¿Qué era de aquella pequeña muñeca?
Se lo llevó todo, sin ni siquiera avisar a nadie. No dejó rastro. Olvidó su piel en la sala; sin embargo, eso no ayudaba en nada a que la encontrara. Alguna razón tendría Tania para olvidarme así. Podría haberme dejado un rastro de sus hilos, algo.
Se fue, y no hizo su trabajo. Jamás se llevó mis penas como prometía su madre. En su lugar dejó a una sustituta larga y parecida a ella, pero diez veces más grande. Esta en ningún momento me escribió un cuento, no me dormía en las noches y lo único que logró hacer fue asustarme, porque, si tenía como ayuda una muñeca tan grande, era que mis penas, por tanto, serían diez veces más grandes, más dolorosas. Se necesitaba algo más grande que Tania para llevarlas a otro lugar.
Lo único que conocía de Tania era su pluma, la piel suya que había dejado en mi sala. La extrañaba tanto, y con mi actitud hacía daño a la otra muñeca que había llegado en su lugar. Tenía una cara de tristeza, de preocupación, lo cual aumentaba la mía. Extrañaba a Tania, que además de ser mi mejor amiga era como yo. Comprendería su escape si la hubiera tratado mal, pero ya era parte de mí, era el soporte de mis piernas. Había muchas penas que acechaban mi alma, que me destruirían si ella se fuera.
No sé si era enojo o recelo, o simplemente tristeza y miedo, pero no podía menguar la luna ni una vez más si Tania no estaba conmigo.
Los problemas fueron llegando: mis penas. La muñeca grande no ayudaba en nada. Solo pasaba las tardes llorando, con las manos sobre la cara y las rodillas estiradas como un par de varas, sin vida alguna. Tal vez ya era hora de que yo me ocupara de mis propios problemas. Tal vez el peso para Tania era demasiado y la aplastaba. No sé, tal vez lo único que Tania quería era hacerme más autosuficiente.
Pero eso no podía ser. Tania era noble, me amaba y cuidaba como una madre. Era buena. Debía haberle pasado algo. Me decidí a investigar por qué razón se había marchado. Con la primera que fui fue con la señora que me la había vendido: su madre. La encontré fácil. No tuve que buscar en ningún otro lado, pues me dijo que ella nunca se había movido de mi casa; que la buscara bien, que tal vez la tenía enfrente y veía en la gente algo que no era lo que la identificaba.
Corrí a mi casa, entré y la vi ahí sentada en el sillón, junto a su pluma: su piel, como le llamaba ella misma.
Me miró con sus pequeños ojos y dijo:
—Estuve aquí todo el tiempo. Te miré todas las noches. Te cuidé como una madre y te he enseñado que a veces los problemas se disfrazan, que lo bueno nos parece malo. Te he engañado y me he dado cuenta de que no son tus problemas quienes te abordan; eres tú quien los busca porque me tomas como una madre y me amas tanto que eres capaz de sacrificarte para que yo esté cerca. He llegado a quererte y es por eso que me marcho. Tengo como deber llevarme tus penas. Me voy. Me llevo a mí misma, mi cariño y tu dependencia. Yo soy tu karma. Espero que te haya ayudado.
Ese día Tania se marchó. Me quedé llorando, solo en mi casa. Esta vez se llevó su piel. No hubo sustituta, pero mi alma sentía un alivio grande. Tenía tristeza, pero confiaba en que Tania, mi gran amiga, tuviera la razón.
FIN
Existen unas muñecas de hilo guatemaltecas de las que se dice que se llevan las penas de quien se las cuenta.