Primera parte (La amenaza de Wolnd)
A unas cuantas millas de la ciudad del desierto, cerca del río Sirtaen, se encuentra la ciudad de Eoroth, una pequeña ciudad fundada solo por hombres que no quisieron vivir mezclados con otras razas.
Estos humanos vinieron de diferentes tierras, buscando un lugar que fuera tranquilo y que no se pensara en matar, así llegaron a Tercano Nuruva, costeando el desierto vieron a lo lejos una enorme ciudad en medio del mismo, fueron bien recibidos por la población de esta ciudad.
Pero igual ellos no se sentían cómodos, así que el líder de ellos, Erothgar, le pidió a Sildorl que les diese un poco de las tierras que están cerca del río para poder instalarse.
Sildorl estuvo de acuerdo en que creasen su ciudad allí en territorio Tercano, con la condición de que le ayudaran en futuras batallas. Erothgar acepto esa condición, aunque no muy gustoso, pero igual crearon su ciudad y su imperio.
Una gran ciudad crearon, pero era pequeña comparada con la gran Ciudad, y en el medio de ella un gran castillo al que llamaron Eoroth, donde sus Salones fueron los más lujosos y más hermosos del lugar.
Poco después de inaugurarse el lujoso Salón de la ciudad, - quizás atraído por el sonido de la música y las risas de los concurrentes -, uno de los monstruos habitante de una cueva que se encontraba en el nacimiento del río Sirtaen, se acerco a fisgonear a través de las ventanas del Salón, el cual los nobles se habían recogido para dormir en sus sitiales, una vez retiradas las mesas.
Su nombre era Wolnd, hijo de Wolkja. Sorpresivamente, se encontró con el Salón atiborrado de nobles y guerreros obnibulados por el alcohol y las opíparas viandas, durmiendo a piernas suelta. Ningún asomo de piedad enseño la monstruosa criatura, sin misericordia, arranco de su sueño a treinta de los concurrentes a la fiesta y huyo rápidamente rumbo a su guarida, ávido de comenzar a devorar su botín.
Y fue solo en la incierta penumbra que precede al alba cuando los hombres comprendieron la magnitud del hecho perpetrado por Wolnd. Grandes lamentos se oyeron durante toda la mañana, y muchos jefes poderosos curtidos en mil batallas, vieron surcar por sus mejillas amargas lagrimas por sus compañeros perdidos.
La angustia oprimía duramente sus corazones mientras seguían el rastro del cruel enemigo, el cual iba dejando detrás de sí un notorio rastro de sangre de sus victimas, tan evidente como persistente y prolongado.
[Editado por sauron_ el 13-01-2005 19:34]
