Alsenot observó en silencio, paciente, observando sin sorpresa como su hijo se revertía lentamente en los turbios placeres que aquella ciudad ofrecía a todos los que allí se presentaban. Tendría unos cuantos problemas por su conducta, pero antes había algo que él, como señor de los hombres, debía hacer.
Un águila sobrevoló la flota, acercándose por doquier, flanqueándola y observándola desde todos los ángulos. Era una armada tranquila, a la que un ataque habría masacrado de un manotazo, sin piedad. El momento ya estaba escogido.
Cuando el capitán regresó al barco, ebrio y desorientado, un águila se posó frente a él, esperando en el encabezado de la plataforma que permitió al turbio Santur alcanzar la cubierta. Bohr se había perdido de vista hacía un rato, secuestrado por las atenciones de una muchacha que sin duda sería el culmen de su tarde de desmadre. El capitán del barco, en cambio, se plantó quieto, observando fijamente al ave que, oculta por las sombras nocturnas, le observaba fijamente posada sobre la baranda.
- Traicionas la confianza del señor de los hombres, Santûra, iniciando a su hijo en el mal vicio de la bebida y las mujeres y olvidando a su suerte la flota que te fue confiada por tu supuesta pericia en el mar.
La mirada del capitán se tornó desorbitada, al enfocar a una figura encapuchada que ocupaba el lugar del ave pocos segundos antes. Retrocedió por el sobresalto y cayó de espaldas, provocando un estruendo que alertó a varios guardas. Dos de ellos avanzaron sosteniendo sus lanzas hacia la figura ignota, amenazándola y ordenándo a su dueño que mantuviese la compostura y no moviese un músculo. Hubo un destello un instante, cuando el acero abandonó su vaina, y con una agilidad insospechada una espada recta salvo en su punta trazó dos semiarcos en el aire, arrancándole a las lanzas las puntas, y al tiempo la figura ganó la espalda de sus rivales, golpeando al primero con el canto no afilado de la hoja en la nuca, y derribando al segundo de un certero golpe de talón tras la rodilla. Entonces Santur reaccionó por fin, y tratando de sonar contundente a pesar de las jarras de cerveza, gritó un \"quietos\" que impidió una masacre.
Saboreando la sangre que sus dientes habían derramado en sus labios, Alsenot avanzó con parsimonia hacia el capitán del barco, increpándole de nuevo.
- Veo que tus hombres están habituados a tu alcoholismo, pues te obedecen incluso bajo los efectos del más áspero vino. Sin duda son leales, aunque me pregunto si no es cosa del miedo, más que de tu autoridad, lo que les impide seguir avanzando.
- Lo siento, mi señor. - Santur estaba avergonzado. Se levantó como pudo del suelo, tambaleándose por el peso de su armadura, e invitó a Alsenot a su camarote. Los marinos volvieron a sus puestos, extrañados.
Una vez en el camarote, Alsenot tomó asiento sin esperar a que se lo ofreciesen, como acostumbraba a hacer, comenzó a hablar.
- ¿Sabes lo que he estado haciendo durante los últimos meses, Santur? ¿Sabes donde ha estado el señor de los hombres?
- No, mi señor. Los asuntos del águila solo el águila debe saberlos.
- Bien, pues tú los sabrás... al menos en parte. Llevo meses moviéndome por todo Árador. He dejado atrás mis tierras, Fanyarea, para observar pacientemente lo que ocurre a nuestro alrededor, mientras nuestra corte se impregna de conjuras y engaños, y tiene los ojos vueltos hacia sus cuencas. Sin embargo, antes de irme, dejé encargado a una serie de personas ciertas tareas que consideraba importantes, y entre esas personas estabas tú, Santur. ¿Has cumplido lo que yo, personalmente, te encomendé?
- La flota está muy mejorada desde la última vez, mi señor.
- ¿Muy mejorada? - el tono de voz de Alsenot no se alteró - No fue eso lo que te dije. Te dije \"lista\". Preparada para el combate. No tienes ni la mitad de las naves ocupadas, no hay disciplina militar, y, para más inri, te dedicas alegremente a emborracharte, dando un pésimo ejemplo a tus marinos. A tus soldados, Santur.
- Lo siento mucho, mi señor.
- Quizá, pero con sentirlo no basta. Llevo meses viajando por árador, y ¿sabes qué he visto?: guerra. Soldados, armadas, conflictos de intereses, enemistades. Los pueblos aclaman por la sangre de sus vecinos, las naciones se exigen y se reclaman unas a otras responsabilidades por hechos pasados que nada tienen que ver con nosotros. Pronto habrá conflicto alrededor de nuestros mares, y nosotros no estamos preparados para ello. Y créeme que llegará hasta aquí, y si todos los capitanes a los que confié la preparación de una armada han hecho como tú, no lo estaremos a tiempo.
Santur bajó el rostro, ocultándolo de la vista de Alsenot. El señor de los hombres se levantó del asiento, y le hizo un gesto, indicándole que le mirase a los ojos. Estaba consternado por la situación.
- Permanecerás en tu puesto por el momento, pero alejarás a tus hombres del vicio que infecta esta ciudad. Te pese o no, has perdido el mando de esta armada. En cuanto a ese asunto, quiero que sepas que has estado emborrachándote con el inútil de mi hijo esta tarde. No se lo digas a nadie, al menos no hasta que yo le localice. Pronto partiré a Nestnwelath, donde me reclama me nación, pero no antes de solucionar cierto aspecto aquí. Allí me encargaré personalmente de asignar a un oficial adecuado para asumir el mando de esta armada. Tú quedarás como simple adjunto, pero seguirás en el puesto. Salva tu honor, y termina la labor que te encomendé antes de que llegue el hombre que hará de verdad el trabajo. Pero más te vale saber que esta vez estarás vigilado.
Y así abandonó Alsenot el camarote de Santur. Se tornó nuevamente en águila, y marchó a descansar a un risco afilado, esperando el momento de reencontrarse con su hijo.