Cuenta la leyenda que una oscuridad latente envolvía aquellas tierras mucho tiempo antes de que los Señores de Nurn se instalaran en ellas. Quizás fue precisamente por eso por lo que se eligió aquel lugar de montes, valles y bosques en las lejanas tierras al Noroeste de las Tierras Ocultas para fundar su pueblo. O quizás simplemente fue el destino... pero aquellas tierras nunca rebosaron tanta maldad como desde aquel entonces...
Al Oeste, apenas fronterizo con las tierras de la Orden de Telpe, se alzaba majestuoso Eryn-Dînen, El Bosque del Silencio, el más grande de los dos que se encontraban en el territorio, y el que más secretos ocultaba. Secretos absorbidos por la gran oscuridad del bosque, de árboles sombríos y animales de negro corazón... Pero en Nurn, aquel bosque era llamado también Taur-dìn-Tirith, El Bosque de la Vigilancia Silenciosa, pues al encontrarse precisamente en la frontera tenía una vigilancia aún más estrecha si cabe.
Enormes mariposas Emperador Púrpura daban color al bosque, y se encontraban por doquier, cuyo único fin era volar alrededor de los enormes árboles y buscar las pocas flores que allí se encontraban... Pero las únicas flores que allí pervivían eran blancas y radiantes, y parecían concentrar en ellas toda luz que hubiera podido penetrar en el bosque, para atraer a las buenas almas que quedaban cautivas por su belleza y se acercaban a contemplarlas, para terminar presas del silencio y del sueño eterno del bosque.
En el centro del bosque se encontraba un pequeño claro, llamado Lusumintë, El Claro de los que ya no están, pues allí habitaban en tiempos remotos los Ents del bosque, de los que no quedaba ninguno ya...
Pero el verdadero terror de aquel bosque residía en su eterno silencio... como si al penetrar en él se adentrara uno en la muerte misma... pues siquiera se escuchaba la propia respiración, ni los pasos de uno al caminar... El corazón mismo parecía dejar de latir, y el viento no emitía sonido alguno al acariciar las copas de los árboles en su camino.
Ni siquiera los lobos que vigilaban el linde del bosque se atrevían a traspasar su umbral... Pero pobre del mísero ser que alcanzaba alguna vez a cruzar el linde del bosque para adentrarse en Nanda Girith, La Llanura Estremecida, pues la vigilancia de los Ankarnë, los Fauces Rojas, era implacable, una enorme manada de lobos, descendientes de la misma camada que Carcharoth, el gran lobo de Morgoth. Y tomaban su nombre de sus mismas fauces teñidas ya para siempre de rojo... pues su sed de sangre tampoco tenía límites.
Un amplio valle verde aparecía ante los ojos del viajero, regado por el segundo río más grande de Nurn. Su nombre era Nen Girith, el Río Estremecido. Sus aguas tenían una intensa tonalidad rojiza, debido a un alga especial que descansaba en su lecho, de principio a fin, aunque sus aguas eran frías como el hielo, y traicioneras. Pues aún siendo de apariencia tranquila, en cuanto notaban el calor de un ser vivo, se alborotaban y agitaban con rabia, y sus algas se elevaban para arrastrarlo hacia el fondo del lecho rojo del río. Sin embargo, cuenta la leyenda también que su color se debía a una matanza, una de las más crueles y sangrientas que haya habido, por la que en tiempos inmemoriales las aguas del río se tiñeron por siempre de ese color.
Pero Nanda Girith, era cultivable, y con lo que de él se obtenía se abastecía a la capital y a la ciudad industrial. La ent-mujer, Aldamorna, vigilaba y cuidaba los campos recelosa de cualquier extraño que intentara pasar por ellos.
Un gran contraste presentaban aquellas tierras al noroeste, pues atravesando Nen Girith, los verdes campos se transformaban en un inhóspito desierto volcánico con horribles vapores y humos corrosivos, que hacían que la travesía fuera en un suplicio.
Situada entre las Montañas Veladas y Nen Girith se alzaba negra y oscura, Curufarnë, la ciudad industrial del territorio de Nurn.
Una ciudad marcada por los fuegos de las calderas y fraguas, prendiendo con carbón, madera o cualquier cosa inflamable que encontraran. Día, noche; incluso con lluvia o nieve aquel fuego maldito seguía humeando y ennegreciendo los cielos de su alrededor.
Un fuego destructivo, nunca mejor dicho pues su cometido era ablandar el hierro, acero y aluminio para la fabricación de armas, tornillos, tuercas y clavos, remaches y puntas de flecha. Todo lo necesario para el desarrollo de maquinaria de destrucción, armas de gran calidad y armaduras portentosas para las tropas de la región y para mayor gloria de las huestes de Nurn.
La ciudad tenía una forma sencilla, pues no se había ido extendiendo con el tiempo, sino que se creó con un objetivo fácil y a partir de ahí su diseño fue el mismo. El centro de la ciudad estaba gobernado por las grandes fraguas y forjas mientras que en el exterior vivían los habitantes de la ciudad en pequeñas islas cuadradas.
Estos habitantes, humanos en su gran mayoría, convivían con orcos y elfos e incluso con enanos. Los humanos trabajaban el metal, mientras que los elfos les enseñaban las técnicas de cómo hacerlo y se dedicaban a las piezas más artesanales y gloriosas. Los orcos proveían a los demás trayendo y llevando material en los carros y el cometido de los enanos era el de fabricar las grandes armas de asedio.
Muchos fueron los problemas en un principio para que estas razas convivieran juntas, pero después de muchas peleas y muchas muertes recibieron la “agradable visita” de los Señores del Clan y ya ninguno se permitió el lujo de opinar nada en su contra. Apenas hablaban entre ellos, y menos vivían juntos bajo el mismo techo, pero se manejaban bien trabajando codo con codo y cuando se acababa una gran obra era para alegría de todos.
El acabar una gran obra les permitía comer y acceder a lujos no encontrados en la ciudad, puesto que cambiaban sus manufacturas por alimentos que conseguían traídos del puerto o en los campos sembrados del territorio de Nurn. Cuanto mejor trabajaban con más les premiaban, esto también contribuyó a un sentimiento colectivo de trabajo y realización.
Grandes invenciones se crearon. Balistas, lanzapiedras y catapultas fueron mejoradas y los elfos desarrollaron una nueva manera de alear el estaño y el hierro para crear un acero más resistente. Los fuertes brazos de los hombres lo desarrollaron para las armas y armaduras de los Señores y siguieron modificando las armas de los soldados para un mejor manejo de los mismos. No sólo herreros y armeros había allí, pues muchos de ellos utilizaban sus mejores armas y podrían servir perfectamente para los ejércitos de Nurn.
A pesar de todo los Señores, excepto aquellos de corazón turbulento, no se acercaban a esa ciudad mucho tiempo pues las alegrías escapaban de esa ciudad. Gris era su cielo y gris el temperamento de sus habitantes y el caminar mucho tiempo por sus calles y avenidas llenaban el alma de tristezas y monotonía.
Entre los dos grandes ríos de Nurn se elevaban majestuosas las Ered Skalnâ, Las Montañas Veladas. La mayor parte de ellas poseía una cara escarpada lo que las hacía inaccesibles, mientras que por el otro lado parecían más suaves. Aunque nada más lejos de la realidad, pues muchas de las colinas de esta cara eran traicioneras debido a su apariencia. Estaban coronadas por nieves perpetuas, y en la cima de la más alta de ellas se encontraba una pequeña casa de madera.
Lejos de ella toda civilización, ruido e incluso animales y plantas, que se encuentran esparcidas por el resto de los territorios de la región. Pero no era un bucólico paraíso invernal, sino más bien una pesadilla blanca, puesto que la mujer conocida como Niknwisse Fírima descansaba en esas tierras.
A veces en el silencio de la noche se ahogaba un grito y la nieve se teñía de rojo. El dolor de la muerte se esparcía con el mensajero eco por todas las montañas, y los niños se despertaban a medianoche. Alguien se había acercado demasiado al lugar de donde nadie volvía.
Promesas de riquezas, honor y gloria se esparcían para quien capturase tan sólo un objeto del interior de esa casa, aunque los que se aventuraban no sabían que era la mismísima inquilina quien anunciaba la misión y la misma que les daba la muerte.
Por medio de dos Pasos en su cara oriental se accedía a los Valles Nanduin y Nandaina, El Valle Secreto y El Valle Sagrado.
En el más grande de ellos, Nanduin, moraba Arattalion en su Fortaleza de Muinost, allí se encargaba del duro entrenamiento de los mejores soldados.
En el Valle Sagrado en cambio, se encontraba el Templo de Ainamar, el único recinto con connotaciones religiosas de Nurn.
Ainamar fue fundada en Nandaina, cuando Nurn era fuerte. Los señores de Nurn no creían en dioses ni en nada que pudiera restarles poder, pero vieron que utilizando las viejas creencias de los habitantes de las tierras que habían conquistado, podrían afianzar su dominio y acrecentar la motivación de su ejército. Así que crearon una ciudad de aspecto imponente, para sembrar el terror en los corazones.
La rodeaban unas siniestras murallas de más de ocho metros de alto que formaban un cuadrado perfecto. Una puerta gigantesca franqueaba el paso al interior amurallado: medía seis metros de altura por cuatro de ancho. Dos pesadas hojas de viejo roble reforzado con bandas de acero cerraban el portal.
Entrando en Ainamar nos veíamos flanqueados por dos altas murallas que forman un ancho camino. Grotescas esculturas talladas en la muralla vigilaban, terribles, al visitante.
Este camino terrorífico, iluminado por grandes pebeteros de rojo fuego que hacía temblar las sombras, daba paso a la plaza principal de la ciudad. Era una plaza amplia, de pavimento muy negro, como el de toda la ciudad. Era cuadrada y de unos 100 metros de lado. A cada lado, y tocando la plaza, aparecían dos templos: a la derecha el de los Varijas y a la derecha el de los Ferejis. Eran grandes construcciones rectangulares porticadas en la fachada que daba a la plaza.
A través de la plaza, en su fondo, se veía la mayor construcción de la ciudad, la pirámide escalonada, el Templo de los Gemelos, Tossub y Adrena.
A los lados del gran templo, uno a cada lado y ya fuera de la plaza principal había dos construcciones más, una era el templo de Lorkum y el otro de la diosa Kalata.
Detrás de la gran pirámide se extendía un enorme edificio de tras plantas. Era rectangular, siendo la cara larga la visible desde la plaza. Allí estaban ubicadas las habitaciones de los sacerdotes, las sacerdotisas, las prostitutas Sagradas, siervos y la gran biblioteca.
Por último, y excediendo las funciones religiosas de la ciudad, había dos grandes edificios que hacían las funciones de almacén. Y luego, pegados a las murallas laterales, se hallaban las dos alas del cuartel militar, habitado por los terribles Yandosar, los fanáticos soldados sagrados.
La población no era muy numerosa, por ser casi exclusivamente de carácter religioso: 30 sacerdotes y 30 sacerdotisas, 200 prostitutas sagradas, 100 siervos y 400 Yandosar.
A la derecha de las montañas nacía el mayor río de la región, Morelimbar, Gotas Negras, el cual tomaba su nombre de las bayas negras que vertían en él los sauces de la rivera. Era el más caudaloso de todos, lo que permitía una fluida navegación de las embarcaciones que remontaban el río para llevar provisiones hasta la capital.
Al Norte de la ciudad, Morelimbar recibía las aguas de su afluente, Arkanelle, el Arroyo Estrecho. Aunque este riachuelo no era profundo, lo cierto era que sus aguas eran turbulentas y frías, pues una gran cantidad de remolinos se escondían bajo ellas.
Resguardada por los ríos se hallaba la capital, Narmelost, La Ciudad del Poder de Fuego. Rodeada de un enorme río de lava ardiente, a modo de foso, que nacía de una cascada procedente de las mismas entrañas de las montañas. El nombre de la cascada era Yagnárë, Barranco de Fuego, pero el río fue llamado Nar-Falmar, Ola de Fuego.
Varios puentes sobre Nar-Falmar permitían llegar a la ciudad. Las casas, de diferentes estilos y arquitectura, una cosa tenían en común, y era que todas ellas estaban construidas de negra piedra, del mismo material que la piedra de Orthanc. Grandes herrerías, enormes establos, barracones para el innumerable ejército de Nurn...
En medio de la ciudad está la Fortaleza Negra, pues estaba enteramente tallada en roca negra, como un gran espejo tintado en negro, sus tres torres formaban un triángulo perfecto, como tres picos que se elevaban al cielo casi hasta el infinito. Es Morna Selmë, donde los pendones con el emblema del Clan, la Llama Roja, ondeaban con el viento.
Las enormes torres, estaban talladas con diabólicas imágenes y oscuras palabras, frisos con impresionantes gárgolas de rostros horribles, poseían grandes ventanales que se abrían al horizonte, y terminaban en tres picos altos y negros también. Una gran puerta, semejante a la boca de un dragón, se hallaba en el centro, de puertas tan resistentes que ni un Balrog podría huir o penetrar por ellas.
La Torre del Norte, Rúnya Mindon, era la Torre de la Llama Roja. Tomaba su nombre como símbolo del Clan, pues era en ella donde se encontraban las salas destinadas al gobierno de Nurn. Allí estaba también la Sala del Consejo, una sala llena de luz, debido a que estaba totalmente abierta a los lados por grandes arcos tallados. En la cúpula circular había un gran fresco, donde estaban relatados los hechos más destacados de la historia del Clan. En el centro de la sala, había una gran fuente de piedra negra tallada decorada con exquisitas filigranas de mithril, por la cual descendían pequeñas cascadas, pero no de agua, sino de sangre. En un lado de la estancia un gran tapiz con el emblema del Clan bordado en ithildin, bajo el cual se encuentran los Tronos del Consejo, pues todos son iguales, y se distribuyen hacia los lados de la sala. Veinte Tronos tallados en marfil, con delicadas ornamentaciones en negro galvorn. En el respaldo, un delicado conjunto de diamantes y rubís, y grandes almohadones de seda negra.
La Torre del Este, Elenmorna, era la Torre de la Estrella Negra, y la Torre del Oeste, Taltárion, era La Torre de la Derrota de la Luz. En ellas se encontraban dispuestas las grandes habitaciones destinadas a los Señores de Nurn, vivieran o no permanentemente en ellas.
En los niveles subterráneos de Narmelost estaban las Mazmorras de Udûn, llamadas también, Yaimë Farnë, La Morada del Llanto. Los ojos tardaban en aclimatarse a la oscuridad repentina de las salas subterráneas que conformaban la prisión. La humedad entumecía las articulaciones, y el hedor encogía el estómago cuando se bajaban las largas escaleras de las Mazmorras de Nurn. Una antorcha apenas era capaz de iluminar un pequeño círculo entorno a quien la portaba, tal era la oscuridad. Pronto, la cabeza era inundada por desgarradores alaridos. Los de aquellos infelices que habían sido hechos prisioneros por los Señores de Nurn.
Varios niveles formaban las mazmorras. El primero estaba lleno de celdas, cerradas por infranqueables barrotes de hierro. En ellas, habitaban los despojos de aquellos que habían sido y eran torturados durante largas noches. Siempre colgados de grilletes, encadenados a la pared rocosa. Algunos con vida, los desgraciados. Otros sin ella, los más afortunados. El olor en este nivel era insoportable. No era extraño ver prisioneros jadeantes, de extrema delgadez, colgados de un único brazo. Mientras el otro, se balanceaba en el segundo grillete, sin más vida que la que le daban las hambrientas ratas. Pues eran las ratas las únicas compañeras de los prisioneros de Nurn en sus celdas. Aparte de los montones de huesos, pertenecientes a antiguos inquilinos. No importaba la raza. No importaba el pueblo. Era aquí el único lugar donde todos eran iguales.
El segundo nivel era una gigantesca cámara de torturas. Espeluznantes herramientas y mecanismos, fabricados con el único fin de provocar dolor. Y no era necesario un fin para buscar el dolor. Para los Señores de Nurn, el dolor al enemigo era placer en sí mismo. Era en las rocas de los techos de este nivel, donde resonaban los más desgarradores gritos de desesperación. Donde las súplicas de muerte se elevaban como plegarias. Miembros de todo tipo, seguían encadenados en las diferentes máquinas. Algunos ya descarnados, otros todavía calientes. Todos pertenecientes a víctimas de la tortura, cuando se llegaba más allá del límite. Los orcos deambulaban de aquí para allá, excitados ante la idea de que bajara un nuevo prisionero. Discutiendo si iban a estirarle los brazos en el potro, hasta que se desgarrera la piel. O si, por el contrario, quemarían lentamente sus ojos, dibujando en ellos, con pequeños clavos ardiendo.
El tercer nivel era el nivel prohibido. El calor emanaba de él como si se tratara del mismísimo infierno. Nadie sabía que hay en aquel lugar. Y si alguien lo supo, nunca se atrevió a narrarlo. La escalera principal no llegaba hasta él. Se dice que allí habitaba el Terror de Nurn. Sólo Morgoth sabe de qué criatura o espíritu se trataba. Pero unas pocas veces al año, y sin previo aviso, una oscura y profunda voz hacía temblar los muros de las mazmorras. Sus palabras eran ininteligibles, pero representaban el mal en estado puro. En esos momentos, el miedo hacía huir a los orcos, y los prisioneros emitían quejidos de locura. Y un vapor oscuro ascendía a los niveles superiores, hasta salir por el acceso superior a las mazmorras.
Sólo en este lugar, la muerte era jubilosa. El lugar en el que las pesadillas llegaban antes que el sueño.
Es en Narmelost también donde se alzaba, alto e imponente, el edificio que albergaba las Casas de Curación. Se encontraba en el extremo oriental de la ciudad, una torre circular adornada por inmensos pilares tallados en el mármol y coronada por la Cúpula de los Señores, un majestuoso domo cubierto con láminas de plata.
Dos grandes portones de madera se abrían para dar paso a un amplio y lúgubre salón de grises paredes; ningún detalle decoraba aquella estancia excepto las lámparas de luz amarillenta que señalaban los caminos que recorren el edificio. Corredores sombríos se bifurcaban a través de aquel extraño laberinto, algunos desembocaban en inmensas salas repletas de enfermos y heridos que yacían amontonados sobre desgastadas literas, otros llevaban hasta tenebrosas habitaciones repletas de hierbas y pociones que despedían olores penetrantes y agrios, y otros caminos llevaban a los jardines interiores. Existía también una estrecha escalera que avanzaba espirada hacia los niveles superiores destinados a señores de mayor rango, porque incluso en las casas de curación las diferencias entre señores y siervos eran evidentes. En el primer nivel habitaban los encargados de Karnairë, algunos eran elfos hábiles en la medicina y la curación, otros, y tal vez los más numerosos, pertenecían a la raza de los segundos nacidos, pero todos ellos fueron seducidos por las fuerzas oscuras y servían ahora a los Señores de Nurn, aunque existía también un pequeño número de esclavos obligados a poner al servicio de sus nuevos amos sus grandes conocimientos médicos. También en este nivel era fácil hallar grandes bodegas repletas de ungüentos, pociones, plantas y hierbas secas, vendajes y demás cosas usadas para aliviar el dolor a los pacientes.
El segundo nivel se destinaba a los enfermos de más bajo rango como algunos siervos y habitantes comunes de los poblados; eran grandes habitaciones pobremente iluminadas, equipadas con camastros ubicados uno tras otro en largas hileras, y aunque los recintos se limpiaban con alguna frecuencia, un olor nauseabundo se conservaba en ellas.
El tercer nivel se designó para albergar a los soldados y combatientes menores; Las salas eran más pequeñas y más numerosas y las camas eran un tanto mas cómodas y limpias, allí la luz cetrina y el viento seco de las tierras de Nurn se colaban por pequeños ventanales, renovando así el aire de la estancia y llevándose consigo el hedor que algunas veces se desprendía del piso anterior.
En cuarto nivel permanecían aquellos soldados de renombre y los habitantes de alta estima entre los Señores de Nurn, sus habitaciones poseían tres o cuatro camas y amplias ventanas se abrían a la ciudad permitiendo la perfecta ventilación del lugar. Sin embargo era el quinto nivel el más sorprendente de todos. Bajo la Cúpula de los Señores se encontraban veinte habitaciones dispuestas en forma circular, cada una de ellas estaba equipada con un amplio y trabajado camastro de fina madera y limpias sábanas se extendían sobre los cómodos colchones, cerca de la cabecera se encontraban un par de sillones y un poco más lejos podía hallarse una mesa casi siempre llena de alimentos y agua fresca; pero lo más impresionante en estas habitaciones eran los ventanales de cristal que daban vista sobre toda Nármelost; aunque algunos Señores prefieran cubrirlos con oscuros mantos para evitar que la luz dañara sus ojos.
Dicen sin embargo que existían también pasajes ocultos a los ojos de las gentes comunes, túneles secretos construidos según los planes de los Grandes Nurnitas quienes asesinaron luego a sus creadores para evitar que cualquier otro lo supiese, tal vez porque los Señores no confiaban siquiera en sus propios vasallos o incluso en ellos mismos.
A las afueras de Nármelost se extendía Oiosére, el Descanso de la Eternidad, el inmenso cementerio de Nurn, una gran explanada llena de tumbas, donde solo aquellos que lo merecían recibían sepultura, los nurnitas que cayeron valientemente en la guerra, amigos del clan y antepasados.
Un lugar sagrado y sobrecogedor que helaba la sangre e invitaba al respeto, y que a menudo estaba cubierto por una neblina espesa.
Los esclavos, traidores y enemigos no eran enterrados, en ocasiones eran descuartizados en las Mazmorras sirviendo de alimento a las bestias de Nurn, y en otras eran arrojados desde los acantilados de la Península que servía de despeñadero.
Más allá del río se extendían amplios campos de tierra negra, pero fértil, y en ella crecían extrañas especies vegetales fruto de extraños experimentos. Así pues, una espesa vegetación se había adueñado de los campos, alguna viva y otra muerta. Flores negras y rojas adornaban los campos. La Lothsereg, Flor Sangrienta, una flor de un intenso color rojo como la sangre, que gracias a los experimentos de nacía y moría en un día, dejando los campos repletos de pétalos rojos y marchitos... como un inmenso campo lleno de sangre coagulada.
Y también las negras mornainiel, flores de pétalos negros, y hojas negras también, que se alimentaba de los elementos descompuestos de otras plantas, ahogándolas con sus pequeñas raíces.
Situado al nordeste de la región, se encontraba el mayor lago de la Tierra Oculta, Avanende, el Lago Prohibido. Rodeado al norte y oeste por los ríos Morelimbar y Arkanelle, se alimentaba de las escasas lluvias y del Avanen Ehtelë. Una pequeña cascada natural caía en la parte oriental del lago, llevando consigo las últimas gotas dulces del río. Pero no era esto todo lo que recibía, pues canales subterráneos nutrían el manantial desde el fondo con aguas cálidas. Era por ello que también se le conocía como el Lago de Fuego. La combinación de las aguas de distinta temperatura provocaba una densa bruma, sobre todo por las noches cuando la temperatura bajaba, lo cual le confería un halo misterioso.
La forma estrellada del lago creaba unos curiosos entrantes y salientes. En su parte más ancha medía unos 250 Km. La profundidad variaba entre los 2 metros cerca de las orillas, hasta los 35 metros en su punto más hondo.
Allí acudían en ocasiones los señores para disfrutar de sus aguas, las cuales se dice tenían propiedades reparadoras.
Pero su parte sur era traicionera para el viajero despistado o aquel que desconocía el territorio, ya que al acercarse al lago, la tierra dejaba de ser firme y se mostraba más pantanosa e insegura. Si el visitante no tenía cuidado quedaba atrapado en sus arenas sin escapatoria alguna. El cuerpo de más de un osado se hallaba bajo los alrededores.
Aunque no era muy abundante la vegetación que crecía en las cercanías, se podían encontrar pequeños arbustos y otras resistentes plantas y árboles capaces de sobrevivir al duro clima de Nurn. Los árboles no eran de gran altura pero tenían una peculiaridad, y es que eran especies de hoja caduca y perenne entremezcladas. Un lago sagrado y prohibido, que parecía esconder bajo sus aguas un oscuro secreto...
Desde el Avanen Ehtelë y hacia el Este se extendía una vasta planicie, con enormes plantaciones de cultivo trabajadas por esclavos de sol a sol para producir los alimentos necesarios para suministrar los ejércitos. Un poco más al Este y hasta llegar a la costa, la tierra dejaba de ser cultivable y ofrecía un aspecto desolador. Una zona árida y desnuda, donde no había fuente alguna, río o manantial donde saciar la sed.
Más allá de la llanura, en la Península de los Desaparecidos, tras una extensa llanura donde crecían matorrales de espinos como consecuencia de los destructivos vientos cálidos de la zona, el bosque volvía a adueñarse de la tierra, donde la melancolía y la tristeza se había adueñado de los árboles, que crecían altos hacia el cielo, de color verde oscuro pero con una claridad inmensa. Su nombre era Bosque del Susurro, aunque otros lo conocían por Lassinoiri las Tumbas de Hojas. Como un bosque eternamente atrapado en el otoño, los árboles tenían hojas verdes y ocres, y el frondoso suelo del bosque aparecía teñido por una capa de hojas en los mismos colores, como una enorme y crujiente alfombra que se moviera al caminar por ella.
Pocos Nurnitas se atrevían a invadir su quietud, pues era el lugar donde los verdaderos guerreros de Nurn buscaban la verdadera concentración para la batalla.
Una raza única vivía en aquel bosque, los Bucaruc, gatos salvajes de piel suave en tonalidades negras o azul oscuro, y que rondaban los alrededores del bosque buscando viajeros desprevenidos para robarles su alimento, pues eran inofensivos. Excepto con los orcos, pues los odiaban a todos y su ataque era mortal de necesidad, por lo que un castigo muy usual y seguro para los guerreros era hacerlos penetrar en el bosque.
El resto de la fauna del lugar era tranquila y pausada, muy distinta a la de Taur-dîn-Girith, y se dice que se debía a que la naturaleza del lugar era diferente. Cuenta la leyenda que un día habitaron en ese bosque los primeros nacidos, pero presionados por la oscuridad exterior, marcharon para nunca volver.
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Los árboles eran de color verde claro y traslucían la claridad del sol, ya que era uno de los únicos lugares donde se puede ver la luz. Cerca de un límite del bosque había una pequeña pileta de agua clara, era la tentación del bien hacia el mal, el único indicio de que algún día habitaron allí los altos elfos, ya que si algún ser de alma oscura tocaba esa agua se convertía en un ser que nunca mas volvería a hacer daño alguno.
La Península de los Desaparecidos tomaba su nombre por la cantidad de vidas que se habían perdido en ella. La parte occidental tenía unos acantilados suaves, pero en su lado oriental, la geografía cambiaba dando paso a los acantilados más escarpados y peligrosos que se pudieran contemplar. El mar parecía contagiado de una furia terrible y sacudía los barcos con ímpetu, haciéndoles encallar y estrellarse contra las rocas.
Es en esta costa inhóspita donde se encontraba el segundo puerto, Grishûrz Faal, Orilla Sangrienta. Este puerto, más pequeño que el de Túrelonde era el puerto militar de Nurn. Llamado así por que su mar era rojo debido a la cantidad de cobre que hay por la zona, era el puerto de guerra mas logrado hasta ahora, debido a la gran capacidad de armamento que tenía. Sus negras torres de vigilancia estaban hechas en piedra negra llenas con figuras de orcos y trolls. Las naves de guerra estaban hechas de madera negra parecidas a las de Umbar pero más grandes, y tenían más capacidad para orcos y trolls. Además de eso incorporaban catapultas dentro de ellas en las que se lanzaban piedras llenas de aceite con fuego para demoler los barcos. Cada una tenia su capitán y sus patrones que eran marineros experimentados. Estos rangos los tenían principalmente los Hombres.
El puerto estaba lleno de pequeñas fortalezas donde entrenaban los orcos y los hombres que convivían con ellos y se entrenaban duramente, siempre preparados para la guerra y dispuestos a dar su vida por los Señores de Nurn. En ella había muchos herreros, preparando lanzaderas para los barcos y reforzando los cascos de los barcos con hierro que los hiciera indestructibles. Creando armaduras y espadas, todas de buena calidad para la próxima guerra. En los puertos había catapultas gigantes para los barcos que intentaran penetrar y arqueros provistos de arcos largos cuyas flechas alcanzaban grandes distancias.
Túrelondë era una ciudad situada en la desembocadura de los dos ríos más importantes de Nurn, el Nen Girith y el Morelimbar, al sur de las Montañas Veladas, y casi en la frontera occidental del país de los Señores de Nurn. La ciudad era la más normal de todas pues no tenía un aspecto tan tétrico y opresor como las demás, ya que aquí venían muchos mercaderes, comerciantes y también mercenarios de otras regiones de las Tierras Ocultas.
Las dos partes en tierra firme de la ciudad estaban rodeadas al sur por el mar, y al este y oeste por varios kilómetros de un terreno árido y más bien llano, con poca vegetación. Había un poderoso puente de piedra de 100 metros de ancho, diseñado por los integrantes enanos del clan, y construido con el trabajo de los esclavos, que atravesaba la isla que hay en medio de la desembocadura del río para unirla con las dos partes de la ciudad. En la isla se encontraba el puerto donde atracaban los comerciantes, y justo detrás estaban los mercados y almacenes para la clasificación y posterior distribución de las mercancías.
El mercado de Túrelondë era muy afamado por su gran cantidad de productos. Era un sitio donde se podía vender y comprar cualquier cosa sin excesivas preguntas sobre su procedencia. La ciudad tenía en su parte occidental los barrios y edificios para los trabajadores y ciudadanos además de los barracones de guardias y esclavos. Y en la parte oriental estaban los talleres y cuarteles de los soldados del ejército de Túrelondë, así como el edificio del Consejo de Nurn, en el cual tenían alojamiento todos los Señores del Clan en el extraño caso de que todos se hallaran a la vez en la ciudad. Normalmente el rango con mayor graduación del ejército de la ciudad ostentaba el mando si ninguno de los Señores se encuentra allí.
Al noroeste de la desembocadura se encontraba el embarcadero para los barcos civiles, de mensajeros, transporte etc. de la ciudad, y al noreste era donde permanecía el grueso de la flota militar de Túrelonde. La entrada a la ciudad por mar estaba custodiada por sendas torres en las dos mitades de la ciudad, provistas de catapultas y lanzadores de virotes, así como de los mejores vigías de la ciudad. También tenían un faro en la cúspide de cada una de ellas. El diseño de las calles era muy simple y funcional, con anchas calles y manzanas uniformes y cuadradas. Las murallas exteriores de cada parte de la ciudad eran de 5 metros de altura y 2 de anchura, fabricadas con la mejor piedra que se podía encontrar al Este de la Tierra Media. Había tres puertas en cada una de las dos murallas (Noroeste, Noreste, Oeste, Suroeste, Sureste y Este)
(En construcción)
[Editado por Indil el 10-10-2004 11:23]
