Le asqueó la grasa del pollo frío.
Con un ademán, su multifuncional escolta retiró el plato.
Belegùr se tapó la cara con las manos.
Siempre había sostenido que inhibir la vista permitía oír mejor.
Ahora escuchaba las descargas furiosas de agua contra la lona de la carpa. Los furibundos vendavales orientales desviaban las nubes más negras haciéndolas precipitar sobre la Isla del Valle, lugar al que había arribado semanas atrás.
-Mi Capitán, ¿desea que le sirva vino? – preguntó tímidamente el muchacho.
<<Mi Capitán>>, repitió para sus adentros Belegùr. Las mismas palabras reverberaron en su cráneo golpeándose en cada hueso.
Le costaba acostumbrarse a aquel trato. Y es que hacia no mucho él debía ser quien ofreciera humildemente el vino.
Él no había escogido aquella responsabilidad.
“Recordaba muy bien la impresión que le había causado cuando lo llamaron a la Audiencia. Se había preocupado mucho y parecía llevar el corazón en la mano.
Le habían indicado que esperara a las afueras del salón principal.
Mientras tanto, los guardias intentaban recomponer sus ánimos con palabras benévolas, pero todo efecto tranquilizador que pudiesen haber surtido en su momento, se desvaneció al abrirse las puertas macizas que lo invitaban a ingresar a la estancia. Tragó saliva y entró.
Pasó entre de dos largas mesas, ocupadas por las gentes más influyentes del reino; ricos comerciantes, regentes y príncipes. La gente le sonreía, mientras él caminaba a paso lento e intentaba captar todos los rostros.
Al final, en una mesa perpendicular a las dos ya mencionadas, estaban los Capitanes y la Comandante, que era quien administraba al reino en tiempo de guerra.
La mayoría ignoraba la existencia del Rey, pues era un anciano bonachón que nada entendía de armas, y había cedido el poder a Gwyllion, mucho tiempo atrás, cuando la guerra aún doraba lo límites del reino.
Aquella mujer no era como las que inspiraban los cantares más celebres; no tenía la pasta de las grandes reinas. Era un soldado más sobre el tablero; pero le sonreía.
Recordaría aquella sonrisa siempre, pues le permitió relajarse, soltar los miembros tensos y disfrutar el clímax de su carrera militar. La deseada ascensión.”
-¿Mi Capitán? – preguntó el escolta, haciendo aterrizar a Belegùr. - ¿Vino?
-No, no...lo siento...estaba pensando en... - comenzó. – Olvídalo.
Nunca bebía antes de una batalla. Prefería dormir bien y despertar con la mente despejada, listo para rendir en la plenitud de sus fuerzas.
Cuando se acostó, las preocupaciones parecieron compartir su lecho.
Se daba infinitas vueltas. Giraba hacia un lado, y luego hacia el otro. Doblaba o estiraba los pies, sin dormir. Pero no era la lluvia que caía a cántaros lo que le quitaba el sueño.
Todo el resto de Capitanes estaban heridos. Convalecientes.
Ahora él tomaría las decisiones, y de acuerdo a estas se escribiría el porvenir de la compañía que incursionaba en la Isla.
A sus veintisiete años, experiencia tenía, sólo le faltaba seguridad.
Él no tenía el supuesto don de la genialidad del que muchos guerreros se jactaban. Le costaba urdir los planes; siempre se había complicado la existencia con los estratagemas, y se devanaba los sesos horas y horas planeando dar dos pasos.
Pero los resudados lo avalaban. Era infalible.
Bajo la guía de su mano diestra, jamás habían perdido más hombres de los estrictamente necesarios.
Pero si no era el máximo dirigente de las tropas Tercanas, era porque tenía una extraña concepción de la justicia, y el resto de Capitanes le guardaba recelo.
Jamás saquearía una ciudad que no estuviese habitada por orcos, trolls u otras criaturas de igual calibre. Simplemente no odiaba al enemigo, y a razón de eso algunos desconfiaban de su lealtad.
¿Cómo estar seguros que no le da lo mismo estar de un lado o del otro?, vociferaban sus contrarios.
Pero erraban, puesto que el objetivo que tenía ahora, era un asentamiento netamente militar, para el cual no guardaría escrúpulos si de arrasarlo se trata.
Mas el aciago escrutinio del destino quiso que cuando todo otro líder estuviese herido, Belegùr tomase las riendas de las tropas, e hiciese lo que le pareciera mejor.
Actuaba con suma parsimonia. La convocatoria de una voz potente y meliflua en igual medida, era inmensa. Sabía de sobremanera que al soldado corriente le gusta oír frases rebuscadas que apenas comprende, pero que engalanan el objetivo, los medios a usar y enaltecen la causa. Cuanto más imbuyese de altruismo las acciones banales del soldado raso, mejor.
Se puso una capucha para proteger su rostro galano de la lluvia que arreciaba a aquellas horas.
En realidad, lo hacía aún sin lluvia, pues sus ojos verdes eran tan claros, que captaban todas las miradas. Era difícil ignorar su atractivo, a pesar del aire siniestro que insinuaba.
Los rayos surcaban el cielo periódicamente, estremeciendo a la tropa.
Belegùr coordinó un primer ataque con los altivos elfos, secundó sus planes con una incursión orca más feroz, mientras cerraba con trolls que arrasasen los últimos vestigios de resistencia del Valle.
Estaba mojado de pies a cabeza. Su capa verde oscuro, daba la sensación de ser negra, a causa del agua que corría a su largo y ancho, modificando el tono visiblemente.
Enfermaría de quedarse así mucho más tiempo. Además, aún no había llevado a cabo sus planes. Los guerreros esperaban la orden.
-Mi Capitán...disculpe la tardanza...sucede que...- comenzó excusándose Halad, uno de sus tenientes.
-Solo te pido que no le des vueltas al asunto. Estoy cansado.
-Los locales llaman a este, el Bosque de la Sabiduría...o Taur-un-Nolwe...- dijo haciendo una pausa reprobatoria al altisonante nombre del lugar.- Tal y como nos dieron a conocer aún cuando estábamos en el continente y no en esta maldita Isla...- otra pausa reprobatoria. Belegùr tuvo la impresión que le pegaría una bofetada si se detenía de nuevo. - ...hay una empalizada de madera en medio del bosque, Ostauriath. Hasta aquí nada nuevo, excepto los nombres. Ahora bien, lo interesante son sus salidas, o entradas, según prefiera. Mirando al Norte, el muro de la empalizada cesa para permitir la entrada de víveres, agua, etc; a fin de cuentas, la logística.
Hay una segunda puerta en el Sudoeste. Ya habrá adivinado que es la que mira hacia el puerto de Maruëlondë. Pero presenta un inconveniente; es la mejor protegida. Ahora bien, mi fuente...– y miró con cara de ‘no me pregunte quien es; no puedo decírselo’. –... afirma que existe una tercera puerta al Este. Es utilizada únicamente para salir a recoger madera, y pocos son en verdad quienes saben de su existencia. Supe además, que las mercancías que vienen de la Ciudad del Dragón, son almacenadas cerca de la entrada Norte. Obviamente también ahí es donde guardan los víveres, por ser esta la utilidad estratégica de la puerta. Es posible que también los establos estén cercanos a esa locación, pues casi todo el resto de la empalizada está destinado al entrenamiento de las tropas.
El levante que soplaba incesante sobre las cabezas de los guerreros entumidos.
-Buen trabajo. – musitó no muy convencido Belegùr.
<<¿Cómo diablos habrá hecho para conseguir toda esta información?>>, se preguntó el hombre, más preocupado que feliz.
A lo mejor era paranoia suya, pero algo había en el rostro del Teniente que no lo asemejaba al resto de soldados de Tercano. Por un momento pensó que podía tratarse de un renegado del Valle, pero pronto desechó la idea. Si mal no recordaba, era hijo de un honorable mercader asentado en la desértica Aikalondë. <<No tengo dudas al respecto.>>
Halad se retiró algo defraudado. Cualquier líder decente le habría puesto una mano en el hombro mientras decía: -Bien hecho, hijo.
Al parecer aquella clase estaban en peligro de extinción.
El joven se fue apretando los dientes furioso. <<Nunca basta lo que hago. Nunca.>>
Solían confundirlo con un tal Halad de padres adinerados, asentado en el puerto árido de Aikalondë. Le hervía la sangre cada vez que mencionaban aquello.
Al principio se había esmerado en aclarar el malentendido, pero pronto desistió, dada la conveniencia que significaba poseer aquel estatus gratuitamente.
A pesar de eso, jamás se había avergonzado de su origen. Su padre era un humilde agricultor de las cercanías de Nenitath; su madre en cambio era extranjera. Provenía de la afamada Dol Amroth, lejos en el Norte, y también en su rostro vivía el recuerdo de la sangre inmortal.
Desde pequeño, Halad había destacado entre sus pares. Lo suyo era la diligencia. Emprendía labores que acababan por ser perfectas. Tal como la recolección de datos que había realizado no mucho atrás. Lo extraño era la tendencia colectiva a subestimar los méritos de su trabajo. Había algo en sus ojos que generaba desconfianza.
Belegùr dio la orden y pequeños grupos de soldados orcos se deslizaron cual sombras a través de los árboles.
Había escogido la entrada Norte. La del Este le parecía sospechosamente fácil. Además cerca al septentrión de la empalizada hallaría el mercado, herrerías y establos, justo como para aumentar el botín del saqueo.
Halad, al enterarse de la acción desistió avanzar. Obviamente su Capitán no había entendido, y buscaba victorias fáciles.
Él hubiese optado por el portalón Este, pues evidentemente su entrada por aquel lugar habría pasado más desapercibida. Nadie recolectaba leña con aquella lluvia.
De ahí se desplazarían al Norte, como para perpetrar el saqueo a la zona más rica. Armarían alboroto, de modo que los vallunos creyesen que eran muchos más los ultramarinos invasores, y doblegarían a sus huestes en cosa de horas.
<<O hago lo que mandaba el escalafón y arriesgamos la derrota, o emprendo una empresa propia a las espaldas de mi superior>>, pensó.
Por un momento el joven dudó, y la inseguridad se imbuyó en sus cavilaciones, mientras la sombra de sublevación se extendía y envenenaba cada rincón de su alma, convencida de su propia verdad. <<Después de todo, él no es más que un soldado con suerte.>>, se consoló e indicó a sus hombres otra dirección a seguir.
Belegùr ya dominaba el Norte. Los vallunos le opusieron fiera resistencia en un principio, más la superioridad de fuerzas tercanas que se concentraba en aquel sitio, los hizo desistir momentáneamente. Al hombre sin embargo, no le cabía la menor duda que volverían a arremeter, por tanto mandó a la delantera a todo cuanto portase un escudo. Armaron una barrera sumamente compacta y se defendieron con astucia de las saetas que surcaban el cielo cargado de lluvia.
Los rayos que se dejaban caer de vez en cuando, iluminaban los rostro cansados de las tropas. Y los ojos de Belegùr, brillaban siniestros, pues su clarísimo verde parecía casi blanco.
Se torció el tobillo estúpidamente. Maldijo un par de veces, mas no bastó para aliviar al malogrado miembro que amenazaba con hincharse. La ira se apoderó del hombre que apretó los puños con tal fuerza, que se incrustó las uñas en las palmas. Si hubiese sido doncella, hubiese llorado, pero los prejuicios propios del guerrero no se lo permitieron.
Y justo cuando la eficacia de sus órdenes había comenzado a cosechar frutos, le sobrevino aquel hecho fortuito que lo hizo quedar postrado en medio del barrial creado por la lluvia. Una ráfaga de desconsuelo barrió el calor del alma, y no pudo más que sentir la mano de la impotencia cargada en su hombro.
Nornorë, Hirluin y Halad debían recurrir al lastimoso llamado de su capitán, que apoyado en un árbol se disponía a darles las órdenes pertinentes para el saqueo, dado que la victoria ya estaba embolsada, y el dominio tercano en el portal Norte era evidente.
-¿Qué hay de Halad? Creo recordar que convoque a los tres tenientes.
-Mi Capitán, le perdimos la pista desde un principio, cuando usted decidió que entraríamos por el portal Norte. Si me permite...- dijo Nornorë con la vista clavada en sus botas. – puedo aseverar con toda seguridad que hizo lo que a su juicio era mejor, y se fue a embargar la puerta Este. Pero...pero...creo que todos pensamos en un principio que aquello era lo mejor; le ofrezco mis más sinceras disculpas por desconfiar de sus decisiones. – concluyó Nornorë apoyando avergonzado una rodilla en el suelo.
Belegùr estaba más pálido de lo común. Todavía estaba conmocionado. ¿Así qué su propia gente no confiaba en él?
Aquello le había dolido mucho más que una bofetada. Se alejó del árbol dejando a los dos tenientes presentes en una situación incómoda. No sabían si acompañarlo o dejarlo ir, puesto que intuían rechazaría cualquier intento de auxilio. Hirluin sin embargo, corrió a prestarle su hombro para que se apoyase, pero bastó un ademán de Belegùr para darle a entender que su compañía no era bienvenida.
No se pudieron organizar nuevamente, y los vallunos se agruparon para cerrar los portales justo frente a sus narices. Aquella noche perdieron un poco más de soldados que tercano, pero se salvaron del saqueo.
Por la mañana Halad se presentó ante su Capitán.
Belegùr lo miraba con odio, mas no sabía que hacer.
Se le ocurrió varias veces matarlo, pero cada vez que lo pensaba, algo frenaba el impulso. En otro tanto de ocasiones se le ocurrió el destierro; no volver a verlo jamás, bajo amenaza de muerte si se le aparecía de nuevo. ¿Bajarle el rango, azotarlo, humillarlo públicamente?
No sabía que hacer. Después de todo su corazón siempre había tendido a la piedad. Incluso se le ocurrió pensar en que él había desembocado aquella actitud rebelde con su indiferencia a las aptitudes del muchacho.
-Puedes retirarte. – sentenció sin mirarlo.
Al salir de la tienda Halad recién respiró. Los pies le temblaban embarazosamente, pero estaba feliz.
[Editado por arantxa el 29-12-2005 20:14]