Entre las ruinas de Osgiliath
busqué el recuerdo de Arwen Undómiel
al abrigo de la poca esperanza
que a este mundo le queda.
Mas entre la tiniebla de la memoria
no hallé siquiera un atisbo
del feliz mundo de mis trece años,
cuando la ví por primera vez.
Huérfano soy de su recuerdo,
tan perdido como aquel
que un día triste de otoño
tuviera de Luthien la Bella.
Sordos están mis oídos
a lejanos cuernos de batalla,
los ojos ciegos olvidaron
el estandarte estrellado del árbol.
Los elfos nos abandonaron
hace demasiado tiempo,
y los hombres malograron
las edades que vinieron.
Y ahora hay fuera de este mundo
más muerte y batalla que dentro,
y el Señor Oscuro reina
sobre un nuevo territorio.
En la ciudad devastada
hace tiempo no resuenan
los gritos de los combatientes.
Sólo el río que la hiende
permanece inalterable,
inmutable al devenir del tiempo.
Mis sueños hace mucho que se fueron
de la ciudad despoblada
para venirse a las estepas
de la realidad mundana.
Vuelvo siempre que me dejan
al mundo de mis trece años,
mas no he podido encontrar
a mi amiga Arwen Undomiel.
En su lugar descubrí letras,
memorias que creí perdidas,
mas nunca he vuelto a ver caras
ni el sol he sentido en mi cuerpo.
Quizá los viejos amigos,
elfos, enanos y hombres
no vivan ya en mi interior
y estén en lejanas tierras.
Tal vez solo pueda hallarlos
en las estancias de Mandos
donde mas tarde o mas temprano
todos nos reuniremos.