Una nueva batalla había concluido. Delissë atravesaba las calles desiertas de Barad Avathael, disfrutando de la paz y del silencio.
Los saqueos habían terminado. Apenas quedaba ya nada de valor en las casas vacías. Mirara donde mirara, veía puertas abiertas o arrancadas, casas quemadas hasta los cimientos. Los otrora hermosos palacios de la zona, con grandes zonas ajardinadas, presentaban un aspecto ruinoso. La Compañía de la Muerte Susurrante no había tenido consideración alguna. Entre las piedras quemadas se podían vislumbrar aún restos humanos, esqueletos calcinados y anónimos de aquellos que no habían sido lo suficientemente afortunados como para abandonar la ciudad a tiempo.
Pero los gritos y los llantos hacía tiempo que habían sido dejados atrás en el tiempo, para dejar paso al hermoso silencio. Ahora sólo tenía que lidiar con una hueste de soldados ebrios de victoria, sangre y alcohol. Y quizás era peor que todo lo anterior que hubiera acontecido.
El Palacio del Consejo Regente se encontraba ante ella. Las verjas negras que lo resguardaban anteriormente habían sido echadas abajo. Los torreones habían sido engalanados con los pendones de la Llama Roja, pués el lugar era ahora el puesto de mando de los Capitanes de Nurn.
Entró en el gran salón, caminando descalza sobre las baldosas de mármol gris. Delissë había ordenado acomodar una gran mesa de mármol que los hombres habían encontrado en otra de las salas, y una de las tronas usadas anteriormente quizás por la mismísima Serpiente Negra, frente a ella. Y sobre la mesa, mapas y cartas, y las aburridísimas instancias e inventarios de pertrechos, víveres, soldados... Delissë odiaba el papeleo que le suponía dirigir ese ejército.
Había ordenado hacía días que todo lo que fuera de valor fuera llevado a un depósito general, a fin de hacer inventario de todo lo que fuera necesario para Nurn. La guerra era costosa, y Delissë pretendía evitar la rapiña. Pero era consciente de que aquello no era del todo posible. Los culpables de ocultar piezas del saqueo estaban siendo duramente castigados. El día anterior, 3 orcos habían sido cruelmente torturados hasta la muerte. Era una manera como otra cualquiera de sembrar ejemplo. Y muchos habían aprendido la lección. Otros en cambio, simplemente serían más cuidadosos. Pero las mismas envidias y traiciones harían que finalmente todos fueran acusados, y el castigo... Delissë era sabía que el castigo cada vez sería peor.
Sentada ante la mesa del despacho, revisaba con cierta desidia el papeleo pendiente. Sintió pasos en la puerta y alzó sus ojos violetas. Un hombre de cabellos negros, con la librea de la Llama esperaba en el dintel.
- Adelante, soldado - dijo la dama de la dulce voz.
El hombre avanzó con paso decidido:
- Mi Señora, ha llegado un sobre lacrado desde la línea de defensa. La Compañía del Capitán Seron avanza hacia aquí, y sus rastreadores os la envían.
El hombre depositó sobre la mesa el sobre lacrado, y Delissë lo tomó y lo abrió con cuidado.
\"Señora del Odio,
Recibimos vuestro mensaje ayer, y aunque las buenas nuevas acerca de vuestra victoria y la destrucción de la ciudad de Barad Avathael ya habían sido recibidas por medio de los cuervos que enviastéis, agradecemos la confirmación de vuestro puño y letra.
Tal como afirmáis, la Compañía de La Muerte Susurrante es ahora necesaria en la retaguardia. Es importante que el botín de guerra llegue hasta Nurn entero, y vuestros soldados, avezados en la batalla, necesitan reponer fuerzas.
Así pues, la Quinta Compañía se pondrá en camino hoy mismo. Nuestro ejército ansia ya la lucha, y defenderemos con honor la conquista de Barad Avathael que habéis conseguido con gran maestría.
A la espera de veros nuevamente,
Aranel Élvanwa\"
Delissë guardó la carta, y la dejó nuevamente sobre la mesa.
- Diles a los hombres que refuercen la vigilancia. Y que los orcos se pongan en movimiento de una vez. Que terminen de recoger todo, y espero - dijo con la mirada felina - no ver un sólo soldado borracho, o conoceran un dolor como no ha existido otro en este mundo.
El hombre asintió, mientras su mentón temblaba ligeramente, y tras hacer una reverencia marcho lejos de aquella mujer. Cuanto más lejos mejor, pensó. Uno no podía evitar mirarla y pensar que era el ser más bello de cuantos habían pisado la Tierra Media. Sus ojos de aquél color tan hermoso y extraño, sus labios llenos, sus hermosos y sedosos cabellos... Pero su belleza ocultaba aquella crueldad, y cuando sus ojos demostraban la furia de su alma... Ningún hombre podía permanecer impasible ante su hechizo. Era la maldición que ella lanzaba inconscientemente a quien posaba sus ojos sobre ella... lujuria y miedo.
Delissë se apresuró, y ordenó a sus hombres empezar a recoger el gran salón. Pronto marcharían de vuelta a las tierras de Nurn, y en su rostro, una sonrisa reflejaba su satisfacción.
Se habían ganado el descanso.