El recluta Lebbenin, tras sufrir la vergüenza en clase, salió al patio de armas. Tenía ganas de soltar adrenalina en el fragor de la batalla para olvidar lo sucedido. Sin embargo el profesor le paró al salir de la armería y le sermoneó de nuevo:
-Cadete Lebbenin, ¿os dirigís al campo de guerra, verdad? Más os valdría pasaros por los archivos y tratar de aprender algo sobre la última clase en la que tan atento estuvisteis. La destreza con las armas es algo muy valioso en los capitanes y más en los de Gondor, pero no olvidéis que el no repetir los errores del pasado puede significar la salvación de sus tropas y su ciudad.
El cadete del pelo rojo se sintió sorprendido por las palabras del profesor; ya en años anteriores se conocía a este docto erudito por lanzar algunas indicaciones a sus alumnos sobre las principales preguntas que formularía en el tribunal de examen, por ello sus clases eran de obligada asistencia para todos. Esta pequeña charla sobre la batalla en Losselen Tirion no podía significar más que otra advertencia.
- Magister, sin duda alguna tenéis razón, lamento mi comportamiento, y por ello os prometo que consultaré inmediatamente los archivos.- El cadete Lebbenin dio media vuelta para dejar las armas de entrenamiento colocadas y se dirigió a la biblioteca. Allí estaba el maestro bibliotecario, un bondadoso pero sordo anciano que llevaba años en su puesto pese a que su sordera impedía que el silencio reinara en sus dominios y que en algunas ocasiones este ruido superara al del fragor de la batalla. Pero debido a que era el único que conocía de memoria toda biblioteca seguía gobernando en estos lugares y hasta el senescal se dirigía a él con respeto y admiración.
- Ah, Lebbenin, venís sin duda a consultar los manuales de esgrima que hemos adquirido de la lejana Haldir para integrar sus golpes en vuestra guardia. ¿No? Bien, entonces no perdáis más el tiempo y escribidme que materia deseáis consultar.- El maestro bibliotecario le dio la hoja de peticiones y allí el pelirrojo intentó especificar la batalla a la que se refería.
- Ummm Batallas de Losselen Tirion.... ummm sin duda alguna el profesor Saldon ha dado esa clase esta tarde... nadie más habla de esas batallas y menos desde un punto de vista tan favorable al vencedor. La historia la escriben los vencedores como bien dice el refrán, pero entre los vencidos hay también crónicas muy dignas y bien narradas, como ocurre en este caso, aunque son mucho menos conocidas. Bien os daré las dos versiones; aunque el profesor Saldon sólo considera la de los historiadores de Nurn hay un pequeño librito que narra esas batallas de un soldado de la propia hueste del duque Arioch y si bien no es tan academicista es mucho más ameno y vívido que el de los historiadores.
El maestro bibliotecario se alejó y mientras tanto nuestro recluta se puso a hojear unos manuales de técnica de combate con hachas mientras llegaban sus peticiones. Al cabo de media hora regresó el bibliotecario con dos libros. Uno de ellos, ricamente forrado en piel negra de cordero y con sellos y cintas para señalar pasajes, y otro pequeño libro en papel amarillento por el tiempo y con una gran pátina de polvo.
- Bien, aquí tenéis, por un lado las crónicas de Nurn- dijo posando el pesado y gran libro negro- y por otro lado la vida, lucha y desgracias de la Compañía Segunda del Concilio de Nan-Tasarion- dijo posando el viejo y pequeño libro- Me ha costado encontrarle; hacía muchos años que no me venía a la mente y agradecería que los tratarais bien, pues me gustaría releerlo cuando lo entreguéis y recordar las viejas aventuras imaginarias de mi juventud.
El recluta agradeció al maestro bibliotecario la atención recibida y se dispuso a leer las desgracias de la Compañía Segunda; la charla del bibliotecario le había dejado intrigado sobre el pequeño e insignificante libro.
\"A todas las generaciones futuras y a aquellos que en el presente vieren y entendieren, escuchad el lamento por los hombres caídos en la épica batalla. Musas, sed favorables a este pobre poeta y permitid narrar con rigor y veracidad los hechos ocurridos en la negra isla de Losselen Tirion, donde el Duque Arioch se enfrentó contra sangre y fuego en la defensa de su ciudad y su villa, de sus hombres y su honor. \"
El comienzo, aunque un poco arcaico, era apasionado, y el recluta fue pasando páginas y leyendo por encima hasta llegar a la quinta batalla de Losselen.
\"Tras la pequeña victoria que los hados nos concedieron nos hallábamos cansados y somnolientos; muchos eran los hombres que habían sido heridos y no esperábamos más ataques por aquél día. El duque Arioch ordenó que los hombres y los elfos trasladaran a los heridos a la orilla continental y los escoltarán durante la noche, no fuese que los lobos y licántropos de Nurn atacaran en la oscuridad a nuestros camaradas caídos. En el campamento quedaron los dos capitanes, Manveru, que más tarde fue llamado Mano de Plata, y mi señor Arioch, portador de tormentas. Los capitanes repartieron los turnos de guardia de la noche; los enanos harían las primas, tercias y quintas y los ents la segunda, cuarta y laúdes. Mas lo que debió ser una guardia tranquila y sosegada se volvió una batalla, pues los enemigos de Nurn, que los Valar conserven en los salones de Mandos por siempre, decidieron atacar el campamento de noche y sin respeto por los caídos. Oíd mi historia y juzgad.”
“Una inquietud creciente se había ido apoderando de Manveru, por lo que me ordenaron vigilar desde una pequeña colina al norte del campamento por si algún enemigo se acercaba por el camino. Era un lugar siniestro y sombrío, yermo y duro, aunque encontré un asiento y pude descansar el cuerpo. No obstante, parecía ser que los mosquitos se habían aliado contra este pobre poeta, puesto que no me dejaron tranquilo un momento, picándome y exasperándome. Malditas sean ellas y todas las que son como ellas, seres creados por Morgoth en el Vacío, puesto que pocos animales las ganaban en crueldad y malicia. Atacaban en lugares insospechados las condenadas, que cien rayos las quemen.”
Lebennin sonrió ante el párrafo, divertido al imaginar la escena, aunque en aquellos tiempos no se trataba de un momento divertido en absoluto; campos enteros quedarían repletos de muertos putrefactos, y si no hubiera sido por las artes mágicas de Manveru y Arioch probablemente se habría formado un lugar maldito y condenado.
“Conseguí sobrevivir no obstante al asedio, aunque poco me duró el reposo. De pronto oí un cuerno lejano y terrible, un sonido incomparable a los bellas notas emitidas por nuestros instrumentos, y al fijarme asiduamente en el horizonte, vi una línea negra en la lejanía y muchos estandartes. Maldije la orden que me trajo a la Compañía Segunda y corrí a avisar a los capitanes.
“-¡Señor, señor!-grité, atrayendo hacía mí la atención de Mi Señor el Duque, que en aquellos momentos conversaba con Manveru, decidiendo un plan para el futuro-. Nurn nos ataca, con todos sus efectivos al frente. ¡Vienen como una marea negra, quemando y arrasando a su paso!
“Sin perder tiempo ambos capitanes prepararon la defensa. No podían abandonar el campamento, puesto que muchos heridos y gente inocente residía allí, así que deberían luchar, aunque la mayor parte de las gentes maltrechas habían navegado al continente para mayor seguridad. Según recuerdo Arioch organizó el ejército en dos frentes; en el primero se encontraban muchos enanos y algunos ents, aparte de la Guardia Blanca. En el extremo opuesto estaban los númenoréanos de Manveru, pocos en aquella batalla, pues muchos habían partido a ayudar a los heridos, acompañados de ents y unos pocos enanos. En una línea apartada, detrás de toda la infantería, se localizaban más pastores de árboles portando grandes piedras.
“Mientras Manveru y Arioch se quedaban atrás organizando la huida en caso de masacre para los heridos y los supervivientes, nosotros avanzamos según la orden. Caminábamos en filas apretadas, provistos de nuestras armas y armaduras, con el corazón encogido por la incertidumbre de la vida. No obstante, la guerra nos había curtido ya en muchas batallas, y éramos nosotros una compañía de valientes, reyes todos nosotros. La Heroica y Honorífica Compañía Segunda seríamos denominados después, aunque fui de los pocos que pude ver el día en que recibimos tal título, coronados todos nosotros con seda, oro y plata.
“Por suerte yo no estaba entre las primeras filas, porque cayeron con rapidez. La batalla comenzó con un fragor negro, y luchamos durante horas, sin descanso ni piedad. Maté a muchos orcos aquella noche, según recuerda mi mente de anciano. No obstante retrocedíamos progresivamente, empujados por una furia asesina y por la superioridad numérica. ¡Ay, cómo eché de menos aquel día a Arveleg el Osado, o a Sûledon el Sagaz, o a Elegost Cuatro Dedos!
“La batalla se alargaba en cruel empate durante ya varias horas, cuando un grito se elevó en la noche. Manveru y Arioch cabalgaban juntos, en una sanguinolenta marcha hacia la muerte. Manveru empuñaba un hacha que había tomado de la batalla, puesto que su fiel espada había sido quebrada por Tormentosa, aquella a quien todos nosotros temíamos. No obstante parecía ser que el númenoréano no la temía, puesto que cabalgaba junto a Arioch sin temor ninguno, y la espada negra no intentaba segar su alma, ya fuere por desinterés o por curiosidad ante un hombre que la retaba.
“Empujados por su valentía y orgullo, cantamos melodías fúnebres y nos lanzamos a segar el campo de pestilencia orca. Matamos y matamos, en una danza de muerte y odio, y pareció ser que ganábamos la batalla. No obstante terribles fueron también nuestras pérdidas mientras avanzábamos en nuestra marcha, y aunque el enemigo retrocedió, mayores fueron nuestras pérdidas, puesto que en una rastrera celada fuimos aprisionados en dos frentes.
“Yo ya estaba extasiado y por mucho asqueado de machacar cráneos de orco, y por fin Manveru, después de intercambiar algunas palabras con el Duque, ordenó retirada a sus hombres. Me sorprenden aún sus curiosas tácticas de guerra. Eran hombres altos, fuertes y resistentes, la mayor y más poderosa raza de humanos según me decían, y se basaban en la batalla pausada, perdiendo muy pocas vidas con sus murallas de escudos y sus tácticas de hostigamiento, tácticas que serían adoptadas posteriormente por el Concilio, y atacando posteriormente con golpes rápidos y fugaces.
“Cuando estos hombres se retiraron, el frente se rompió y Arioch, loco de furia e impotencia, ordenó retirada. Así pues corrimos de nuevo hacia nuestro campamento, llevándonos con nosotros a casi todos los muertos para darles noble sepultura, y finalmente la batalla terminó.
“Allí ambos capitanes se curaron sus heridas, y Manveru intentó como pudo tranquilizar a Arioch, asegurándole que habría una venganza para aquella crueldad. La guerra los había unido, según vi, y eran buenos amigos, puesto que compartían muchas cosas en común.
“Y así terminó la Quinta Batalla de Losselen Tirion, quizá no las más cruenta y voraz, pero una más en la cuenta, que contribuyó a engrandecer a nuestra bienamada Compañía, y también a aumentar su dolor. Desde esta posición de comodidad y beatitud en la que escribo, espero que mis lágrimas por aquellos recuerdos no manchen el testimonio de este viejo anciano, ni el tiempo ennegrezca mi diario y ya sea imposible que las generaciones que vengan no puedan saber sobre las hazañas de Manveru y Arioch, si bien no alegres, al menos son como las historias de verdad, aquellas llenas de peligros e infortunios, aquellas en las que siempre únicamente brilla una delgada línea de esperanza, aquellas que llenan el corazón.”
Lebennin suspiró. Había perdido las ganas de leer aquel libro negro, tan bellamente elaborado. Aquella historia le había llenado, como bien había dicho el poeta. Sin muchas ganas de acción, abrió de nuevo el viejo libro por la primera página y comenzó a leer.