Las Montañas Cobrizas se elevan al cielo, intentando tocar la cúpula celeste con sus picos de piedra y metal. Y desde los boques de Taur-Kalafernë y Taur-Haldafernë, mirar al cielo supone mirar la sombra que producen sus cumbres, y rezar.
Cientos. Miles de escaleras serpenteadas ascienden, talladas en la roca, hasta las cumbres nevadas. Una ascensión que representa una penitencia a veces. Un camino hacia el mismo cielo donde se guarda el Secreto, dejando atrás el mundo terrenal y los placeres que lo acompañan.
Una enorme edificación parece surgir de las entrañas de la montaña, que alberga en su seno una paz reverente. Diez inmensas columnas estriadas presiden la entrada, sosteniendo sobre ellas una cúpula triangular. En el friso, el mármol jaspeado de azul que conforma toda la edificación, ha sido tallado con delicadeza extrema. Águila y Vampiro, parecen fundidos en lucha eterna, suspendidos en el aire. Las garras del Águila parecen enterrarse en la carne del Vampiro, y éste a su vez intenta envolver al Águila entre sus alas, con las fauces abiertas. Preparado para un ataque mortal. Ambas figuras han sido recubiertas de láminas de cobre, y sus ojos, rubí y zafiro, parecen mirar el camino que lleva a su santuario, dando una sobrecogedora impresión de viveza.
Avanzar entre las enormes columnas que guardan el Secreto provoca una extraña sensación de pequeñez. Tras ellas, una puerta cerrada de cobre se alza hasta casi tocar el techo. Dividida en cuadrantes, sus tallas cuentan una historia lejana en el tiempo. Una batalla sin cuartel sin vencedores ni vencidos. Y un pueblo que nació bajo la influencia de ese poder.
Sólo en ocasiones especiales, durante las grandes ceremonias rituales, la puerta se abre dejando entrever los misterios que guarda. El resto del tiempo permanece cerrada, y ante ella se extiende un camino de cestas y ofrendas. Frutas y flores, cualquier tipo de alimento. Velas encendidas día y noche en pequeños nichos abiertos en la pared.
Traspasar la gran puerta supone la entrada a una sala cerrada, donde reina un silencio sepulcral, envuelto en una oscuridad cerrada. Se dice que entre sus muros se encuentran algunas de las reliquias que los Ramalië recogieron de aquella batalla. Pero nadie, salvo la Suma Sacerdotisa de la Orden, y los pertenecientes a la Orden Sacerdotal, saben exactamente lo que adorna esas paredes.
Una segunda puerta da paso a una enorme sala circular. Sólo puede ser abierta desde dentro, aunque saben que hay una entrada escondida, que da lugar directamente a esa sala. Pero el secreto se guarda, y nadie ha conseguido encontrarla aún.
La sala permanece a oscuras, mientras aquellos destinados a traspasar la puerta avanzan a tientas en su interior. Sólo cuando la puerta se vuelve a cerrar, los velos que cubren las pequeñas aberturas de la cúpula de piedra caen, dejando pasar la luz, y descubriendo la fastuosidad de su interior.
En el centro se alza el Altar Mayor. Un bloque de mármol blanco tallado, de forma circular. A su lado, una enorme pila de piedra, cuyo interior parece teñido de rojo y negro. Pues allí es donde se deposita la sangre de los dioses, que da lugar a esa tinta especial para la Marca de los Ramalië. Y es allí, donde los Ramalië reciben la marca, en una ceremonia que se repite, año tras año, en el crepúsculo del séptimo día de la primavera.
Al fondo, dos enormes figuras envuelven un trono tallado en la roca, y cubierto de pieles blancas. A la derecha, El Águila, majestuosa, con su noble mirada de zafiro. A la izquierda, El Vampiro, sobrecogedor, con su inquietante mirada de rubí.
Y sobre el trono de piedra, una enorme tela azul, sombreada apenas de rojo y negro, con el emblema de los Ramalië. Una enorme daga alada, con ala de águila, y ala de vampiro. Y la sangre de ambos descendiendo a través de su filo.
