Seregruin abandonó su ensimismamiento al percibir el lento caminar de unas botas de piel a sus espaldas. Aguzó el oído, y permaneció atento y expectante, pero no se inquietó: era del todo imposible que lo tomaran por sorpresa en aquél refugio que había mandado construir. Nadie podía acercarse allí sin ser visto: el cerro se hallaba separado de la muralla por una extensión descubierta fácil de controlar, y la Torre de Vigilancia de tiempos antiguos, que coronaba la colina, le había sido entregada a su cuidado por la Guardia de Túrelondë. Físicamente, la colina también estaba aislada: de un lado el mar, martillando el escarpado acantilado; del otro el Camino del Sudeste, que se perdía en una rala arboleda lejana. Nadie podía acercarse a la solitaria elevación sin que la guardia lo notase. Y la guardia estaba bien paga.
La seguridad que le brindaba era, por cierto, el único atractivo que Seregruin le encontraba a la colina. Por lo demás, no ofrecía ninguna ventaja estratégica en relación con la ciudad o el puerto: se hallaba demasiado apartada como para intentar una ofensiva desde allí, y a la vera de un camino demasiado solitario como para atraer alguna clientela considerable al albergue.
Seregruin oía los suaves pasos acortar la distancia hacia él, acompañando de algún modo a las tinieblas que se acomodaban en derredor suyo. En la galería que corría a la vera derecha de la terraza, la primera de las antorchas era encendida, en ese instante, por algún hobbit somnoliento. Y, mientras la tranquilidad parecía gobernar todo el espacio audible, Kalemba se dijo que ese hombre sigiloso, de andar cuidadoso y pausado era, sin lugar a dudas, el Príncipe de los Espías.
El hobbit no se dio por enterado de nada de lo que ocurría y siguió encendiendo las antorchas una a una mientras cubría con su mano izquierda el bostezo que le acometía incansable. El hombre apoltronado en la silla no se inmutaba, tampoco, y no se volvió. Por un lado, sabía que no era necesario enfrentar al espía: Kramyr no tenía brazos con los cuales atacarlo a traición; pero por sobre todo, no sentía deseos de observarlo: su aspecto le solía quitar el apetito las más de las veces.
-¿De qué se trata? –preguntó intempestivamente Seregruin con su voz profunda y violenta, como de océanos, mientras la última de las antorchas era encendida unos metros más allá y el sol agonizaba, carmesí, detrás de la bahía.
-En este momento está atracando en el Muelle de los Señores una embarcación proveniente de Narmelost, Lord Kalemba –contestó una voz susurrante, pero llena de vitalidad y malicia, que pretendía impostar simpatía.
-Eso quiere decir que la especie no fue una estratagema de dilación del Capitán de la Torre… -se explayó pausadamente Seregruin, exprimiendo el sentido de cada una de sus palabras- ¿A qué Gran Señor tenemos el gusto de recibir esta noche en nuestra ciudad, Kramyr?
-No es uno sólo, por cierto, y tampoco se trata de Señores. Son dos poderosas Hechiceras Elfas… Señoras de Nûrn… Maestras de las Tinieblas… -la voz se arrastraba siseante y venenosa, como disgustada-. La Ciudad ha enmudecido, aterrorizada por su llegada, y todos los Oficiales de la Torre tiemblan por sus cabezas... -hizo una pausa importante-. Temen que el complot se haya sabido en la Capital –concluyó, certero como una saeta.
La voz de Seregruin rugió desencantada al tiempo que meneaba la cabeza, dando muestras de incomodidad:
-Es imposible. Di aviso ayer al atardecer. No hubo tiempo de que la noticia llegara a Narmelost y regresara.
-Nada es imposible para los Señores de Nûrn -contestó la voz a sus espaldas, procurando incomodarlo aún más-, por lo menos eso es lo que aquí se cree , Señor.
-Y si están enterados -se dulcificó Kalemba, bañando sus palabras en ironía-, ¿por qué envían a dos elfas y no, en cambio, refuerzos militares, mi querido Kramyr?
-Porque estas Elfas valen más que muchos ejércitos, créame -tembló la voz-. A una de ellas la conocemos muy bien, sí. Aquí se la llama la Dama de la Oscuridad. Es cruel y sanguinaria como no existe otra criatura.
Y continuó acompañándose de una fuerte inspiración:
-Su sólo nombre descubre las llagas del horror y despierta escalofríos en nuestra ciudad… nadie osaría desobedecerla.
-No parece que a ti te afecte, sin embargo –provocó Seregruin.
-Conozco el país, y sé lo que son las Yainë Farnë, las Mazmorras de Nûrn, Maese Kalemba… la Dama Lómine es una de los Poderes del Señorío, pero es una solamente… -se dolió la voz, que parecía perderse en los oscuros recintos de una memoria atormentada.
-¿Y la otra elfa? –preguntó, molesto, Kalemba.
Tras unos instantes de silencio recuperó la voz del espía su viveza habitual:
-La otra Dama es desconocida para mis informantes, pero se dice que es semejante a Lómine Anamoriel en belleza y majestad, y que el terror que despierta a su paso es equivalente –dijo, e hizo una pausa, como dudando si comunicarle al Dúnadan el resto-. Por lo que narran quienes traen las nuevas más rápido que el viento, tiene poderes sobre las bestias… se comunica con ellas… y lleva consigo una loba terrible como no se ha visto a este lado de Mordor. Una loba que parece entenderle cuando habla.
Seregruin reaccionó entonces desmedidamente, expresando todo su disgusto con los sucesos de aquél día:
-Habladurías. Supersticiones. Fábulas que sus superiores les inculcan para amedrentarlos. No existe ni puede existir tal cosa… ni los elfos son tan poderosos, Kramyr –reconvino luego en tono doctoral-. Son crueles, sí, y ¡Por Morgoth!, hábiles… ¡muy hábiles!: es notable el terror que estos Señores han conseguido infundir en su gente… han llegado al punto de hacerles creer las fantasías más descabelladas…
[Editado por seregruin el 07-11-2004 09:45]