La Guerra de los Clanes

Túrelondë - Puerto Y Ciudad Comercial

Escribiéndose...
Escrito el 09-10-2004 22:26 #1

Túrelondë era una ciudad situada en la desembocadura de los dos ríos más importantes de Nurn, el Nen Girith y el Morelimbar, al sur de las Montañas Veladas, y casi en la frontera occidental del país de los Señores de Nurn. La ciudad era la más normal de todas pues no tenía un aspecto tan tétrico y opresor como las demás, ya que aquí venían muchos mercaderes, comerciantes y también mercenarios de otras regiones de las Tierras Ocultas.

Las dos partes en tierra firme de la ciudad estaban rodeadas al sur por el mar, y al este y oeste por varios kilómetros de un terreno árido y más bien llano, con poca vegetación. Había un poderoso puente de piedra de 100 metros de ancho, diseñado por los integrantes enanos del clan, y construido con el trabajo de los esclavos, que atravesaba la isla que hay en medio de la desembocadura del río para unirla con las dos partes de la ciudad. En la isla se encontraba el puerto donde atracaban los comerciantes, y justo detrás estaban los mercados y almacenes para la clasificación y posterior distribución de las mercancías.

El mercado de Túrelondë era muy afamado por su gran cantidad de productos. Era un sitio donde se podía vender y comprar cualquier cosa sin excesivas preguntas sobre su procedencia. La ciudad tenía en su parte occidental los barrios y edificios para los trabajadores y ciudadanos además de los barracones de guardias y esclavos. Y en la parte oriental estaban los talleres y cuarteles de los soldados del ejército de Túrelondë, así como el edificio del Consejo de Nurn, en el cual tenían alojamiento todos los Señores del Clan en el extraño caso de que todos se hallaran a la vez en la ciudad. Normalmente el rango con mayor graduación del ejército de la ciudad ostentaba el mando si ninguno de los Señores se encuentra allí.

Al noroeste de la desembocadura se encontraba el embarcadero para los barcos civiles, de mensajeros, transporte etc. de la ciudad, y al noreste era donde permanecía el grueso de la flota militar de Túrelonde. La entrada a la ciudad por mar estaba custodiada por sendas torres en las dos mitades de la ciudad, provistas de catapultas y lanzadores de virotes, así como de los mejores vigías de la ciudad. También tenían un faro en la cúspide de cada una de ellas. El diseño de las calles era muy simple y funcional, con anchas calles y manzanas uniformes y cuadradas. Las murallas exteriores de cada parte de la ciudad eran de 5 metros de altura y 2 de anchura, fabricadas con la mejor piedra que se podía encontrar al Este de la Tierra Media. Había tres puertas en cada una de las dos murallas (Noroeste, Noreste, Oeste, Suroeste, Sureste y Este)

Escrito el 04-11-2004 16:59 #2

Las frías olas del Golfo Sangriento seguían rompiendo, imparables, obsesivas, contra las portentosas murallas del puerto de Túrelondë. En el aire diáfano el estruendo marino se confundía con el de los mercaderes que alborotaban, en todas las lenguas, las irregulares calles de la isla. Y mientras los antros nocturnos que atestaban la zona portuaria comenzaban a mostrar los primeros signos de ajetreo (algunas horas antes de los primeros platos fuertes), en un solar algo apartado de allí hacia oriente, en la ladera de un cerro solitario que se levantaba justo fuera de la ciudad y frente al mar, más precisamente en el Albergue de Kalemba, un importante cónclave tocaba su fin.

El anfitrión y promotor de la reunión había despedido ya a todos los confabuladores y aspiraba algo de tabaco occidental en silencio. A su alrededor, la servidumbre hobbit levantaba las mesas y barría el piso de piedra con estruendo de vidrios rotos y chatarrería. El inverosímil jolgorio infantil de aquellos pequeños seres macilentos y torturados no alteraba, sin embargo, la paciencia ni la quietud del hombre que miraba, con extrañeza, el rojo atardecer en la terraza del albergue, y el mar.

Seregruin había acabado de echar cuentas y ahora meditaba, sorprendido, en aquél pedazo de paz que se había ganado. Ciertamente, hacía un largo tiempo que no disponía de un momento como aquél.

Acompasando el aire con la jarra de grueso vidrio casi vacía, Seregruin rememoró aquella melodía en la flauta sureña con que los músicos Haradrim se presentaban cada noche en el Mbuka Kaffa, su primer cabaret en Túrelondë. Un poco arrastrado por la suave melancolía del atardecer (y por la sensual melodía que recordaba) y un poco dejándose arrastrar por los recuerdos (y por el vino), Kalemba reconstruyó para sí sus primeros y adrenalínicos años en Nûrn…

[Editado por seregruin el 04-11-2004 17:11]

Escrito el 04-11-2004 17:04 #3

Seregruin había llegado hacía cuatro veranos a Túrelondë en un barco mercante del Oriente, bien aprovisionado de mercancías valiosas fruto de sus últimos viajes, y había decidido detenerse unos meses a comerciar en ese puerto que marcaba la entrada a la tierra tenebrosa de Nûrn. Ahora bien, Kalemba no se consideraba, ni nunca se consideró, un comerciante. Y además comenzaba a sentirse a gusto, por vez primera desde su exilio, en aquella tierra de marginados y fugitivos donde nadie estaba nunca seguro de nada y donde nada estaba a salvo de las manos de nadie. Su establecimiento definitivo sólo sobrevino entonces, cuando pudo comprobar que en aquel sitio podría prosperar, y que allí nadie hacía preguntas. Vendió el barco en el que había llegado, propiedad de su recientemente finado socio oriental, y montó aquel cabaret portuario base de su fortuna, el Mbuka Kaffa.

La suya era una fortuna fácilmente explicable, por cierto, ya que Seregruin podía ofrecer más de lo que la gentuza del lugar nunca hubiera soñado pedir: los endemoniados músicos de Harad, que superaban todo lo que alguna vez se hubiera escuchado en la zona; las tremendas mujeres de temple guerrero y de excelente calidad traídas como esclavas desde la lejana Rhôvanion (bien cierto es lo que se dice de las hembras de aquella región); y no menos importante, los mejores vinos de Dorwinion en cantidades tales que, para los invitados especiales, no hacía falta siquiera rebajarlo. El Mbuka Kaffa fue un éxito desde la primera noche y poco tiempo después Seregruin pudo mandar levantar la Posada del Dúnadan junto al puente, que pronto se convirtió en el antro más concurrido de la isla: sus mujeres, a esa altura, ya eran cuarenta entre orientales y norteñas.

Detuvo unos instantes su pensamiento en aquellos días: mientras en el Mbuka Kaffa el espectáculo se repetía idéntico para los marineros siempre anónimos y siempre cambiantes, mayormente seres de condición inferior, la Posada del Dúnadan servía como refugio a los más brillantes traficantes, fabuladores, mercenarios y prestidigitadores venidos de cien puertos distantes; daba lugar a la conversación de los más experimentados viajeros y aventureros, perdidos profetas o navegantes; y satisfacía los apetitos de soldados y oficiales de la guardia local que, aun cuando arriesgaran en ello más que la vida, conseguían fugarse por unas horas de las barracas lindantes.

En la Posada del Dúnadan fue donde Seregruin tejió las redes comerciales que le permitieron proveer de drogas orientales, tabaco y especias occidentales, cerveza norteña y mujeres australes al insaciable público local. De este modo se ganó el favor y la complicidad de media guarnición Nûrnita; vio y oyó lo que necesitaba para interiorizarse del país, de su gobierno, de sus gentes y de sus vitales líneas comerciales; y ganó lo suficiente como para sobornar un pequeño ejército de espías y maleantes de entre la ímproba población citadina.

El crecimiento de su riqueza y poder no tuvo disputa, desde entonces, en aquel turbio y cenagoso rincón de Arda. Poco tiempo después, además de la media docena de prostíbulos y clubes que administraba, Seregruin cobraba protección a una buena mitad de los mercaderes de la isla y la ciudad; monopolizaba el comercio de mujeres y de otras múltiples sustancias; y construía el Albergue de Kalemba fuera de los límites de la muralla, en el cerro bajo y solitario que pronto comenzó a utilizar como retiro y centro de operaciones, y que era resguardado por un ejército de su propiedad. Todo esto ocurría, como es de esperar, bajo la comprada complicidad del destacamento militar.

Seregruin pensaba que una vez allí, en el Albergue, podría disfrutar de un poco de paz, permaneciendo aislado y seguro, a cierta distancia y altura (sobre el cerro oriental), de esa ciudad siempre alerta, siempre traicionera y siempre peligrosa. Asesina ciudad que, a su vez, era el rincón menos sórdido (y acaso el único al que pudiera llamarse amable) de todo Nûrn: Túrelondë.

Se equivocaba.

[Editado por seregruin el 04-11-2004 17:28]

Escrito el 04-11-2004 17:07 #4

Obviamente, nada que pudiera llamarse paz y tranquilidad podía durar mucho tiempo en Nûrn, al menos en lo tocante a un súbdito del Señorío. Y menos aún si ese súbdito no pensara sino en dejar de serlo.

Seregruin se había acostumbrado a mirar, en estos últimos años de su estadía, la desmesurada Torre de los Señores de Nûrn que gobernaba la ciudad. Tanta desmesura parecía, en efecto, corresponder al desmesurado Poder de los propios Señores que, según se oía en los mercados, era “desmesuradamente desmesurado”. Poder que, por lo pronto, le parecía lejano: desde que Seregruin llegara al puerto, los Señores no habían puesto un pie en la ciudad.

Ciertamente, durante sus primeros años en Nûrn la visión de aquella oscura Torre que albergaba el Consejo de los Señores le turbaba la mente y lo consumía de envidia. Pero, con el paso del tiempo, cuando Seregruin llegó a convencerse de que los Señores estaban al tanto de su existencia, de su pasado y de sus actividades en la ciudad; y de que, por curioso que fuera, estaban complacidos con él (por algún motivo lo dejaban hacer, sin molestar ni intervenir), aquella Torre pasó de ser una presencia ominosa a convertirse en un apetecible botín. Seregruin sonreía satisfecho cada vez que esta conclusión ganaba su mente, y su ambición siempre despierta se relamía de gusto de sólo pensar en ocupar allí arriba un sitial. Y, aunque sabía que no le iba a ser fácil convertirse en un Oligarca sin que le rebanaran el cuello, la idea esa nunca dejaba de rondarle en su, por ahora, ubicua cabeza.

Precisamente era ésta la razón por la que Seregruin había llamado a un cónclave a ciertos personajes claves de la Ciudad y la Guarnición. Su plan era sencillo: sublevar una parte importante de la soldadesca, quemar la flota y provocar destrozos en la ciudad, estimulando el saqueo y el caos. Luego, reestablecer rápidamente el orden liderando a sus mercenarios y a las tropas fieles: la recobrada ciudad y puerto de Túrelondë sería servida en bandeja a los Señores de Nûrn por la mano de su más glorioso benefactor, el Lugarteniente Kalemba.

Aunque el plan había ganado su mente hacía largo tiempo, tan sólo ahora disponía de los recursos necesarios para aquella costosísima aventura. Aquel día, todos los detalles estaban ultimados y el plato, a punto. Las cuentas oportunas ya estaban hechas, y los cómplices, interesados: la mayoría simplemente no podía negarse y al resto se lo había convencido de que no tenía opción. En cualquier caso, todos estaban seguros de que sacarían un gran beneficio de tener a un antiguo compinche sentado a la par de sus Señores, y ninguno sospechaba que la primera orden del flamante Señor sería, obviamente, ejecutar a todos los involucrados en el complot.

A tal punto estaba Seregruin compenetrado con la correcta ejecución del plan que se sometió a un duro entrenamiento, en sus instalaciones en el cerro, para volver a poner su físico en condiciones: quería reconquistar la ciudad liderando verosímilmente a la tropa, engalanado y luciendo sus armas y pertrechos. Seis meses enteros para recuperar su legendaria destreza y fortaleza, seis meses de sol a sol hasta borrar las últimas huellas de cuatro años de excesos y comodidad.

Pero aquel día, mientras la confabulación maduraba, le informaron acerca de dos sucesos inesperados que lo obligaban a hacer una pausa y recapacitar: según los rumores de la ciudad, y a la vista del aparataje desplegado, uno o más Señores de Nûrn estaban de visita en la ciudad. Incluso ahora mismo podía Seregruin ver, en las ventanas superiores de la Torre, el fuego de las antorchas encenderse. Pero también, y esto no era menos importante, una enorme embarcación de guerra Nûrnita había llegado por la mañana desde Grishûrz Faal, el famoso Matûrzogh.

Seregruin observaba el sol ponerse lentamente tras el mar, allí abajo. El vino se había acabado hacía unos minutos. Sin embargo, lo que lo devolvió al presente fue algo bien distinto.

[Editado por seregruin el 04-11-2004 17:39]

Escrito el 04-11-2004 18:34 #5

En medio de la lobreguez nebulosa de la noche dos figuras estilizadas dibujaban sus sombras sobre las callejuelas del muelle bajo la luz mortecina de un grupo de antorchas que intentaban arrebatar de la penumbra un poco de claridad, y tras las figuras avanzaba amenazante una loba de tupido pelaje. Ambas figuras se deslizaban majestuosamente sobre el suelo rocoso, las amplias capas que cubrían sus hombros se levantaban sutilmente por la brisa marina, y los oscuros cabellos se mezclaban y entrelazaban cual serpientes enfurecidas. Los rostros blancos no mostraban emoción alguna y los labios se movían de forma casi imperceptible; las voces que emergían de aquellas gargantas eran dulces como la miel pero había en ellas un dejo de amargura y crueldad, eran el murmullo del viento anterior a la tormenta.

Los marineros apresurados descargaban con cuidado el cargamento que transportaba el imponente navío, cajas de grandes dimensiones y baúles de tallas delicadas eran arrumados en el muelle mientras los gritos de los capataces retumbaba ensordecedores sobre el sonido de las olas rompiendo contra las estructuras coralinas que formaban las orillas de aquel puerto. La visita inesperada de Allase y Lómine tomaba por sorpresa a los habitantes y viajeros que habitaban la ciudad, justo ahora que los ánimos empezaban a levantarse, la presencia de ambas Señoras de Nurn se convertía en un detonador aun mas peligroso que los simples pleitos que desembocaran en la lucha que hasta ahora se apoderaba del lugar.

Uno de los soldados que vigilaba el muelle se acercó vacilante a las dos elfas, estas miraron con desdén la pronunciada reverencia que les ofreciera el militar y esperaron pacientes las palabras balbuceantes que salían de su boca.

-Señoras –empezó a decir el soldado ante la mirada inquisidora de sus mayores –Nos alegra teneros entre nosotros, lamentamos la espera que habéis sufrido pero es que... no esperábamos... si hubieseis avisado que vendríais, nosotros...

-Acaso ahora debemos pediros permiso para visitar los territorios que nos pertenecen? –interrumpió Allase con voz grave aunque su rostro continuaba impávido.

-No, claro que no... –intentó disculparse el hombre

-Entonces dejaos de excusas y llevadnos a la torre, la noche es fría y necesitamos un descanso tras el viaje desde la capital –concluyó Lómine.

El soldado miró a su espalda buscando la aprobación de sus compañeros pero estos mantenían las cabezas gachas ante la autoridad que ostentaban ambas elfas; así, aunque temiendo que algún disturbio se levantase y rompiese la aparente tranquilidad de la noche, el soldado entregó un par de caballos y emprendió el camino hacia la Torre de la ciudad, guiando tras de sí a sus dos Señoras.

Escrito el 07-11-2004 09:31 #6

Seregruin abandonó su ensimismamiento al percibir el lento caminar de unas botas de piel a sus espaldas. Aguzó el oído, y permaneció atento y expectante, pero no se inquietó: era del todo imposible que lo tomaran por sorpresa en aquél refugio que había mandado construir. Nadie podía acercarse allí sin ser visto: el cerro se hallaba separado de la muralla por una extensión descubierta fácil de controlar, y la Torre de Vigilancia de tiempos antiguos, que coronaba la colina, le había sido entregada a su cuidado por la Guardia de Túrelondë. Físicamente, la colina también estaba aislada: de un lado el mar, martillando el escarpado acantilado; del otro el Camino del Sudeste, que se perdía en una rala arboleda lejana. Nadie podía acercarse a la solitaria elevación sin que la guardia lo notase. Y la guardia estaba bien paga.

La seguridad que le brindaba era, por cierto, el único atractivo que Seregruin le encontraba a la colina. Por lo demás, no ofrecía ninguna ventaja estratégica en relación con la ciudad o el puerto: se hallaba demasiado apartada como para intentar una ofensiva desde allí, y a la vera de un camino demasiado solitario como para atraer alguna clientela considerable al albergue.

Seregruin oía los suaves pasos acortar la distancia hacia él, acompañando de algún modo a las tinieblas que se acomodaban en derredor suyo. En la galería que corría a la vera derecha de la terraza, la primera de las antorchas era encendida, en ese instante, por algún hobbit somnoliento. Y, mientras la tranquilidad parecía gobernar todo el espacio audible, Kalemba se dijo que ese hombre sigiloso, de andar cuidadoso y pausado era, sin lugar a dudas, el Príncipe de los Espías.

El hobbit no se dio por enterado de nada de lo que ocurría y siguió encendiendo las antorchas una a una mientras cubría con su mano izquierda el bostezo que le acometía incansable. El hombre apoltronado en la silla no se inmutaba, tampoco, y no se volvió. Por un lado, sabía que no era necesario enfrentar al espía: Kramyr no tenía brazos con los cuales atacarlo a traición; pero por sobre todo, no sentía deseos de observarlo: su aspecto le solía quitar el apetito las más de las veces.

-¿De qué se trata? –preguntó intempestivamente Seregruin con su voz profunda y violenta, como de océanos, mientras la última de las antorchas era encendida unos metros más allá y el sol agonizaba, carmesí, detrás de la bahía.

-En este momento está atracando en el Muelle de los Señores una embarcación proveniente de Narmelost, Lord Kalemba –contestó una voz susurrante, pero llena de vitalidad y malicia, que pretendía impostar simpatía.

-Eso quiere decir que la especie no fue una estratagema de dilación del Capitán de la Torre… -se explayó pausadamente Seregruin, exprimiendo el sentido de cada una de sus palabras- ¿A qué Gran Señor tenemos el gusto de recibir esta noche en nuestra ciudad, Kramyr?

-No es uno sólo, por cierto, y tampoco se trata de Señores. Son dos poderosas Hechiceras Elfas… Señoras de Nûrn… Maestras de las Tinieblas… -la voz se arrastraba siseante y venenosa, como disgustada-. La Ciudad ha enmudecido, aterrorizada por su llegada, y todos los Oficiales de la Torre tiemblan por sus cabezas... -hizo una pausa importante-. Temen que el complot se haya sabido en la Capital –concluyó, certero como una saeta.

La voz de Seregruin rugió desencantada al tiempo que meneaba la cabeza, dando muestras de incomodidad:

-Es imposible. Di aviso ayer al atardecer. No hubo tiempo de que la noticia llegara a Narmelost y regresara.

-Nada es imposible para los Señores de Nûrn -contestó la voz a sus espaldas, procurando incomodarlo aún más-, por lo menos eso es lo que aquí se cree , Señor.

-Y si están enterados -se dulcificó Kalemba, bañando sus palabras en ironía-, ¿por qué envían a dos elfas y no, en cambio, refuerzos militares, mi querido Kramyr?

-Porque estas Elfas valen más que muchos ejércitos, créame -tembló la voz-. A una de ellas la conocemos muy bien, sí. Aquí se la llama la Dama de la Oscuridad. Es cruel y sanguinaria como no existe otra criatura.

Y continuó acompañándose de una fuerte inspiración:

-Su sólo nombre descubre las llagas del horror y despierta escalofríos en nuestra ciudad… nadie osaría desobedecerla.

-No parece que a ti te afecte, sin embargo –provocó Seregruin.

-Conozco el país, y sé lo que son las Yainë Farnë, las Mazmorras de Nûrn, Maese Kalemba… la Dama Lómine es una de los Poderes del Señorío, pero es una solamente… -se dolió la voz, que parecía perderse en los oscuros recintos de una memoria atormentada.

-¿Y la otra elfa? –preguntó, molesto, Kalemba.

Tras unos instantes de silencio recuperó la voz del espía su viveza habitual:

-La otra Dama es desconocida para mis informantes, pero se dice que es semejante a Lómine Anamoriel en belleza y majestad, y que el terror que despierta a su paso es equivalente –dijo, e hizo una pausa, como dudando si comunicarle al Dúnadan el resto-. Por lo que narran quienes traen las nuevas más rápido que el viento, tiene poderes sobre las bestias… se comunica con ellas… y lleva consigo una loba terrible como no se ha visto a este lado de Mordor. Una loba que parece entenderle cuando habla.

Seregruin reaccionó entonces desmedidamente, expresando todo su disgusto con los sucesos de aquél día:

-Habladurías. Supersticiones. Fábulas que sus superiores les inculcan para amedrentarlos. No existe ni puede existir tal cosa… ni los elfos son tan poderosos, Kramyr –reconvino luego en tono doctoral-. Son crueles, sí, y ¡Por Morgoth!, hábiles… ¡muy hábiles!: es notable el terror que estos Señores han conseguido infundir en su gente… han llegado al punto de hacerles creer las fantasías más descabelladas…

[Editado por seregruin el 07-11-2004 09:45]

Escrito el 07-11-2004 09:33 #7

Seregruin se había incorporado e hilvanaba su diatriba caminando de un lado al otro frente al Espía. Hablaba con autoridad y Kramyr no osaba replicarle, pero lo cierto era que en su vida había visto Seregruin un Alto Elfo: él pertenecía por entero a un mundo de hombres, en el que la medida de todas las cosas era la vida, la mente y la experiencia humana. Nada que escapara a estas realidades le era familiar: sus días, hasta el momento aquél, se habían gastado en Númenor y sus colonias, y en los reinos bárbaros o salvajes del Sur y el Este de la Tierra Media. Incluso en Túrelondë había privilegiado el trato con los Hombres de la ciudad que, por algún motivo, eran muy mayoritarios.

Ciertamente Kalemba había tenido trato con otras razas a lo largo de su vida: a los elfos Avari los había encontrado en numerosas ocasiones, aquí y allá; con los Enanos había comerciado en el Lejano Este y en el Valle; en el momento actual contaba con una servidumbre Hobbit esclavizada en Enedwaith por los Dunledinos; e incluso, en su día, había combatido contra los Orcos, y otros seres inmundos, a lo largo y a lo ancho de Arda. Pero, en su pensamiento, todos éstos eran pueblos menores, tan menores que no ameritaban siquiera una comparación con el Reino de los Reinos, el Imperio de los Dúnadan, encarnado en Númenorë y su Cultura: de hecho, los elfos silvanos le parecían, por contraste, un pueblo incivilizado que milenio tras milenio insistía en vivir en los árboles, cazando sus presas con arcos y flechas…

Pero como todo Dúnadan (y en especial como todo Dúnadan culto, siendo que él se consideraba culto como pocos en su época), Seregruin había leído y había oído hablar, una e innumerables veces, acerca de los Altos Elfos y de los Días Antiguos. Ahora bien, por convicción bien arraigada, no tomaba muy en serio aquellos hechos pasados: sospechaba que se trataban de una fantasía lírica para embaucar a los hombres incautos; que se componían de hechizos y encantamientos; o que se trataba de una hermosa poesía extática para extraviar a los jóvenes fuertes, decididos y valientes, perdiéndolos en la nostalgia de una belleza incomparable e inalcanzable.

En pocas palabras, Seregruin consideraba a los Eldar (a los Altos Elfos de los que tan sólo sabía por noticias lejanas) como un pueblo en decadencia que vivía embriagado en el recuerdo de sus dudosas gestas y tristezas pasadas, y cuya única esperanza estaba puesta en embarcarse rumbo al mítico Occidente de los Poderes de Arda, más pronto que tarde; los suponía un pueblo empequeñecido que, de no haber intervenido hace más de un milenio el poderoso Reino de Númenor para liberarlos y alargar su agonía sobre la Tierra Media, hubiera sucumbido ya por completo bajo Sauron.

Y en cuanto a Sauron… Seregruin no había tenido el placer de conocerlo, ni de verlo siquiera de lejos, durante su breve estancia en Armenelos. Sabía, sí, que se trataba de un poder sobrehumano o, cuanto menos, longevo y enormemente dotado, pero no acertaba a darse una idea exacta de su naturaleza; o, más bien, no quería tomar conciencia cabal de lo que sabía y experimentaba al respecto: de extraer las consecuencias adecuadas, su mundo se hundiría por completo.

En resumen, Seregruin prefería olvidar que existían, y que actuaban sobre Arda, poderes inconmensurables con su breve existencia mortal. De este modo se permitía vivir más libremente: y era esto, en definitiva, a lo único a lo que aspiraba en el tiempo que le estaba acordado.

Sin embargo, detrás del escepticismo de sus palabras y creencias asumidas, Kalemba atesoraba la experiencia extática de su participación en los oscuros ritos de los pueblos salvajes de la Tierra Media, adoradores de Sauron y otros poderes ocultos desde tiempos inmemoriales.

Y acaso aquellas sus únicas experiencias auténticas de acercamiento a lo sagrado, a lo más-que-humano del mundo, a la realidad no aparente, a lo sublime y a lo abismal, pujaran por volver a su pensar y a su vivir, por salirle al paso en una tarde calurosa, o por revelársele súbitamente al voltear la mirada en la intimidad de su habitáculo, por ejemplo.

Acaso todo aquello que él quería desconocer se le apareciese pronto frente a frente, retornando a sus días por caminos insospechados.

-…Bien, si son simplemente dos Damas Elfas no hay nada que temer. ¿Qué más?

[Editado por seregruin el 07-11-2004 09:38]

Escrito el 07-11-2004 21:38 #8

El sonido de los cascos resonaba en el silencio de la noche, la quietud invadía las estrechas callejuelas al igual que la neblina nocturna, el aire frío y cortante soplaba ahora con mayor fuerza. Túrelondë lucía vacía, muerta, habitada solo por antiguos espíritus olvidados, parecía dormir un sueño singular. La loba de Allase entretejía sus pasos con el galopar de los caballos, siempre atenta y con las puntiagudas orejas girando sin cesar en busca de ruidos extraños y amenazantes, y su hocico congelado en una sonrisa sinistra enseñaba los relucientes colmillos a la escasa luz de las lámparas.

Se adentraron mas y mas en el corazón siguiendo aquel camino que conducía a la torre, ahora el silencio era torpemente reemplazado por los ruidos grotescos de las tabernas y antros de mala muerte que ocupaban aquel sector de la ciudad. No les fue extraño encontrar hombres y bestias borrachos y desorientados, vagando y tropezando contra las paredes, ni tampoco ver la escena repetitiva del cantinero que arrojaba lejos a cliente malhumorado y problemático.

-Allase –susurró Lómine a su compañera –No encuentras extraña la ciudad?

-mas que extraña –respondió la elfa –demasiado silenciosa... algo inusual ocurre aquí, tal como nos fue dicho.

Un pequeño grupo de soldados ataviados con las insignias de Nurn esperaban a sus Señores a las puertas del edificio del Concejo, pero su perfecta formación y sus rostros impertérritos se vieron perturbados ante la visión que se ofrecía a sus ojos: no eran Señores quienes llegaran, eran Señoras. Un murmullo se extendió y las miradas de soslayo se hicieron insoportables para ambas elfas.

-Dejad de murmurar! –gritó enojada Lómine –No soporto esos cuchicheos, me fastidian! y no deseareis verme enojada. Ahora, donde esta vuestro Mayor?

-Señora –respondió un hombre corpulento y de rostro frío.

-Mayor, quiero un informe sobre el Matûrzogh y el estado de su carga y quiero también que vigilen la llegada de un nuevo carguero al puerto, esperamos el arribo de algunas pertenencias al igual que de nuestras monturas.

-Pero acaso vosotras no viajabais en el Matûrzogh? –preguntó el Mayor con sorpresa.

-El como viajamos no es de vuestra incumbencia –le increpó Allase –así como tampoco han de importaros las razones por las que hemos venido. Vosotras habéis de limitaros a cumplir con vuestro deber y mantener las narices alejadas de nuestros asuntos.

-Eso si queréis conservar las narices en vuestro rostro –rió Lómine con malicia.

Los soldados temblaron ante tales palabras, se decían tantas cosas sobre aquellas oscuras Señoras, tantos relatos se escuchaban entre prisioneros y esclavos, tantas noticias de batallas sangrientas y victoriosas en las cuales ellas habían participado, porque ambas hacían parte de la misma Compañía, habían luchado hombro a hombro en mas de una ocasión y destruido a los enemigos con destreza y majestuosidad únicas. Algunos, que pudieron verlas combatir, decían que blandían sus espadas sin la menor dificultad y que sus cortes eran limpios y mortales, y relataban también, a los oídos curiosos, la sorprendente belleza que se apoderaba de ellas en el campo; se decía que los ojos verdes de Allase iluminaban la batalla como pérfidos luceros mientras que las oscuras pupilas de Lómine despedían destellos umbríos y crueles, y eran sus cabellos, teñidos del negro de las sombras y el bermellón de la sangre, estandartes de victoria y desolación, de pena y lagrimas, de conquista y sumisión.

Desde la ventana de la habitación, Lómine observaba el cetrino paisaje que se extendía bajo el edificio.

-Murmullos en el aire... noticias y susurros... ya veremos que sorpresas nos depara Túrelondë, que hay de cierto en las nuevas que lleva el viento...

[Editado por Seshat el 07-11-2004 21:41]

Escrito el 08-11-2004 17:26 #9

Las llamas de las antorchas y las lámparas se retorcían y agitaban danzantes bajo la brisa nocturna e inundaban con sombras espectrales las fachadas y caminos, cual siniestros redivivos recorriendo la calzada. Lómine, acurrucada sobre la cornisa de su ventana mantenía la vista fija sobre los antros y tabernas cercanos al muelle, aquel era el lugar señalado por los informantes desde el cual se levantaría una turba enloquecida por las ansias de poder y lideradas al parecer por un numenoreano. La noticia sin embargo carecía de detalles de gran importancia, los informantes habían desaparecido pocas semanas atrás, tal vez asesinados, tal vez capturados por los rebeldes y torturados hasta agonizar, o tal vez unidos a las filas subversivas. Fue entonces cuando un concejo reunido en Narmelost decidió enviar a dos de sus Señores a reforzar la autoridad, al parecer ahora nebulosa, de Nurn; Allase y Lómine fueron designadas por sus compañeros y ambas emprendieron una marcha sin descanso a través de tierra y agua hasta alcanzar Túrelondë. Su presencia en la ciudad bien podría ahogar el levantamiento o acelerar la confrontación, pero el poder que las revestía y la mano de hierro que las caracterizaba eran las principales armas con las que enfrentarían a las hordas revolucionarias que amenazaban con destruir la unidad de los territorios del clan.

Con la agilidad que su raza le otorgaba, Lómine saltó desde el resalto y aterrizó con la suavidad de un gato sobre las lozas de la calle, sus ojos agudos se pasearon de un lado al otro escudriñado hasta el último rincón oscuro del lugar, y tras cerciorarse de su soledad se encaminó hacia la zona comercial. Los pasos silenciosos y veloces se detuvieron por fin ante las puertas de madera de una de las tabernas: La Posada del Dúnadan. Sin descubrir su rostro se adentró en el lugar y tomando asiento en la mesa más alejada del salón pidió una jarra de cerveza.

-eh, tu extranjero -gruñó uno de los hombres que allí se encontraban -¿buscas problemas en estas tierras?

-busco información -respondió la elfa por sobre las estruendosas carcajadas desatadas -se dice que en Túrelondë se prepara una revuelta y...

-¿revuelta dices? -interrumpió el hombre -revolución, será un levantamiento sin igual en la historia, o eso es lo que dicen las malas lenguas.

-¿Una revuelta en contra de los Señores de Nurn? ¿Quién osa semejante estupidez?

Las voces se callaron y las risas se detuvieron, todos en el salón observaban recelosos a la elfa oculta bajo la capa azul profundo, uno de ellos se levantó furioso y tras de él otras figuras amenazantes se dirigieron con pasos apresurados al rincón en el que ella se encontraba.

-¿Quién eres extranjero, para sonsacarnos información que no te incumbe? -refunfuñó el monstruoso individuo -si es una revuelta en contra o en pos de Nurn no tienes porque saberlo ¿o es que acaso eres un espía?

El grupo de hombres se abalanzó sobre la elfa quien, con un movimiento fugaz, extrajo a Nwalmë, su espada, hasta entonces oculta bajo sus ropas y con un par de golpes de increíble fuerza se desembarazó de sus atacantes.

-soy Lómine Anamoriel, Señora de Nurn -respondió la elfa arrancando el capuz que ocultaba su rostro y derramando sobre sus hombros sus cabellos castaños oscuros -Y ahora caballeros, habéis de explicarme exactamente que es lo que ocurre en la ciudad, cuales son vuestras razones para oponeros a nuestro gobierno y lo más importante: Quien os dirige.

Los ojos desorbitados de los visitantes daban cuenta del terror que representaba para ellos la presencia de sus Señores, y ahora que las cartas de la traición estaban sobre la mesa era imposible escapar del terrible castigo que los esperaba. Algunos quisieron volver sobre sus pasos pero los inquisidores iris oscuros de la elfa los devolvieron a sus puestos.

-¿entonces? -insistió Lómine -¿alguno de vosotros hablará o habré de torturaros uno por uno? Quiero saber quien os dirige.

Nada se escuchaba más que la voz de la elfa y la respiración entrecortada de aquellos hombres, la noche parecía haberse detenido en aquel instante pero la tensión aumentaba con cada segundo.

-¿Acaso no me entendéis? -gritó Lómine furiosa y con un movimiento perfecto cortó la muñeca de quien la desafiara por primera vez, el hombre lanzó un alarido sobrecogedor y se agarró el muñón ensangrentado -La próxima será su cabeza y la de todos los que aquí os encontráis. Os pregunto por última vez: ¿Quién es aquel que os dirige?

[Editado por Seshat el 08-11-2004 18:35]

Escrito el 09-11-2004 14:14 #10

Un viento frío había comenzado a levantarse lentamente a medida que la noche hacía su entrada en esta olvidada región de Arda. La última frase dicha por Kalemba había quedado flotando en el aire salobre y Kramyr aún no daba crédito a sus oídos: “Bien, si son simplemente dos Damas Elfas no hay nada que temer” ¿Sabía, este Númenóreano mestizo que se erguía frente a él, lo que había dicho? ¿Sería capaz, acaso, de hacer valer sus temerarias palabras? ¿Qué se escondía detrás de aquel comerciante taimado que últimamente se revelaba como un gran guerrero occidental? ¿Había aún más misterios ocultos detrás de su facha? ¿Lo habría subestimado durante todo este tiempo?

“¿Qué más?” había preguntado el jefe.

-El Matûrzogh, Lord Kalemba –atinó a decir el espía, con un escalofrío-. Ha atracado a mediodía pero aún no hay noticias ciertas acerca de él. Nadie sabe para qué ha venido a Túrelondë ya que las Señoras llegaron ahora, al atardecer, y desde Narmelost. No hay quien sepa qué es lo que el barco negro trae consigo: algo muy extraño está sucediendo.

-Si, algo muy extraño está sucediendo… ¿desde cuando tú reconoces no saber qué es lo que ocurre? –se burló Seregruin.

-Le pido disculpas, Señor –respondió algo avergonzado Kramyr-. Mis informantes tuvieron un día demasiado agitado hoy. Han quedado un tanto desorientados con todo lo que se está desarrollando en la ciudad. Además, la mayoría de ellos se ocupó de la Torre del Concejo y de las demás Guarniciones… -se justificó-, y lo cierto es que en la Torre tampoco se sabe nada acerca del Matûrzogh… es un verdadero misterio.

-Por cierto, hay algo inexplicable en todo esto –asintió con desgano Seregruin-. El arribo de las Damas o de la embarcación, por separado, podrían deberse a la casualidad. Pero no su llegada simultánea. Y menos aún en la víspera del levantamiento -dijo, y calló por unos momentos.

-Tal vez han llegado algunos rumores a Narmelost –concluyó, sin preocuparse de que el espía se hallara frente a él-. Por supuesto, no puede tratarse de nada serio ni que nos comprometa: sería imposible que así fuera.