Antes de que el maia hubiera tenido tiempo de reaccionar, el oso ya había saltando con sus fauces por delante hacia la gargante de Sincarion.
Por suerte para el maia, sus reflejos eran exquisítos y en un movimiento casi imposible logró caer de espaldas al suelo y dejar que aquella bestia saltase por encima de él.
Sin pararse a pensar, dejó caer los objetos que tenía en ambas manos y volvió a coger su espada del suelo.
Tras esto intentó incorporarse, pero antes de que esto sucediera ya tenía otra vez a aquella bestia volviendo a lanzarse contra él, aunque estaba vez Sincarion estaba más preparado e intentando dar a su vez una estocada desde el suelo, consiguió quitar al animal de su alrededor, aunque sin haber echo ni un sólo arañazo.
De un salto Sincarion logró incorporarse y plantó cara a la bestia con su espada entre las manos.
El gran oso, por su parte vió como aquel insignificante ser intentaba hacerle daño con un objeto que había sido tirado al suelo anteriormente, pero no tuvo miedo de eso y con gran rapidez, una rapidez extraordinaria para algo de ese tamaño, lanzó sus zarpas contra un lado de Sincarion.
Por suerte Sincarion, que ya había visto la agilidad que poseía aquella bestia, logró esquivar el ataque justo a tiempo. Al menos justo a tiempo para llevarse tan sólo unos arañazos de pequeña envergadura y unos rasguños en sus ropajes.
Pero lo que quería lo había conseguido.
Tal y como el animal lanzó su zarpa, Sincarion se agachó, sintió como una garra tocaba su brazo levemente, y mientras comenzó a levantar un arco con su espada que consiguió incrustarse en el cuerpo de la bestia.
El oso, nada más sentir el acero en sus carnes presintió que la batalla no le iba como era lo normal. Nunca había sentido dolor y ahora que lo sentía por primera vez se enfureció de manera desorbitada. Sus ojos se pusieron rojos y a la misma vez que un líquido de color rojo y caliente resbala por su cuerpo sin saber que era, el oso miró al despreciable ser que tenía bajo su cuerpo y se lanzó con todo su peso sobre él.
Sincarion, que había intentado sacar la espada en cuando dió el golpe, tardó una décima más de segundo de lo que debería de haber durado en darse cuenta de que no podría sacar la espada hasta acabar con el animal.
Una décima de segundo que sirvió para que un intenso dolor comenzase a correr por toda su espalda.
La batalla se veía igualada. El maia había conseguido escapar de debajo de la bestia en el último momento, pero el golpe de la bestia no lo había podido esquivar.
Los dos rivales se miraron a la cara. Sincarion con esa cara fría que no reflejaba nada de lo que rondaba por su cabeza. El temible oso con los ojos desorbitados que sí dejaban reflejar lo que a la bestia le rondaba, se notaba que lo que quería era acabar con él.
El oso volvió a lanzarse. Sincarion sacó la daga de entre sus ropajes, hizo un amago al animal y le clavó la daga en el costado izquierdo.
El oso podía haber seguido luchando, pero cometió un gran error. Tal y como sintió el metal clavado en su cuerpo, levantó sus potentes patas delanteras y su cabeza mirando al cielo.
Sincarion tal y como vió que el oso levanta su vista y sus zarpas al cielo, se puso justo delante del oso y agachandose rápidamente cogió la espada que con el movimiento se había caido de la bestia y se la clavó en medio del cuello, rabanandole la cabeza en dos.
Al oso sólo le dió tiempo de respirar una última vez