El viento azotaba la lona con furia. El interior de la tienda se hallaba en silencio y una quietud sólo rotas por el golpeteo del aire.
Lahia observaba con atención el fuego de su lar cuando alguien entró en la carpa. Llevaba el rostro semiescondido tras una tela de color añil que sólo mostraba los párpados y el contorno de sus ojos verdes pintados de negro. El intruso se sacudió la arena de encima y cuando apartó el embozo se descubrió el semblante de una mujer.
-¿Lahia? -, dijo.
-Lo harán esta noche -, anunció ella.- Sí, siento como se movilizan sus tropas, tengo arqueros vigilando los caminos. ¿Qué noticias traes? -preguntó.
Täreisha comenzó a relatar lo que le había sucedido hasta entonces.
-Esta mañana la arena venía con una fuerza que agujereaba la piel, pero ahora parece que el viento amaina.
La elfa pareció salir de su ensueño y miró a la mujer.
-Creo que ese viento que limpiaba el cielo de nubes las volverá a traer y se quedará con nosotros. Esta noche lloverá, siento el olor del agua muy cerca, y lo hará con violencia.
Lahia asintió y añadió: -Así lo creo yo también. ¿Seguimos con lo acordado?
-Sí. Que tus arqueros se preparen.
-Täreisha... ¿funcionará?
-Sin duda, pero debemos ser cuidadosos. —Le dedicó una sonrisa y se despidió.—Nos vemos en la batalla, Lahia. –Se volvió a enroscar el manto y sin más abandonó la tienda.
Antes de que el sol se ocultara, los guerreros del Rimbe-a-Rákalie formaban una barrera ordenada sobre el lugar señalado. Los lobos dibujados en sus escudos miraban hacia el sur, allá donde el rival aguardaba aunque aún no se mostrara abiertamente. Los arqueros se situaban cerca, ante tres pesadas catapultas cuyo transporte desde el campamento había costado una jornada entera debido a la arena.
Desde que llegaran las noticias del ataque a Barad Avathael, habían estado observando los asentamientos del clan vecino. Conocían todos sus movimientos, recogían los rumores que atravesaban el Mercado Central y estudiaban el terreno constantemente en busca de cualquier indicio.
Y a esa hora de ese desapacible día, desde esa posición ligeramente elevada del extenso desierto que separaba Harna Dîn de los territorios de Tercano Nuruva, escrutaban el horizonte esperando ver aparecer las primeras lanzas enemigas.
Sabían que estaban allí y el anhelo de confrontación se contenía a duras penas entre los recios músculos de sus experimentados dueños. Hombres, Enanos y Elfos, los mejores y más fieros, los más fieles de entre todos, venidos desde los confines de Arda para formar un ejército a la altura de las expectativas de Täreisha. “No son mis Escudos Negros” pensaba ella mientras comprobaba con orgullo la formación, “pero son sin duda dignos de las más altas proezas”.
-¡Hoy abriremos un nuevo capítulo en la historia de Haldanóri, rubricada con la punta de vuestras espadas y escrito con la sangre de nuestros enemigos!
Lahia llegó cabalgando en su caballo. Venía vestida con una capa negra que le cubría el rostro y el cabello le caía ondeando sobre ésta.
Dio la orden a sus arqueros y éstos se dispusieron en el lugar desde donde esperarían ver llegar las armadas enemigas. La Elfa buscó con la mirada a su Capitana. A Lahia le impacientaba la oscuridad tremenda del entorno y la desnudez de aquel terreno. Se acercó rápidamente a Täreisha y la saludó con una sonrisa.
-Llega la hora hermana.
-Se acerca el momento en el que demostraremos el poder de Telpe.
-Me impacientan el silencio y la oscuridad de este paraje... no es común.
Täreisha observó la negrura que les rodeaba.
-Esta comenzando a llover. -dijo tendiendo la mano al cielo.
Lahia se quedó quieta, sus ojos élficos escrutaban la oscuridad con aire desconfiado.
-Ya llegan Täreisha, se acercan.
-Es la hora. -dijo ella.
Lahia giró saludando con la mano y se quedó junto a sus arqueros. Quitó a Moriorlindë que la acompañaba a un lado de la cintura y lo hizo sonar suvemente. La música del cuerno oscuro se extendió por el llano, haciéndoles saber a los oponentes que en algún lugar de la oscuridad los Lobos de Telpe los estaban esperando.
Los soldados formaron una barrera de escudos compacta, brazo con brazo, sin resquicio entre un hombre y su compañero, mientras Täreisha y el resto de la caballería esperaban detrás el momento oportuno.
Lahia había dejado su cuerno a un lado luego de dar la llamada y ahora toda la compañía Telpeniana contenía la respiración.
La lluvia había comenzado a caer con más fuerza. Sintieron el galope de los caballos del enemigo avanzar hacia ellos. Todo se detuvo salvo el agua que se precipitaba desde el cielo y el avance de las tropas enemigas.
Dispuestos para la embestida aguardaron bajo el aguacero de cara a la oscuridad, esa nada que tenían enfrente y que les hacía llegar, cada vez más nítidos, los gritos de guerra del otro clan y el relinchar de sus corceles.
El cuero que forraba la empuñadura de la espada de Täreisha crujió cuando su mano desenvainó el arma.
-¡Preparaos! –gritó, y sus guerreros sujetaron con fuerza los escudos, los jinetes se aferraron a las riendas, los arqueros tensaron las cuerdas y ella sintió latir su corazón con fuerza.
Y de pronto sucedió. Comenzaron a escuchar el zumbido de las flechas y supieron así que Lahia y los suyos habían avistado las tropas enemigas.
Entonces llegó la primera carga de Tercano. Un golpe brutal en el que muchos perecieron. Sed de muerte es lo que había en sus ojos y el ejército de Rimbe-a-Rákile respondió de igual manera. A pesar de eso los flancos laterales fueron sorprendidos por soldados con lanzas que hicieron de aquello un río de sangre.
Täreisha se apoyó en los estribos de su montura y levantó la espada al mismo tiempo que se abalanzó contra los enemigos seguida de sus jinetes. Se perdieron entre los hombres de Tercano abriendo brecha entre sus filas.
Lahia lanzó un grito a sus arqueros- Tangado haid! Leithio i philinn! -Las flechas pasaron zumbando por el cielo nocturno y dieron a los soldados rivales que cayeron sin vida al suelo húmedo.
Poco a poco los carcajs se vaciaron obligando a muchos de los de su grupo a desenvainar las espadas y cargar como el resto del ejército. Pero la suerte le era adversa al ejército de los Lobos, atacados por los flancos y por delante no podían moverse con libertad, estaban casi atrapados entre el ejército de Tercano y apenas veían a su contrario. De vez en cuando algún relámpago restallaba en el firmamento y entonces descubrían el rostro de su víctima o su verdugo. Lahia sentía ahora la ruina próxima de Telpe. Si permanecían así serían aniquilados. Era el momento, pensó, de poner en la práctica lo que habían acordado.
Cabalgó hacia su capitana para avisarla pero poco antes de estar frente a ella sintió un dolor mortal en su brazo derecho. La espada se le cayó de las manos y lanzó un grito de dolor. Una flecha lo había atravesado de lado a lado y la sangre manaba como un río rojo, entonces rompió una parte de su capa y lo ató fuertemente al brazo deteniendo la hemorragia.
En ese momento Täreisha apareció ante ella y alcanzándole la espada le dijo:
-¿Estás bien?
-Sí, pero debemos hacer algo ya.
-Lo sé. Corre veloz y lánzalo, Lahia, no tengas miedo.
La Elfa galopó hasta el lugar donde las catapultas habían quedado estancadas en la arena mojada. En cada una de ellas colocó unos recipientes de barro con suma cautela. La herida le comenzaba a palpitar pero el trabajo debía ser desempeñado con un cuidado extremo así que se tragó el dolor. Ya habría tiempo para eso.
Tomó por última vez esa noche a Moriorlindë entre sus manos y lo hizo sonar con toda su fuerza para que los Lobos de Kemina Anka supieran que debían protegerse. Entonces cortó las cuerdas de las catapultas y segundos después los recipientes se rompían en la retaguardia del enemigo esparciendo su contenido imflamable por todo el terreno y sobre los infelices que quedaron bajo su merced. Había fuego por todas partes y los de Telpe aprovecharon el desconcierto y la luz que le proporcionó para acabar con todos aquellos que se encontraban acorralados entre las llamas, el terror y el metal de los Lobos obteniendo así la victoria para la Orden.
Horas después el fuego se había extinguido y ya sólo quedaba su humo intenso y centenares de cadáveres por todo el terreno.
-¿Qué era aquello? –preguntó Lahia.
-Lo ignoro –contestó Täreisha.- Lo importante es que aquel mercader no mintió. Arde incluso en el agua. Pero es peligroso por lo incontrolable. Habremos de usarlo con tino.
A lo lejos divisó un punto negro. La figura de un jinete que parecía innamovible y entonces Täreisha supo que también les estaba observando.
-¿Es él? -, preguntó Lahia.
-Sí -, contestó Täreisha.- Ahora sabe ya a quién se enfrenta.
Sin apartar la mirada de su enemigo levantó el puño hacia el cielo en señal de victoria y profirió un grito estridente. Sus hombres la secundaron lanzando vítores y aullidos. Täreisha se volvió con su caballo y fue hacia el asentamiento pero Lahia permaneció aun analizando al líder enemigo en la lejanía. Sus ojos de Elfa no perdían detalle pues el corazón le decía que pronto volverían a enfrentarse.
