Hacia el noreste del Valle del Atardecer Azulado, al oeste del Trono de Hielo y del Aeglos, en un antiguo pináculo rocoso, entrante en las frías Montañas de la Nieve Perenne, se levanta una anciana y alta torre de mármol, bella y resplandeciente, denominada como la Torre del Fulgor Dorado, o Laurankar Tirion en Noldorin. Emanaba una neblina dorada refulgente, no como un vapor espeso, sino como una aurora en la tierra, que daba un aspecto misterioso al lugar.
La torre había sido una poderosa atalaya del Antiguo Reino caído, derruida y quemada varias veces, reconstruida otras tantas, y abandonada finalmente. Allí llegó Laureon un día cabalgando y fumando aquellas hierbas de manzana que tanto le gustaban; sorprendido por la majestuosidad que aquel paraje inspirada, con la cansada y vieja torre excavada en el mismísimo pináculo, visitó las salas tan sufridas del edificio, contempló la enorme biblioteca subterránea con multitud de libros y manuscritos en la lengua vernácula del Viejo Imperio, y subió a lo alto de la atalaya, cuyas vistas hicieron vibrar al Maia.
Así pues, decidido a establecerse en Helkelen, intrigado por los secretos conocimientos que podían albergar aquellos libros, decidió reconstruir la torre, y adaptarla a sus necesidades.
Por primera vez Laureon Ontarwë, El Herrero, desde hacía ya tanto tiempo, dejó libre el poder constructivo que había heredado de su mentor, Aulë, y durante dos semanas trabajó arduamente para reconstruir la Torre.
Y finalmente, cansado y satisfecho, contempló su obra recién acabada.

Laurankar Tirion
Escribiéndose...Laureon, el Maia, canturreaba alegremente por el campo, rodeado de hierbas altas, bosquecillos hacia el sureste y colinas de matorrales al suroeste. A su espalda quedaban las hoscas y amenazantes Montañas Perennes, azuladas debido a la distancia, pero a la vez nítidas y temibles. Podía verse a lo lejos, también, las auroras terrestres de la Torre de Laureon, sinuosas y refrescantes, bellas,difuminadas debido a la lejanía; daba impresión aquello de un raro, pero maravilloso, sueño. Había dejado su fiel caballo en las caballerizas de Laurankar, y paseaba vestido con una holgada túnica blanca y unas pequeñas botas, leyendo con atención y curiosidad un libro escrito en la Lengua Antigua desaparecida. El camino empedrado no estaba muy lejos, a su izquierda, y al cabo de un rato, satisfecho por su paseo, cerró el libro—dejando convenientemente marcada la página por la que iba—y retomó el camino hacia la Torre. Hacía ya tiempo que habían terminado sus aventuras en Ferith Ar-Karáh, por lo que su comprensión del idioma antiguo era, cuanto menos, muy notable.
Llevaba ya casi una milla de trayecto recorrida, cuando su instinto le avisó sobre viajeros a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio que un jinete se acercaba a él, no demasiado deprisa, pero tampoco demasiado lento. Curioso por naturaleza, Laureon el científico continuó un pequeño trecho el sinuoso sendero entre los pequeños montes de arbustos y finalmente se sentó en una roca plana y grande a su derecha, cerca del empedrado.
El jinete no tardó en llegar, y Laureon lo reconoció rápidamente por su porte y su forma de vestir, como un mensajero. Sonrió mentalmente, al recordar su proposición al Consejo de crear un cuerpo competente de carteros y mensajeros; la rapidez y la eficacia eran vitales a la hora de transmitir información.
El jinete se apeó e hizo una pequeña reverencia ante Laureon, el llamado Rey Dorado, quien frunció el ceño. Poco le gustaban a él ese tipo de cosas.
—Mi señor Laureon, tengo un mensaje para vos—dijo el mensajero respetuosamente, lo que avivó aún más la desaprobación del Maia.
—Vamos, muchacho, mírame a los ojos y háblame sin tanta ceremonia—dijo bruscamente—. No soy un Vala, ni pretendo serlo.
El mensajero iba a decir algo parecido a \"a sus órdenes, Señor\", pero conocía la fama de Laureon y se lo calló.
—Bien, me han ordenado que le comunique...—sacó una nota del bolsillo para refrescar su memoria y siguió hablando—. Para que le comunique que una mujer extranjera se dirige hacia su Torre. En circunstancias normales la ley no hubiera permitido tal cosa, pero debido a que el Consejo sabe cómo es usted, permitió tal visita. He viajado tan rápido como he podido, y según creo esta señora, de nombre también forastero, estará aquí en unos cinco días, quizá menos. Eso es todo, Señor.
Laureon se quedó pensativo, con los ojos entrecerrados, y despidió pensativo al mensajero, recompensaándole por sus buenos servicios con alguna moneda de oro. Siempre solía hacerlo.
\"Conque una extraña forastera, ¿eh?\", pensó Laureon cuando regresaba. \"Muy bien, veamos qué se trae entre manos; al menos no he perdido facultades... mis sueños siguen cumpliéndose. Menos mal que no le digo nada a mi buen Apacen... seguro que se pondría celoso. Qué interesante...\"
A los cinco días una extraña forastera se acercaba a la Torre; y Laureon esperaba pacientemente, fumando sus hierbas de manzana, sentado al lado de la puerta del muro exterior de Laurankar Tirion. Arqueó las cejas, y sonrió con bondad.
Atravesó todo el norte del Taurëruin en una sola jornada, era suficiente para un espíritu cansado. Se detuvo en las orillas del Tuine Hyellea, el sol daba muestras de ocultar pronto su rostro; nunca había sentido tanta pesadumbre, depositó lo que cargaba en el abundante pasto, bebió del agua cristalina que reavivó sus ánimos y se adentró en la corriente a darse un baño. Al salir se posó en la hierba para despedir los últimos destellos de Arien, olvidó el tiempo hasta que sus grandes ojos vieron salir las primeras estrellas en el firmamento, su luz le recordaron a la dama de sus sueños y su mandato… debía continuar.
Al inclinarse vio hacia el noroeste las imponentes Montañas del Fin del Mundo, a través de sus cumbres la luz de la luna se filtraba hasta llegar a sus plantas, entonces comprendió que ese era el camino que debía seguir.
Una leve esperanza en su corazón la incitaba a seguir a pesar de la extenuidad que la abrumaba, Alkalabrindeth anduvo horas bajando y subiendo senderos escarpados, en ocasiones creía que caminaba dando vueltas, había sitios tan similares a otros, pero siempre ocurría algún signo que para ella era el claro significado de por donde debía dirigirse. Poco a poco sus piernas le respondían menos, por sobre las montañas terregosas se podía ver una diminuta figura que se tambaleaba aferrándose a no parar.
Faltaban un par de horas para la llegada de la aurora cuando de pronto la pequeña figura se desplomó, rodando hasta toparse con una gran roca que salía de la montaña como una mano que la detuviera. Entonces Sorontir abandonó el nido…
El primer rayo del alba iluminó su rostro, Alkalabrindeth abrió los ojos y sintió la tibieza y suavidad de unas plumas en su mejilla, mientras en la otra sentía la fresca brisa de los cielos; al levantarse vio con asombro que sobrevolaba las montañas encima de una hermosa y ancestral águila, no entendía cómo se abría subido en ella y creyó que era uno más de sus sueños. Pero una vez que llegaron al extremo norte de las montañas, el águila descendió hacia la estribación más baja y con cuidado desplegó un ala hacia el suelo, la elfa resbaló a través de ella y vio con asombro la belleza del animal; el águila se irguió con extrema nobleza y habló:
- No temas. En el mundo hay poderes más grandes de los que Árador ha permanecido ajena; no obstante te haz envuelto en el único poder maligno del cual haz sobrevivido, y eso ha sido un gran don que les fue concedido. Algún propósito más se espera de ti que me han enviado a guiarte, pero mi deber principal es resguardar estas montañas, pues aún no se ha destinado que alguien deba cruzarlas más hacia el este. Por lo tanto he de dejaros, estás en tierra segura; hacia abajo pasando el peñasco inicia la frontera de Helkelen Lára, cruza el hielo sempiterno y llegarás a donde tu destino te aguarda.
El águila dio media vuelta para emprender el vuelo de regreso, pero Alkalabrindeth pidió su espera, necesitaba conocer su nombre y que le aclarara la mente, se sentía tan confundida, el águila sólo pronunció su nombre y partió sin más demora, en cuanto la peredhel la dejó de ver a la distancia sus pensamientos tomaron forma y entonces supo hacia donde ir.
- Hantalë Sorontir, nunca os olvidaré!! – y los ecos difundieron en la lejanía la voz de ella.
…
Todo el día anduvo sin problemas por los parajes helkerianos, las heridas y rasguños de la caída no la habían molestado; por el atardecer llegó a una vasta tierra cubierta de hielo y nieve, ese trayecto fue el más cruel, no traía entre sus ropas nada que le cubriera el frío que se le clavaba en los huesos, recordó a sus hermanos del Lunte I Nyarier y lloró hincada en la nieve sin consuelo alguno, fueron momentos dolorosos en los que se sintió engañada, tal vez esos sueños habían sido maquinados por el mismo ser que la había atormentado en Amaurenori.
Una vez más se había dado por rendida, pero ahora no estaba Bohr para rescatarla, no estaban ni los sueños que la persuadían, sólo el hielo crujiente que le mancillaba la piel.
Una vez más una figura vestida de negro tirada en la blanca nieve, una desconocida armada en territorio ajeno y con precaución de guerra.
Quiso la fortuna que aunque la elfa no lo viera, cayera en las cercanías del Trono de hielo. Unos hombres la levantaron y la llevaron a su hogar, con el calor de la chimenea, Alkalabrindeth reaccionó. Largo rato los hombres le cuestionaron duramente su llegada y los motivos que la llevaban a Helkelen, Alkalabrindeth fue más la sorprendida cuando respondió todo con información que ella misma desconocía, incluso acababa de mencionar un alto nombre que hasta los hombres se sorprendieron y la vieron con mayor recelo.
Después de cuchichear un rato entraron a la habitación y le dijeron que la dejarían partir, mas habría que hacerlo con precaución porque estaría vigilada en todo momento. En otros tiempos la elfa hubiera reaccionado con orgullo ante tal desconfianza y severidad, pero no tomó importancia al asunto y decidió partir de inmediato, era un nuevo día y sentía fuerzas renovadas.
Después de todo tuvieron un tanto de cortesía, le habían curado las heridas, la habían alimentado y le habían prestado un gran abrigo de piel y cuero macizo, al menos eso le cubriría del clima intempestivo que había caído en el lugar.
Cinco días más tuvo que andar, varias veces se detuvo a cazar lo que encontrara a su paso, parecía que al acercarse al objetivo volviera a ser ella, también en varias ocasiones maldijo en sus pensamientos a los que la vigilaban, nada les hubiera costado prestarle un caballo.
Al quinto día ya estaba envuelta en la hermosa neblina que bañaba de sol la torre alta e imponente de Laurankar, embobada con tanta majestuosidad y surrealismo se sintió libre por primera vez en mucho tiempo, extendió los brazos y danzó sonriente entre las flores doradas y mirando las copas de los árboles... entonces sintió una mirada penetrante, bajó la vista deteniendo su andar y lo vió...
Una figura alta, noble y hermosa, parecía de un linaje apenas inferior a la dama de sus sueños, se mantenía erguido cerca de la torre en espera de ella, una leve y bella sonrisa le daban el mejor recibimiento que Kala hubiera podido esperar, pero la peredhel tembló y, su espíritu efímero no soportó tanta emoción, cayó como la hoja de un árbol, deslizándose entre el tiempo y la hierba.
[Editado por IndisElbereth el 27-08-2006 23:14]
Laureon se levantó tan pronto como la mujer cayera exhausta en la hierba. Mandó llamar a uno de los curanderos de la Torre—no sólo estaba habitada por el Maia, sino que allí había prosperado una pequeña ciudad—, y ambos levantarón el cuerpo liviano de la forastera en una camilla. Cruzaron con rapidez la puerta exterior y se adentraron en Laurankar, ante la mirada extrañada y sorprendida de los hombres y mujeres que hacían su vida diaria.
— ¿Por qué se me ocurriría construir las Casas de Curación casi en lo alto de la torre?—preguntó Laureon frunciendo el ceño. Su acompañante, Do\'gash, sonrió ante el comentario.
—Supongo que pensarías que a los pacientes les vendría bien ejercicio físico... para recuperarse antes.
Laureon soltó una carcajada.
—Aunque me temo que morirían antes de llegar.
Ambos rieron.
—Sólo está agotada—dijo Do\'gash después—. Es increíble cómo una mujer tan hermosa puede ser tan fuerte.
—Esperemos que sea tratable, y que no hayamos hecho un esfuerzo en vano—comentó Laureon frunciendo el ceño.
—En fin, lleva todo un día seguido durmiendo, y si estamos en lo cierto, despertará pronto. Puedes visitarla si quieres.
—Tengo curiosidad...
El curandero se despidió con una reverencia—más como burla que como respeto, pues en la Torre todos sabían que Laureon odiaba las coronas, los \"sí, señor\" y las jerarquías—, y Laureon se sentó frente a la joven, que dormía plácidamente entre las mantas. Contempló durante unos momentos su rostro. Era pálido, delicado, con cierta dulzura, pero a la vez comprobó arrogancia y furia—mucha furia—en las levísimas arrugas de sus ojos, en cómo fruncía los labios. Sonrió cariñosamente. Aquella misteriosa mujer había sufrido, y seguía sufriendo. Intuyó que había cruzado el Aeglos—probablemente por primera vez en su vida—, y la sombra de su poder maléfico no debía conservarse en el corazón ya dolido de la joven. Así pues, invocó una porción de sus poderes y acarició el rostro suave de la joven.
Poco después despertó, lentamente, abriendo los párpados como si fueran de plomo.
—Buenos días—dijo Laureon dulcemente.
Destellos luminosos cruzaron frente a sus ojos antes de empezar a ver la imagen de fondo que poco a poco se fue esclareciendo. Era el mismo joven que había visto a la distancia, su voz sonaba tan dulce como el canto de las aves y tan imponente como el sonido de las campanas.
Alkalabrindeth se inclinó lentamente creyendo aún estar en un sueño, la habitación era sencilla, sin ostentaciones, pero cada rincón hablaba de la delicadeza y perfección de las manos que la crearon. Todo el ambiente estaba impregnado de un fresco aroma, alguna hierba fragante que ella desconocía.
Su mirada estaba clavada en los ojos dorados del joven, ojos que expresaban alegría y melancolía, dulzura y fortaleza, en la profundidad de ellos se podían ver años incontables y sucesos bellos y terribles, algo extraño y contradictorio para un rostro fresco y joven.
Laureon rió levemente ante la actitud de kala, sabía la fortaleza que llevaba en su espíritu, pero se comportaba como una niña curiosa y temerosa, observando cada parte de sus facciones. Ella al escuchar su risa comprendió que era real, se sintió tonta e inclinó la cabeza en un desdén.
- Agradezco la hospitalidad y las molestias que os he causado, Señor. Pero os suplico me devuelva mis objetos, debo partir de inmediato en busca del Señor Laureon.
El maia se extrañó cuando ella mencionó su nombre con tanta prisa y vehemencia, ni siquiera reiteró en la forma en que le había hablado, una mezcla de respeto y arrogancia. Y Frunciendo el ceño en acto de desconfianza, le preguntó:
- ¿Qué asuntos te han guiado hacia Helkelen Lára pasando por el hielo y otros peligros? ¿Por qué solicitas audiencia ante Laureon con tanta premura?
Alkalabrindeth en un impulso volvió la mirada hacia el maia, iba a reprocharle el interés ante un asunto que no era suyo y que no debía importarle, se estaba hartando de que la trataran con tanto desprecio y desconfianza; pero no pudo, las palabras se congelaron en sus labios, entonces se convenció que no podía sostener tal actitud viendo esos ojos y, lo que jamás hubiera imaginado, sus mejillas se ruborizaron, tuvo que volver a agachar la mirada... y entonces respondió:
- Ni yo misma sé por qué lo busco, traigo su nombre clavado en mi mente desde hace unos días, he tenido sueños extraños... pero lo más extraño es que cada vez que pronuncio ese nombre tengo una sensación de alivio, como si él fuera alguien muy importante en mi vida, aunque ni siquiera lo conozco.
La elfa cayó y volvió a un estado de tristeza y evasiva, no sabía que estaba frente al personaje que buscaba, una parte de su alma lo presentía y por ello sintió confianza y salud física, pero la sombra que cargaba en su mente le estaba nublando la presencia del poder dorado.
Laureon bajó la mirada, pensativo ante las extrañas palabras de la joven, sin saber muy bien si debía creer o no, si debía desconfiar o si debía mostrarse tal y como le gustaba, amable. Indeciso, miró de nuevo a los ojos de Kala. Sus iris dorados brillaron con tal intensidad que la medio elfa apenas pudo mantener unos instantes aquella mirada. Entonces Laureon sonrió, interiormente, pues no había visto nada malo en las intenciones de la joven. Parecía tan desconcertada como él. Se levantó de la silla y miró de nuevo a kala.
—Yo soy Laureon—dijo con sencillez.
— ¿Laureon?—preguntó Kala sorprendida, más por el porte del extraño—sencillo, sin ceremonias—, que por su propia intuición—. Según he oído eres el rey de estas tierras, el Rey Dorado como te llaman, y dicen que eres más antiguo y poderoso que los Altos Elfos, y que manejas los metales como si formaran parte de tu propio cuerpo; que eres Ontarwë, el Herrero—concluyó Kala, en parte con admiración, y en parte con desconfianza. Era lo que había oído durante su viaje por el sur de Helkelen.
Laureon alzó las cejas, y de pronto se echó a reír.
— ¿Eso dicen?—preguntó. Kala asintió—. Vaya, tendré que reñir a bastante gente.
— ¿Entonces no es cierto?—insistió la joven, ligeramente decepcionada. Laureon no contestó enseguida. Sonrió y ladeó la cabeza hacia un lado.
—Quizá...
A kala no dejaba de desconcertarle el carácter de aquel enigmático señor. Tanta sencillez, tanta simpleza, no era propia—según ella—de un rey.
— ¿Así que sois Laureon?—preguntó de nuevo.
—Ese es mi nombre, no puedo negarlo. Pero me intrigas... ¿No tienes la más remota idea de tu misión aquí?
—No...
Laureon de nuevo bajó la vista, pensando.
—En fin—dijo después—, si tu destino está de algún modo atado a mí, no seré yo quien niegue su cumplimiento. Escribiré un permiso para que se te permita el acceso a cualquier parte de la Torre. Se te tratará con respeto y sin desconfianza. Ahora, podría enseñarte Laurankar Tirion, si te apetece, y si estás suficientemente recuperada.
Ante esto último, la joven recuperó su arrogancia. Se levantó con rapidez.
—Por supuesto que lo estoy—dijo, entrecerrando los ojos. El Maia asintió, y se fijó en las ropas de viaje de kala, gastadas y raídas.
—Por cierto, no sé si te gustará ese tipo de ropa que llevas puesto, pero en caso de que no, hay aquí abundantes vestidos por si quieres cambiarte. Ah, sí, una cosa más... no me has dicho tu nombre.
[Editado por Thirian el 29-08-2006 13:34]
- Me agrada mi ropa señor, me ha acompañado a grandes batallas, no siendo la menor el camino hacia Helkelen. Sin embargo acepto su generosidad, y esperando no abusar de ella me gustaría darme un baño...
- ¡Esperaba que lo pidieras! -dijo Laureon interrumpiéndola y guiñando un ojo, caminó hacia la puerta y al abrirla había afuera una señora de apariencia robusta y mejillas rosadas, traía un mandil de manta; se aproximó de inmediato dando una reverencia, Laureon hizo una mueca de hastío.
- Onnete, prepara la tina para nuestra invitada y trae mantas limpias, saca varios vestidos de la habitación contigua y tráelos para que elija el que desee.
- ¡Ahorita mismo Señor, ay! discúlpeme es que no me puedo acostumbrar -dijo tímidamente la señora y se retiró corriendo por el pasillo.
- Tantos años y no se acostumbran -murmuró Laureon, y dirigiéndose a la \"invitada\" le dijo antes de cerrar la puerta y marcharse.
- Esperaré en la biblioteca, Onnete te guiará, no creas que he olvidado que me debes tu nombre.
Alkalabrindeth dio un profundo suspiro, después de tantos pesares se sentía repuesta, decidió no pensar en el pasado, en aquello que la atormentaba, por alguna extraña razón se sentía emocionada y distinta. Se acercó a la ventana que daba a la parte oeste de la torre, al abrirla el viento sopló con calma en su rostro, la peredhel soltó su cabello y el viento jugueteó en él. En verdad era un lugar hermoso e insuperable, desde arriba se veía un círculo de niebla dorada, como si la torre fuera más alta, pero no era más que un truco, desde puntos visibles distintos podría parecer invisible y en otros una lluvia de oro proveniente del cielo.
Los pasos de Onnete se detuvieron en la puerta. El baño fue refrescante, la curandera le había dicho que el Señor Laureon había colocado él mismo las hierbas medicinales necesarias, el aire que respiró le despejó la mente, por unas horas todo sufrimiento se borró.
La amable Onnete la ayudó a vestirse, Alkalabrindeth no estaba acostumbrada a esas cosas, desde pequeña se había aferrado a una extrema independencia y esa situación le parecía graciosa, por lo que aceptó su ayuda para evitar verse grosera. En ese lapso, Onnete la puso al tanto de los sucesos recientes en Laurankar y kala no la interrumpió, sus historias le hacían deducir rasgos característicos de Laureon, que era el enigma que más le inquietaba descubrir.
Laureon estaba sentado cómodamente sobre una gran silla, fumaba hierba de manzana y sostenía un libro de pasta dura color dorado, parecía estar dormido, pero en cuanto kala entró, se levantó, colocó el libro en una repisa de madera y voltió a verla.
Ella vestía un vestido sencillo blanco con tonos amarillos que se perdían entre las flores de Laurankar, las mangas eran largas y llevaban pequeños bordados de oro al igual que el cinturón. Traía el cabello agarrado y uno que otro rizo se había negado a despegarse de su rostro.
- ¡Hermoso cambio! -dijo el maia un tanto sorprendido, y la peredhel se intimidó por las palabras, pero intentó disimularlo.
- Espero verme presentable para ser digna de ser acompañada por el Rey Dorado, aunque me hes difícil traer vestido, mi Señor, mi nombre es Alkalabrindeth hija de Valglin, elfo noble y fiel de Fanyarëa -una tenue sombra se vislumbró en sus ojos cuando dijo ésto, entonces Laureon pude distinguir cúal era su punto débil, pero trataría el tema después con más cuidado- aunque hay quienes me llaman Dînwen y yo me he nombrado Caraknâr, puede vos decidme como os plazca.
Laureon sonrió ante las palabras respetuosas—demasiado respetuosas, pra su gusto—de su interlocutora.
—Si puedo llamarte como quiera, entonces serás para mí... Gîliell, sí, así te llamaré—soltó una risita ante la mirada sorprendida de la joven. La palabra \"iell\" significaba \"hija\" en sindarin, pero de un modo cariñoso, paternal, lo que no terminó de convencer a Kala—. Otra cosa: ahórrate las reverencias y los \"mi Señor\"; créeme, me parecerás más amable si no lo haces que si lo haces. En fin, Gîliell, dime qué te apetece en esta amplia Torre.
Durante unos momentos la medio elfa no supo qué contestar. Se sentía desconcertada, y levemente irritada ante su nuevo nombre. Que la tomaran como una \"niña\", siendo ella independiente y arrogante como era, no sentaba muy bien a su orgullo. Pero pensando que, por el momento y antes de que su destino allí quedara claro, sería conveniente no mostrarse despectiva. Además, ante aquellos profundos y misteriosos ojos amarillentos, Kala no podía mostrarse así. No entendía por qué, pero no podía dejar de negarlo.
— ¿Qué estabais leyendo?—preguntó después, sin tener nada especial que decir. Ante un gesto de Laureon, tomó asiento en un sillón a su lado.
— ¿Te gustan las lenguas?—preguntó el Maia.
—Las que son útiles, Señor—respondió con cierta solemnidad kala. Laureon sonrió.
—Bien, bien, eso está bien. En cuanto a mí, podría decirse que soy una especie de... de filólogo—la idea pareció divertirle, pues se dibujó una expresión burlona en su rostro—. Leía uno de los muchos libros que encontré aquí. Los antiguos pobladores hablaban lenguas que nada tienen que ver con las nuestras; tuve la difícil labor de descrifrar la gramática y el vocabulario, y ahora puedo leer con fluidez. Aunque me temo que mis exigencias como rey no me permiten muchos momentos de descanso para dedicarme a la lectura.
— Y, ¿cómo lograsteis adivinar el vocabulario?
Laureon soltó una leve risita.
—Como ya dije en su momento, mal científico sería si revelo todos mis trucos al primero que pasa. Y no pretendo ser despectivo contigo al decirlo; de hecho, tu presencia aquí, además de tus ojos, me provocan una curiosidad... notable.
Alkalabrindeth se ruborizó, aunque logró ocultarlo mirando hacia el suelo.
— ¿Te gustaría pasear por la Torre?—preguntó Laureon, cambiando deliberadamente de tema—. Creo que tus piernas habrán perdido forma después de tanto tiempo en la cama sin moverse. Aunque, por otro lado... quizá quieras hacerme alguna pregunta, sobre mí; al fin y al cabo somos unos desconocidos.
Laureon pareció perderse un momento entre los recuerdos, y sus ojos se apagaron. Pero fue sólo un instante, y la medio elfa se preguntó si no había sido su imaginación. De pronto se dio cuenta de que tenía que responder.
- Me agradaría tanto tomar su palabra, vos sois un gran enigma, pero prefiero aguardar con paciencia e ir descubriéndolo poco a poco -las últimas palabras sonaron como un susurro, parecía haber hablado para ella, un destello de los ojos de Laureon la hicieron reaccionar, por lo que se levantó de inmediato aún extrañada, esa situación nunca le había ocurrido con nadie, por qué este gran Señor la hacía sentir nerviosa, la hacía sentir pequeña a su lado.
- Por ahora prefiero me muestre su misteriosa ciudad, cada sitio donde me guíe me hablará de vos, hay tantas dudas entre vosotros que el camino no bastará.
Laureon sonrió satisfecho y se levantó tomando el brazo de kala y juntos se encaminaron a la salida, comenzaría por mostrarle los alrededores, todo el pináculo se embellecía adornado de variadas florecillas, era un extenso jardín en pendiente donde volaban pajarillos y hermosas mariposas. Enormes árboles con frondosas copas rodeaban el pináculo y una que otra construcción de piedra figuraba entre los árboles.
Laureon prefirió llevarla primero al jardín, del lado este había un imponente arco hecho de herrería, sobresalían las figuras de dos árboles, la medio elfa se maravilló ante ellos, el trabajo era magistral y representaba con dignidad los árboles de Valinor. Fue la primera vez que Alkalabrindeth escuchó la historia del Laurelin y el Telperion, aunque Laureon se reservó el lamentable final, sin embargo reveló una profunda tristeza que kala no imaginaba, ella rozó su mano con dulzura y le dijo:
- Veo que el dolor y sufrimiento no está negado para un Alto Señor, deseo de corazón algún día pueda ganarme vuestra confianza.
Laureon le dirigió una mirada de gratitud, pero un silencio siguió a sus palabras, para hacerle olvidar la pena que lo embargaba, kala pronunció inocentemente.
- Vuestro nombre engrandece el recuerdo del árbol menor, y en vuestros ojos se resguarda aún su luz, al menos así lo creo yo, porque si he de confesaros nunca he visto ojos así. Al menos he logrado hacerlo sonreir...
Ambos rieron y anduvieron del brazo hacia la fuente natural, el agua cristalina corría libre, brotaba desde el centro de las rocas chispeando de un lado a otro, ahí se sentaron un rato y Alkalabrindeth hizo muchas preguntas sobre los valar, las tierras imperecederas y los Grandes Señores de los elfos, procurando no tocar temas que comprendía Laureon no quería mencionar. Había escuchado hablar de ellos pero para ella eran leyendas, el culto que se llevaba en Fanyarëa era sólo hacia la unión. Mas ahora estaba frente a uno de esos personajes de historias lejanas, cada momento que pasaba a su lado lo admiraba más.
Los días transcurrieron como las hojas de los árboles tomadas de imprevisto por el viento. Para Alkalabrindeth fueron los días más dichosos que viviera desde su infancia, ahí había aprendido tantas cosas en tan poco tiempo, Laureon era paciente y afable, olvidó el recelo de sus conocimientos y compartió con su discípula varios de ellos, le mostró el trabajo de la herrería y la forja de armas, pues lo que ella sabía era rudo y grotezco, probablemente mezcla de la esclavitud que había sufrido Morlith, su primer mentor.
De Laureon también aprendió la compasión y el perdón, amargos enfrentamientos tuvo en sus pensamientos sobre éstas y la palabra de
"venganza" que por tantos años había albergado, en aquellas batallas que sostuvo a oscuras en su habitación la imagen del rey dorado aparecía con frecuencia y entonces su espíritu desgarrado volvía a la paz.
Pero también conoció la necesidad de sonreir. El verano concluía dejando sus últimas huellas sobre los jardines de Laurankar Tirion, el rey había partido hace una semana para atender negocios urgentes del país. Alkalabrindeth echaba de menos sus pasos, su aroma, su voz y en especial la luz de sus ojos, pero aún así ya no sentía penas en su corazón.
Se acostumbró a usar vestidos y soltarse el cabello adornándolo con brillantes o finas diademas.
Todos en la torre la amaban y la trataban con dulzura, ella correspondía con gratitud, gustaba de ir con cada uno y charlar mientras les ayudaba en sus actividades, al principio ellos se negaban pero pronto aceptaron que ella lo hacía por aprender y sentirse útil.
En las noches de ausencia de Laureon, la medio elfa cenaba en la cocina rodeada de todos y bebiendo hasta la media noche, después subía a sus aposentos que seguían siendo en lo alto de la torre, pues se había negado a abandonar aquel sitio que tanto placer le traía, y Laureon se lo había permitido porque no había llegado ningún enfermo hasta el momento y además contaba con otras habitaciones, él aceptaba de buen grado complacerla. Una vez en su cama sacaba un cuadernillo y se ponía a escribir poemas y canciones, estaba descubriendo una nueva forma de alimentar sus ansias.
[...]
Alkalabrindeth estaba sentada cerca de la puerta, traía una florecilla que deslizaba entre sus dedos; oyó a la distancia los pasos de un caballo que se aproximaba por el camino y se sobresaltó deseando que fuera Laureon. Cuando el jinete llegó a ella le entregó un sobre y se retiró a toda marcha despidiéndose en una reverencia; Alkalabrindeth lo abrió de inmediato y sus ojos se iluminaron, entró corriendo a la torre.
- ¡Onnete! ¡Onnete!! –se detuvo en la entrada de la cocina donde la mujer la observaba con ojos abiertos de sorpresa.
- ¿Qué pasa niña?
- ¡Llega hoy! Me ha solicitado que esté lista para cenar con él a su llegada.
La mujer se enjuagó las manos dejándoles indicaciones al resto de cocineras y compartió la alegría de la joven que subieron presurosas y sonrientes las escaleras. En poco tiempo el baño estaba listo y Alkalabrindeth daba los últimos retoques a un vestido que ambas habían tejido y bordado, Onnete le había enseñado a hacer esa labor con mayor delicadeza.
Una vez limpia y arropada, Onnete le colocó la diadema de mithril y plata, el mithril le colgaba sobre el cabello libre y en la frente reposaba como un hilillo sosteniendo una brillante y pequeña gema blanca en forma de estrella.
- El Señor Laureon no se equivocó en llamarte Gîliell, hija de las estrellas, tienes la belleza de los eldar… cualidades propias de una reina.
La sonrisa de Alkalabrindeth se apagó al escuchar las últimas palabras de Onnete, parecía de pronto tener más sabiduría de lo que conocía de ella.
- Que tu mente no se perturbe mi niña, todos hemos visto el deseo de tu corazón y creemos que mereces su cumplimiento, pero además, también lo deseamos.
La vieja rozó con una caricia el cabello de la joven dirigiéndole una sonrisa dulce y comprensiva y, salió de la habitación dejándola sumida en la consternación: ¿era eso lo que su corazón le decía? Acaso ¿sólo ella se negaba a escucharlo?
Entonces una lágrima rodó por sus mejillas perdiéndose en el azul de su vestido, un azul tan profundo como el cielo y el mar, como el mismo color de sus ojos. Comprendía que su destino no era al lado de ese Gran Señor, debía tomar valor y… partir.
Cuando Laureon llegó Alkalabrindeth no acudió a recibirlo hasta que la mesa estuvo puesta y fue llamada. Esta vez se presentó ante él con una tristeza diferente, una pena que en lugar de restarle brillo a sus ojos la llenaban de vida y melancolía.
Laureon notó un gran cambio en ella pero aguardó, había otros asuntos que tratar.
[Editado por IndisElbereth el 20-09-2006 05:24]