La batalla había llegado, no poco sería este día y estos hechos en la historia de la gente ramalíë.
La intención de Lyshiön de penetrar las filas esondidas tras la niebla habría merecido otra oportunidad, si no hubiesen sido grandes las bajas.
Ahora Bohr no hacía más que girar, deteniendo golpes de espada que salían de la nada. Los guerreros estaban dispuestos en círculos, escondiendo las espaldas y persiguiendo a las figuras que brotaban de la oscuridad y volvían a desaparecer. Algunos enemigos fueron cayendo, había hombres y elfos entre ellos. Bohr conocía las nubes densas de los picos. Pero esto era diferente, aquí no había espacio, no había lugar hacia donde la humedad se moviera, no había caminos sobre los que pisar. Sólo enemigos, compañeros, y cadaveres.
De todas formas Bohr combatió con bravura, encerrado entre sus guardias y el enemigo. Limitado por todas partes, incómodo, soltó su destreza sólo resistiendo, no quería atacar a mansalva y matar a uno de los suyos. Un caballo pasó entre los grupos de elfos, Bohr supo que era el particular caballo de Lyshiön; se le encrispó la piel, pero el horror estando de su lado le dió nuevas fuerzas para cubrirse y asestar, cubrirse y asestar...
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En la retaguardia, casi a entradas del bosque se habían formado los mejores arqueros. Lanzaban sus dardos hacia la lejanía, a donde había estado el campamento, hacia donde podrían recular los invasores. Muchos logros consiguieron estas flechas, allí donde poco se distinguía de cerca, la distancia era una ventaja. Fue bueno mientras duró, pero pronto aquellas líneas fueron alcanzadas por hordas de enemigos, y fueron dispersadas... Muchos cayeron... pero su máximo triunfo fue que permitieron notar, que la niebla no entraba al bosque, los que pelearon mano a mano dentro del bosque hicieron trizas a los malignos. Bastaba con cruzar la línea de hayas hacia afuera para ser sometido a la muerte. Bastaba con cruzarla hacia adentro para que la muerte temblara de miedo.
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Tras el caballo de Lyshiön (Bohr no alcanzó a ver si estaba montado o no), cruzaron otros, caballos de ojos negros que apenas se distinguían por el destello. Eran jinetes crueles del enemigo invisible. Atropellaron entre los círculos de batalla que se habían formado, y los rompieron, dejando a los hombres desconcertados un momento. Los que no cayeron se pusieron alerta enseguida.
- ¡Bohr...! - lo llamó un elfo al que identificó como de los que lo acompañaban... Era aquel que llevaba la espada atigrada de acero y blanco, la que antes el humano hubiera encontrado a orillas del Sírhonë.
- ¡Amleir! - respondió el joven cubriendo el espacio detrás de donde había oído la voz. Pretendía proteger al elfo. - ¡Amleir...! - Ya no lo oía. De pronto, cuando el corazón se le hacía un nudo, recibió un salpicón de sangre, y la cabeza de Amleir cayó hacia él. De las figuras que se llevaban el cuerpo acéfalo de Amleir, Bohr alcanzó a abrir las entrañas de uno de ellos de un certero zumbido. Y casi no llega a ponerse nuevamente en guardia cuando oye otra voz conocida.
- !Bohr! - era otro de su grupo que salía del vaho penumbroso. No fue la suerte sino el descaro de Bohr Daedth al poner la espada a la guardia lo que lo salvó de que la espada que recientemente había cortado la cabeza del elfo lo cortara en dos a él. Ciertamente había un traidor entre ellos, y no sólo pretendía matarlo, sino que parecía muy hábil, y capaz de lograrlo.
El combate fue terrible, este no se escondía tras las neblinas, pero otros surgían y Bohr debía aguzar la sensibilidad hacia todos los angulos del terreno, mas no descuidar a aquel elfo hambriento de muerte varnalië que diestramente le dificultaba la esperanza. Dando hacia atrás chocó con otros hombres, se llevaban a una mujer, y arrastraban entre ellos el cuerpo de Amleir. Fue la oportunidad que el príncipe Alado aprovechó, el suelo era el lugar más libre ahora, \'malditos\'. Se lanzó hacia atrás y abajo, y giró, cortando las rodillas de uno de estos, y en cuclillas velozmente logró dar en las pantorrillas del traidor que trastabilló y permitió que Bohr le insertar todo el largo de su espada desde el vientre hasta el esternón y la nuca. - Mueres... a manos mías... mueres.- dijo con odio. Y sacó la espada, le dio otro corte al elfo y se giró en guardia de nuevo. Sediento y agotado de tanta impotencia ante la indignidad.
Quiso seguir hacia los que se llevaban a la mujer. Dos lo detuvieron, y los ensartó sin pensar demasiado. No alcanzó a seguir las voces, pero su acecho permitió que abandonaran el cuerpo del elfo, que, vislumbró, quiso advertirle, y murió por eso. -Amleir...- dijo en voz baja, -...amigo...-. No dejaría el cuerpo ahí, se lo llevó a un hombro y lo arrastró. Vio que aún permanecía allí la vaina y que guardaba la empuñadura de la extraña espada. Envainó la prestada y desenvainó la otra. Ancha e imponente sesgaría el camino para llevar al elfo muerto a descansar entre los nobles.
...
- ¡¡Las Hayas!! ¡¡El Bosque!! ¡Hacia allí...! ¡La neblina viviente no entra al bosque! ¡Hacia Kalafernë retroceded!-
La espada atigrada hizo su mella entre los enemigos, la furia y el dolor que llevaba Bohr le había mejorado la capacidad de distinguir entre sucios y aliados, o eso sentía. Cargó el cuerpo descabezado y arremetió hacia el bosque, en el camino luchó junto a otros leales y juntos fueron regresando. Algunos no cedieron y prefirieron permanecer combatiendo en el campo, hacia el río.
La noche había sido larga, y parecía que el alba no pretendiera llegar nunca jamás, el cielo estaba gris.