El medio elfo había partido hacia Ciudad Cristal ese mismo día. Había recorrido gran parte del bosque blanco, pues Ciudad Cristal estaba en el extremo sur del bosque.
Estaba anocheciendo. Âglaras desmontó de su felino, y observó atntamente a su alrededor. Todo era oscuridad, pero solo un pequeño atisbo de luz bastaba para que sus ojos de elfo pudieran contemplar.
- Vamos amigo, allí hay una pequeña aldea en donde podremos descansar.
Craven y el medio elfo siguieron andando hasta que llegaron a las primeras casas, justo en ese momento unas lanzas apuntaron a su garganta.
- ¿Quiénes sois viajero?- Al parecer debería ser el líder de aquel grupo.
- Soy Âglaras, Capitán y Señor de la Guerra de Lempë Ohtari, gobernador de Ciudad Cristal, así que ya podéis quitar vuestras lanzas de mi cuello.
- ¿Y cómo sabemos que sois quén decís?
El medio elfo mostró el anillo con el emblema del clan.
- Ahora por favor, quitadme esas puntas de mi gargante o me enfadaré.
Aquellos hombres bajaron las lanzas, pero no se disculparon. Mas no pertenecían a Lempë Ohtari. Eran pequeñas tribus nómadas que, con el permiso del rey, pasaban algunas temporadas en las tierras de Dôr Aman.
Âglaras dejó a Craven en las caballerizas de aquella posada ambulante, y el entró en su interior. Allí encontró una confortable cama en la que pronto concilió el sueño.
Una mano tocando su dedo. Estaba soñando...¿ o no? Âglaras habrió los ojos. Un encapuchado trataba de robarle el anillo con el emblema de su ciudad.
Con un rápido movimiento el medio elfo lanzó al suelo a aquel desconocido y colocó una daga en su cuello.
- Me has tratado de robar, inmundicia. Eso te costará la vida.
Levantó su espada para degollar al ladrón, pero unas manos lo agarron por su capa de viaje y lo lanzaron hacia atrás llegando incluso a salir de la tienda.
Su genio aumentaba a cada instante. Se puso en pie y observó a su alrededor. Había siete hombres frente a él, todos encapuchados y con sus espadas desenvainadas.
- Está claro que no me han recibido como yo esperaba- pensó hacia sí.
Tiempo atrás Âglaras hubiera tratado de huir, pero ahora había algo que lo impulsaba hacia ellos, incluso le decía que fuera él el que se lanzara hacia ellos...y así lo hizo.
Descargó la primera estocada en el pecho de uno de ellos que cayó al suelo en ese mismo momento. Al mismo tiempo, su daga entrechocó varias veces con una espada, para que, segundos después, su espada manchada de sangre penetrará en la barriga del mismo.
Entre ataques y esquivas los brazos de Âglaras no cesaban de moverse, al igual que su cuerpo, que acompasaba, junto al ritmo de sus brazos, una danza de muerte que no encontraba su fin.
Entonces, una espada se precipitaba hacia el cuerpo del medio elfo, pues poco a poco más de aquellos hombres se sumaban a la carnicería. Pero allí estaba él, Craven se precipitó sobre aquel que intentaba matar a su amigo y lo degolló con sus garras.
Poco despues, garras y espada acabaron con la vida de todos ellos, no sin sufrir, por supuesto, varias heridas en su agotado cuerpo.
- ¿Estáis bien?- Preguntó una voz.
- ¿Quiénes sois? Colocaos ante mis ojos.
Una señora de avanzada edad apareció ante el medio elfo, que, respirando con dificultad, trataba de identificar la sombra que había aparecido ante él.
- No es necesario que sepáis quien soy. He venido a curaros, y a deciros algo que debeís saber.
Al instante el cuerpo magullado del medio elfo se tornó sano y recuperado, fue cuando aquella misteriosa habló de nuevo.
- Muchacho, hay un gran poder oculto en vos.
- ¿! Pero que decís!? Sólo soy un joven de cuarenta años, inexperto en la guerra.
- Sí, tenéis razón. Pero tanto vos, como los otros cuatro, recibísteis un gran poder.
- Lo sé- interrumpió.- Mi virtud, el Coraje, ha sido útil hasta ahora, pero por su culpa estos hombres me podrían haber matado. Él me ha impulsado hacia ellos, y me superaban en número.
- Os equivocáis. El coraje que corre por vuestras venas os impulsa en la batalla, os niega el miedo de la demás gente, pero no es estúpido. Si os ha impulsado hacia ellos es porque sabía que podríais vencer.
Âglaras no dijo nada, y pensó en aquellas palabras.
- Para finalizar- prosiguió la anciana- tened en cuenta, vosotros, Los Cinco, que en esta guerra póxima, descubriréis el verdadero don que habéis obtenido. Recordadlo....
La anciana desapareció. Y con esas palabras retumbando en su mente, Âglaras partió hacia Ciudad Cristal...