquieto- Ya, ya, tu también hechas de menos una buena carrera, ¿eh? – dijo Thelidor rascado la blanca crin – anda, dame las riendas.
El elfo retrocedió, una cosa era que su señor subiera al caballo, otra bien distinta que se pusiera a cabalgar.
-Astaroth, no me obligues…
-¿A qué?- intervino de improviso la voz de Arestel que se encontraba al otro lado del caballo, con los brazos cruzados. –Por favor, dale las riendas.
El eldar, esta vez sí, bajo la petición de la mujer, entregó las correas al númenoreano, el cual sin más tardanza azuzó al caballo y tras una nube de polvo desapareció.
-¡Señora, es una locura! – exclamó Astaroth.
Arestel movió negativamente la cabeza.
- Thelidor se ha recuperado prácticamente. Desde que emprendimos el viaje al norte sus heridas se han ido cerrando poco a poco, y ahora no son más que arañazos en su torso – la mujer hizo una pausa, estaba mirando embelesada los movimientos que jinete y montura realizaban en la planicie- Tal vez el deseo de regresar a casa haya hecho posible este milagro.
-Sólo Eru sabe que secretos se esconden en el corazón de los hombres.
Desde aquel momento Thelidor continuó el viaje a caballo, aunque de vez en cuando, y por petición de su mujer, descansaba algunas horas en el carromato.
El calor se hacia ya latente en Arador, aun quedaban semanas para el verano, pero el sol, como advertencia de lo que vendría, atosigaba a los viajeros. De tal forma les afectó, que apenas recorrían unas 30 millas al día, cuando lo normal eran 50. No querían forzar a los caballos, y desmontaba con frecuencia para que los animales fueran más ligeros, e incluso comenzaron a viajar de noche.
En cuanto tuvieron la oportunidad se internaron el Taur Tasarion, el bosque que rodeaba Orod Endére. La humedad se acumulaba de bajo de las altas copas de los árboles, pero al menos los rayos del sol no lograban traspasar la verde techumbre de la foresta. Aprovecharon las cristalinas aguas del Lintatuine para refrescarse y llenar los suministros de agua, pues seria el último río que viesen hasta el Sindatuine, aun a cientos de millas al norte.
El grupo caminaba en silencio por la oscuridad del bosque, parecía que la luz de luna tuviera mas facilidad para traspasar las hojas, y gracias a ella, podían ver por donde iban. Entonces uno de los elfos de la vanguardia, apareció ante ellos.
- ¡Orcos, mi señor! – exclamó
- ¿Dónde?-pregunto Thelidor adelantándose hasta el elfo.
- Junto a las ruinas de Tavarcerta, varias hogueras iluminan el lugar.
- ¿Os han visto?
- No, no, supimos escondernos bien,
- ¿Qué hacemos, Thelidor? –preguntó Arestel preocupada.
- Tal vez les superemos en número y…- comenzó
- No, mi señor – interrumpió el eldar – al menos contamos un centenar a esta lado de las ruinas, seguramente haya más en el interior.
Thelidor comprendió al instante que la idea que tenia en mente supondría la muerte de todos sus.
- Su vista no es buena, aunque sí su olfato – anunció- será mejor que aceleremos el paso ahora que la brisa viene del este. Esperemos que Manwe nos favorezca con sus vientos.
En cuanto consiguieron salir de Taur Tasarion, Arestel mandó, con una de sus águilas, un mensaje al rey, informando del sospechoso grupo de orcos que se encontraba en las antiguas ruinas.
Alcanzaron el Sindatuine, el río, al igual que los otros que se habían encontrado a lo largo del viaje, bajaba con un fuerte caudal de las montañas, pero lograron pasarlo sin dificultad, a través de un oculto vado, que sólo los habitantes de Farothdin conocían.
-Tumbaletaurëa, la proviendia del sur
- exclamó Thelidor nada más encontrase en la otra orilla- aunque aun estamos lejos de Oron, me siento en casa.
Arestel abrazó a su esposo, ella también lo sentía.
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La historia continúa en Oron Oiotuilë, Monte Siempre Primaveral
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