El sol nacía allá lejos, en el este, una ligera bruma cubría las praderas onduladas que cruzaba un viajero solitario, a lo lejos unas costas desconocidas... pero el mar... el mar... ese era un lugar donde encontraba paz, había cruzado muchas tierras en dirección a él aunque sin saberlo. Las sombras eran aun largas, titilaban las últimas estrellas mientras la luna se erguía aun orgullosa en cuarto menguante, compitiendo unos instantes con el sol. El rocío se había posado en millares de gotas minúsculas sobre la elástica hierba que apenas notaba el paso de aquel hombre sombrío, sucio y desaliñado; andaba con paso firme, la barba crecida, la piel tostada por innumerables jornadas bajo un inclemente sol y cubiertas las ropas de polvo, raídas por el desgaste del uso y de las inclemencias del tiempo, de colores ya indistintos, se cubría con una capa que era de piel de oso del norte y un sombrero de ala ancha, de piel, con una gran pluma como única decoración. También colgaba un potente martillo de guerra de su espalda y de su cinto una espada, Seregnir, y una daga.
Conforme el sol se iba alzando la niebla se disipaba, pero un frío viento de norte estaba trayendo negras nubes de tormenta, aunque lucia el sol, a lo lejos se oían truenos y se veía como se acercaba una cortina de lluvia, pero el hombre ni se inmutó ante la belleza del paraje, seguía siempre hacia delante, pese a no dirigirse a ningún destino prefijado, sólo quería alejarse de sus perseguidores, no por miedo, sino por cansancio, hacia mucho que trataban de matarle y eran muchos los asesinos a los que se había visto obligado a eliminar, no deseaba mas muertes por esa causa... pero ahora eran los que habían contratado a todos los asesinos los que le perseguían, pues hartos de fallar habían decidido resolver el problema ellos mismos.
El hombre alcanzó la cima de una de las lomas de aquella ondulada e inmensa pradera, oyó a lo lejos, entre trueno y trueno, el galope de dos caballos y los gritos de sus jinetes espoleando a sus monturas, le habían visto y se acercaban a él ignorantes de que el destino pendía sobre ellos, acechando como un gato a un ratón, acercándose a una trampa que ellos mismos se habían preparado en su empeño de matar a aquél hombre que ningún mal les había buscado, su envidia les llevaría a una muerte segura.
El hombre sombrío suspiró con resignación, las heridas del último encuentro con los últimos asesinos que le enviaron aun no habían sanado y era consciente de que se reabrirían, además se encontraba en doble inferioridad, pues eran dos y el uno e iban montados, viéndose el a pie. Se desabrochó la capa de pieles, cogió el martillo sosteniéndolo firmemente con ambas manos y esperó la carga que iba a recibir, pero bajando antes a la parte mas baja entre dos lomas, que teóricamente iba a dar ventaja a los jinetes, pero que iba a usar en su favor, la lluvia arreció, la tormenta les había alcanzado al fin y la tierra en poco tiempo se embarró. Los jinetes ya estaban cerca, el resoplido de los caballos y el golpeteo de los pesado cascos iba ganando fuerza. Pasaron unos segundos y al fin aparecieron ambos jinetes, pararon en seco y lo miraron, espolearon de nuevo los caballos, lanzándose loma abajo ganando gran velocidad, el hombre sonrió, justo antes de que una lanza lo tuviera al alcance se agachó, girando el martillo para que el mango, que terminaba en una punta afilada, apuntara hacia el caballo, su jinete trató de frenar mas el caballo resbalo en la fina capa de fango y se precipitó hacia el arma, que lo atravesó acabando con la vida de la pobre bestia en el acto y arrastrando en su caída a su jinete, que quedó atrapada, el otro jinete tuvo que esquivar a su compañero, bajando la guardia el tiempo suficiente para que el hombre del martillo sacara la daga y la lanzara al caballo, hiriéndolo de muerte, mas ese jinete saltó a tiempo y no quedó atrapado, pudiendo sacar a su compañero de debajo el caballo, cojeaba, pero ambos desenvainaron sus espadas y se encararon a su rival, le harían pagar el asesinato de sus monturas.
El hombre cogió una vez mas el martillo y esperó pacientemente el ataque de los otros dos, estos dudaron un segundo, el que cojeaba se apartó un poco y el otro avanzó, usó la espada con destreza tratando de asestar estocadas, golpear o cortar con el filo pero su oponente utilizaba el largo mango de su martillo para parar o desviar todos los ataques, desesperando a su oponente que había pensado que tan pesada arma no permitiría la velocidad con que estaba siendo usada, tuvo un descuido que le resultó fatal... estiró demasiado el brazo de la espada desprotegiéndose y su enemigo aprovechó para atravesarle con el mango del martillo y, con un giro, golpearle con fuerza en la cabeza, dejándolo herido de muerte e inconsciente. El que cojeaba trató de huir, saltando y subiendo a la loma con torpeza, resbalando y cayendo mientras trataba vanamente de alejarse del matador de su compañero, el terror había ganado sus ojos y el pavor desencajado su rostro.
Alzó el martillo apoyándolo sobre el hombro y acercándose al otro con lentitud, las heridas se le habían abierto y sangraba profusamente, pero debía acabar con aquello, necesitaba un respiro, el cansancio le ganaba debido a las graves heridas reabiertas, pero consiguió llegar al cojo y descargó el martillo sobre aquel infeliz, que murió al poco tiempo.
La vista se le nublaba, se acercó a su capa de pieles, apenas podía andar ya, la lluvia era cada vez mas fuerte, las frías gotas le provocaron un escalofrío, sonrió, sentía paz en ese instante, pese a saber que había dado una muerte cruel a dos necios, finalmente cayó desmayado.