Perfil Básico

Nombre

Nirnaeth

Fecha de nacimiento:

1900-04-29

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Ficha de Personaje

Nombre del Personaje

Galwë

Raza

Teleri

Lugar de la Tierra Media

Balar

Descripción del Personaje

Elfo que en su égida hacia el oeste, decidió no partir con Olwë al otro lado del mar, y habitó en las bocas del Sirion.

Historia del Personaje

Galwë vivió en las bocas del Sirion tras la partida de Olwë y los Teleri hacia el Oeste. Allí transcurrieron sus días plácidamente hasta el regreso de los Noldor a la Tierra Media. Viajó a Nargothrond a conocer a Finrod Felagund del cual era pariente lejano, por parte de la esposa de Finarfin. Allí fue testigo de la partida de Finrod, y posteriormente, allí recibió noticias de su muerte. Predestinado por su juramento de venganza y su odio a Morgoth, siguió a Gwindor a la batalla del Norte, participando con las fuerzas de Fingon en las Nirnaeth Arnoediad donde fue herido. Salvó su vida por sus conocimietos de plantas medicinales y tras años de vagar escondido de los orcos por Beleriand, regresó a las desembocaduras del Sirion, donde su gente le habían dado por muerto, y lo llamaron Nirnaeth por las lágrimas que provocó entre ellos el relato de la caída de Fingon y Gelmir. Tras la tercera matanza de elfos entre elfos, su amor por la Tierra Media le hizo renunciar por segunda vez a partir hacia el Oeste y permaneció con Círdan hasta el final de la Tercera Edad.

***

Poco se dice de Galwë de Balar, salvo en los relatos al fuego de los leños en Mar Vanwa Tyalieva, y en unos cuantos pergaminos en la biblioteca de Tavrovel que Pengoloth no incluyó en los Anales de Beleriand, por la incertidumbre sobre la autoría de quien los caligrafiara, y la dispersión de su contenido respecto a la corriente de hechos fehacientemente verídicos ocurridos en la Primera Edad.
Fuera lo que fuese, realidad, leyenda o hipérbole construida sobre la mezcla de ambas, algunos estudiosos de Tol Eressëa habían leído lo que aquí se transcribe:

…las luces del crepúsculo apenas recortaban el perfil de los arbustos entre los cuales había descansado en las inmediatas horas diurnas. Debía remprender la marcha en la frescura de las sombras que pronto inundarían la planicie que se tendía a su alrededor. Se llevó la mano al muslo para comprobar, con satisfacción, que el dolor había remitido. Aquel amanecer había podido preparar un vendaje compresivo con los pétalos secos de uilos que recogiera la noche anterior en los lindes occidentales de Britiach. La planta había cumplido su cometido, y la herida, aún abierta, mostraba un tono violáceo pero no supuraba. No conocía su posición exacta, pero creía que la pierna no le impediría acercase al valle del Malduin si se apresuraba a iniciar su marcha nocturna.
Telimektar estaba alta en el cielo meridional, y Nielluin brillaba con fuerza por encima del horizonte. Pronto el cielo azuláceo cedería su preminencia a la esplendor de la creación de Varda. Aquella misma que alumbró sus ojos en el este, en un tiempo en el que los dioses no habían abandonado Endor.
No había tiempo que perder. Cargó el carcaj al hombro, el zurrón a su derecha y cruzó el arco a sus espaldas, no sin antes comprobar que Crisestent, el filo que dos días antes había impedido un segundo y definitivo golpe de cimitarra, estaba bien ceñida al cinto.
– ¡ Glamhoth ! – exclamó. – ¡ Están por todos los sitios !
Ni el frío que empezaba a lacerar y entumecer su rostro, ni la frecuencia con la que los encuentros con tropeles de orcos había devenido preocupante, podían sofocar una fuerza que sentía renacer de su interior. Un estado anímico, casi eufórico, germinaba en el espíritu otrora derrotado, escéptico, desengañado y abatido que había vagado sin rumbo ni propósito, por más de veinte años, en su deambular por la tierras del norte en Hisilome, o por el Oeste de Beleriand. Ni en el largo periodo en el que hizo del margen septentrional del Ginglith su morada, había sentido la más mínima tentación de aproximarse a la cercana Nargothrond. El vacío del fracaso engullía cualquier resto de apego que pudiera aún sentir por sus congéneres, y por la que una vez había sido su ciudad. Ni el regreso de Gwindor, que el aún ignoraba, hubiera disipado las brumas de negra fatalidad que presentía cernirse sobre la maravillosa creación de su malogrado pariente, príncipe de los Noldor.
Pero ahora era diferente. Ese sentido intuitivo había trasmutado a adivinar que las corrientes de agua y la humedad del aire transmitían un tenue mensaje de esperanza, todavía apenas perceptible, pero que como agua de mayo había empapado la sequedad de su fëa, el que convulsionadamente despertaba de su festejo con el anhelo por Mandos, y por fin adoptaba una determinación y un rumbo: Tras alcanzar hacia el este el cauce del Malduin, cruzaría el paso del Teiglin e iría hacia el Sur, iría al encuentro de Cirdan.
De este modo, imbuido de un renovado vigor, avanzó hasta que la planicie mudó en vaguadas y relieves donde la vegetación se hacía más abundante. La herida no le dolía, tal punzante el frío era, que apenas conservaba alguna sensibilidad en sus extremidades. Se detuvo al cobijo de un castaño y comió, como siempre frugalmente, sus frutos caídos por la repentina irrupción anticipada del crudo invierno…

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A partir de aquí, y hasta el final del pergamino, el texto se hace borroso e ininteligible. El estudioso debía localizar en un estante contiguo un cilindro amarillento, desatar y desenrollar una narración que dejaba un paréntesis de velado olvido en el relato precedente.

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…había llegado al extremo de un talud a partir del cual se recortaba un precipicio que caía vertical en el desfiladero del Malduin.
Amanecía.
La noche siguiente seguiría el fluir de la corriente hacia el sur, pero ahora debía encontrar un refugio para dormir. Sabía de una cornisa de formación calcárea que escondía un grupúsculo de grutas. Cualquiera de ellas sería el mejor albergue que pudiera encontrar. Quedaban más al norte, a una media hora de marcha, por un sendero que nacía allí donde la pendiente del acantilado se hacía más suave, y serpenteaba hacia la orilla del río. Debería recorrer unas setenta yardas por la misma orilla hasta el sendero ascendente que, debajo de un promontorio de roca caliza, escondía el abrigo donde podría descansar.
En un recodo del camino, el lecho del río se hizo visible, y para su perplejidad descubrió que todo él estaba recubierto de una negra escarcha. Sin embargo, su mayor sorpresa fue la de divisar una figura sentada a la orilla. Aquello disparó los resortes propios del guerrero que era, aguzando sus sentidos, aumentando su pulso y su concentración, y asegurando el máximo sigilo con el que remprendería su marcha. Sabía que solo tenía dos opciones: matar, o sortear aquella presencia. Descendió el último tramo de sendero, y avanzó con precaución hacia aquella figura, pero con la intención de superar su posición a su espalda, y continuar su camino. No obstante, habiendo llegado a su altura, a unas quince yardas a su espalda, una oleada de odio le hizo cambiar de opinión. Distinguió claramente su piel nívea y sus cabellos dorados. El sol del amanecer arrancaba destellos refulgentes de su plateada cota de malla.
Era un guerrero. Era un Hombre.
La amargura de sus recuerdos le condujo a armar su arco. Recordó la muerte de Gelmir, la de Fingon, y la de tantos otros, pero sobretodo, pensó en Uldor, en Ulfang, y en la traición de los Hombres que condujo a la derrota devastadora y al Año de la Lamentación. Revivió la desdicha que le sumiera en un estado semicatatónico y a años de errar sin ningún propósito y aliento; odiando y rehuyendo su propia compañía que le resultaba insoportable. El odio ciego y un oscuro rencor tensaba su antebrazo izquierdo, mientras su trapecio derecho acercaba la cuerda hasta la comisura de sus labios. La precisión de un elfo con el arco era proverbial, y Galwë hacía honor a la fama de los Quendi. La flecha inevitablemente estaba a punto de atravesar aquel blanco cuello desprotegido, mas cuando sus dos dedos iban a liberar la cuerda tensa, una leve brisa se levantó del oeste. Extrañamente apreció en ella un no sé qué de imperativo y de majestuoso. Volvió a captar en el olor a salitre el mismo tenue mensaje de esperanza de unas horas antes. Se le pasó por la cabeza que quizá no todos los dioses habían abandonado a su suerte la Tierra Media. De pronto, un ligero movimiento al lado de aquel hombre de rubia cabellera le sacó de su ensimismamiento. Debajo de su capa gris dormitaba tumbado un elfo. ¡Un elfo viajaba con el Edain ! La presencia del elfo y aquel olor en el aire que evocaba la música de las flautas de los Solosimpi acabó por apiadarse de si mismo y de aquellos viajeros, por lo que quedamente se alejó escabulléndose por entre los matorrales próximos a la pared rocosa.
En ese momento, no supo que el destino determinaría un nuevo encuentro con este hombre. Con él, y con su hijo medio-elfo que encarnaría la nueva esperanza para los de su estirpe y acabaría completando la obra de Varda, en aquel firmamento que tanto amaba.

Eärendil Elenion Ancalima!