Año 3262 de la Segunda Edad
UNA VICTORIA, UN NUEVO DÍA
Por fin hemos llegado a los lindes del Taurë Nan-Tasariona. Tras un arduo viaje desde Azdakadar atravesando el Gran Mar, atracamos en el puerto tasariano Losselen Tirion. Allí nos esperaban con las armas en la mano, pero al ver la diferencia entre sus defensas costeras y nuestros barcos cargados de expertos luchadores, no nos interrumpieron. Un día de marcha es lo que nos costó alcanzar nuestra posición actual. Nada más llegar, nos dispusimos a acampar bajo el abrigo del bosque, que se mostraba amenazante y acogedor a la vez. Decidimos apostar unos cuantos elfos en las copas de los árboles, ya que, a pesar de las facilidades para entrar en el puerto, nunca es demasiada la prudencia cuando se está en territorio enemigo.
Dispusimos el campamento en círculos (como es costumbre entre las gentes del Valle), de tal forma que partiendo de la tienda central, propiedad del capitán Thralor de la casa de El Martillo Chispeante, cuanto más se aleja uno, va disminuyendo la jerarquía de los soldados. La tienda central era considerablemente más grande que las demás, y tenía el estandarte del ejército clavado en la entrada, de tal forma que se podía divisar desde lejos a pesar de niebla o lluvia.
Allí se reunieron el capitán Thralor y los tenientes Morna, Gil-Edhel y Erekan, todos pertenecientes a la casa de La Joya Dragón. En mitad de la noche, cuando todos los demás soldados estábamos dormidos, unas trompetas sonaron en los bosques; eran los elfos vigías que apostamos en los árboles.
-Mi capitán, una gran tropa se acerca desde el sur, no sabemos exactamente cuántos son -informó el elfo interrumpiendo en la tienda central mientras jadeaba por el esfuerzo de la carrera-, calculamos que serán unos 100 efectivos, pero con esta oscuridad no me atrevo a precisar más.
-Gracias Belenthrond, pensaba que nos dejarían dormir en paz, pero no va a ser así. ¡Todo el mundo a las armas! -ordenó Thralor.
-Capitán -interrumpió Erekan-, el tiempo apremia y no conocemos el terreno tan bien como ellos, pero aún contamos con la ayuda de este bosque y la oscuridad. Cómo decía mi padre: Muchas batallas se ganan, no por el valor de las armas, sino por saber apoyarte en tu entorno
Mientras los dirigentes debatían el plan a seguir, los soldados se preparaban para la guerra. En ese momento empezó a llover y todas las hogueras se apagaron. Por lo menos así los tasarianos que se dirigían a la batalla no podrían saber dónde estaban exactamente sus rivales. Empezaron con los preparativos. Por el centro de la formación, se dispusieron los enanos encabezados por Thralor; justo detrás de ellos y en posición semicircular se apostaron los elfos de los que disponía Gil-Edhel, de tal forma que pudieran disparar desde la lejanía de la batalla mientras los enanos, además de luchar en primera línea (como a ellos les gustaba), pudieran defenderlos de las descargas de flechas con sus escudos.
La lluvia chocaba contra las armaduras de los guerreros y mojaba las cabelleras de los elfos. Tilion se alzaba en lo alto del cielo. Los soldados esperaban con impaciencia la llegada de sus adversarios mientras los humanos de Morna y Erekan se adentraban en el bosque para la emboscada. Los cuernos de guerra se oían cada vez más cerca. El pesado paso de los soldados del concilio era lo único que se escuchaba entre el caer del agua.
Al cabo de unos minutos, un manto negro apareció desde el borde del bosque, era el ejército tasariano que venía en pos de nuestra muerte. Avanzaban con paso firme y desafiante, pero su número era inferior al calculado. La lluvia aumentaba y el suelo se iba convirtiendo en barro, lo que dificultaba el paso de la caballería del Concilio.
Al llegar al claro, y durante un instante, ambos ejércitos estuvimos quietos, desafiando al rival. En ese momento, para subir la moral, Thralor gritó:
-¡Baruk Khazad!
-¡Khazad ai-mênu! -le respondieron los enanos al unísono mientras golpeaban sus escudos con las armas.
El ejército de Concilio decidió continuar la marcha y cuando estuvieron a tiro, los elfos combinaron la lluvia con una de flechas, que hizo estragos entre los enemigos. Con la intención de eliminar a los arqueros elfos, la caballería se abalanzó contra nosotros a la mayor velocidad que el suelo permitía. Ante tal visión, los elfos dejaron sus arcos para tomar sus armas de filo. A su vez, los enanos dejaron sus escudos para coger las lanzas que tenían en el suelo, donde las clavaron apuntando a los jinetes que se acercaban cada vez más.
Casi la mitad de los jinetes cayeron, ya fuera muertos, heridos, o, simplemente, sin su cabalgadura presa de las lanzas enanas. El resto de la caballería resistió nuestro ataque dando el tiempo necesario al grueso del ejército a venir hacia donde nos hallábamos.
Tras este primer ataque de las tropas de Concilio, parecía que aquello podría ser nuestra tumba y que nuestra última palabra sería el grito de la muerte. Sus hombres aprovechaban su mayor corpulencia para ir ganando terreno a los enanos, y su caballería superviviente estaba haciendo estragos entre nuestros arqueros. Pero entre toda aquella matanza, con un último esfuerzo y antes de ser alcanzado por una flecha enemiga, Belenthrond consiguió dar la señal a los humanos de Morna y Erekan. Al verla, los hombres escondidos surgieron como fantasmas desde la impenetrable oscuridad del bosque en busca de su presa.
Los tasarianos, al oír el grito de guerra de aquellos soldados del Valle se sintieron desconcertados. Aún más reinó la confusión cuando se vieron rodeados por sombras invisibles que disparaban desde todos los ángulos posibles. La batalla que parecía perdida, se tornó a nuestro favor aumentando la moral de nuestros soldados. A lo lejos oí a Thralor volver a gritar Baruk Khazad y a sus hombres responder.
Entonces, y para sorpresa de todos, dos ents aparecieron ante sus caras, los más grandes que habían visto los integrantes de la compañía. Las estrellas quedaron escondidas tras sus cuerpos. Un momento de duda y miedo reinó en aquel momento. Aquellos seres enormes se acercaban despacio, disfrutando de la sensación que causaban, hasta que uno de ellos se desplomó al frente gracias a los enanos que, con sus hachas, debilitaron sus piernas. Los dirigentes tuvieron que dar un salto atrás para no ser aplastados por su cuerpo. De entre los enanos apareció Thralor que, blandiendo su hacha, dio un salto sobre la espalda del ent. Una vez arriba, alzó a Grugnír y la clavó en la espalda de la criatura.
El otro, al ver la muerte de su congénere, hirvió de cólera y con un rugido de ira asestó tal golpe con su gran porra de puntas, que envió al enano contra un árbol, con tan mala suerte que Thralor quedó atravesado por una rama y con un tremendo golpe en la cabeza que, a pesar de su yelmo, le dejó inconsciente.
Viendo este desastre, y con deseos de vengar a su capitán, los tres compañeros elfos asaltaron al ent con todas sus fuerzas. Morna y Gil-Edhel clavaban sus armas en las piernas de la criatura mientras Erekan subía por la espalda de éste. Una vez arriba, con rabia y un grito de guerra, el elfo clavó su espada en la cabeza del pastor de árboles, vengando así a su amigo.
Al ver caer otro de sus ents, los tasarianos decidieron retirarse. Los soldados escapaban hacia el sur y los nuestros les perseguían con intención de acabar con sus vidas. Pero en ese momento, Gil-Edhel se subió a la espalda de un ent muerto y se dirigió a los soldados:
-¡Quietos! Dejadles marchar, no hemos venido hasta aquí para masacrarlos, nuestros planes son diferentes y no tenemos autoridad para cambiarlos; pues son órdenes de nuestro rey, Yandros, y seguiremos con lo pactado hasta recibir nueva orden. Es hora de recoger a los caídos y llevarlos a casa, para honrar su muerte, gracias a la cual hoy podremos ver la luz del sol.
>>Cuando hayamos recogido a nuestros soldados, enviaremos un mensaje a los tasarianos y dejaremos que se lleven a sus caídos. Dejemos que vayan a las Estancias de Mandos en paz; ya se ha vertido demasiada sangre por hoy.>>
Mientras algunos se dedicaban a recoger los cadáveres, los druidas y los pocos sanadores de los que disponíamos hacían lo posible para no aumentar el número de víctimas.
Erekan estaba agachado junto al cuerpo de Thralor lamentando su muerte. Con ayuda de unos sanadores le quitó la rama, que se rompió por el peso del enano, clavada en el hombro izquierdo, tan cerca del corazón que perforó uno de sus pulmones, dificultando su respiración; pero el enano estaba frío como una piedra. Cuando lo iban a subir a una carreta para depositar su cuerpo, de repente el enano tosió y se llevó la mano al hombro. Los allí presentes nos sobresaltamos al ver que seguía con vida, y éste al abrir los ojos, vio a su amigo con cara de sorpresa diciendo:
-No puede ser, ¡Ese golpe hubiera matado a cualquier hombre!
-Je, je, je -rió el enano antes de que le viniera un ataque de tos-. Se necesita mucho para acabar con este enano, además, te prometí que beberíamos cerveza juntos en un palacio de estas tierras y pienso cumplir mi promesa.
-Eres terco incluso para dejar este mundo -contestó el elfo con lágrimas de alegría-, de lo cual me alegro en este momento. Tenemos que hablar de lo sucedido, pero antes debes recuperarte. Deja que te lleven y te curen esa herida. No te preocupes por Grugnír, yo te la guardaré hasta que puedas blandirla de nuevo.
En medio del asombro general por la suerte corrida por su capitán, la lluvia cesó y en el cielo Arien comenzaba su camino cotidiano. Aquel amanecer fue el más hermoso de cuantos hubiéramos visto los integrantes de la compañía, pues la presencia de la muerte que se palpaba de noche se esfumó con los primeros rayos de ese sol que calentaba los huesos que otrora estuvieran empapados.
De pronto, el astro se oscureció y todos nos asustamos, hasta que Morna nos tranquilizó diciendo que era un buen presagio, ya que lo que lo nublaba era el humo que provenía desde el interior del bosque. Sulëdaelessar había caído.
Sí, hemos ganado esta batalla, pero la guerra no ha hecho más que comenzar.
Otik, escriba y cronista de la Compañía 3, Barukbizar
[Editado por Thralor el 16-02-2005 19:53]
