¿Qué sucedió el 2 de marzo en la Tierra Media creada por J.R.R. Tolkien? ¡Lo podéis descubrir o volver a emocionaros con la obra del Profesor a continuación!

Seguimos con nuestra sección ‘Hoy en la Tierra Media’ con una jornada en la que unos viajeros sintieron un gran terror cuando vieron a uno de los siervos más mortales del Enemigo, en la que cuatro compañeros llegaron a la morada de un rey para ayudar a defender su país, en la que se libró una nueva batalla para ganar el control de unos importantes vados, y en la que unas poderosas y antiguas criaturas marcharon hacia la guerra. Queremos recordar que todas las fechas de esta sección se corresponden únicamente con el Calendario de la Comarca o con otros calendarios de la Tierra Media (como el Cómputo del Rey o el Cómputo de los Senescales) y no con el calendario gregoriano (ver nota), y que todas ellas proceden de ‘El Hobbit‘, ‘El Señor de los Anillos‘ (incluidos los Apéndices), los ‘Cuentos inconclusos‘ y los Manuscritos Marquette de J.R.R. Tolkien, y de otros libros de estudiosos tolkiendil como el ‘Atlas de la Tierra Media‘ de Karen Wynn Fonstad, ‘El Señor de los Anillos. Guía de lectura‘ de Wayne G. Hammond y Christina Scull, y ‘The History of The Hobbit‘ de John D. Rateliff.

Como es habitual, acompañamos estos eventos con citas y pasajes de los libros de Tolkien y con distintas ilustraciones y dibujos, aunque no siempre encontramos imágenes que representen fielmente la obra del Profesor.

Esto fue lo que pasó en la Tierra Media el 2 de marzo, o el 2 de Rethe según el Calendario de la Comarca.

 

Año 3019 de la Tercera Edad del Sol:

* A medianoche un Nazgûl alado sobrevuela las Ciénagas de los Muertos. Frodo, Sam y Gollum llegan al final de las ciénagas.

* Gandalf, Aragorn, Legolas y Gimli llegan a Edoras.

* Gandalf ‘despierta’ a Théoden, quien libera a Éomer y deja partir a Lengua de Serpiente.

* Los Rohirrim cabalgan hacia el oeste para hacer frente a las huestes de Saruman.

* Éowyn se queda al cuidado del pueblo de Edoras, que se refugia en El Sagrario.

* Finaliza la Cámara de los Ents, y los Ents, Merry y Pippin se dirigen a Isengard, adonde llegan esa noche.

* Merry, Pippin y los Ents ven cómo las huestes de Saruman parten de Isengard hacia la guerra.

* Se libra la Segunda Batalla de los Vados del Isen.

* Las fuerzas de Rohan que Erkenbrand había dejado al mando de Grimbold y Elfhelm son derrotadas por el ejército de Saruman.

 

(Pinchad en las imágenes para verlas a mayor resolución)

(Nazgûl alado, según el artista polaco Darek Zabrocki)

“Se arrojaron al suelo de bruces, y se arrastraron, insensibles a la tierra fría. Mas la sombra nefasta giró en el aire y retornó, y esta vez voló más bajo, muy cerca del suelo, sacudiendo las alas horrendas y agitando los vapores fétidos de la ciénaga. Y entonces desapareció: en las alas de la ira de Sauron voló rumbo al oeste; y tras él, rugiendo, partió también el viento huracanado dejando desnudas y desoladas las Ciénagas de los Muertos. Hasta donde alcanzaba la vista, hasta la distante amenaza de las montañas, sólo la luz intermitente de la luna punteaba el páramo inmenso.

Frodo y Sam se levantaron, frotándose los ojos, como niños que despiertan de un mal sueño, y encuentran que la noche amiga tiende aún un manto sobre el mundo. Pero Gollum yacía en el suelo, como desmayado. No les fue fácil reanimarlo; durante un rato se negó a alzar el rostro, y permaneció obstinadamente de rodillas, los codos apoyados en el suelo protegiéndose la parte posterior de la cabeza con las manos grandes y chatas.

—¡Espectros! —gimoteaba—. ¡Espectros con alas! Son los siervos del Tesoro. Lo ven todo, todo. ¡Nada puede ocultárseles! ¡Maldita Cara Blanca! ¡Y le dicen todo a Él! Él ve, Él sabe. ¡Aj, gollum, gollum, gollum! —Sólo cuando la luna se puso a lo lejos, más allá del Tol Brandir, consintió en levantarse y reanudar la marcha.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 2: A través de las ciénagas).

 

(Aragorn, Gandalf, Gimli y Legolas llegan a Edoras, según el artista estadounidense Jef Murray)

“—¡Habla, Legolas! —dijo Gandalf—. ¡Dinos lo que ves delante nosotros!

Legolas miró adelante, protegiéndose los ojos de los rayos horizontales del sol que acababa de asomar.

—Veo una corriente blanca que baja de las nieves —dijo—. En el sitio en que sale de la sombra del valle, una colina verde se alza al este. Un foso, una muralla maciza y una cerca espinosa rodean la colina. Dentro asoman los techos de las casas; y en medio, sobre una terraza verde, se levanta un castillo de Hombres. Y me parece ver que está recubierto de oro. La luz del castillo brilla lejos sobre las tierras de alrededor. Dorados son también los montantes de las puertas. Allí hay unos hombres de pie, con mallas relucientes; pero todos los otros duermen aún en las moradas.

—Esas moradas se llaman Edoras —dijo Gandalf—, y el castillo dorado es Meduseld. Allí vive Théoden hijo de Thengel, Rey de la Marca de Rohan. Hemos llegado junto con el sol. Ahora el camino se extiende claramente ante nosotros. Pero tenemos que ser más prudentes, pues se ha declarado la guerra, y los Rohirrim, los Señores de los Caballos, no descansan, aunque así parezca desde lejos. No echéis mano a las armas, no pronunciéis palabras altaneras, os lo aconsejo a todos, hasta que lleguemos ante el sitial de Théoden.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Frodo, Sam y Gollum contemplan Mordor, según Jacek Kopalski)

“Cuando despuntó por fin el día, los hobbits se sorprendieron al ver cuánto más próximas estaban ya las montañas infaustas. El aire era ahora más límpido y fresco, y aunque todavía lejanos, los muros de Mordor no parecían ya una amenaza nebulosa en el horizonte, sino unas torres negras y siniestras que se erguían del otro lado de un desierto tenebroso. Las tierras pantanosas terminaban transformándose paulatinamente en turberas muertas y grandes placas de barro seco y resquebrajado. Ante ellos el terreno se elevaba en largas cuchillas, desnudas y despiadadas, hacia el desierto que se extendía a las puertas de Sauron.

Mientras duró la luz grísea del alba, se agazaparon encogiéndose como gusanos debajo de una piedra negra, temiendo que el terror alado pasara nuevamente y los ojos crueles alcanzaran a verlos. Del resto de aquel día no les quedó en la memoria más que una sombra creciente de miedo.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 2: A través de las ciénagas).

 

(Rohirrim, según el artista italiano Antonio Vinci)

“—Yo soy el Ujier de Armas de Théoden —dijo—. Me llamo Háma. He de pediros que dejéis aquí vuestras armas antes de entrar.

Legolas le entregó el puñal de empuñadura de plata, el arco y el carcaj.

—Guárdalos bien —le dijo—, pues provienen del Bosque de Oro, y me los ha regalado la Dama de Lothlórien.

El guarda lo miró asombrado; rápidamente dejó las armas contra el muro, como temeroso.

—Nadie las tocará, te lo prometo —dijo.

Aragorn titubeó un momento.

—No deseo desprenderme de mi espada —dijo—, ni confiar Andúril a las manos de algún otro hombre.

—Es la voluntad de Théoden —dijo Háma.

—No veo por qué la voluntad de Théoden hijo de Thengel, por más que sea el Señor de la Marca, ha de prevalecer sobre la de Aragorn hijo de Arathorn, heredero de Elendil, Señor de Gondor.

—Ésta es la casa de Théoden, no la de Aragorn, aunque sea Rey de Gondor y ocupe el trono de Denethor —dijo Háma, corriendo con presteza hasta las puertas para cerrarle el paso. Ahora esgrimía la espada, y apuntaba con ella a los viajeros.

—Todo esto son palabras ociosas —dijo Gandalf—. Vana es la exigencia de Théoden, pero también lo es que rehusemos. Un rey es dueño de hacer lo que le plazca en su propio castillo, así sea una locura.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Gandalf, Aragorn, Gimli y Legolas llegan a Meduseld, según Joan Wyatt)

“Los guardas levantaron entonces las pesadas trancas y lentamente empujaron las puertas, que giraron gruñendo sobre los grandes goznes. Los viajeros entraron. El recinto parecía oscuro y caluroso, luego del aire claro de la colina. Era una habitación larga y ancha, poblada de sombras y medias luces; unos pilares poderosos sostenían una bóveda elevada. Aquí y allá los brillantes rayos del sol caían en haces titilantes desde las ventanas del este bajo los profundos saledizos. Por la lumbrera del techo, más allá de las ligeras volutas de humo, se veía el cielo, pálido y azul. Cuando los ojos de los viajeros se acostumbraron a la oscuridad, observaron que el suelo era de grandes losas multicolores y que en él se entrelazaban unas runas ramificadas y unos extraños emblemas. Veían ahora que los pilares estaban profusamente tallados, y que el oro y unos colores apenas visibles brillaban débilmente en la penumbra. De las paredes colgaban numerosos tapices, y entre uno y otro desfilaban figuras de antiguas leyendas, algunas empalidecidas por los años, otras ocultas en las sombras.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Théoden y Éowyn, según el artista italiano Angelo Montanini)

“Los cuatro camaradas avanzaron hasta más allá del centro de la sala donde en el gran hogar chisporroteaba un fuego de leña. Entonces se detuvieron. En el extremo opuesto de la sala, frente a las puertas y mirando al norte, había un estrado de tres escalones, y en el centro del estrado se alzaba un trono de oro. En él estaba sentado un hombre, tan encorvado por el peso de los años que casi parecía un enano; los cabellos blancos, largos y espesos, le caían en grandes trenzas por debajo de la fina corona dorada que llevaba sobre la frente. En el centro de la corona, centelleaba un diamante blanco. La barba le caía como nieve sobre las rodillas; pero un fulgor intenso le iluminaba los ojos, que relampaguearon cuando miró a los desconocidos. Detrás del trono, de pie, había una mujer vestida de blanco. Sobre las gradas, a los pies del rey estaba sentado un hombre enjuto y pálido, con ojos de párpados pesados y mirada sagaz.

Hubo un silencio. El anciano permaneció inmóvil en el trono. Al fin, Gandalf habló.

—¡Salve, Théoden hijo de Thengel! He regresado. He aquí que la tempestad se aproxima, y ahora todos los amigos tendrán que unirse, o serán destruidos.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Meduseld, palacio del Rey Théoden, según el artista chino Jin Guao)

“—Los sabios sólo hablan de lo que saben, Gríma hijo de Gálmód. Te has convertido en una serpiente sin inteligencia. Calla, pues, y guarda tu lengua bífida detrás de los dientes. No me he salvado de los horrores del fuego y de la muerte para cambiar frases retorcidas con un sirviente hasta que el rayo nos fulmine.

Levantó la vara. Un trueno rugió a lo lejos. El sol desapareció de las ventanas del este; la sala se ensombreció de pronto como si fuera noche. El fuego se debilitó, hasta convertirse en unos rescoldos oscuros. Sólo Gandalf era visible, de pie, alto y blanco ante el hogar ennegrecido.

Oyeron en la oscuridad la voz sibilante de Lengua de Serpiente.

—¿No os aconsejé, Señor, que no le dejarais entrar con la vara? ¡El imbécil de Háma nos ha traicionado!

Hubo un relámpago, como si un rayo hubiera partido en dos el techo. Luego, todo quedó en silencio. Lengua de Serpiente cayó al suelo de bruces.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Gandalf y Théoden, según el artista italiano Francesco Amadio)

“—Y ahora, Señor —dijo Gandalf—, ¡contemplad vuestras tierras! ¡Respirad una vez más el aire libre!

Desde el pórtico, que se alzaba en la elevada terraza, podían ver, más allá del río, las campiñas verdes de Rohan que se perdían en la lejanía gris. Cortinas de lluvia caían oblicuamente a merced del viento, y el cielo allá arriba, en el oeste, seguía encapotado; a lo lejos retumbaba el trueno y los relámpagos parpadeaban entre las cimas de las colinas invisibles. Pero ya el viento había virado al norte y la tormenta que venía del este se alejaba rumbo al sur, hacia el mar. De improviso las nubes se abrieron detrás de ellos, y por una grieta asomó un rayo de sol. La cortina de lluvia brilló con reflejos de plata y a lo lejos el río destelló como un espejo.

—No hay tanta oscuridad aquí —dijo Théoden.

—No —respondió Gandalf—. Ni los años pesan tanto sobre vuestras espaldas como algunos quisieran que creyerais. ¡Tirad el bastón!

La vara negra cayó de las manos del rey, restallando sobre las piedras. El anciano se enderezó lentamente, como un hombre a quien se le ha endurecido el cuerpo por haber pasado muchos años encorvado cumpliendo alguna tarea pesada. Se irguió, alto y enhiesto, contemplando con ojos ahora azules el cielo que empezaba a despejarse.

—Sombríos fueron mis sueños en los últimos tiempos —dijo—, pero siento como si acabara de despertar. Ahora quisiera que hubieras venido antes, Gandalf, pues temo que sea demasiado tarde y sólo veas los últimos días de mi casa. El alto castillo que construyera Brego hijo de Eorl no se mantendrá en pie mucho tiempo. El fuego habrá de devorarlo. ¿Qué podemos hacer?”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(El camino hacia Mordor, según el artista español Óscar Pérez)

“—No hay tiempo ahora para que os cuente todo cuanto tendríais que oír —dijo Gandalf—. No obstante, si el corazón me engaña, no tardará en llegar el día en que pueda hablaros con más largueza. Tened presente mis palabras: estáis expuesto a un peligro mucho peor que todo cuanto la imaginación de Lengua de Serpiente haya podido tejer en vuestros sueños. Pero ya lo veis: ahora no soñáis, vivís. Gondor y Rohan no están solos. El enemigo es demasiado poderoso, pero confiamos en algo que él ni siquiera sospecha.

Gandalf habló entonces rápida y secretamente, en voz baja, y nadie excepto el rey pudo oír lo que decía. Pero a medida que hablaba una luz cada vez más brillante iluminaba los ojos de Théoden; al fin el Rey se levantó, erguido en toda su estatura, y Gandalf a su lado, y ambos contemplaron el Este desde el alto sitial.

—En verdad —dijo Gandalf con voz alta, clara y sonora—, ahí, en lo que más tememos, reside nuestra mayor esperanza. El destino pende todavía de un hilo, pero hay todavía esperanzas, si resistimos un tiempo más.

También los otros volvieron entonces la mirada al Este. A través de leguas y leguas contemplaron allá en la lejanía el horizonte, y el temor y la esperanza llevaron los pensamientos de todos todavía más lejos, más allá de las montañas negras del País de las Sombras. ¿Dónde estaba ahora el Portador del Anillo? ¡Qué frágil era el hilo del que pendía aún el destino!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Théoden, según la artista polaca Anna Kulisz)

“—Es obra mía, Señor —dijo Háma, temblando—. Entendí que Éomer tenía que ser puesto en libertad. Fue tal la alegría que sintió mi corazón, que quizá me haya equivocado. Pero como estaba otra vez libre, y es Mariscal de la Marca, le he traído la espada como él me ordenó.

—Para depositarla a vuestros pies, mi Señor —dijo Éomer.

Hubo un silencio y Théoden se quedó mirando a Éomer, siempre hincado ante él. Ninguno de los dos hizo un solo movimiento.

—¿No aceptaréis la espada? —preguntó Gandalf.

Lentamente Théoden extendió la mano. En el instante en que los dedos se cerraban sobre la empuñadura, les pareció a todos que el débil brazo del anciano recobraba la fuerza y la firmeza. Levantó bruscamente la espada y la agitó en el aire y la hoja silbó resplandeciendo. Luego Théoden lanzó un grito. La voz resonó, clara y vibrante, entonando en la lengua de Rohan la llamada a las armas:

¡De pie ahora, de pie, Caballeros de Théoden!

Desgracias horrendas nos acechan, hay sombras en el Este.

¡Preparad los caballos, que resuenen los cuernos!

¡Adelante, Eorlingas!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Lengua de Serpiente ante Théoden y Gandalf, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“—Mientes —dijo Lengua de Serpiente.

—Esta palabra te viene a la boca demasiado a menudo y con facilidad —dijo Gandalf—. Yo no miento. Mirad, Théoden, aquí tenéis una serpiente. No podéis, por vuestra seguridad, llevarla con vos, ni tampoco podéis dejarla aquí. Matarla sería hacer justicia. Sin embargo, no siempre fue como ahora. Alguna vez fue un hombre y os prestó servicios a su manera. Dadle un caballo y permitidle partir inmediatamente, a donde quiera ir. Por lo que elija podréis juzgarlo.

—¿Oyes, Lengua de Serpiente? —dijo Théoden—. Ésta es tu elección: acompañarme a la guerra y demostrarnos en la batalla si en verdad eres leal; o irte ahora a donde quieras. Pero en ese caso, si alguna vez volvemos a encontrarnos, no tendré piedad de ti.

Lengua de Serpiente se levantó con lentitud. Miró a todos con ojos entornados, para escrutar por último el rostro de Théoden. Abrió la boca como si fuera a hablar, y entonces, de pronto, irguió el cuerpo, movedizas las manos, los ojos echando chispas. Tanta maldad se reflejaba en ellos que los hombres dieron un paso atrás. Mostró los dientes y con un ruido sibilante escupió a los pies del rey, y en seguida, saltando a un costado, se precipitó escaleras abajo.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Bárbol con Merry y Pippin, según el artista australiano Timothy Ide)

—¡A Isengard! —gritaron los Ents con muchas voces.

—¡A Isengard!

‘¡A Isengard! Aunque Isengard esté clausurado con puertas de piedra;

aunque Isengard sea fuerte y dura, tan fría como la piedra y desnuda como el hueso,

partimos, partimos, partimos a la guerra, a romper la piedra y derribar las puertas;

pues el tronco y la rama están ardiendo ahora, el horno ruge; ¡partimos a la guerra!

Al país de las tinieblas con paso de destino, con redoble de tambor, marchamos, marchamos.

¡A Isengard marchamos con el destino!

¡Marchamos con el destino, con el destino marchamos!’

Así cantaban mientras marchaban hacia el sur.

Bregalad, los ojos brillantes, se metió de un salto en la fila junto a Bárbol. El viejo Ent volvió a levantar a los hobbits, y se los puso otra vez sobre los hombros, y así ellos cabalgaron orgullosos a la cabeza de la compañía que iba cantando, el corazón palpitante, y la frente bien alta. Aunque habían esperado que algo ocurriera al fin, el cambio que se había operado en los Ents les parecía sorprendente, como si ahora se hubiese soltado una avenida de agua, que un dique había contenido mucho tiempo.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(Sombragrís, según una artista estadounidense conocida como SolinaBright)

—En verdad, mis ojos estaban casi ciegos —dijo Théoden—. La mayor de mis deudas es para contigo, huésped mío. Una vez más, has llegado a tiempo. Quisiera hacerte un regalo antes de partir, a tu elección. Puedes escoger cualquiera de mis posesiones. Sólo me reservo la espada.

—Si he llegado a tiempo o no, queda por ver —dijo Gandalf—. En cuanto al regalo que me ofrecéis, Señor, escogeré uno que responde a mis necesidades: rápido y seguro. ¡Dadme a Sombragrís! Sólo en préstamo lo tuve antes, si préstamo es la palabra. Pero ahora tendré que exponerlo a grandes peligros, oponiendo la plata a las tinieblas: no quisiera arriesgar nada que no me pertenezca. Y ya hay un lazo de amistad entre nosotros.

—Escoges bien —dijo Théoden—; y ahora te lo doy de buen grado. Sin embargo, es un regalo muy valioso. No hay ningún caballo que se pueda comparar a Sombragris. En él ha resurgido uno de los corceles más poderosos de tiempos muy remotos. Nunca más habrá otro semejante. Y a vosotros, mis otros invitados, os ofrezco lo que podáis encontrar en mi armería. No necesitáis espadas, pero hay allí yelmos y cotas de malla que son obra de hábiles artífices, regalos que los Señores de Gondor hicieran a mis antepasados. ¡Escoged lo que queráis antes de la partida, y ojalá os sirvan bien!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Aragorn y Éowyn, según la artista estadounidense Michelle Hunt)

“El rey se levantó, y al instante se adelantó Éowyn trayendo el vino. —Ferthu Théoden hal! —dijo—. Recibid esta copa y bebed en esta hora feliz. ¡Que la salud os acompañe en la ida y el retomo!

Théoden bebió de la copa, y Éowyn la ofreció entonces a los invitados. Al llegar a Aragorn se detuvo y lo miró, y le brillaron los ojos. Y Aragorn contempló el bello rostro, y le sonrió; pero cuando tomó la copa, rozó la mano de la joven, y sintió que ella temblaba.

—¡Salve, Aragorn hijo de Arathorn! —dijo Éowyn.

—Salve, Dama de Rohan —respondió él; pero ahora tenía el semblante demudado y ya no sonreía.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Éowyn en el palacio de Meduseld, según el artista estadounidense Matthew Stewart)

“—¿No hay nadie a quien vosotros quisierais nombrar? ¿En quién confía mi pueblo?

—En la casa de Eorl —respondió Háma.

—Pero de Éomer no puedo prescindir, ni él tampoco querría quedarse —dijo el rey—; y Éomer es el último de esta Casa.

—No he nombrado a Éomer —dijo Háma—. Y no es el último. Está Éowyn, hija de Éomund, la hermana de Éomer. Es valiente y de corazón magnánimo. Todos la aman. Que ella sea el Señor de Eorlingas en nuestra ausencia.

—Así será —dijo Théoden—. ¡Que los heraldos anuncien que la Dama Éowyn gobernará al pueblo!

Y el rey se sentó entonces en un sitial frente a las puertas, y Éowyn se arrodilló ante él para recibir una espada y una hermosa cota de malla.

—¡Adiós, hija de mi hermana! —dijo—. Sombría es la hora; pero quizá un día volvamos al Castillo de Oro. Sin embargo, en El Sagrario el pueblo podrá resistir largo tiempo, y si la suerte no nos es propicia, allí irán a buscar refugio todos los que se salven.

—No habléis así —respondió ella—. Cada día que pase esperando vuestro regreso será como un año para mí. —Pero mientras hablaba los ojos de Éowyn se volvían a Aragorn, que estaba de pie allí cerca.

—El rey regresará —dijo Aragorn—. ¡Nada temas! No es en el Oeste sino en el Este donde nos espera nuestro destino.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Rohirrim, según la artista española Patricia Martín)

“El sol declinaba ya en el poniente cuando partieron de Edoras, llevando en los ojos la luz del atardecer, que envolvía los ondulantes campos de Rohan en una bruma dorada. Un camino trillado costeaba las estribaciones de las Montañas Blancas hacia el noroeste, y en él se internaron, subiendo y bajando y vadeando numerosos riachos que corrían y saltaban entre las rocas de la campiña. A lo lejos y a la derecha asomaban las Montañas Nubladas, cada vez más altas y sombrías a medida que avanzaban las huestes. Ante ellos, el sol se hundía lentamente. Detrás, venía la noche.

El ejército proseguía la marcha, empujado por la necesidad. Temiendo llegar demasiado tarde, se adelantaban a todo correr y rara vez se detenían. Rápidos y resistentes eran los corceles de Rohan, pero el camino era largo: cuarenta leguas o quizá más, a vuelo de pájaro, desde Edoras hasta los vados del Isen, donde esperaban encontrar a los hombres del rey que contenían a las tropas de Saruman.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 7: El Abismo de Helm).

 

(Los Ents se dirigen a Isengard, según el artista español Joshua Cairós)

“Pippin miró hacia atrás. El número de los Ents había crecido… ¿o qué ocurría ahora? Donde se extendían las faldas desnudas y oscuras que acababan de cruzar, creyó ver montes de árboles. ¡Pero estaban moviéndose! ¿Era posible que el bosque entero de Fangorn hubiese despertado, y que ahora marchase por encima de las colinas hacia la guerra? Se frotó los ojos preguntándose si no lo habrían engañado el sueño o las sombras; pero las grandes formas grises continuaban avanzando firmemente. Se oía un ruido como el del viento en muchas ramas. Los Ents se acercaban ahora a la cima de la estribación, y todos los cantos habían cesado. Cayó la noche, y se hizo el silencio; no se oía otra cosa que un débil temblor de tierra bajo los pies de los Ents, y un roce, la sombra de un susurro, como de muchas hojas llevadas por el viento. Al fin se encontraron sobre la cima, y miraron allá abajo un pozo oscuro: la gran depresión en el extremo de las montañas: Nam Curunír, el Valle de Saruman.

—La noche se extiende sobre Isengard —dijo Bárbol.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(El ejército de Saruman, según el artista británico Matthew Ryan)

“Entonces, de repente, hubo una tremenda agitación. Resonaron las trompetas, y los ecos retumbaron en los muros de Isengard. Creímos que nos habían descubierto, y que la batalla iba a comenzar. Pero nada de eso. Toda la gente de Saruman se marchaba. No sé mucho acerca de esta guerra, ni de los Jinetes de Rohan, pero Saruman parecía decidido a exterminar de un solo golpe al rey y a todos sus hombres. Evacuó Isengard. Yo vi partir al enemigo: filas interminables de orcos en marcha; y tropas de orcos montados sobre grandes lobos. Y también batallones de Hombres. Muchos llevaban antorchas, y pude verles las caras a la luz. Casi todos eran hombres comunes, más bien altos y de cabellos oscuros, y de rostros hoscos, aunque no particularmente malignos. Pero otros eran horribles: de talla humana y con caras de trasgos, pálidos, de mirada torva y engañosa.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 9: Restos y despojos).

 

(Dunlendinos, según el artista estadounidense James Turner Mohan)

“No era todavía medianoche, cuando desde el norte se vieron puntos de luz roja que se acercaban al oeste del río. Era la vanguardia de todo el resto de las fuerzas de Saruman que se disponía a batallar ahora por la conquista de Folde Oeste. Venía a gran velocidad, y de pronto todas las huestes parecieron estallar en llamas. Se encendieron centenares de antorchas con las que portaban los conductores de las tropas, y uniéndose a la corriente de las fuerzas que ya estaban apostadas en la orilla oeste, cruzaron los Vados como un río de fuego con gran estrépito de odio. Una gran compañía de arqueros podría haber logrado que el enemigo lamentara la luz de las antorchas, pero Grimbol tenía sólo un puñado de ellos. No le era posible retener la orilla este y se retiró formando un gran escudo en torno al campamento. Pronto fue rodeado y los atacantes arrojaron antorchas entre ellos, y algunas las hicieron volar muy altas por sobre las cabezas de los muros del escudo con la esperanza de pegar fuego a los almacenes de provisiones y aterrar a los pocos caballos que todavía le quedaban a Grimbol. Pero el escudo resistió. Pues, como los Orcos no resultaban tan eficaces en este tipo de lucha por su escasa estatura, se arrojaron contra él feroces compañías de Dunlendinos, los hombres de las colinas. Pero a pesar del odio que les profesaban, los Dunlendinos todavía temían a los Rohirrim si se topaban con ellos cara a cara, y eran además menos hábiles en las artes de la guerra y no estaban tan bien armados. El escudo todavía resistió.”

(‘Cuentos inconclusos‘. Tercera parte: La Tercera Edad. Las Batallas de los Vados del Isen).

 

(*) Nota importante: Aunque el Calendario de la Comarca no coincide con el calendario Gregoriano (hay una diferencia de 10 u 11 días entre uno y otro dependiendo del día en el que se celebre el solsticio de verano), hemos decidido publicar los acontecimientos según su fecha original y no adaptar las fechas a nuestro calendario (de hacerlo, el 25 de marzo del Calendario de la Comarca sería nuestro 14 ó 15 de marzo). Nos parece lo más lógico no solo para evitar confusiones sino para mantener la coherencia con el hecho de celebrar el Día Internacional de Leer a Tolkien el 25 de marzo (fecha en la que se derrotó a Sauron) y el Día Hobbit el 22 de septiembre (fecha de los cumpleaños de Bilbo y Frodo).

Esta noticia fue publicada en Mundo Tolkien y etiquetada con , , , , , , . Anota el permalink.

Deja un comentario