A pocas millas del bosque de Tuarëlindomë, en el nacimiento del rio Alcanen, se encuentra el punto más alto de las Montañas Grises, una gran cordillera de gran altura que recorre toda la zona costera de los territorios del clan Tercano Nuruva.
Y en el mismo pico, en una zona que se extiende una media milla de largo y una cuarta milla de ancho, se encuentra la torre del maia Sincarion.
Ya desde el linde occidental de Taurëlindomë se puede divisar una oscura silueta en lo más alto de las montañas, mas la imagen que se puede apreciar no es muy buena, y para apreciar en toda su majestuosidad el castillo, hace falta acercarse mucho más.
Para entrar en el camino que lleva hasta el castillo es necesario seguir el curso de Alcanen desde la falda de las montañas. Allí, siempre por la izquierda, hay un sendero liso que se tiene que seguir. El resto de la zona está llena de acantilados y precipicios, por lo cual sólo se puede llegar desde allí.
Una vez comienzas a seguir el río curso arriba, se tendrá que andar sobre unas 6 millas hasta llegar al nacimiento del rio Alcanen. El nacimiento del río es un lugar digno de admiración, con un inmenso lago que cae en una catarata que en su caída da comienzo al río que se extiende muchas millas al norte.
Una vez llegado a ese lugar, tendrás que continuar por el sendero, que se desvía hacía el sur, comenzando una cuesta que no terminará hasta la llegada al lugar hacia donde se dirige el camino.
En este punto, dejan de haber árboles o arbustos, pues a esa altura es imposible que puedan sobrevivir, así que el terreno se hace pedregoso y escarpado.
Como símbolo de bienvenida a la torre, a una milla de distancia y desde donde, cuando la niebla lo permite, se puede comenzar a ver su silueta, se encuentran dos estatuas a tamaño real del dueño del castillo.
Una de un negro oscuro, el material que todavía la gente del lugar se pregunta de donde la sacó y que se utilizó para esculpir aquella escultura y hacer todo el castillo. La segunda, que es la situada a la derecha, está echa de un blanco inmaculado, que cuando da el sol sobre ella extiende sus rayos hacia todos los rincones de la montaña, a todos menos a la estatua de al lado, la cual absorbe la luz y nunca brilla.
El significado de las estatuas, además de para dar la bienvenida al viajero que visita el lugar, sirve para señalar que el dueño del castillo no sirve a nada, utiliza todo por igual y tiene el mismo aprecio tanto a la luz como a la oscuridad.
Una vez atraviesas las estatuas, el camino se vuelve empedrado, haciendo más fácil el ascenso, que en este punto es el lugar más empinado de todo el camino.
Y por fin, atravesando una milla, se puede contemplar Barad Hithgwath, en toda su plenitud.
La torre está construida, como se a dicho antes, con un material oscuro que le confiere al lugar un aspecto de lo más misterioso, pero no temible, pues el lugar suele estar soleado, lo que hace que el corazón no se encoja tanto ante la vista que tiene.
Nada más entrar en la llanura que se crea en la punta de la montaña, se abre el camino en 3 senderos.
El primero, a la derecha, es donde se encuentran las caballerizas, lugar donde se da descanso a los animales que allí llegan y donde pueden descansar sin ningún peligro, pues el caballerizo que allí habita tiene bien cuidado de coger bien al animal para que no se escape y caiga por los precipicios que rodean el lugar.
A la izquierda sólo hay una gran casa, aunque pequeña en comparación con la torre que se alza al lado, y que sirve como vivienda para los sirvientes de Sincarion.
Y el sendero que sigue recto lleva directamente al castillo, que viendo la colocación de las ventanas, demuestra que tiene cuatro plantas de alto.
Desde aquel lugar se podía observar, si se tenía buena vista, casi todo el territorio de Tercano Nuruva, tanto al sur, donde se llegaba a poder ver la tierra de nadie que separaba el territorio del Reino de Angrost con el de Tercano, como al este, donde se podía divisar hasta pasado el bosque de Taurëlindom, al norte, donde se lograba ver el inicio del desierto de Nandë Oioúrë, y al oeste, donde se podía ver la inmensa costa de Dînfalassën.
Esto era lo que veían los viajeros que llegaban ante Barad Hithgwath. Al menos hasta que entraban en el castillo.
