Después de abandonar Narmelost, Barkoin vagó largamente por las tierras al norte del Señorío de Nurn, sin rumbo fijo. Como ya le había pasado otras veces, no seguía completamente su voluntad, sino lo que el hacha parecía decirle: el era consciente de sus actos, pero seguía una voluntad más fuerte, que en definitiva era también la suya.
El viaje se tornó desagradable cuando comenzó a llover, y Barkoin se encontró caminando entre barro y mojándose debido al torrencial aguacero. Se criticó en ese momento su afán de buscar problemas: en Nurn no estaba tan mal, seguro que sus dudas habían provenido de la tensión antes de la gran guerra... O de una conciencia que intentaba olvidar que indirectamente había matado a su padre y a su maestro, los dos únicos seres en el mundo a los que verdaderamente quería y respetaba, dejando de lado a sus nuevos camaradas nurnitas.
Pensando en esto sus pasos lo llevaron a un frondoso bosque que no pudo identificar. Si bien los bosques no eran ni nunca habían sido de su agrado, Barkoin no pudo más que internarse para protegerse de la lluvia y preparase para pasar la noche. Había un pequeño sendero trazado que pasaba por entre medio de los árboles y los arbustos: el enano lo tomó, y prestó mucha atención a cualquier movimiento entre el follaje. Un animal por aquí, un árbol agitándose por allá, la lluvia que no paraba de caer: todo era normal, así que Barkoin encontró una gran haya y se tiró debajo de ella, dispuesto a descansar.
Poco tiempo después comenzó a oscurecer, y Barkoin comenzó a adormecerse. Se tapó con su grueso manto, y se dispuso a dormir. Sin embargo, poco después de haber cerrado sus ojos, el crujir de una rama al romperse llamó su atención. Instantáneamente abrió los ojos, y se concentró en la dirección de la que parecía provenir ese sonido. Poco después oyó una risotada, y un diáologo: alguien se acercaba. Reconoció que el idioma hablado era el dialecto de unos hombres que vivían en pequeñas aldeas cerca de Mordor, en las orillas del Anduin. Si bien no podía entender lo que decían, sabía que estos hombres eran hostiles, ya que ellos estaban aliados con los numenóreanos, y cazaban como ellos a las criaturas del mal. El herrero tomó su hacha, y se ocultó detrás de un arbusto.
El grupo, que era de cuatro hombres, todos armados livianamente, estaba caminando por el sendero, a uno diez metros de él: a pesar de la oscuridad, Barkoin tenía una facilidad para ver en la penumbra, como todos los enanos. La compañía de intrusos pasó un poco más allá de donde se encontraba Barkoin sin percatarse de su presencia, se sentaron y comenzaron a prender una fogata, usando ramas cercanas a ellos. Les costaría un poco, debido a la lluvia. El enano decidió aprovechar la oportunidad, y se acercó lo más silenciosamente que pudo.
Debía estar a unos tres metros del que tenía más cerca, un hombre bajo aunque ancho de hombros armado con un arco, cuandó el viento hizo zumbar un roble detrás suyo, y el arquero se dio vuelta para ver que pasaba, y descubrió al enano que blandía el hacha. No perdió el tiempo y alarmó al grupo, que tomó sus armas y se colocó en formación. Barkoin, mientras tanto, lanzó un grito y se lanzó encima de su delator, y de un rápido golpe le abrió el abdomen, haciendo que las tripas del desgraciado cayeran al suelo. Los hombres apenas percibieron el movimiento, y se cerraron aun más, sin ayudar a su amigo ya que sabían que moriría de todos modos.
Barkoin se escabullío detrás de un árbol, y podía percibir la agitada respiración de sus adversarios: los tres estaban nerviosos, eran cobardes, y llevaban rodelas, espadas cortas, y unas finas armaduras de cuero tachonado. No serían mucho problema.
Lanzando otro grito, el herrero se lanzó sobre el grupo, y lanzando un ataque frontal con su arma partió en dos la rodela del primero y le abrió un tajo en el craneo; el segundo le lanzó una estocada, que fue desviada por un movimiento lateral del hacha, que fue seguido de un puñetazo a la cara, que tumbó al muy infeliz; luego de esto, se enfrentó al tercero, cuya mirada expresaba un terror infinito.
Barkoin, dispuesto a divetirse con él, empezó a hacer girar el hacha por su cabeza describiendo grandes círculos, cuando el hombre que estaba en el suelo, que tenía la nariz rota y la cara llena de sangre, dijo: \"Es el enano inmundo de la recompensa, el asesino, el traidor, Bar... algo. Mátalo y ganaremos mucho dinero!\". Luego de escuchar eso, Barkoin quedó petrificado. Sin embargo, quizá movido por el hacha, lanzó un ataque hacia el moribundo, cortándole la cabeza, y cuando el otro imbécil se le acercó gritando con su espada en alto, le dio un golpe lateral que se le metió entre las costillas, y lo hizo caer muerto.
Luego de ese breve combate, Barkoin se arregló sus ropas (incólumes, ya que no había sido siquiera tocado), limpió su hacha, y volvió hacia \"su\" haya. Al no poder conciliar el sueño, encendió su pipa, y comenzó a fumar y pensar. No en sus víctimas, ya que no sentía piedad por ese grupo de infelices: al contrario, sentía que los había liberado de su existencia miserable. Lo molestaba el que ese cerdo supiese quien era, y lo tomase sólo por una bolsa de oro viviente... Había una recompensa por él, y todos los seres del \"Bien\" lo estaban buscando, por traidor y asesino, que es lo que era. El ya había aceptado eso, pero ahora sabía que no había vuelta atrás, que era un enemigo de la Luz, y que sus viejos amigos no descansarían hasta verlo muerto. Las sendas de Barkoin comenzaban a limitarse, así que antes de dormir sabía que su viaje, en realidad, se había alargado.