Creación del PALACIO DEL HIELO ETERNO.
Una sola vez llore de rabia y dolor, por el pesar de hombres, elfos y enanos.
Una noche lúgubre y oscura de tormenta, llegaron a nuestras fronteras cientos de seres pidiendo auxilio y asilo en nuestro pequeño país. Eran tantos que tuvimos, tanto Ílimo el Rey, y yo misma implicarnos en las tareas de realojamiento de tantos seres. Escuchar todas sus historias además de los motivos que les habían hecho venir a Farothdin.
Hasta que, por la esencia misma de la naturaleza Maia, mi alma y mi corazón se convulsionaron. Sentí como algunos de los recién llegados, no eran quienes decían ser, no siendo tan inocentes como aparentaban ser. Así que, como hipnotizada, me dirigí hacia el único glaciar que existía al noreste de nuestras tierras. Detrás de mi varios de esos viles seres mentirosos y ruines me siguieron …Al llegar a la cima mas alta de Ost In Alassëa Esde, mi cuerpo se derrumbó desencadenándose, en una letanía de rezos, gritos y llantos…….Maldecía así el día de mi enfrentamiento con Melkor, por haber abierto en mi una puerta a la absertividad malévola hacia cualquier ser vivo.
De esta forma invoqué al agua y al aire y prestamente ambos respondieron ante mi llamada, transformando así una gran zona helada, la cual se encontraba completamente yerma, adornada por un gran palacio de hielo donde tan solo unas pocas plantas podían sobrevivir. Gran parte de las aguas del Siriaur se congelaron, creando de esta forma una pasarela entre esa zona y el resto del Realengo.
Hecho esto me alcé ante aquellos seres que me habían seguido, y ante ellos derrame mi justo veredicto que emanaba de lo mas profundo de mi ser: \"Seres viles y traicioneros, a mi habéis llegado por causas del destino. Así pues esta será vuestra ciudad….Tan solo una Fortaleza de hielo, que vuestras mentiras y traiciones han suscitado en mi la necesidad de crear; un Palacio de Hielo que jamás se fundirá, mientras aun quede con vida un solo corazón, una sola vida seccionada y sin perdón, una sola culpa en pie…..Aquí os quedareis, pues así lo ordena vuestro destino. . . y el mío.\"
Allí les dejé pues, y junto con mano derecha, Trasia, me dirigí hacia donde estaba Ílimo, preocupado por mi desaparición repentina. Le comunique lo sucedido, asustada por el horror que yo misma había vivido. El con suma tristeza aceptó que gran parte del tiempo yo debía estar pues en El Gran palacio de hielo, haciendo de aquellos villanos soldados de provecho, hasta que el último quedara en pie y aún hubiera maldad en él. Ílimo, mi amantísima alma gemela, se ofreció a ayudarnos a transportar y crear mobiliario para el Palacio, puesto que, el talle de dichos utensilios en madera era imposible para que de esta forma se mantuvieran en perfecto estado, se les encomendó a los herreros junto con los forjadores y cristaleros del reino, que crearan muebles para tal obra.
Al cabo de varios meses aquel desolado palacio era ya una gran fortaleza con mazmorras incluidas.
La sala del trono habían dos tronos de enormes dimensiones los cuales estaban tallados de fina plata, oro y piedras preciosas, en cuyo centro uniéndolos a ambos estaba la corona de Farothdin con una de las luces de Aman en la centro, a él se accedía por unas escaleras de hielo, en cuya base estaban los palios con la bandera del Realengo, siguiendo por la zona central de las mismas existía una alfombra tejida de seda roja metalizada, con finos bordados en recuerdo de nuestro origen y divinidad. A ambos lados de la sala existían columnas de piedra helada con capiteles ricamente ornamentados, realizados por los enanos que me siguieron el primer día de la creación y en las bases, los diferentes estandartes de todas las casas que formaban el Realengo. Entre columna y columna, existían ventanales por donde se veía el sol amanecer, y la luna y las estrellas surgir. Así pues en el centro justo, debajo de las escaleras, había una enorme mesa de piedra con sillas de metal para las reuniones de estado. Con un mapa en relieve sobre la tierras de la Aurora con cada uno de los reinos, ríos, lagos, montañas, llanuras, desiertos, praderas y bosques que lo formaban.
A dicha sala se accedía atravesando un enorme y pesado portón de grueso metal, que solo se abría con un medallón de plata y una piedra negra que había encontrado al llegar a aquel bello lugar, el cual poseía ya antes de formar el Realengo, y de tal forma, tan solo yo tenia acceso a él
Las habitaciones Reales eran cálidas, y espaciosas, con dos grandes armarios, el primero situado al lado de la puerta de entrada a mis aposentos, donde guardaba todas mis túnicas y mi calzado. El otro estaba al otro lado de la habitación en la pared opuesta de las ventanas, allí era donde guardaba mi armadura y la ropa de guerra acompañadas por las capas y mis arcos con sus carcaj´s. Moviendo una palanca e introduciendo mi medallón en una ranura, se accedía a la parte posterior de la sala del trono justo por detrás de las escalinatas Reales. Una puerta secreta que tan solo mi esposo y yo conocíamos, así pues solo nosotros teníamos acceso a ella. El palo de reposo de Yiyinai (mi adorada lechuza) realizado en frío y duro cristal con forma de pequeño árbol, con ramas de plata donde ella solía jugar. Las camas eran altas y con dosel de gasas de fuertes colores. Una gran colcha dorada y negra, con algunos cojines (debajo del colchón siempre escondía una de mis dagas y en lado contrario mi espada) y dos mesas a cada lado de la cama. A los pies de la misma había un arcón de madera de los bosques de Valinor, en el cual guardaba algunas pociones, y mis joyas más preciadas; así como mi ajuar personal. Una cómoda y un escritorio también traídos de Valinor. Y dos enormes butacas con una mesa redonda, para mis desayunos con mi esposo y mis colaboradores más allegados. Era todo lo que tenia por mobiliario.
Justo al lado de mis aposentos estaban las de Trasia y Nessa….ambas eran mis más fieles servidoras. Mi Comandante e ingeniera Real la primera, cuyos aposentos estaban al lado derecho de los míos y que contenían también una gran cama y varios armarios. A diferencia de las dos butacas y la mesita en su recamara, había una inmensa mesa donde mi estimada Trasia hacia sus planos y diseños para la armas e inventos para la guerra con sus consecuentes tiempos de paz (cosa la cual hizo de nuestro Realengo una tierra prospera y avanzada para los tiempos que corrían). Trasia era ordenada y una excelente organizadora. En las paredes de sus aposentos existían estanterías llenas de planos y libros, los cuales se hallaban perfectamente clasificados y ordenados en caso de necesitar cualquier cosa, así el orden junto a la pulcritud de dicha sala nos permitía saber donde se situaba cada tema, edificio, arma o invento; siendo de esta manera fácil entrar y encontrar lo que yo o mi esposo deseábamos o necesitábamos de acuerdo a las necesidades de dicho momento. Daba pues, gusto entrar en aquella recamara para ver así como Trasia se hallaba concentrada en sus planos sin ni siquiera percatarse de nuestras visitas por sorpresa. Trasia tenía una debilidad…el Volcán de lo mundana zona la cual le regalamos, por toda su entrega a la Orden y al Realengo. Allí también tenía su zona de ocio, aunque demasiadas veces tuve que bajar e intervenir en las peleas que ella y Nessa provocaban por mera diversión. Castigando a ambas por su insubordinación.
Los aposentos de Nessa estaban ubicados al lado izquierdo de los míos. La general de mis ejércitos, era una autentica científica y una maga excelente, (aunque algo díscola para mi gusto, pero buena en su trabajo) .La Dama de la guerra, como le encantaba ser llamada a Nessa. Mas que en sus aposentos, los cuales era un autentico desorden de papeles y libros hasta en la cama con dosel por que tanto pidio a nuestros artesanos que hicieran para ella, botellas, hiervas y pócimas extravagantes, traídas de todos los rincones de EÄ, ella hacia su vida entre su laboratorio, las mazmorras, caballerizas y corrales, las canteras y cantinas junto con soldados, guerreros y animales creados por ella misma. Dicho laboratorio estaba situado en el primer sótano, justo por encima de las mazmorras de la fortaleza. El peor castigo para aquellos que nos traicionaban o no cumplían con sus obligaciones; no era estar en las mazmorras frías y húmedas; si no ayudar o mejor dicho ser victimas de la propia Nessa en sus experimentos. Cosa con la cual yo también me divertía. El laboratorio era también algo caótico ya que era todo una amalgama de papeles, escritos, archivos, formulas amontonados en una mesa, donde no cabía prácticamente ni una miga de comida. En la otra mesa estaba llena altramuces, varios decantadores de esencias, tubos de ensayo, probetas, pipetas, cuencos y varios artilugios extraños diseñados por Trasia a petición de Nessa. Varias camas duras y altas las cuales se podían poner en posición vertical, con ligaduras de cuero donde se ataban a los convictos para los experimentos y torturas para interrogarlos. También tenia un enorme hueco de chimenea donde había un caldero y a su lado un camastro donde normalmente se la encontraba meditando después de una noche de juerga y casi siempre bien acompañada.
A la mente me viene como encontré por primera vez a Nessa de niña; arrogante y atrevida a su vez que los motivos los cuales me hicieron enlazar su destino al mío. Y a Trasia cuyo atrevimiento por tratar de robarme en mí propio Palacio de la capital del Realengo hicieron que me fijara en ella, como mi ingeniera y espía; mi mano derecha, y a Nessa mi consejera y mi mano izquierda en temas de diplomacia y guerra.
La fortaleza en sí era de hielo y roca. Nada podía provocar que se derritiera, ni se derrumbaran sus cimientos. Ya que estaba formada por el odio y el desprecio que todas aquellas mentes y corazones dejaron en mí cuando me introduje en sus mentes y almas y comprendí que aquellos sentimientos no tan ajenos a mí, pero que me causaban gran dolor eran indestructibles y firmes como la maldad que existía en el mundo.
Sus 4 torreones eran tan altos que se podían divisar desde casi todos los rincones de las Tierras de la Aurora. En ellos había varios soldados elfos guardianes de una de las armas más poderosas que poseíamos en nuestro reino. Consistían en una enorme placa de metal reflectante y unos 3 metros de las mismas unidas por barras metálicas ignífugas unas velas protegidas por pequeñas mamparas para que no se pagaran las velas, la cuales al enfocar hacia el campo de batalla o bien mover de forma determinada las placas podían provocar tan pronto la destrucción de todo un ejercito como avisar de una invasión al resto del reino. Esa misma arma también existía en la frontera contraria de donde se ubicaba la fortaleza del hielo eterno.
Pero había un torreón central desde el cual se accedía desde mis aposentos pos unas escaleras de caracol y donde tenía ubicado mi altar con un enorme espejo de marco de bronce, y conchas marinas, encima de una pila con forma de concha, desde donde podía visualizar todo aquello que el espejo podía mostrarme tanto dentro como fuera de mis dominios y desde donde contactaba con mis guerreros, victimas de mis hechizos o llamados. La pila estaba incrustada en un pie de metal en forma de tronco recordando a los Árboles de Valinor y a cada lado una lámparas con una parte de la Luz de las Lámparas de Aman (traídas y guardadas por mi esposo para no olvidarnos de nuestro origen y el motivo por el que no habíamos arribado a esas tierras) las cuales nos protegían y ayudaban a visualizar mejor aquello que el espejo y la concha me mostraban.
Unas plantas más abajo se encontraban la ya citada sala del trono, mis aposentos y la de los generales, capitanes y demás miembros de mi sequito y ejercito personal. Cuan mas bajo era su cargo las habitaciones o camaretas cambiaban su forma y su ubicación en plantas más cercanas a las plantas bajas, sótanos, mazmorras o caballerizas dependiendo del cargo de cada elfo, enano o ser humano. A los pies de la fortaleza estaban las viviendas (también creadas de hielo y piedras), varias tabernas, las caballerizas, los graneros y varios corrales. La zona de entrenamiento para los lanceros, arqueros, y espadas. Los caballos llevaban herraduras especiales fuertes y resistentes, antideslizantes y mas altas de resto de caballos del reino haciendo parecer a nuestros equinos mas altos esbeltos y fuertes para evitar caídas y resbalones que pusieran en peligro la vida mis tropas, por que el suelo era en su mayor parte de hielo, roca dura y fango algo peligroso. Al estar acostumbrados a temperaturas de extremo frío y calor nuestros equinos eran tremendamente resistentes y fuertes y ágiles eran temidos por cualquier tropa enemiga.
Pese a que mi tropa eran en su mayoría malhechores, ladrones, borrachos, traidores, mentirosos, ladrones y demás escoria. Gracias al poder que mis dos Damas y yo ejercíamos sobre todos, nos eran leales y fieles, estaban bien considerados a la vez que temidos por el resto de tropas del Realengo. Tan solo a nosotras obedecían sin rechistar, aunque de vez en cuando había algún rebelde, espía o traidor el cual era castigado de las formas más crueles que éramos capaces de inventar entre las tres.
[Editado por eliahel el 28-04-2006 02:13]