Gris. Nublado. Aura oscura y densa. Veo a mi alrededor nubes de polvo que no me permiten percibir más allá. ¿Qué hay al otro lado? ¿Más penumbra? ¿Salvación? ¿Qué?
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>”Isda Najae bremerum cás ío” - los druidas pronunciaban sus hechizos sin descanso, intentando una y otra vez miles de fórmulas y conjuros para sacarla de aquellas tinieblas en las que se hundía estrepitosamente.
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Camino despacio, insegura, por un suelo embarrado tanteando con las manos a mi alrededor, pero no hay nada. Nada. Nada invadiéndolo todo a mi paso. ¿Dónde estoy? ¿A dónde voy? … ¿o de qué me estoy alejando?
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>”Ner bemin o daá lis ugíe” – Todos ellos sabían que luchaban contrarreloj. El sudor empapaba sus frentes al igual que el cuerpo de la muchacha casi inerte.
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Sin embargo, no hay temor, sino quietud. Mas aún la pesadumbre de una carga pesa sobre mí. Algo ha cambiado. Algo hay distinto en mi interior. Lo noto. ¿Mas cuál es esa carga que desconsuela a mi corazón?
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>”Peq frúa yil daá i nise” – Si permanecía demasiado tiempo en ese estado su pérdida se convertiría en algo inevitable. Su mente quedaría encerrada para siempre. Prisionera de recuerdos olvidados… de Sueños Perdidos.
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La pequeña corría presa del pánico por las calles de la capital Nurnita. Escondiéndose. Dándose cobijo en las sombras. Sin embargo, no era la única que percibía mejor en la negrura del ambiente, pues orcos acechaban. Buscaban, rastreaban y, desdichadamente para ella, encontraban. Sus armas melladas no tenían el mismo efecto. Sin dardos ni hojas efectivas era un blanco fácil para aquella horda que la perseguía.
Además, la desventaja era mayor aún, pues era desconocedora del terreno que pisaba. Se perdía. Volvía atrás. Recorría incesante los mismos caminos sin siquiera saberlo.
Huía descontrolada, angustiada. Su único pensamiento era salir de allí. Desaparecer. Creía poder conseguirlo. Creía poder encontrar un lugar en el que refugiarse hasta el amanecer cuando la ciudad se llenará y el ajetreo se iniciase y así poder perderse entre la multitud y la confusión. Creía… pero cuan lejos estaba de aquel destino feliz.
Su mente fue hallada. El maia oscuro sabía de ella. La presentía. La percibía. Y utilizó todo su poder para debilitarla. Pero no era presa fácil. Sus pensamientos eran confusos, mezcla de recuerdos desordenados. Había sufrido en el pasado pérdida de memoria y sumado esto al hecho de haber olvidado su infancia, quizás por algún trauma, implicaba una gran dificultad a la hora de establecer conexión con su mente.
Mientras, ajena a ello, la muchacha corría de un lado a otro. Su propia sangre roja se mezclaba con la negra de los orcos contra los que se enfrentaba. Cierto era que no había matado hasta aquel día, pero parecía innato en ella. Aprovechaba su agilidad, su velocidad, su pequeña estatura para esquivar, despistar y en definitiva matar.
Pero repentinamente un dolor agudo la hizo caer. Sintió un pinchazo tan fuerte en su cabeza que cayó desplomada al suelo. Duró tan solo breves instantes, pero los suficientes para haberla desorientado por completo. Suficientes para que sus ojos se nublaran y las imágenes nítidas antes, se transformaran ahora en borrosas y con movimiento no uniforme.
Intentó levantarse. Le costó, pero lo consiguió. Sin embargo, sus piernas le temblaban y sus brazos no respondían con la misma presteza. Siguió avanzando, sin rendirse. Oscuras sombras salían a su paso. Reflejos de armas, de filos… de muerte. Sentía dolor. Las heridas en su cuerpo se multiplicaban. Todo comenzó a girar a su alrededor. Risas, gritos, caras horrendas entremezclándose. En segundos se vio rodeada. Percibió su fin…
Y de nuevo aquel dolor atravesándola. Palpitaciones, intensa falta de aire… hasta que la negrura lo invadió todo…
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>Despierta… - una voz me susurra al oído – despierta…
Abro los ojos. No se cuando exactamente los había cerrado mientras caminaba por entre aquella Nada. Pero ahora todo ha cambiado. Veo una mujer. Me sonríe. Es hermosa, muy hermosa. Sus cabellos dorados lucen brillantes como si fueran reflejos mismos del Sol.
>Buenos días – dice con dulzura – tu padre nos espera para ir al mercado.
¿Mi padre? ¿Dónde estoy? ¿Es este mi hogar? ¿Mi antiguo hogar?
>¿Madre? – pregunto dubitativa.
>¿Aún no te despertaste del todo? – dice con la risa más bonita que jamás había escuchado en toda mi vida.
Y me ofrece su mano y yo le doy la mía. Es pequeñita comparada con la de ella, pero puedo sentir su suavidad, su tacto delicado…
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>Despierta… - pero la voz había cambiado. Ya no susurraba, ya no era dulce, sino todo lo contrario…
[Editado por nurbil el 26-05-2005 14:13]