Envaina tu espada, Arsioth mío

Arsioth, eras retrato de un refulgente amanecer
y ahora lentamente comienzas a perecer.
Más que los vientos de Manwë danzabas
y más rápido que Tulkas viajabas.

Arsioth, tierna y suave caricia del rocío,
alivias las penas de los corazones vacíos,
das esperanzas a los hombres desahuciados,
y consuelas dulcemente a todos los desolados.

Mi solitario Arsioth, cuantas heridas has curado,
pero tu propio corazón todabía está lastimado.
¡Oh, amado mío! ¿Tanto anhelas mi regreso?
¿No comprendes que pasó la hora de mi deceso?

¿Deseas ignorar el motivo mi partida?
¿No entiendes que no hay otra salida?
Mi destino por elfos fue forjado en acero
Lejos he partido, no por mi deseo.

Día y noche, año tras año he luchado
y a los espírutus malvados he desterrado.
Pero la codicia y el odio no tienen fin
y he sucumbido para no verte sufrir.

Cuando caí en la sombra, grité con voz radiante
y el eco en las montañas recorrió fulminante:
“¡Que Eru tome mil y un venganzas
y que no haya para ellos esperanzas!”

Ya deja de esgrimir tu espada blanca
aunque está afilada, ya no podrá hacer nada.
No hay batalla, ni triunfo, ni perecer,
que logre que juntos lleguemos a envejecer.

Ya no estoy contigo, vida mía
vuelve tus ojos a tu tierra perdida.
Vuelca tus lágrimas en los mares de Ulmo
y riega las flores que el mal ha convertido en humo.

Los días nefastos me han corrompido
más que una cosa, Arsioth, yo no te pido:
Confia en mis últimas letras; confía que algún día
juntos estaremos, más allá de la vista.