A continuación podéis leer lo que ocurrió el 7 de marzo en la Tierra Media creada por John Ronald Reuel Tolkien.

Seguimos con nuestra sección ‘Hoy en la Tierra Media’ con una jornada en la que tres viajeros vieron a una legendaria bestia de las lejanas tierras del sur, en la que también fueros apresados por una compañía de montaraces y llevados hasta su refugio secreto, y en la que una compañía llegó a un valle sagrado. Nos gustaría recordar, para evitar malentendidos y confusiones, que todas las fechas de esta sección se corresponden con el Calendario de la Comarca o con otros calendarios de la Tierra Media (como el Cómputo del Rey o el Cómputo de los Senescales) y no con el calendario gregoriano (ver nota), y que todas ella proceden de libros y textos de J.R.R. Tolkien como ‘El Hobbit‘, ‘El Señor de los Anillos‘ (incluidos los Apéndices), los ‘Cuentos inconclusos‘ y los Manuscritos Marquette, y de otros libros de estudiosos de la obra de Tolkien como el ‘Atlas de la Tierra Media‘ de Karen Wynn Fonstad, ‘El Señor de los Anillos: Guía de lectura‘ de Wayne G. Hammond y Christina Scull, y ‘The History of The Hobbit‘ de John D. Rateliff.

Unos eventos que nos gusta acompañar con pasajes de los libros de Tolkien y con distintas ilustraciones y dibujos, aunque no en todas las ocasiones encontramos imágenes que representen los momentos de los que hablamos o que sean completamente fieles a las descripciones del Profesor.

Esto fue lo que pasó en la Tierra Media el 7 de marzo, o el 7 de Rethe según el Calendario de la Comarca.

 

Año 3019 de la Tercera Edad del Sol:

* Gollum caza unos conejos y Sam los guisa.

* Frodo y Sam son capturados por Faramir. Sam es testigo de la emboscada a una tropa de Haradrim y ve un Olifante.

* Faramir interroga a Frodo y Sam y les da la noticia de la muerte de Boromir.

* Faramir conduce a Frodo y Sam hasta Henneth Annûn, y durante el trayecto continúa hablando con Frodo en voz baja.

* Tras cenar, Faramir, Frodo y Sam continúan conversando.

* En un descuido, Sam le habla a Faramir del Anillo, y éste se ofrece a ayudar a Frodo en su misión.

* La Compañía Gris llega a Edoras por la tarde, y tras un breve descanso se dirigen hacia El Sagrario, donde son recibidos por Éowyn. Aragorn le cuenta a Éowyn todo lo sucedido desde que partieron de Edoras. Éowyn pide a Aragorn que la lleve con ella.

 

(Pinchad en las imágenes para verlas a mayor resolución)

(Frodo y Sam en Ithilien, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“Las primeras luces del día se filtraban apenas a través de las sombras, bajo los árboles, pero Sam veía claramente el rostro de su amo, y también las manos en reposo, apoyadas en el suelo a ambos lados del cuerpo. De pronto le volvió a la mente la imagen de Frodo, acostado y dormido en la casa de Elrond, después de la terrible herida. En ese entonces, mientras lo velaba, Sam había observado que por momentos una luz muy tenue parecía iluminarlo. En ese entonces, mientras lo velaba, Sam había observado que por momentos una luz muy tenue parecía iluminarlo interiormente; ahora la luz brillaba, más clara y más poderosa. El semblante de Frodo era apacible, las huellas del miedo y la inquietud se habían desvanecido, y sin embargo recordaba el rostro de un anciano, un rostro viejo y hermoso, como si el cincel de los años revelase ahora toda una red de finísimas arrugas que antes estuvieran ocultas, aunque sin alterar la fisonomía. Sam Gamyi, claro está, no expresaba de esa manera sus pensamientos. Sacudió la cabeza, como si descubriera que las palabras eran inútiles y luego murmuró:

—Lo quiero mucho. Él es así, y a veces, por alguna razón, la luz se transparenta. Pero se transparente o no, yo lo quiero.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 4: Hierbas aromáticas y guiso de conejo).

 

(Sam cocina el guiso de conejo, según el artista canadiense John Howe)

“Frodo bostezó y se desperezó.

—Tendrías que haber descansado, Sam —dijo—. Y encender un fuego en este paraje era peligroso. Pero la verdad es que tengo hambre. ¡Hmm! ¿Lo huelo desde aquí? ¿Qué has cocinado?

—Un regalo de Sméagol —dijo Sam—: un par de conejos jóvenes; aunque sospecho que ahora Gollum se ha arrepentido. Pero no hay nada con qué acompañarlos excepto algunas hierbas.

Sentados en el borde del helechal, Sam y Frodo comieron el guiso directamente de las cazuelas, compartiendo el viejo tenedor y la cuchara. Se permitieron tomar cada uno medio trozo del pan de viaje de los Elfos. Parecía un festín..

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 4: Hierbas aromáticas y guiso de conejo).

 

(Faramir captura a Frodo y Sam, según los hermanos Greg y Tim Hildebrandt)

“—No hemos encontrado lo que buscábamos —dijo uno de ellos—. Pero, ¿qué hemos encontrado?

—Orcos no son —dijo otro, soltando la empuñadura de la espada, a la que había echado mano al ver el centelleo de Dardo en la mano de Frodo.

—¿Elfos? —dijo un tercero, poco convencido.

—¡No! No son Elfos —dijo el cuarto, el más alto de todos y al parecer el jefe—. Los Elfos no se pasean por Ithilien en estos tiempos. Y los Elfos son maravillosamente hermosos, o por lo menos eso se dice.

—Lo que significa que nosotros no lo somos, supongo —dijo Sam—. Muchas, muchas gracias. Y cuando hayáis terminado de discutir acerca de nosotros, tal vez queráis decirnos quiénes sois vosotros, y por que no dejáis descansar a dos viajeros fatigados.

El más alto de los hombres verdes rió sombríamente.

—Yo soy Faramir, Capitán de Gondor —dijo—. Mas no hay viajeros en esta región: sólo los servidores de la Torre Oscura o de la Blanca.

—Pero nosotros no somos ni una cosa ni otra —dijo Frodo—. Y viajeros somos, diga lo que diga el Capitán Faramir.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 4: Hierbas aromáticas y guiso de conejo).

 

(Damrod, según el artista español Joshua Cairós)

“—Hay casi diez leguas desde aquí a la costa oriental del Anduin —dijo Mablung— y rara vez llegamos tan lejos en nuestras expediciones: hemos venido a tender una emboscada a los Hombres de Harad. ¡Malditos sean!

—Sí, ¡malditos Sureños! —dijo Damrod—. Se dice que antiguamente hubo tratos entre Gondor y los Reinos de Harad en el Lejano Sur; pero nunca una amistad. En aquellos días nuestras fronteras estaban al sur más allá de las bocas de Anduin, y Umbar, el más cercano de sus reinos, reconocía nuestro imperio. Pero eso ocurrió tiempo atrás. Muchas vidas de Hombres se han sucedido desde que dejamos de visitarnos. Y ahora, recientemente, hemos sabido que el Enemigo ha estado entre ellos y que se han sometido o han vuelto a Él (siempre estuvieron prontos a obedecer), como lo hicieron tantos otros en el Este. No hay duda de que los días de Gondor están contados, tal es la fuerza y la malicia que hay en Él.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 4: Hierbas aromáticas y guiso de conejo).

 

(Faramir, según el artista estadounidense Jason Cheeseman-Meyer)

“Una espesa lluvia de flechas surcaba el aire. De pronto, un hombre se precipitó justo por encima del borde de la loma que les servía de reparo, y se hundió a través del frágil ramaje de los arbustos, casi sobre ellos. Cayó de bruces en el helechal, a pocos pies de distancia; unos penachos verdes le sobresalían del cuello por debajo de la gola de oro. Tenía la túnica escarlata hecha jirones, la loriga de bronce rajada y deformada, las trenzas negras recamadas de oro empapadas de sangre. La mano morena aprisionaba aún la empuñadura de una espada rota.

Era la primera vez que Sam veía una batalla de Hombres contra Hombres, y no le gustó nada. Se alegró de no verle la cara al muerto. Se preguntó cómo se llamaría el hombre y de dónde vendría; y si sería realmente malo de corazón, o qué amenazas lo habrían arrastrado a esta larga marcha tan lejos de su tierra, y si no hubiera preferido en verdad quedarse allí en paz…”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 4: Hierbas aromáticas y guiso de conejo).

 

(Olifante en Ithilien, según el artista inglés Alan Lee)

“Asombrado y aterrorizado, pero con una felicidad que nunca olvidaría, Sam vio una mole enorme que irrumpía por entré los árboles y se precipitaba como una tromba pendiente abajo. Grande como una casa, mucho más grande que una casa le pareció, una montaña gris en movimiento. El miedo y el asombro quizá la agrandaban a los ojos del hobbit, pero el Mûmak de Harad era en verdad una bestia de vastas proporciones, y ninguna que se le parezca se pasea en estos tiempos por la Tierra Media; y los congéneres que viven hoy no son más que una sombra de aquella corpulencia y aquella majestad. Y venía, corría en línea recta hacia los aterrorizados espectadores, y de pronto, justo a tiempo, se desvió, y pasó a pocos metros, estremeciendo la tierra: las patas grandes como árboles, las orejas enormes tendidas como velas, la larga trompa erguida como una serpiente lista para atacar, furibundos los ojillos rojos. Los colmillos retorcidos como cuernos estaban envueltos en bandas de oro y goteaban sangre. Los arreos de púrpura y oro le flotaban alrededor del cuerpo en desordenados andrajos. Sobre la grupa bamboleante llevaba las ruinas de lo que parecía ser una verdadera torre de guerra, destrozada en furiosa carrera a través de los bosques; y en lo alto, aferrado aún desesperadamente al pescuezo de la bestia, una figura diminuta, el cuerpo de un poderoso guerrero, un gigante entre los Endrinos.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 4: Hierbas aromáticas y guiso de conejo).

 

(Barca funeraria de Boromir, según el artista finés Samuli Lautjärvi)

“—Boromir fue un valiente miembro de nuestra Compañía —dijo Frodo al cabo—. Sí, yo por mi parte era amigo de Boromir.

Faramir sonrió con ironía.

—¿Te entristecería entonces enterarte de que Boromir ha muerto?

—Me entristecería por cierto —dijo Frodo. Luego, reparando en la expresión de los ojos de Faramir, se turbó—. ¿Muerto? —preguntó—. ¿Quieres decirme que está muerto y que tú lo sabías? ¿Has pretendido enredarme en mis propias palabras, jugar conmigo? ¿O es que me mientes para tenderme una trampa?

—No le mentiría ni siquiera a un orco.

—¿Cómo murió, entonces, y cómo sabes tú que murió? Puesto que dices que ninguno de la Compañía había llegado a la Ciudad cuando partiste.

—En cuanto a las circunstancias de su muerte, esperaba que su amigo y compañero me las revelase.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(Faramir y Frodo, según la artista polaca Katarzyna Chmiel-Gugulska)

“‘Mas, sea lo que fuere lo que haya sucedido en la Frontera del Norte, de ti, Frodo, no dudo más. Si días crueles me han inclinado a erigirme de algún modo en juez de las palabras y los rostros de los Hombres, puedo ahora aventurar una opinión sobre los Medianos. Sin embargo —y sonrió al decir esto—, noto algo extraño en ti, Frodo, un aire élfico, tal vez. Pero en las palabras que hemos cambiado hay mucho más de lo que yo pensé al principio. He de llevarte ahora a Minas Tirith para que respondas a Denethor, y en justicia pagaré con mi vida si la elección que ahora hiciera fuese nefasta para mi ciudad. No decidiré, pues, precipitadamente lo que he de hacer. Sin embargo, saldremos de aquí sin más demora.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(Faramir en Ithilien, según el artista estadounidense Donato Giancola)

“—Si interrumpí nuestra conversación —dijo Faramir— no fue sólo porque el tiempo apremiaba, como me recordó Maese Samsagaz, sino también porque tocábamos asuntos que era mejor no discutir abiertamente delante de muchos hombres. Por esa razón preferí volver al tema de mi hermano y dejar para otro momento el Daño de Isildur. No has sido del todo franco conmigo, Frodo.

—No te dije ninguna mentira, y de la verdad, te he dicho cuanto podía decirte —replicó Frodo.

—No te estoy acusando —dijo Faramir—. Hablaste con habilidad, en una contingencia difícil, y con sabiduría, me pareció. Pero supe por ti, o adiviné, más de lo que decían tus palabras. No estabas en buenos términos con Boromir, o no os separasteis como amigos. Tú, y también Maese Samsagaz, guardáis, lo adivino, algún resentimiento. Yo lo amaba, sí, entrañablemente, y vengaría su muerte con alegría, pero lo conocía bien. El Daño de Isildur… me aventuro a decir que el Daño de Isildur se interpuso entre vosotros y fue motivo de discordias. Parece ser, a todas luces, un legado de importancia extraordinaria, y esas cosas no ayudan a la paz entre los confederados, si hemos de dar crédito a lo que cuentan las leyendas. ¿No me estoy acercando al blanco?

—Cerca estás —dijo Frodo—, mas no en el blanco mismo. No hubo discordias en nuestra Compañía, aunque sí dudas; dudas acerca de qué rumbo habríamos de tomar luego de Emyn Muil. Sea como fuere, las antiguas leyendas también advierten sobre el peligro de las palabras temerarias, cuando se trata de cuestiones tales como… herencias.

—Ah, entonces era lo que yo pensaba: tu desavenencia fue sólo con Boromir. Él deseaba que el objeto fuese llevado a Minas Tirith. ¡Ay! Un destino injusto que sella los labios de quien lo viera por última vez me impide enterarme de lo que tanto quisiera saber: lo que guardaba en el corazón y el pensamiento en sus últimas horas. Que haya o no cometido un error, de algo estoy seguro: murió con ventura, cumpliendo una noble misión. Tenía el rostro más hermoso aún que en vida.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(Gandalf y el Balrog en el Puente de Khazad-dûm, según un artista ruso conocido como KageRott)

“—¡Gandalf! —dijo Frodo—. Me imaginé que era Gandalf el Gris, el más amado de nuestros consejeros. Guía de nuestra Compañía. Lo perdimos en Moria.

—¡Mithrandir perdido! —dijo Faramir—. Se diría que un destino funesto se ha encarnizado con vuestra comunidad. Es en verdad difícil de creer que alguien de tan alta sabiduría y tanto poder, pues muchos prodigios obró entre nosotros, pudiera perecer de pronto, que tanto saber fuera arrebatado al mundo. ¿Estás seguro? ¿No habrá partido simplemente en uno de sus misteriosos viajes?

—¡Ay! sí —dijo Frodo—. Yo lo vi caer en el abismo.

—Veo que detrás de todo esto se oculta una historia larga y terrible —dijo Faramir— que tal vez podrás contarme en la velada.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(Faramir conduce a Frodo y Sam hacia Henneth Annûn, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“—Aquí, lamentablemente, cometeré con vosotros una descortesía —dijo Faramir—. Espero que sabréis perdonarla en quien hasta ahora ha desechado órdenes en favor de buenos modales a fin de no mataros ni amarraros con cuerdas. Pero un mandamiento riguroso exige que ningún extranjero, aun cuando fuese uno de Rohan que luche en nuestras filas, ha de ver el camino por el que ahora avanzamos con los ojos abiertos. Tendré que vendaros.

—Como gustes —dijo Frodo—. Hasta los Elfos lo hacen cuando les parece necesario, y con los ojos vendados cruzamos las fronteras de la hermosa Lothlórien. Gimli el Enano lo tomó a mal, pero los hobbits lo soportaron.

—El lugar al que os conduciré no es tan hermoso —dijo Faramir—. Pero me alegra que lo aceptéis de buen grado y no por la fuerza.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(Faramir, Frodo y Sam en Henneth Annûn, según el artista canadiense Ted Nasmith)

“Se encontraban en un mojado pavimento de piedra pulida, el umbral, por así decir, de una puerta de roca toscamente tallada que se abría, negra, detrás de ellos. Enfrente caía una delgada cortina de agua, tan próxima que Frodo, con el brazo extendido, hubiera podido tocarla. Miraba al oeste. Del otro lado del velo se retractaban los rayos horizontales del sol poniente, y la luz purpúrea se quebraba en llamaradas de colores siempre cambiantes. Les parecía estar junto a la ventana de una extraña torre élfica, velada por una cortina recamada con hilos de plata y de oro, y de rubíes, zafiros, y amatistas, todo en un fuego que nunca se consumía.

—Al menos hemos tenido la suerte de llegar a la mejor hora para recompensar vuestra paciencia —dijo Faramir—. Ésta es la Ventana del Sol Poniente, Henneth Annûn, la más hermosa de todas las cascadas de Ithilien, tierra de muchos manantiales. Pocos son los extranjeros que la han contemplado. Mas no hay dentro una cámara real digna de tanta belleza. ¡Entrad ahora y ved!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(Faramir, según la artista polaca Katarzyna Chmiel-Gugulska)

“Condujeron a los hobbits a los asientos junto a Faramir: barriles recubiertos de pieles y más altos que los bancos de los Hombres para que estuvieran cómodos. Antes de sentarse a comer, Faramir y todos sus hombres se volvieron de cara al oeste, y así permanecieron un momento, en profundo silencio. Faramir les indicó a Frodo y a Sam que hicieran lo mismo.

—Siempre lo hacemos —explicó Faramir cuando por fin se sentaron—; volvemos la mirada hacia Númenor, la Númenor que fue, y más allá de Númenor hacia el Hogar de los Elfos que todavía es, y más lejos todavía hacia lo que es y siempre será. ¿No hay entre vosotros una costumbre semejante a la hora de las comidas?

—No —respondió Frodo, sintiéndose extrañamente rústico y sin educación—. Pero si hemos sido invitados, saludamos a nuestro anfitrión con una reverencia, y luego de haber comido nos levantamos y le damos las gracias.

—También nosotros lo hacemos —dijo Faramir.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(El Sagrario, según el artista inglés Alan Lee)

“Y mientras Théoden iba por caminos lentos a través de las colinas, la Compañía Gris cruzaba veloz la llanura, llegando a Edoras en la tarde del día siguiente. Descansaron un momento antes de atravesar el valle, y entraron en El Sagrario al caer de la noche.

La Dama Éowyn los recibió con alegría, pues nunca había visto hombres más fuertes que los Dúnedain y los hermosos hijos de Elrond; pero ella miraba a Aragorn más que a ningún otro. Y cuando se sentaron a la mesa de la cena, hablaron largamente, y Éowyn se enteró de lo que había pasado desde la partida de Théoden, de quien no había tenido más que noticias breves y escuetas; y cuando le narraron la batalla del Abismo de Helm, y las bajas sufridas por el enemigo, y la acometida de Théoden y sus jinetes, le brillaron los ojos.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 2: El paso de la Compañía Gris).

 

(Frodo, según Dagmar Jung)

“—Quizá hubiera sido mejor que Boromir hubiese caído allí con Mithrandir —dijo Faramir—, en vez de ir hacia el destino que lo esperaba más allá de las cascadas del Rauros.

—Quizá. Pero háblame ahora de vuestras vicisitudes —dijo Frodo eludiendo una vez más el tema—. Pues me gustaría conocer mejor la historia de Minas Ithil y de Osgiliath, y de Minas Tirith la perdurable. ¿Qué esperanzas albergáis para esa ciudad en esta larga guerra?

—¿Qué esperanzas? —dijo Faramir—. Tiempo ha que hemos abandonado toda esperanza. La espada de Elendil, si es que vuelve en verdad, podrá reavivarlas, pero no conseguirá otra cosa, creo, que aplazar el día fatídico, a menos que recibiéramos también nosotros ayuda inesperada, de los Elfos o de los Hombres. Pues el Enemigo crece y nosotros decrecemos. Somos un pueblo en decadencia, un otoño sin primavera.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(Éowyn, defensora de Rohan, según el artista estadounidense Donato Giancola)

“—¿Siempre seré yo la elegida? —replicó ella amargamente—. ¿Siempre tendré yo que quedarme en casa cuando los Jinetes parten, dedicada a pequeños menesteres mientras ellos conquistan la gloria, para que al regresar encuentren lecho y alimento?

— Quizá no esté lejano el día en que nadie regrese —dijo Aragorn—. Entonces ese valor sin gloria será muy necesario, pues ya nadie recordará las hazañas de los últimos defensores. Las hazañas no son menos valerosas porque nadie las alabe.

Y ella respondió: —Todas vuestras palabras significan una sola cosa: Eres una mujer, y tu misión está en el hogar. Sin embargo, cuando los hombres hayan muerto con honor en la batalla, se te permitirá quemar la casa e inmolarte con ella, puesto que ya no la necesitarán. Pero soy de la Casa de Eorl, no una mujer de servicio. Sé montar a caballo y esgrimir una espada y no temo el sufrimiento ni la muerte.

—¿A qué teméis, señora? —le preguntó Aragorn.

—A una jaula. A vivir encerrada detrás de los barrotes, hasta que la costumbre y la vejez acepten el cautiverio, y la posibilidad y aun el deseo de llevar a cabo grandes hazañas se hayan perdido para siempre.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 2: El paso de la Compañía Gris).

 

(Faramir, Frodo y Sam en Henneth Annun, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“—Así parece —dijo Faramir, lentamente y con una voz muy dulce y una extraña sonrisa—. ¡Así que ésta era la respuesta de todos los enigmas! El Anillo Único que se creía desaparecido del mundo. ¿Y Boromir intentó apoderarse de él por la fuerza? ¿Y vosotros escapasteis? ¿Y habéis corrido tanto camino… para llegar a mí? Y aquí os tengo, en estas soledades: dos Medianos, y una hueste de hombres a mi servicio, y el Anillo de los Anillos. ¡Un golpe de suerte! Una buena oportunidad para Faramir de Gondor de mostrar su nobleza. ¡Ah! —Se incorporó muy erguido, muy alto y grave, los ojos grises centelleando.

Frodo y Sam saltaron de sus taburetes y se pusieron lado a lado de espaldas al muro, buscando a tientas la empuñadura de las espadas. Hubo un silencio. Todos los hombres reunidos en la caverna dejaron de hablar y los miraron con asombro. Pero Faramir volvió a sentarse y se echó a reír quedamente, y luego, de pronto pareció grave otra vez.

—¡Ay desdichado Boromir! ¡Fue una prueba demasiado dura! —dijo—. Cuánto habéis acrecentado mi tristeza, vosotros dos, ¡extraños peregrinos de un país lejano, portadores del peligro de los Hombres! Pero juzgáis peor a los Hombres que yo a los Medianos. Nosotros, los Hombres de Gondor, decimos siempre la verdad. Nos jactamos rara vez pero entonces actuamos o morimos intentándolo. ‘No lo recogería ni si lo viese tirado a la orilla del camino’, dije. Aunque fuese hombre capaz de codiciar ese objeto, aunque cuando lo dije no sabía qué era, de todos modos consideraría esas palabras como un juramento, y a ellas me atengo.

‘Mas no soy ese hombre. O soy quizá bastante prudente para saber que el hombre ha de evitar ciertos peligros. ¡Descansad en paz! Y tú, Samsagaz, tranquilízate. Si crees haber flaqueado, piensa que estaba escrito que así habría de ser. Tu corazón es tan perspicaz como fiel, y él vio más claro que tus ojos. Por extraño que pueda parecer, no hay peligro alguno en que me lo hayas dicho. Hasta podría ayudar al amo a quien tanto quieres. Puede ser favorable para él, si está a mi alcance. Tranquilízate entonces. Pero nunca más vuelvas a nombrar esa cosa en voz alta. ¡Basta una vez!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

(*) Nota importante: Aunque el Calendario de la Comarca no coincide con el calendario Gregoriano (hay una diferencia de 10 u 11 días entre uno y otro dependiendo del día en el que se celebre el solsticio de verano), hemos decidido publicar los acontecimientos según su fecha original y no adaptar las fechas a nuestro calendario (de hacerlo, el 25 de marzo del Calendario de la Comarca sería nuestro 14 ó 15 de marzo). Nos parece lo más lógico no solo para evitar confusiones sino para mantener la coherencia con el hecho de celebrar el Día Internacional de Leer a Tolkien el 25 de marzo (fecha en la que se derrotó a Sauron) y el Día Hobbit el 22 de septiembre (fecha de los cumpleaños de Bilbo y Frodo).

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