Alalmë bajaba por el sendero del roble de la colina, que se cruzaba con el camino principal antes de llegar a la aldea. Desde su posición algo más elevada, vio un pequeño grupo que se acercaba del Este; Laumon saltó de contento y empezó a correr colina abajo en dirección a los caminantes.
-Ha visto a esos niños... a ver si los alcanzo, que creo que el de pelo rizado es Milo-dijo para sí.
Entonces, la mujer apretó el paso para seguir al lobo. Pero al acercarse, vio que el adulto que estaba entre ellos era una cara conocida, aunque extraña en aquellos lugares... además de su acompañante, la cual seguro que era lo que había llamado la atención de Laumon. LLegó finalmente al cruce al mismo tiempo que los chicos.
-¡Eh chicos! ¿Qué os habéis encontrado en el sendero?
-Mira Alalmë, es un mago, es ciego y puede ver- los niños hablaban todos a la vez, excitados, y se cortaban la palabra unos a otros.- Y tiene un lobo como tú.
El lobo -o mejor dicho, la loba- estaba un poco más allá retozando con Laumon, celebrando el reencuentro.
-¿Alalmë?-dijo entonces Apacen- sabía que ese animal que se acercó era tuyo.
Los chicos callaron un segundo al entender que los dos adultos se conocían.
-Sí, soy yo, Apacen. Lo extraño es que hayas venido por mi aldea. ¿Qué te trae por aquí?
-Bueno, eso creo que te lo contaré con una buana cena... ahora tengo demasiada hambre...
Alalmë sonrió.
-Bueno chicos, si me lo permitís, creo que os quitaré a vuestro nuevo amigo y me haré cargo de él- y tomó el brazo del joven. Antes de seguir camino a la aldea, le dijo al muchacho de pelo ensortijado:- Milo, es verdad, tengo las hierbas que me encargó tu madre, toma- y sacó un ramillete de la bolsa.- Que se las dé a las vacas con la sal. Dile que la miel del pago me la puede dar cuando se acerque por casa.
Llegaron a la antigua casa cerca del álamo, con su huerta cercada y el corral recién reparado. Los niños saludaron a Hadar, que con un engreimiento propio de alguien que se sentía mayor y trabajador sólo les obsequió con un movimiento de cabeza para seguir dando vueltas a la azada. Después de eso, siguieron corriendo hasta el pueblo.
-Bueno, Apacen, si quieres puedes entrar en mi modesta morada.