En los niveles subterráneos de Narmelost estaban las Mazmorras de Nurn, llamadas también, Yaimë Farnë, La Morada del Llanto. Los ojos tardaban en aclimatarse a la oscuridad repentina de las salas subterráneas que conformaban la prisión. La humedad entumecía las articulaciones, y el hedor encogía el estómago cuando se bajaban las largas escaleras de las Mazmorras de Nurn. Una antorcha apenas era capaz de iluminar un pequeño círculo entorno a quien la portaba, tal era la oscuridad. Pronto, la cabeza era inundada por desgarradores alaridos. Los de aquellos infelices que habían sido hechos prisioneros por los Señores de Nurn.
Varios niveles formaban las mazmorras. El primero estaba lleno de celdas, cerradas por infranqueables barrotes de hierro. En ellas, habitaban los despojos de aquellos que habían sido y eran torturados durante largas noches. Siempre colgados de grilletes, encadenados a la pared rocosa. Algunos con vida, los desgraciados. Otros sin ella, los más afortunados. El olor en este nivel era insoportable. No era extraño ver prisioneros jadeantes, de extrema delgadez, colgados de un único brazo. Mientras el otro, se balanceaba en el segundo grillete, sin más vida que la que le daban las hambrientas ratas. Pues eran las ratas las únicas compañeras de los prisioneros de Nurn en sus celdas. Aparte de los montones de huesos, pertenecientes a antiguos inquilinos. No importaba la raza. No importaba el pueblo. Era aquí el único lugar donde todos eran iguales.
El segundo nivel era una gigantesca cámara de torturas. Espeluznantes herramientas y mecanismos, fabricados con el único fin de provocar dolor. Y no era necesario un fin para buscar el dolor. Para los Señores de Nurn, el dolor al enemigo era placer en sí mismo. Era en las rocas de los techos de este nivel, donde resonaban los más desgarradores gritos de desesperación. Donde las súplicas de muerte se elevaban como plegarias. Miembros de todo tipo, seguían encadenados en las diferentes máquinas. Algunos ya descarnados, otros todavía calientes. Todos pertenecientes a víctimas de la tortura, cuando se llegaba más allá del límite. Los orcos deambulaban de aquí para allá, excitados ante la idea de que bajara un nuevo prisionero. Discutiendo si iban a estirarle los brazos en el potro, hasta que se desgarrera la piel. O si, por el contrario, quemarían lentamente sus ojos, dibujando en ellos, con pequeños clavos ardiendo.
El tercer nivel era el nivel prohibido. El calor emanaba de él como si se tratara del mismísimo infierno. Nadie sabía que hay en aquel lugar. Y si alguien lo supo, nunca se atrevió a narrarlo. La escalera principal no llegaba hasta él. Se dice que allí habitaba el Terror de Nurn. Sólo Morgoth sabe de qué criatura o espíritu se trataba. Pero unas pocas veces al año, y sin previo aviso, una oscura y profunda voz hacía temblar los muros de las mazmorras. Sus palabras eran ininteligibles, pero representaban el mal en estado puro. En esos momentos, el miedo hacía huir a los orcos, y los prisioneros emitían quejidos de locura. Y un vapor oscuro ascendía a los niveles superiores, hasta salir por el acceso superior a las mazmorras.
Sólo en este lugar, la muerte era jubilosa. El lugar en el que las pesadillas llegaban antes que el sueño.
[Editado por Indil el 10-10-2004 10:55]
