La Guerra de los Clanes

El Arbol De Oro

Terminada
Escrito el 04-10-2004 23:36 #1

I: NACIMIENTO

De no ser porque se suele decir, y es creencia generalizada entre los humanos, que los animales no poseen la facultad de pensar y razonar; bien podría decirse que la gaviota en cuestión era casquivana, cabezota y, hasta cierto punto, un poco estúpida.

Hacía horas que había abandonado la seguridad que le daba la zona costera donde vivía, y llevada por un extraño y repentino impulso, decidió internarse todo lo que pudiera en el interior del continente. Buscaba algo, no sabia exactamente el que, sería quizás que se dejó llevar por ese impulso repentino y extraño que hace que todos tengamos en algún momento ganas de volar lejos y sin rumbo fijo, o mas bien, sería que su carácter crédulo le había jugado una mala pasada, otra más, y estaba buscando La Cuna del Sol.

Así es como denominaban las otras gaviotas, la mayoría de ellas familiares más o menos directos de esta, a la costa este de aquel extenso continente. Era creencia común en los acantilados donde se había criado nuestra gaviota que allí, al otro lado del continente, donde ninguna gaviota que se conociera por aquellos lares había estado nunca, en el oriente de la tierra, existía una especie de paraíso para las gaviotas. Lugar de felicidad, en donde los peces eran abundantes y fáciles de conseguir, y no había depredadores por los que preocuparse. Sea como fuere la gaviota casquivana y estúpida se dejó llenar la cabeza de estas absurdas ideas, y en la mañana de aquel soleado día de verano, cuando la agradable brisa marina le rozaba la cara junto a la costa de su hogar, decidió que aquel lugar del que le habían hablado estaba hecho precisamente para ella. Y así, emprendió el vuelo y enfiló el interior del continente, y no se preocupó ni de echar una sola mirada hacia atrás. Convencida como estaba, de que lo que tenía delante era mucho mejor que lo que dejaba detrás.

También hay que decir que a los que dejaba detrás no les preocupó en demasía esto, y casi no echaron cuenta su ausencia. Tampoco era una gaviota muy apreciada en el acantilado.

Pasado un buen rato, muchas horas se diría en las cuentas de los humanos, la mañana moría dejando paso al mediodía y el sol de este joven verano comenzaba a estar en todo su apogeo. Calentaba la extensa meseta casi desértica que ahora sobrevolaba la gaviota, y hacia que esta pareciera una autentica estrella fugaz en medio de la luz del día al reflejar sus rayos

en el plumaje blanco del ave.

Había volado durante mucho tiempo hacia el interior del continente, una gaviota con un poco mas de sentido común, hubiera ido al otro extremo de la tierra bordeando la costa, pero nuestra gaviota no estaba demasiado sobrada de este tan poco común sentido. En las muchas horas de vuelo continuo que llevaba encima había atravesado fértiles campiñas y ríos

caudalosos, incluso había superado montañas, no muy altas, pero montañas al fin y al cabo, se dijo a si misma orgullosa y ufana.

Pero ahora se encontraba con que el paisaje había cambiado radicalmente

y hacía ya horas que solo volaba sobre un autentico desierto pedregoso. La sed comenzaba a dejarse sentir en su garganta, pero no era todavía nada preocupante para un animal tan poderoso como lo era ella, pensó, pues en tan alta estima se tenía a si misma.

El ave se dejó llevar durante un buen rato por las corrientes de aire y planeó sobre aquellas tierras desérticas. Su ánimo comenzaba a flaquearle ahora que estaban en todo su apogeo las

horas mas calurosas del día, y se preguntó que estarían haciendo ahora las jóvenes gaviotas, sus amigas de toda la vida del acantilado. Seguramente estarían dandose un auténtico festín de peces sobre las olas del mar, y la brisa marina les erizaría los pelos de la nuca. Aquél pensamiento le recordó

que no había probado bocado desde la mañana, ni siquiera había tomado un sorbo de agua. Y esta realidad le terminó de sacar de sus ensoñaciones. Ahora es cuando estaba siendo realmente consciente de su situación. Su imprudente entusiasmo le había llevado a penetrar demasiado tierra adentro, estaba completamente perdida y no conocía el desértico territorio que se extendía bajo sus alas.

Escrito el 05-10-2004 00:06 #2

Pensó que debía de estar muy lejos de su hogar en el acantilado, junto al mar, pues sus penetrantes ojos no alcanzaban siquiera a atisbar el océano donde se había criado. Es más, ni el mar ni nada que no fuera aquella enorme inmensidad pedregosa.

La gaviota comenzó a ponerse nerviosa, estaba irremediablemente perdida. Ahora comprendía porque ninguna otra gaviota que ella conociera, o de la que simplemente hubiera oído hablar, había estado nunca en La Cuna del Sol, y comenzó a pensar que este lugar no era más que un cuento y una invención. Y en estas diatribas estaba inmersa mientras el sol brillaba cada más fuerte y ella misma, sin saberlo, se alejaba cada vez más del mar.

Aún después de pensar en que no podría regresar con los suyos en aquel mismo día, decidió intentarlo. Podría haber descansado el resto de la jornada y buscar refugio donde pasar la noche, y por la mañana, mas despejada y descansada, intentar la vuelta a casa. Pero, como dijimos antes, era una gaviota un tanto cabezota y, por que no decirlo, algo estúpida. Así que dió media vuelta y comenzó a volar velozmente sobre la extensa y reseca llanura que tenia a sus pies. Aleteaba poderosamente bajo un sol imponente, no sabia muy bien hacia donde iba, pero le daba igual, el caso era salir pronto de aquel inhóspito lugar.

El esfuerzo hizo aflorar de nuevo en el ave la sensación de hambre y la sed, sobre todo la de la sed, que le arañaba la garganta. Y en esto estaba cuando, de pronto, divisó algo extraño alla abajo, sobre una

roca, junto a unos matorrales. Algo brillaba intensamente bajo el sol de del mediodía. La gaviota trazó círculos sobre aquel objeto sin identificar, y, a medida que se acercaba al mismo, este brillaba cada vez más. Había oído hablar de los espejismos, se contaban historias de gaviotas viajeras que los sufrieron y habían llegado a ver ¡ peces en el desierto!; pero lo suyo iba camino de convertirse en algo inaudito. Cuando se posó finalmente junto al extraño objeto, no pudo por menos que sorprenderse.

Allí, en medio de aquel desierto de rocas afiladas, nuestra gaviota se encontró frente a un jugoso fruto de color dorado, maduro y terso, el fruto perfecto, el culmen de todos los frutos en la historia del mundo, caído seguramente de uno de los escasos y escuálidos arboles cercanos. Arboles, que después de sufrir durante tanto tiempo los rigores del sol,

estaban mas muertos que vivos ya, incluso al ave le habían parecido desde las alturas simples matorrales en vez de arboles capaces de generar frutos como aquel. Porque este era el fruto perfecto. Parecía como si aquel moribundo árbol supiera que su fin estaba cerca y hubiese puesto toda la energía que aún le quedaba en aquel, esperanza de perpetuación de su especie. Aunque toda esta reflexión sobre aquel árbol seco a la gaviota ni se le pasó por la imaginación. Tan solo se quedó allí de pie, junto al fruto, mirando estúpidamente a un lado y otro, como si allí pudiera haber alguien que le disputara el jugoso trofeo.

El ave marina no pudo mas que alegrarse por su buena suerte. Sí, había sido una autentica buena suerte, y además en el momento justo, cuando mas apretaba el hambre y la sed. Este fruto calmaría

ambas hasta que pudiera llegar de nuevo a casa, pensó. Observó detenidamente el mismo y su curiosidad le llevó a preguntarse que clase de fruto era. Era totalmente desconocido para ella, jamás había visto nada

semejante. De ese tipo no existían en el lugar de donde ella venía y se le ocurrió que nadie más en el acantilado había visto jamás semejante maravilla, ni siquiera los mas viejos de allí. Se imaginó durante

unos instantes a todas las demás gaviotas arremolinadas en torno a ella, todas con cara de sorprendidas y maravilladas por la aventura que les iba a relatar. Si, tenían que ver su hermoso hallazgo, ya se lo comería en casa, delante de todos, con auténtica delectación, para darles mas envidia todavía. Muchos tendrían su merecido, después de tantos años de burlas y desprecios, pensó. Así que lo recogió con su pico y comenzó a remontar el vuelo, abandonando rápidamente aquella especie de simulacro de bosque en

medio del desierto.

Escrito el 05-10-2004 00:12 #3

Pero al poco de volver a remontar el vuelo volvió a sentir el cansancio acumulado en sus alas y la calor, el sol seguía castigando con dureza aquel desierto a pesar de que empezaba ya a descender a aquellas horas de la tarde. Aún así, todavía la calor se hacia insoportable para el ave, que comenzaba a desesperar ante la visión de aquellas soledades que tenía, mirara en la dirección que mirara solo veía piedras y arena.

Le costaba respirar. LLevar aquel extraño fruto dorado cogido en su pico le dificultaba poder aspirar el aire con normalidad y esto acrecentaba su cansancio y su desanimo.

Comenzó a pensar que jamás lograría salir de aquel desierto criminal y asesino, durante todo el día habia podido contemplar desde las alturas montones de huesos tirados entre la arena y las rocas de aquella meseta desertica. Brillantes como perlas al sol, pertenecían a multitud de seres y de animales que no habían podido cruzar el desierto y finalmente, habían sido derrotados por el sol, el calor y la sed. Se estremeció durante un momento ante este pensamiento y decidió acelerar su vuelo. Ella no sería otro montón de huesos que sirviera de trofeo a aquel maldito sol del interior del continente. No, ella no. Ella podría salir de allí. Si, sin duda alguna, antes de la noche se encontraría de nuevo entre verdes campiñas, pensó ilusionada aunque temerosa en el fondo de estar engañandose, puesto que grande era el desierto, y fuerte pegaba de plano allí el sol. Le aterraba la idea de morir.

Apurando casi sus últimas energías aleteó con fuerza en dirección a no sabia bien donde, pero se hallaba en medio de aquel hinospito lugar y cualquier dirección le parecía buena. Era más, ni siquiera sabía en que dirección se hallaba su hogar, pero eso ahora no le importaba, había que salir de aquel desierto cruel y asesino lo antes posible. Y la idea de posarse a descansar y pasar allí la noche ni se le pasó por la imaginación. De nuevo el menos comun de los sentidos brillo en ella por su ausencia.

Al rato sintió que la fatiga le ganaba, el astro rey continuaba castigando la faz de Arda, y aquel lugar parecía por momentos un trozo de los infiernos de Melkor puesto en el Mundo. Se sentía realmente agobiada por no poder respirar bien. Su respiración se hacía cada vez más intermitente y dificultosa por causa del fruto dorado que portaba en su pico. Podía notar su frescor en su boca, su tacto, duro y apetecible; incluso un olor fragrante y reconstituyente que emanaba de la piel del mismo. Pero llegó un momento en que tuvo que detener el batir de sus alas. Se sentía tremendamente cansada y aturdida por el esfuerzo realizado y se dejó llevar planeando durante unos minutos mientras reflexionaba.

Esto de reflexionar nunca habia sido su fuerte, es más, jamás se había tenido por una gran pensadora, y en esto, en verdad, era bastante acertada su opinión. Así que, casi derrotada por las circunstancias, se decidió en un solo segundo.

Sin pensarselo dos veces, incluso podría decirse que ninguna, decidió que su unica opción era intentar regresar aquel mismo dia a su querido acantilado junto al mar. Ni siquiera barajó otras soluciones, sino simplemente tendría que aligerar peso. Sería una pena, pero no había más opción, pensó.

Un instante más tarde un pequeño objeto dorado y destelleante cruzó aquel cielo azul celeste sin nubes y fué cayendo velozmente desde el pico de una gaviota hasta dar en el suelo, sobre un monticulo de tierra marrón.

El ave, después de haber dejado caer el fruto dorado, sintió como podía respirar con normalidad y eso le dió esperanzas de regresar de nuevo a su hogar.

Sobre si la gaviota cabezota y estupida llegó o no al acantilado, o si logró salir con vida de aquel desierto, nada más se cuenta aquí y, ciertamente, tampoco tiene mucha importancia en esta historia.

Escrito el 05-10-2004 09:07 #4

Completamente perdido, solo y agotado. Esa era la mejor descripción que podía hacerse en aquel momento de aquel hombre enjuto y de ojos oscuros. Su tez, quemada por el sol, aún reflejaba una pizca de la belleza y el porte que debía haber tenido en su juventud, ya lejana. Ahora, sumido casi en la ancianidad, su aspecto revelaba que los últimos años de su vida no habían sido nada fáciles, todo lo contrario, las penalidades sufridas en la larga marcha al Oeste habían hecho mella en aquel humano.

Caminaba con dificultad, agotado como estaba, más bien parecía que se arrastraba por aquella meseta desertica. En soledad, sin ninguna compañía, hacía ya días que se había rezagado de la marcha de su clan, y no eran tiempos en los cuales se detuviera la marcha por esperar a nadie, y menos a alguien ya mayor como era él. No tenía parientes directos, tuvo una esposa e hijos, pero estos habían perecido hacía ya mucho, tanto, que tenía dificultad para recordar en que lugar de aquel viaje sin fin se había quedado cada uno. Rememorar aquellos hechos le entristeció mucho en aquel momento, pues sabía que su fin estaba cerca. Hubiera llorado, pero nisiquera tenía lagrimas. Hacía días que no bebía agua ni probaba bocado alguno. En su cuerpo no quedaba ni una sola gota de liquido que desperdiciar en una lagrima.

Se dejó caer en el suelo polvoriento, no habia nada más que hacer, su suerte estaba echada, no habia ya esperanzas. Se habia despedido del grupo hacía unos días, la marcha continuaría sin él. Su enfermedad le había dejado muy débil y era una carga para los demás, si le esperaban, muchos otros morirían puesto que no tenían viveres ni bebida suficientes para demorarse mucho en aquella meseta desertica, y la decisión fué dura, aunque la única que podía tomarse.

Pero hacía días que aquel hombre había sanado de sus males y había decidido correr en busca de su pueblo. Su gente caminaba desde hacía años huyendo del Este maldito e hinospito, decían que la Luz del Mundo aún brillaba en el Oeste y hacía allí dirigían sus pasos muchos pueblos desde hacía centurias. En el Oeste escaparían al mal y la oscuridad que los asolaban en sus tierras. Atrás dejaron fertiles tierras y rios de aguas profundas, pero no les importó, el miedo a la Oscuridad que se apoderaba del Este les pudo más. Y siempre tuvieron, en aquellos largos años de marcha, la esperanza de que trás los desiertos y las montañas les esperaba una vida mejor.

Una sombra cruzó el cielo y el humano la vió reflejada en el suelo. Estaba cabizbajo y alzó rapidamente la vista, pero no pudo ver nada, el sol le enceguió y no pudo vislumbrar de que se trataba. Quizás se trataba de un buitre u otro ave carroñera que le perseguía para darse un macabro festín con sus restos cuando pereciera. Porque ahora si que estaba seguro de ello. Se sentó apoyandose contra una roca y se dejó morir lentamente, rememorando en su mente episodios de su vida, de su infancia y su juventud, algunos agradables y otros sombríos, pero ahora todos le reconfortaban. En momentos como ese, los hombres se aferran a los recuerdos todo lo que pueden, pues el miedo a lo que hay más allá del umbral de la muerte, el destino que Iluvatar les tenía reservado les provocaba pavor y miedo por desconocido para ellos.

Abrió una vez más los ojos, quería ver por ultima vez las tierras de Arda que pronto iba a abandonar, incluso le pareció bella la imagen de aquel desierto reseco y caluroso que iba a terminar con su vida. Pero no pudo abrirlos por mucho tiempo, un destello brillante a unos cientos de metros de donde se hallaba le hacía cerrarlos, pues sus reflejos eran tan intensos como si el propio sol se hubiera posado sobre la meseta.

Se incorporó todo lo rapidamente que pudo y avanzó con decisión hacía los destellos dorados. Sentía curiosidad por aquel objeto extraño, quería saber que sería, aunque también sintió la poderosa llamada que siempre hace la Esperanza en el interior de los corazones de los hombres cuando atisban una salida de la oscuridad.

Escrito el 06-10-2004 18:38 #5

Y allí estaba el extraño objeto, milagrosamente apenas dañado por la tremenda caida desde el cielo. Brillaba como una estrella en la noche y sus destellos dorados practicamente cegaban al humano, quien se acercó casi tanteando el aire a su alrededor, sin apenas ver nada.

Lo recogió en sus manos. Aquel fruto le pareció un auténtico espejismo o alguna de las maldades del Señor Oscuro a la que estaba acostumbrado, puesto allí para causar la desesperación en los viajeros perdidos cuando se desvaneciera en sus manos. Pero no. Nada de eso ocurrió. La piel fresca y perfecta del mismo refrescaba las manos del hombre, quien miraba a ambos lados estupefacto. Aquel acontecimiento era realmente sorprendente, era lo último que esperaba encontrar en aquella meseta pedregosa.

Y le pareció que había dos soles al mismo tiempo sobre la tierra. Uno en sus manos y otro a su espalda, declinando ya, pues era bien entrada la tarde. Era el fruto perfecto, redondo y dorado, extraño para él, quien en su largo viajar durante años jamás había visto ninguno como aquel. O al menos su vieja memoría no lo recordaba, pero no... aquello hubiera sido inolvidable.

Alzó la vista de la mano que lo portaba y miró al horizonte y entonces las vió. Vió montañas y le dió un vuelco al corazón; en la lejanía se podían vislumbrar, una linea de montañas coronadas de nieve se dibujada más adelante, a pocas jornadas de marcha, un par a lo sumo. Aún tenía esperanzas de alcanzar a su pueblo y entonces miró al cielo y cerró los ojos, y con el fruto dorado en su mano, dió las gracias a Eru por su hallazgo. Aquel fruto le salvaría la vida.

Descendió de aquella pequeña loma donde lo había hallado y y se sentó a la sombra con la espalda contra una enorme roca negra, aunque ya el sol descendia casi hasta la línea del horizonte y comenzaba a refrescar en aquella meseta. Ahora si tenía esperanzas, podría llegar a las montañas y allí habría agua en abundancia y rios y manantiales y comida. Y este pensamiento le hizo volver a su situación. Si, las montañas estaban cerca, pero él estaba agotado, hambriento y no había bebido nada en muchos dias. Eso le hizo reparar de nuevo en el fruto dorado y se alegró de su buena estrella. Aquella insignificante fruta le daría ambas cosas, le proporcionaría algo de alimento y de liquido para intentar llegar hasta las montañas y salvar su vida.

Devoró con fruicción aquel dorado manjar. Si perfecto era en su exterior, más lo era su sabor y su olor, dulce, fresco y reconstituyente. Todo un regalo de los dioses para alguien en tan extrema necesidad como lo era él en aquel día. Aunque poco alimento era en realidad, al hombre le pareció todo un festín, así son las cosas cuando la costumbre de comer y de beber se pierden por varios dias. Así, mientras la noche fué cayendo lentamente sobre aquel confín de Arda, el hombre enjuto de ojos negros fue quedandose dormido. Aquella sería una noche diferente a las anteriores, los demonios de la angustia no le atormentarían, sino imagenes esperanzadoras de reencuentro con amigos y parientes y unos ultimos años de vida en lugares agradables y fértiles las sustituirían. Pues así de frágil y cambiante es el ánimo de los hombres, que reaccionan de maneras extrañas ante pequeños acontecimientos como lo fué aquel día el hallazgo de aquel pequeño fruto dorado.

Escrito el 06-10-2004 18:39 #6

El frío de la mañana se dejó sentir en el cuerpo del hombre, quien despertó placidamente. El sol asomaba ya en el Este, a sus espaldas y sus primeros rayos lamían la tierra reseca, que se aprestaba a una nueva jornada de terrorifico dolor, un nuevo día de castigo, que hacía el mediodia la convertían en un autentico infierno de calor.

Abrió los ojos y se incorporó con decisión. La noche le había traido sueños de esperanza e imagenes de tiempos pasados. Volvía a tener motivos para luchar y pelear por su vida. Las montañas estaban cerca y tras ellas una nueva vida lejos de los peligros oscuros y de las Sombras, al menos eso era lo que todo su pueblo iba buscando. Pensaba en como sería el gozoso reencuentro con el mismo, en los abrazos y en las lagrimas que verterían muchos cuando lo vieran regresar junto a ellos. Había de darse prisa, el sol volvería a asolar fuertemente la meseta en escasas horas, tenía que aprovechar esos momentos de tregua que daba la mañana. Con resolución se aprestó a la marcha, recogió sus escasas pertenencias del suelo y miró por última vez hacia atrás, hacia el este, como si se despidiera para siempre de el; aunque en su interior, no sabía porque, intuía que aquello no era un adios, sino simplemente un hasta pronto.

Volvía a tener hambre y sed, pensó que era una lastima que no hubiera más frutos como el que encontró la tarde anterior. Recordó con deleite su sabor y su olor, aquella fruta dorada le había salvado la vida y volvió a dar gracias a los dioses por su buena fortuna, sin duda, había sido un autentico regalo de los mismos caido del cielo. Ahora lo sabía con certeza, su destino no era el morir en aquella meseta desertica y pedregosa. Se giró hacía el oeste y se dispuso a emprender la marcha y entonces vio la semilla del fruto dorado, tirada junto a la roca donde se había resguardado durante la noche. Se agachó y la recogió en una de sus manos. La miró pensativo durante unos instantes y a continuación hizo un rapido movimiento con su brazo hacía atrás para lanzarla lejos de allí, pero algo le detuvo. Se quedó quieto y no terminó de realizar el lanzamiento, lentamente volvió a situar su mano frente a su cara y observó de nuevo aquella semilla.

Rodeó la roca negra y se detuvo justo al otro lado y entonces se agachó. Escarvó un pequeño agujero y depositó allí la semilla cubriendola posteriormente con tierra. Puso a continuación sus manos sobre la misma y lanzó en silencio una plegaría a Eru, dandole las gracias por haberle salvado la vida en aquel yermo hinospito. Y rezó también pidiendole que aquel fruto consiguiera germinar en aquel lugar y cumplir su destino como árbol. No tenia muchas esperanzas en ello, pero era lo minimo que podía hacer en señal de agradecimiento.

Después comenzó a caminar resueltamente a buen ritmo en dirección oeste, hacía las montañas, hacía su salvación.

Poco más se cuenta en esta historia de momento sobre si aquel humano enjuto y de ojos negros consiguió llegar a las montañas, o sobre si sobrevivió y logró reunirse con su pueblo, o si sus últimos días sobre Arda estuvieron colmados de felicidad; y esto, ciertamente, poco importa en punto de la historia.

Escrito el 06-10-2004 18:39 #7

La Tierra fue moviendose en torno al sol, días como aquel, monotonos e iguales entre sí iban pasando con lentitud en aquella meseta yerma y despoblada. El calor del verano fué dando paso al frío invierno, y el viento del norte campaba por aquellos lugares sin impedimento alguno. Las tempestades de agua y nieve se sucedían una tras otra cubriendo la tierra y las rocas de un manto blanco.

A pesar del frío cruel y asesino que azotaba aquel desierto, numerosas compañias de hombres se atrevían a cruzarlo aún en esa época del año. Huían de un peligro mucho mayor y arriesgaban sus vidas en aquella travesía incierta, pues así es el animo y el corazón de los hombres, que siempre se empeñan en intentar llegar a lugares desconocidos para ellos, poniendo en juego su bien más preciado, su vida. Pero este es un aspecto importante de su propia naturaleza y sin esa sed de cambio nunca podría entenderse a esa curiosa raza de seres de corta y desdichada vida.

Muchos cayeron durante el invierno, tanto hombres como bestias y el desierto se cobró nuevos trofeos durante la estación de la nieve, casi tantos como en la estación seca. No eran el sol y la calor las únicas armas con las que contaba aquella meseta muerta para arrancarle la vida a los demás.

Y de repente, como si alguien la hubiera llamado, la primavera comenzó a debilitar al invierno. El sol se hacía de nuevo poderoso en aquellos confines del Mundo y anunciaba como sería su esplendor durante el estio con dias de calor en medio del invierno, fundiendo el manto blanco de nieve y embarrando aquel yermo.

Las aves volvían al norte alineadas en inmensas columnas, huyendo de los rigores del Sur de Arda. En filas perfectamente ordenadas surcaban el cielo de aquel desierto buscando mejores tierras y lagos tranquilos en donde anidar. Espectaculo ciclico y natural, aunque no por ello menos bello e impresionante cuando bandadas enormes de pájaros nublaban durante unos instantes las tierras de la meseta, como nubes de otoño. La primavera volvió de nuevo a aquellas soledades y surgió esplendorosa aquel año. Aunque tan solo timidas y escualidas flores nacían aquí y alla, pero era todo lo que cabia esperar de aquel lugar dejado de la mano de Eru.

Ese año la primavera había traido a aquellos lugares algo más que los anteriores. La semilla del fruto dorado había germinado durante el invierno. Junto a una enorme roca negra, a su sombra, protegido de los rigores del viento o del sol, asomó de la tierra un pequeño brote verde y dorado que despertaba a la vida.

Escrito el 06-10-2004 18:41 #8

II. JUVENTUD.

Poco a poco fué despertando a la vida. El joven Árbol Dorado miraba atónito y sorprendido a su alrededor, aunque realmente el paisaje era desolador y casi sin vida, pero a él cada cosa nueva que descubría le parecía algo maravilloso y envuelto de misterio. Aún no era más que un simple retoño de árbol, un pequeño brote surgido en mitad de una meseta desertica. Era débil y apenas podía mirar alrededor puesto que la roca negra que tenía a su lado le tapaba buena parte de su visión.

Cada piedrecita y cada guijarro de los alrededores le provocaban una gran fascinación, intentó hablarles, decirles algo, pero estas se mantenían inmoviles y silenciosas, seguramente se comportaran igual con todos, pensó tras no obtener respuesta de ellas. Cada soplo de aire dando en su pequeño tallo era nuevo para él. Cada rayo de sol que caía sobre el era recibido con la alegría con la que se recibe todo lo novedoso y desconocido, y aunque ese sol de primavera era aún tibio y beatifico, sintió por primera vez los rigores del calor en su joven piel. Poco a poco el disco solar fué bajando hasta alcanzar el ocaso y noche y dia se fundieron en un solo instante y entonces el joven Árbol Dorado comenzó a sentir frío. Frío y miedo, puesto que las sombras se iban apoderando de todo y ya no podía ver a sus amigas las piedras de alrededor, ocultas por el poderoso manto de la noche. Un temblor de miedo y de frío recorrió su joven tronco, pero pasó pronto puesto que se le aparecieron las maravillas de la noche, las perlas de las sombras: las estrellas.

Observó maravillado todas y cada una de las que iban apareciendo en el firmamento claro y limpio de Arda. Intentó hablarles, pero estas no contestaban, seguramente era porque estaban muy altas y su voz de joven arbol no llegaría hasta ellas, pensó tras no obtener respuesta de estas, maravillado aún por la contemplación de la boveda celeste en toda su plenitud. Las estrellas se fueron moviendo de lugar a medida que transcurría la noche y pronto comenzó a clarear por el oeste, de nuevo noche y día confundidos por unos minutos sobre la faz del Mundo, increible espectaculo para unos ojos ansiosos de novedades como los del joven Árbol Dorado, quien observaba todo con atención y sorpresa, todo era nuevo para él.

Días más tarde descubrió la lluvia. Miles de gotas de agua que tuvieron en él un efecto saludable y reparador, puesto que ya el sol comenzaba a parecerse al del verano y castigaba durante su pequeño tallo. Le pareció entonces que alguien tenía que tener mucha pena en el firmamento, puesto que lloraba tanto, intentó hablarle a las nubes negras que llenaban el cielo, y le parecieron adustas y serias, no se rebajarían a hablar con alguien tan insignificante como lo era ahora él, pensó tras no obtener respuesta de estas.

Y los pájaros. Maravilla entre las maravillas para el joven Árbol Dorado, puesto que aquellos seres eran libres para moverse donde les viniera en gana, y en cambio, él estaba sujeto a la tierra, inmóvil. Intentó hablarles a las aves, pero estas seguramente se mofarían de él y de su inertabilidad, pensó al no obtener respuesta de estas. Y así, en silencio, continuó observando las miles de aves que cruzaban el yermo a diario.

Escrito el 06-10-2004 18:42 #9

Los largos días del estio fueron pasando rapidamente a ojos del jóven árbol, para quien cada uno de ellos era fuente inagotable de nuevas experiencias. Todavía le maravillaba cada descubrimiento nuevo, cada piedra, cada ave que surcaba los cielos. Al final del verano ya reconocía perfectamente cada especie. Aún se emocionaba con cada atardecer y con cada amanecer, y en las noches tranquilas de la meseta puso nombre a cada una de las estrellas que jalonaban el firmamento de aquella parte del Mundo.

Aunque también hubo días duros. Los más calurosos, que el joven brote de Árbol Dorado aguantó estoicamente y en muchas ocasiones creyó morir, puesto que en aquella epoca el yermo y el sol se le revelaron como muy crueles con cualquier ser vivo.

Continuó el trasiego de gentes por aquel despoblado hinospito. El joven Árbol Dorado se asustó cuando vió por primera vez en su vida a un hombre. Aquel ser le pareció altisimo y pasó muy cerca de donde él se encontraba, se movía libremente, como los pájaros, pensó. Pero no podía volar, y entonces comprendió que los seres movientes eran de muchas clases y tipos. El hombre se detuvo junto a la roca negra y descansó por un tiempo largo. Parecía cansado y su solitario, pero esperaba algo o a alguien. Pronto otros muchos seres de la misma raza, igual de flacos y macilentos llegaron hasta allí y hablaron con grandes voces ininteligibles para el joven arbol, quebrando el silencio y la quietud habitual de aquel lugar. A estos no intentó hablarles, puesto que sintió en aquellos momentos temor de aquella raza poderosa y alta, y permaneció callado junto a la roca, inmovil. Pero los hombres nisiquiera repararon en su presencia y después de un rato, continuaron su marcha hacía el oeste.

A este grupo le siguió otros muchos, el trasiego de gentes por la meseta no cejó en todo el verano, y cuando el otoño comenzó a hacer más cortos los días continuó casi de la misma manera.

Esta estación alivió los rigores de la vida en el yermo, el sol picaba cada vez menos y el joven brote pensó que aún podría sobrevivir, aunque hubo días durante el verano en que la calor se había hecho casi insoportable y temió por su propia existencia. La lluvía volvió a la meseta y fué recibida de nuevo con alborozo por el Árbol Dorado, que volvió a intentar hablar con las nubes negras, pero estas seguían sin querer responderle. Pasadas varias tormentas, no volvió a intentarlo jamás.

Y así llegó el invierno, que aquel año fué especialmente duro sobre la faz de Arda. Los días se hicieron más cortos y oscuros, y el joven brote de árbol descubrió el frío y la nieve.

Escrito el 06-10-2004 18:42 #10

Helado y casi completamente sepultado por la nieve que habia caido sin descanso desde hacía días. El invierno le estaba enseñando su cara más cruda al pequeño Árbol Dorado y este a duras penas podia respirar y vivir en medio de un ambiente tan gélido como lo era aquel. Tan solo el extremo más alto de su débil tallo permanecía fuera del hielo y la escarcha, tenía suerte al estar aquella gran roca negra a su lado y que le paraba los envites más fuertes del viento del norte, de no haber sido por ella seguramente habría perecido al poco de comenzar la estación fría. Intentó hablarle, darle las gracias, pero una roca tan grande como aquella nisiquiera habría reparado en su presencia. Realmente ya dudaba que las piedras y las rocas pudieran entenderle y hablarle, y poco a poco fué comprendiendo que no todo lo que veía estaba dotado de vida, que había seres que si tenían la capacidad de comunicarse entre ellos y otros no podían, estaban inertes como él. Aunque él si que tenía conciencia de si mismo, de su existencia. Era una especie de estado intermedio entre los seres movientes y los seres muertos, como la gran roca negra de su lado. No comprendía bien todo aquello, pero desde aquel día fué descubriendo poco a poco cual era su lugar en el mundo, y mucho reflexionó sobre aquello durante aquel frío y oscuro invierno, cuyos rigores amenazaron en muchas ocasiones la joven vida de aquel vastago de árbol.

Nadie habia pasado por las inmediaciones durante todo el invierno, pues nadie seguramente habría podido aguantar aquellas condiciones tan duras para la vida. Ni un solo hombre más, ni un animal corriendo por la meseta, ni un solo ave había podido vislumbrar entre las nubes del encapotado cielo. Se sintió entonces durante todo ese tiempo realmente solo y abandonado. El mundo parecía muerto y sin vida alguna, como si algún cataclismo lo hubiera sacudido y hubiera acabado con cualquier vestigio de vida. Mirara donde mirara siempre veía lo mismo, la extensa meseta cubierta de nieve y rocas negras que sobresalían de aquel manto blanco simulando entonces que toda la planicie se había convertido en un inmenso manto de armiño.

Pero descubrió que el invierno era muy traicionero y cruel, puesto que después de muchos días sin viento ni nieve, y cuando parecía que pronto acabaría dando paso a una nueva estación más benigna, se recrudeció de pronto y con más violencia y fuerza que nunca descargó una tremenda tormenta de agua y nieve. El hielo formado en el suelo junto a él amenazaba con cortar su debíl tronco, y el joven Árbol Dorado supo que su fin estaba cercano si no ocurría algo extraordinario pronto.

De repente algo quebró la quietud de aquel lugar. Voces y gritos, lejanos y distantes en principio, fueron acercandose rapidamente hasta donde se encontraba aquella roca negra. Esta impedía al joven árbol ver quien producia aquel alboroto en medio de la quietud del yermo. Los gritos se hacían cada vez más atroces y menos numerosos, eran cada vez menos las voces diferentes que podían apreciarse. Gritos de dolor y de angustía recorrían la desertica meseta hasta que casi callaron del todo. Se hizo el silencio, tan solo el correr sordo y pesado de alguien por la nieve quebraba el silencio reinante. Pasos acelerados cada vez más cercanos, una respiración jadeante y angustiada. Alguien apareció tras la roca.

Historia finalizada.