A continuación os contamos los importantes acontecimientos que tuvieron lugar el 14 de marzo en la Tierra Media creada por J.R.R. Tolkien.

Seguimos con nuestra sección ‘Hoy en la Tierra Media’ con una jornada en la que un sirviente de corazón leal y voluntad inflexible se internó en un bastión orco para rescatar a su amo, en la que comenzó el asedio a la Ciudad Blanca, en la que una raza de Hombres olvidados ofreció una ayuda inestimable a los Señores de los Caballos, y en la que una flota de velas negras zarpó hacia su destino. Insistimos una vez más en que todas estas fechas se corresponden con el Calendario de la Comarca o con otros calendarios de la Tierra Media (como el Cómputo del Rey o el Cómputo de los Senescales) y no con el calendario gregoriano (ver nota), y que todas proceden de ‘El Hobbit‘, ‘El Señor de los Anillos‘ (incluidos los Apéndices), los ‘Cuentos inconclusos‘ o los Manuscritos Marquette de J.R.R. Tolkien, y de otros libros de estudiosos tolkiendili como el ‘Atlas de la Tierra Media‘ de Karen Wynn Fonstad, ‘El Señor de los Anillos: Guía de lectura‘ de Wayne G. Hammond y Christina Scull, y ‘The History of The Hobbit‘ de John D. Rateliff.

Unos acontecimientos que acompañamos con extractos de los libros de nuestro querido y Profesor y con ilustraciones y dibujos de distintos artistas, aunque no en todas las ocasiones encontramos imágenes que representen los momentos que mencionamos o que sean completamente fieles a lo escrito por Tolkien.

Esto fue lo que pasó en la Tierra Media el 14 de marzo, o el 14 de Rethe según el Calendario de la Comarca.

 

Año 3019 de la Tercera Edad del Sol:

* Sam avanza hacia la torre de Cirith Ungol y descubre que ha estallado una lucha entre las facciones de Shagrat y Gorbag, Aprovecha la confusión para entrar en la torre.

* Sam encuentra a Frodo en el nivel superior de la torre.

* Shagrat escapa de Cirith Ungol con la cota de malla de mithril de Frodo.

* Comienza el asedio de Minas Tirith.

* Denethor pasa todo el día junto al lecho de su hijo Faramir. Desesperado, por la noche ordena que trasladen a Faramir a la Casa de los Senescales en los Recintos Sagrados.

* Pippin alerta a Beregond de los planes de Denethor.

* Los Rohirrim, guiados por los Drúedain, llegan al Bosque Gris.

* La Compañía Gris y los Hombres del Sur de Gondor zarpan de Pelargir hacia Minas Tirith.

 

(Pinchad en las imágenes para verlas a mayor resolución)

(Théoden y Ghân-buri-Ghân, según los hermanos Greg y Tim Hildebrandt)

“—Los hombres muertos no son amigos de los vivos y no hacen regalos —dijo el Hombre Salvaje—. Pero si sobrevivís a la Oscuridad, dejad que los Hombres Salvajes vivan tranquilos en los bosques y nunca más los persigáis como a bestias. Ghân-buri-Gháân no os conducirá a ninguna trampa. El mismo irá con el padre de los Cinetes, y si lo guía mal, lo mataréis.

—Sea —dijo Théoden.

—¿Cuánto tardaremos en adelantarnos al enemigo y volver al camino? —preguntó Éomer—. Si tú nos guías tendremos que avanzar al paso; y el camino ha de ser estrecho.

—Los Hombres Salvajes son de pies ligeros —dijo Ghân—. Allá lejos el camino es ancho, para cuatro caballos en el Pedregal de las Carretas —señaló con la mano hacia el sur—, pero es estrecho al comienzo y al final. El Hombre Salvaje puede caminar de aquí a Dîn entre la salida del sol y mediodía.

—Entonces hemos de estimar por lo menos siete horas para las primeras filas —dijo Éomer—; pero más vale contar unas diez en total. Algo imprevisible podría retrasarnos, y si el ejército tiene que avanzar en filas, necesitaremos un tiempo para reordenarlo al salir de las lomas. ¿Qué hora es?

—¿Quién puede saberlo? —dijo Théoden—. Todo es noche ahora.

—Todo está oscuro, pero no todo es noche —dijo Ghân—. Cuando el sol se levanta nosotros lo sentimos, aunque esté escondido. Ya trepa sobre las montañas del este. Se abre el día en los campos del cielo.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 5: La Cabalgata de los Rohirrim).

(La torre de Cirith Ungol, según el artista inglés Alan Lee)

“Sam alzó la cabeza hacia la torre, y en las ventanas estrechas vio de pronto unas luces que se asomaban, como pequeños ojos rojos. Se preguntó si se trataría de una señal. El miedo que les tenía a los orcos, olvidado por algún tiempo en la furia y la desesperación, volvió a él. No le quedaba en apariencia sino un solo camino: seguir adelante y tratar de descubrir la entrada principal de la torre terrible, pero las rodillas le flaqueaban, y descubrió que estaba temblando. Apartó la mirada de la torre y de los cuernos del Desfiladero que se alzaban ante él, y obligó a los pies a que le obedecieran, y lentamente, aguzando los oídos, escudriñando las sombras negras de las rocas que flanqueaban el sendero, volvió sobre sus pasos, dejó atrás el sitio en que cayera Frodo, y donde aún persistía el hedor de Ella-Laraña, y continuó subiendo hasta encontrarse otra vez en la misma hendidura donde se había puesto el Anillo y de donde viera pasar la compañía de Shagrat.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Máquinas de asedio de Mordor, según el artista canadiense John Howe)

“En aquellas tinieblas, era imposible saber cuántos habían cruzado ya el Río, pero cuando la mañana, o una sombra mortecina, asomó sobre la llanura, entendieron que ni siquiera en el miedo de la noche habían exagerado el número. Las compañías en marcha cubrían toda la llanura, y en aquella oscuridad y hasta donde los ojos alcanzaban a ver, grandes campamentos de tiendas negras o de un rojo sombrío, como inmundas excrecencias de hongos, brotaban alrededor de la ciudad sitiada.

Afanosos como hormigas, los orcos cavaban, cavaban líneas de profundas trincheras en un círculo enorme, justo fuera del alcance de los arcos de los muros; y cada vez que terminaban una trinchera, la llenaban inmediatamente de fuego, sin que nadie llegara a ver cómo las encendían y alimentaban, si mediante algún artificio o por brujería. El trabajo continuó el día entero, mientras los hombres de Minas Tirith observaban; y nada podían hacer. Y a medida que cada tramo de trinchera quedaba terminado, veían acercarse grandes carretas; y pronto nuevas compañías enemigas montaban de prisa grandes máquinas de proyectiles, cada una al reparo de una trinchera. No había ni una sola en los muros de la ciudad de tanto alcance o capaz de detenerlos.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(Gorbag, según el artista canadiense John Howe)

“Sam se estremeció y trató de obligarse a avanzar. Era evidente que allá arriba estaba ocurriendo algo diabólico. Tal vez los orcos, pese a todas las órdenes, se habían dejado llevar por la crueldad y estaban torturando a Frodo, o hasta cortándolo en pedazos, como salvajes que eran. Escuchó, y un rayo de esperanza llegó a él. No cabía ninguna duda: había lucha en la torre, los orcos estaban en guerra unos contra otros, la rivalidad entre Shagrat y Gorbag había llegado a los golpes. Por débil que fuera, la esperanza de esta conjetura bastó para reconfortarlo. Quizás había aún una posibilidad. El amor que sentía por Frodo se alzó por encima de todos los otros pensamientos, y olvidando el peligro gritó con voz fuerte: —¡Ya voy, señor Frodo!”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Minas Tirith en llamas, según el artista singapurense Avriel Lai)

“Pero las máquinas no derrocharon proyectiles contra el muro indomable. No era un bandolero ni un cabecilla orco quien había planeado el ataque al peor enemigo del Señor de Mordor, sino una mente y un poder malignos. Tan pronto como las grandes catapultas estuvieron instaladas, con gran acompañamiento de alaridos y el chirrido de cuerdas y poleas, empezaron a arrojar proyectiles a una altura prodigiosa, de modo que pasaban por encima de las almenas e iban a caer con un ruido sordo dentro del primer círculo de la Ciudad; y muchos de esos proyectiles, en virtud de algún arte misterioso, estallaban en llamas cuando golpeaban el suelo.

Pronto hubo un grave peligro de incendio detrás de la muralla, y todos los hombres disponibles se dedicaron a apagar las llamas que brotaban aquí y allá.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(Sam contempla el Monte del Destino, según el artista estadounidense Darrell K. Sweet)

“Se quitó el Anillo del dedo, inspirado quizá por alguna misteriosa premonición de peligro, aunque a sí mismo se dijo solamente que deseaba ver con mayor claridad.

—Más vale que eche una mirada a lo peor —murmuró—. ¡No es prudente andar a tientas en una niebla!

Duro, cruel y áspero era el paisaje que se mostró a los ojos del hobbit. A sus pies, la cresta más alta de Ephel Dúath se precipitaba en riscos enormes y escarpados a un valle sombrío; y del otro lado asomaba una cresta mucho más baja, de bordes mellados y dentados y rocas puntiagudas que a la luz roja del fondo parecían colmillos negros: era el siniestro Morgai, la más interior de las empalizadas naturales que defendían el país. A lo lejos, pero casi en línea recta, más allá de un vasto lago de oscuridad moteado de fuegos diminutos, se veía el resplandor de un gran incendio; y de él se elevaban en remolinos inquietos unas enormes columnas de humo, de color rojo polvoriento en las raíces, y negras donde se fundían con el palio de nubes abultadas que cubría la tierra maldita.

Lo que Sam contemplaba era el Orodruin, la Montaña de Fuego. Una y otra vez los hornos encendidos en el fondo abismal del cono de ceniza se calentaban al rojo, y entonces la montaña se henchía y rugía como una marea tempestuosa, y derramaba por las grietas de los flancos ríos de roca derretida.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Sam llega a la Torre de Cirith Ungol, según los hermanos Greg y Tim Hildebrandt)

“En aquella luz terrible, Sam se detuvo horrorizado, pues ahora, mirando a la izquierda, veía en todo su poderío la Torre de Cirith Ungol. El cuerno que había visto desde el otro lado no era sino la atalaya más alta. La fachada oriental tenía tres grandes niveles; el primero se extendía allá abajo en un espolón de la pared rocosa; la cara posterior se apoyaba en un acantilado, del que emergían bastiones puntiagudos y superpuestos, más pequeños a medida que la torre ganaba altura, y los flancos casi verticales de buena albañilería miraban al noreste y al sudeste. Alrededor del nivel inferior, doscientos pies por debajo de Sam, un muro almenado cercaba un patio estrecho.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Defensa de Osgiliath, según el artista polaco Darek Zabrocki)

“De súbito, en medio de los grandes proyectiles, empezó a caer otra clase de lluvia, menos destructiva pero más horripilante. Caían y rodaban por las calles y callejones detrás de la Puerta, proyectiles pequeños y redondos que no ardían. Pero cuando la gente se acercaba a ver qué podían ser, gritaban o se echaban a llorar. Porque lo que el Enemigo estaba arrojando a la Ciudad eran las cabezas de todos los que habían caído combatiendo en Osgiliath, o en el Rammas, o en los campos. Era horroroso mirarlas, pues si bien algunas estaban aplastadas e informes, y otras habían sido salvajemente acuchilladas, muchas tenían aún facciones reconocibles, y parecía que habían muerto con dolor; y todas llevaban marcada a fuego la inmunda insignia del Ojo Sin Párpado. Sin embargo, desfiguradas y profanadas como estaban, de tanto en tanto permitían a un hombre que viese por última vez el rostro de alguien conocido, que en otro tiempo había llevado armas con orgullo, o cultivado los campos, o cabalgado desde los valles a las colinas en un día de fiesta.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(El Anillo Único, según el artista canadiense John Howe)

“El Anillo lo tentaba ya, carcomiéndole la voluntad y la razón. Fantasías descabelladas le invadían la mente; y veía a Samsagaz el Fuerte, el Héroe de la Era, avanzando con una espada flamígera a través de la tierra tenebrosa, y los ejércitos acudían a su llamada mientras corría a derrocar el poder de Barad-dûr. Entonces se disipaban todas las nubes, y el sol blanco volvía a brillar, y a una orden de Sam el valle de Gorgoroth se transformaba en un jardín de muchas flores, donde los árboles daban frutos. No tenía más que ponerse el Anillo en el dedo, y reclamarlo, y todo aquello podría convertirse en realidad.

En aquella hora de prueba fue sobre todo el amor a Frodo lo que le ayudó a mantenerse firme; y además conservaba, en lo más hondo de sí mismo, el indomable sentido común de los hobbits: bien sabía que no estaba hecho para llevar una carga semejante aun en el caso de que aquellas visiones de grandeza no fueran sólo un señuelo. El pequeño jardín de un jardinero libre era lo único que respondía a los gustos y a las necesidades de Sam; no un jardín agigantado hasta las dimensiones de un reino; el trabajo de sus propias manos, no las manos de otros bajo sus órdenes.

«Y además todas estas fantasías no son más que una trampa —se dijo—. Me descubriría y caería sobre mí, antes que yo pudiera gritar. Si ahora me pusiera el Anillo me descubriría, y muy rápidamente, en Mordor. Y bien, todo cuanto puedo decir es que la situación me parece tan desesperada como una helada en primavera. ¡Justo cuando hacerme invisible podría ser realmente útil, no puedo utilizar el Anillo! Y si encuentro alguna vez un modo de seguir adelante, no será más que un estorbo, y una carga más pesada a cada paso. ¿Qué tengo que hacer, entonces?»”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Nazgûl alado sobrevolando Mordor, según el artista bielorruso Sergey Glushakov)

“Los Nazgûl retornaron, y como ya el Señor Oscuro empezaba a medrar y a desplegar fuerza, las voces de los siervos, que sólo expresaban la voluntad y la malicia del amo tenebroso, se cargaron de maldad y de horror. Giraban sin cesar sobre la Ciudad, como buitres que esperan su ración de carne de hombres condenados. Volaban fuera del alcance de la vista y de las armas, pero siempre estaban presentes, y sus voces siniestras desgarraban el aire. Y cada nuevo grito era más intolerable para los hombres. Hasta los más intrépidos terminaban arrojándose al suelo cuando la amenaza oculta volaba sobre ellos, o si permanecían de pie, las armas se les caían de las manos temblorosas, y la mente invadida por las tinieblas ya no pensaba en la guerra, sino tan sólo en esconderse, en arrastrarse, y morir.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(Sam ante los Centinelas de Cirith Ungol, según el artista estadounidense Howard Koslow)

“Eran como grandes figuras sentadas en tronos. Cada una de ellas tenía tres cuerpos unidos, coronados por tres cabezas que miraban adentro, afuera, y al portal. Las caras eran de buitre, y las manos que apoyaban sobre las rodillas eran como garras. Parecían esculpidos en enormes bloques de piedra: impasibles, pero a la vez vigilantes: algún espíritu maléfico y alerta habitaba en ellos. Reconocían a un enemigo: visible o invisible, ninguno escapaba. Le impedían la entrada, o la fuga.

Sam tomó aliento y se lanzó una vez más hacia adelante, pero se detuvo en seco, trastabillando como si le hubiesen asestado un golpe en el pecho y en la cabeza. Entonces, en un arranque de audacia, porque no se le ocurría ninguna otra solución, inspirado por una idea repentina, sacó con lentitud la redoma de Galadriel y la levantó. La luz blanca se avivó rápidamente, dispersando las sombras bajo la arcada oscura. Allí estaban, frías e inmóviles, las figuras monstruosas de los Centinelas. Por un instante vislumbró un centelleo en las piedras negras de los ojos, de una malignidad sobrecogedora, pero poco a poco sintió que la voluntad de los Centinelas empezaba a flaquear y se desmoronaba en miedo.

Pasó de un salto por delante de ellos, pero en ese instante, mientras volvía a guardar el frasco en el pecho, sintió tan claramente como si una barra de acero hubiera descendido de golpe detrás de él, que habían redoblado la vigilancia.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Sam en la torre de Cirith Ungol, según una artista estadounidense conocida como FuriousWinter)

“La voluntad de Sam, lenta y debilitada, no pudo contener el movimiento de la mano: tironeando de la cadena, aferró el Anillo. Pero no llegó a ponérselo en el dedo, pues en el preciso instante en que lo apretaba contra el pecho, un orco saltó de un vano oscuro a la derecha, y se precipitó hacia él. Cuando estuvo a no más de seis pasos de distancia, levantó la cabeza, y descubrió a Sam. Sam oyó la respiración jadeante del orco, y vio el fulgor de los ojos inyectados en sangre. El orco se detuvo, despavorido. Porque lo que vio no fue un hobbit pequeño y asustado tratando de sostener con mano firme una espada: vio una gran forma silenciosa, embozada en una sombra gris, que se erguía ante él a la trémula luz de las antorchas; en una mano esgrimía una espada, cuya sola luz era un dolor lacerante; la otra la tenía apretada contra el pecho, escondiendo alguna amenaza innominada de poder y destrucción.

El orco se agazapó un momento, y en seguida, con un alarido espeluznante dio media vuelta y huyó por donde había venido. Jamás un perro a la vista de la inesperada fuga de un adversario con el rabo entre las piernas se sintió más envalentonado que Sam en aquel momento. Con un grito de triunfo, partió en persecución del fugitivo.

—¡Sí! ¡El guerrero elfo anda suelto! —exclamó—. Ya voy y te alcanzo. ¡O me indicas el camino para subir, o te desuello!”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Denethor llora por Faramir, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“Durante todo aquel día sombrío Faramir estuvo tendido en el lecho en la cámara de la Torre Blanca, extraviado en una fiebre desesperada; moribundo, decían algunos, y pronto todo el mundo repetía en los muros y en las calles: moribundo. Y Denethor no se movía de la cabecera, y observaba a su hijo en silencio, y ya no se ocupaba de la defensa de la Ciudad.

Nunca, ni aun en las garras de los Uruk-hai, había conocido Pippin horas tan negras. Tenía la obligación de atender al Senescal, y la cumplía, aunque Denethor parecía haberlo olvidado. De pie junto a la puerta de la estancia a oscuras, mientras trataba de dominar su propio miedo, observaba y le parecía que Denethor envejecía momento a momento, como si algo hubiese quebrantado aquella voluntad orgullosa, aniquilando la mente severa del Senescal. El dolor quizá, y el remordimiento. Vio lágrimas en aquel rostro antes impasible, más insoportables aún que la cólera.

—No lloréis, Señor —balbuceó—. Tal vez sane. ¿Habéis consultado a Gandalf?

—¡No me reconfortes con magos! —replicó Denethor—. La esperanza de ese insensato ha sido vana. El Enemigo lo ha descubierto, y ahora es cada día más poderoso; adivina nuestros pensamientos, y todo cuanto hacemos acelera nuestra ruina.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(Shagrat, según el artista canadiense John Howe)

“Sam trastabilló, y antes que pudiera recuperarse, Shagrat corría ya escaleras abajo.

Sam se precipitó detrás maldiciendo, pero no llegó muy lejos. Pronto le volvió a la mente el pensamiento de Frodo, y recordó que el otro orco había entrado en la torre. Se encontraba ante otra terrible disyuntiva, y no era tiempo de ponerse a pensar. Si Shagrat lograba huir, pronto regresaría con refuerzos. Pero si Sam lo perseguía, el otro orco podía cometer entre tanto alguna atrocidad. Y de todos modos, quizá Sam no alcanzara a Shagrat, o quizás él lo matara. Se volvió con presteza y corrió escaleras arriba.

—Me imagino que he vuelto a equivocarme —suspiró—. Pero ante todo tengo que subir a la cúspide pase lo que pase.»

Allá abajo Shagrat descendió saltando las escaleras, cruzó el patio y traspuso la puerta, siempre llevando la preciosa carga. Si Sam hubiera podido verlo e imaginarse las tribulaciones que desencadenaría esta fuga, quizás habría vacilado. Pero ahora estaba resuelto a proseguir la busca hasta el fin.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Gandalf en Minas Tirith, según el artista ruso Dmitry Prosvirnin)

“Así fue cómo Gandalf tomó el mando en la defensa última de la Ciudad. Y por donde iba, renacían las esperanzas en los corazones de los hombres, y nadie recordaba las sombras aladas. Infatigable, el mago cabalgaba desde la Ciudadela hasta la Puerta, al pie del muro de norte a sur; y lo acompañaba el Príncipe de Dol Amroth, en brillante cota de malla. Pues él y sus caballeros se consideraban todavía señores de la auténtica raza de Númenor. Y los hombres al verlos murmuraban: —Tal vez dicen la verdad las antiguas leyendas: les corre sangre élfica por las venas, pues las gentes de Nimrodel habitaron aquellas tierras en tiempos remotos. —Y de pronto alguno entonaba en la oscuridad unas estrofas de la Balada de Nimrodel, u otras baladas del Valle del Anduin de años desvanecidos.

Sin embargo, en cuanto los caballeros se alejaban, las sombras se cerraban otra vez, los corazones se helaban, y el valor de Gondor se marchitaba en cenizas. Y así pasaron lentamente de un oscuro día de miedos a las tinieblas de una noche desesperada.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(Sam en la torre de Cirith Ungol, según Matthew Stewart)

“—Un callejón sin salida —masculló Sam—, ¡después de tanto subir! No es posible que esta sea la cúspide de la torre. ¿Pero qué puedo hacer ahora?

Volvió a todo correr a la rampa inferior y probó la puerta. No se movió. Subió otra vez corriendo; el sudor empezaba a gotearle por la cara. Sentía que cada minuto era precioso, pero uno a uno se le escapaban; y nada podía hacer. Ya no le preocupaba Shagrat ni Snaga ni ningún orco alguna vez nacido. Sólo quería encontrar a Frodo, volver a verle la cara, tocarle la mano.

Por fin, cansado y sintiéndose vencido, se sentó en un escalón, bajo el nivel del suelo del corredor, y hundió la cabeza entre las manos. El silencio era inquietante. La antorcha ya casi consumida chisporroteó y se extinguió; y las tinieblas lo envolvieron como una marea. De pronto, sorprendido él mismo, impulsado no sabía por qué pensamiento oculto, al término de aquella larga e infructuosa travesía, Sam se puso a cantar en voz baja.

En aquella torre fría y oscura la voz de Sam sonaba débil y temblorosa: la voz de un hobbit desesperanzado y exhausto que un orco nunca podría confundir con el canto claro de un Señor de los Elfos.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Los Hombres Salvajes guían a los Rohirrim, según el artista canadiense Ted Nasmith)

“Todo anduvo bien aquel día, y no vieron ni oyeron ninguna señal de que el enemigo estuviese al acecho con una celada. Los Hombres Salvajes pusieron una cortina de cazadores alertas y avispados alrededor del ejército, a fin de que ningún orco o espía merodeador pudiese conocer los movimientos en las lomas. Cuando empezaron a acercarse a la ciudad sitiada, la luz era más débil que nunca, y las largas columnas de Jinetes pasaban como sombras de hombres y de caballos. Cada una de las compañías de los Rohirrim llevaba como guía un Hombre Salvaje de los Bosques; pero el viejo Ghân caminaba a la par del rey. La partida había sido más lenta de lo previsto, pues los jinetes, a pie y llevando los caballos por la brida, habían tardado algún tiempo en abrirse camino en la espesura de las lomas y en descender al escondido Pedregal de las Carretas. Era ya entrada la tarde cuando la vanguardia llegó a los vastos boscajes grises que se extendían más allá de la ladera oriental del Amon Dîn, enmascarando una amplia abertura en la cadena de cerros que desde Nardol a Dîn corría hacia el este y el oeste.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 5: La Cabalgata de los Rohirrim).

 

(Sam y Snaga en Cirith Ungol, según el artista inglés Paul Raymond Gregory)

“Y se oyó el restallido de un látigo.

Una furia repentina se encendió entonces en el corazón de Sam. Se levantó de un salto, corrió y trepó como un gato por la escalerilla. Asomó la cabeza en el suelo de una amplia cámara redonda. Una lámpara roja colgaba del techo; la tronera que miraba al este era alta y estaba oscura. En el suelo junto a la pared y bajo la ventana yacía una forma, y sobre ella, a horcajadas, se veía la figura negra de un orco. Levantó el látigo por segunda vez, pero el golpe nunca cayó.

Sam, Dardo en mano, lanzó un grito y entró en la habitación. El orco giró en redondo, pero antes que pudiera hacer un solo movimiento, Sam le cortó la mano que empuñaba el látigo. Aullando de dolor y de miedo, en un intento desesperado, el orco se arrojó de cabeza contra Sam. La estocada siguiente no dio en el blanco; Sam perdió el equilibrio y al caer hacia atrás se aferró al orco que se derrumbaba sobre él. Antes que pudiera incorporarse oyó un alarido y un golpe sordo. El orco, al huir, había chocado con el cabezal de la escalerilla, precipitándose por la abertura de la puerta trampa. Sam no se ocupó más de él. Corrió hacia la figura encogida en el suelo. Era Frodo.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Asedio de Minas Tirith, según el artista español Álvaro Calvo Escudero)

“Lejos, detrás de la batalla, habían tendido un puente, y durante todo ese día nuevos refuerzos de tropas y pertrechos habían cruzado el Río. Y por fin, en mitad de la noche, lanzaron el ataque. La vanguardia cruzó las trincheras de fuego siguiendo unos senderos tortuosos, disimulados entre las llamas. Y avanzaban, avanzaban sin preocuparse por las bajas, agazapados y en grupos, al alcance de los arqueros. Pero en verdad, pocos quedaban allí para causarles grandes daños, aunque la luz de las hogueras mostraba muchos blancos para arqueros de la destreza de que antaño se enorgulleciera Gondor. Entonces, al darse cuenta de que el valor de la Ciudad ya había sido aniquilado, el Capitán oculto pressionó un poco más. Lentamente, las grandes torres de asedio construidas en Osgiliath avanzaron en las tinieblas.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(Sam encuentra a Frodo en la torre de Cirith Ungol, según el artista estadounidense Donato Giancola)

“Estaba desnudo, y yacía como desvanecido sobre un montón de trapos mugrientos; tenía el brazo levantado, protegiéndose la cabeza, y la huella cárdena de un latigazo le marcaba el flanco.

—¡Frodo! ¡Querido señor Frodo! —gritó Sam, casi cegado por las lágrimas—. ¡Soy Sam, he llegado! Levantó a medias a su amo y lo estrechó contra el pecho. Frodo abrió los ojos.

—¿Todavía estoy soñando? —musitó—. Pero los otros sueños eran pavorosos.

—No, mi amo, no está soñando —dijo Sam—. Es real. Soy yo. He llegado.

—Casi no puedo creerlo —dijo Frodo, aferrándose a él—. ¡Había un orco con un látigo, y de pronto se transforma en Sam! Entonces, después de todo, no estaba soñando cuando oí cantar ahí abajo, y traté de responder. ¿Eras tú?

—Sí, señor Frodo, era yo. Casi había perdido las esperanzas. No podía encontrarlo a usted.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Pippin, según la artista polaca Katarzyna Chmiel-Gugulska)

“Entonces Denethor se levantó y soltó la mano afiebrada de Faramir, que tenía entre las suyas.

—¡Él ya está ardiendo, ardiendo! —dijo con tristeza—. La morada de su espíritu se derrumba. —Y luego, acercándose a Pippin con pasos silenciosos, lo miró largamente.

‘¡Adiós! —dijo—. ¡Adiós, Peregrin hijo de Paladin! Breve ha sido tu servicio, y terminará pronto. Te libero de lo poco que queda. Vete ahora, y muere en la forma que te parezca más digna. Y con quien tú quieras, hasta con ese amigo loco que te ha arrastrado a la muerte. Llama a mis servidores, y márchate. ¡Adiós!

—No os diré adiós, mi Señor —dijo Pippin hincando la rodilla. Y de improviso, reaccionando otra vez como el hobbit que era, se levantó rápidamente y miró al anciano en los ojos—. Acepto vuestra licencia, Señor —dijo—, porque en verdad quisiera ver a Gandalf. Pero no es un loco; y hasta que él no desespere de la vida, yo no pensaré en la muerte. Mas de mi juramento y de vuestro servicio no deseo ser liberado mientras vos sigáis con vida. Y si finalmente entran en la Ciudadela, espero estar aquí, junto a vos, y merecer quizá las armas que me habéis dado.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(Denethor y Pippin en Minas Tirith, según una artista checa conocida como faQy)

“Avanzaban lentamente, para perturbar lo menos posible al herido, y Denethor los seguía, encorvado ahora sobre un bastón; y tras él iba Pippin.

Salieron de la Torre Blanca como si fueran a un funeral, y penetraron en la oscuridad; un resplandor mortecino iluminaba desde abajo el espeso palio de las nubes. Atravesaron lentamente el patio amplio, y a una palabra de Denethor se detuvieron junto al Árbol Marchito.

Excepto los rumores lejanos de la guerra allá abajo en la Ciudad, todo era silencio, y oyeron el triste golpeteo del agua que caía gota a gota de las ramas muertas al estanque sombrío. Luego marcharon otra vez y traspusieron la puerta de la Ciudadela, ante la mirada estupefacta y anonadada del guardia. Y doblando hacia el oeste llegaron por fin a una puerta en el muro trasero del círculo sexto. Fen Hollen la llamaban, porque siempre estaba cerrada excepto en tiempos de funerales, y sólo el Señor de la Ciudad podía utilizarla, o quienes llevaban la insignia de las tumbas y cuidaban las moradas de los muertos. Del otro lado de la puerta un sendero sinuoso descendía en curvas hasta la angosta lengua de tierra a la sombra de los precipicios del Mindolluin, donde se alzaban las mansiones de los Reyes muertos y de sus Senescales.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(El peso del Anillo, según el artista británico Mike Nash)

“—¿Lo tienes? —jadeó Frodo—. ¿Lo tienes aquí? ¡Sam, eres una maravilla! —De improviso, la voz de Frodo cambió extrañamente.— ¡Dámelo! —gritó, poniéndose de pie, y extendiendo una mano trémula—. ¡Dámelo ahora mismo! ¡No es para ti!

—Está bien, señor Frodo —dijo Sam, un tanto sorprendido—. ¡Aquí lo tiene! —Sacó lentamente el Anillo y se pasó la cadena por encima de la cabeza.— Pero usted está ahora en el país de Mordor, señor; y cuando salga, verá la Montaña de Fuego, y todo lo demás. Ahora el Anillo le parecerá muy peligroso, y una carga muy pesada de soportar. Si es una faena demasiado ardua, yo quizá podría compartirla con usted.

—¡No, no! —gritó Frodo, arrancando el Anillo y la cadena de las manos de Sam—. ¡No, no lo harás, ladrón! —Jadeaba, mirando a Sam con los ojos grandes de miedo y hostilidad. Entonces, de pronto, cerrando el puño con fuerza alrededor del Anillo, se interrumpió, espantado. Se pasó una mano por la frente dolorida, como disipando una niebla que le empañaba los ojos. La visión abominable le había parecido tan real, atontado como estaba aún a causa de la herida y el miedo. Había visto cómo Sam se transformaba otra vez en un orco, una pequeña criatura infecta de boca babeante, que pretendía arrebatarle un codiciado tesoro. Pero la visión ya había desaparecido. Ahí estaba Sam de rodillas, la cara contraída de pena, como si le hubieran clavado un puñal en el corazón, los ojos arrasados en lágrimas.

«¡Oh, Sam! —gritó Frodo—. ¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? ¡Perdóname! Hiciste tantas cosas por mí. Es el horrible poder del Anillo. Ojalá nunca, nunca lo hubiese encontrado. Pero no te preocupes por mí, Sam. Tengo que llevar esta carga hasta el final. Nada puede cambiar. Tú no puedes interponerte entre mí y este malhadado destino.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Sexto, capítulo 1: La torre de Cirith Ungol).

 

(Beregond, según la artista francesa Magali Villeneuve)

“Beregond inclinó la cabeza sobre el pecho para esconder las lágrimas.

—Decían que estaba moribundo —suspiró—, y que ahora está muerto.

—No —dijo Pippin—, aún no. Y creo que todavía es posible evitar que muera. Pero el Señor Denethor ha sucumbido antes que tomaran la Ciudad, Beregond. Desvaría, y es peligroso. —Habló brevemente de las palabras y las actitudes extrañas de Denethor.— Necesito encontrar a Gandalf cuanto antes.

—En ese caso, tendrás que bajar hasta la batalla.

—Lo sé. El Señor me ha dado licencia. Pero, Beregond: si puedes, haz algo para impedir que ocurran cosas terribles.

—El Señor no permite que quienes llevan la insignia de negro y plata abandonen su puesto por ningún motivo, a menos que él mismo lo ordene.

—Pues bien, se trata de elegir entre las órdenes y la vida de Faramir —dijo Pippin—. Y en cuanto a órdenes, creo que estás tratando con un loco, no con un señor. Tengo prisa. Volveré, si puedo.”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 4: El Sitio de Gondor).

 

(La flota de los Corsarios, según el artista polaco Darek Zabrocki)

“Pero Aragorn temía aún que el tiempo fuese demasiado corto.

«Hay cuarenta y dos leguas desde Pelargir hasta los fondeaderos del Harlond», dijo. «Es preciso, sin embargo, que mañana lleguemos al Harlond, o fracasaremos por completo.»

Ahora los que manejaban los remos eran hombres libres, y trabajaban con vigor; sin embargo, remontábamos con lentitud el Río Grande, pues teníamos que luchar contra la corriente, y aunque no es rápida en el sur, el viento no nos ayudaba. A mí se me habría encogido el corazón, a pesar de nuestra reciente victoria en los puertos, si Legolas no hubiese reído de pronto.

‘«¡Arriba esas barbas, hijo de Durin!» exclamó. «Porque se ha dicho: Cuando todo está perdido, llega a menudo la esperanza.» Pero qué esperanza veía él a lo lejos, no me lo quiso decir. Llegó la noche, y la oscuridad creció y estábamos impacientes, pues allá lejos en el norte veíamos bajo la nube un resplandor rojizo; y Aragorn dijo: «Minas Tirith está en llamas.»”

(‘El Señor de los Anillos. El retorno del rey‘. Libro Quinto, capítulo 9: La última deliberación).

 

(*) Nota importante: Aunque el Calendario de la Comarca no coincide con el calendario Gregoriano (hay una diferencia de 10 u 11 días entre uno y otro dependiendo del día en el que se celebre el solsticio de verano), hemos decidido publicar los acontecimientos según su fecha original y no adaptar las fechas a nuestro calendario (de hacerlo, el 25 de marzo del Calendario de la Comarca sería nuestro 14 ó 15 de marzo). Nos parece lo más lógico no solo para evitar confusiones sino para mantener la coherencia con el hecho de celebrar el Día Internacional de Leer a Tolkien el 25 de marzo (fecha en la que se derrotó a Sauron) y el Día Hobbit el 22 de septiembre (fecha de los cumpleaños de Bilbo y Frodo).

Esta noticia fue publicada en Mundo Tolkien y etiquetada con , , , , , , . Anota el permalink.

Deja un comentario